sábado, 11 de enero de 2020

Especial. El transhumanismo es un antihumanismo


Frente a un transhumanismo de contornos difusos y objetivos materialistas, quizás habría que apostar por un metahumanismo, un humanismo de ambicioso recorrido pero, al fin y al cabo, un humanismo no-materialista que no aspire al perfeccionamiento humano (perfectibilidad) sino a las posibilidades de mejoramiento humano (factibilidad), dirigido, en consecuencia, tanto a la mejora de las capacidades físicas e intelectuales mediante el tratamiento eugenésico y la terapia genética, como a la elevación espiritual y moral del ser humano a través de la educación comunitaria, la socialización orgánica, la convivencia armoniosa con la naturaleza, la valoración de lo sagrado y la estetización del mundo. Pero este metahumanismo no podrá desarrollarse en una sociedad liberal-capitalista, en la que los productos biotecnológicos serían comercializados y consumidos exclusivamente por las élites invertidas (las oligarquías políticas y/o económicas), agravando la división de la humanidad, como resultado, en la clase de los superhombres (los poseedores) y la de los infrahombres (los desposeídos). Este metahumanismo deberá ser popular y comunitario, accesible de forma voluntaria para todos aquellos seres humanos que aspiren, para sí mismos o para su descendencia, a una excelencia física, mental y espiritual que haga de la vida una experiencia única e irrepetible. El metahumanismo sería, pues, un humanismo que realza todas aquellas cualidades que hacen del hombre un ser especial en el universo.

La reflexión anterior es una aspiración ideal casi utópica. Sin embargo, el debate intelectual respecto al transhumanismo está servido y muchos pensadores alertan sobre sus peligros reales.