A la Derecha contra el sistema dominante, por Olivier Marchand


Es de uso común, en los tiempos que corren, anunciar el fin de la división política entre la izquierda y la derecha. La oposición entre conservadores, liberales y progresistas habría desaparecido prácticamente y las diferencias programáticas entre los partidos de la clase política cada vez serían menores, partiendo de lo cual muchos deducen que la derecha y la izquierda ya no existen. 

Se trata, sin embargo, de una visión errónea que no debe disuadir a las nuevas derechas que surgen en Europa de asumir plenamente un posicionamiento de derecha auténtica, por contraposición al alineamiento que sí hacen los liberales, sean de tendencia conservadora o progresista, a los que el poder mediático clasifica, malintencionadamente, como partidos de derecha. Si bien es cierto que, en materia económica, el antagonismo derecha-izquierda se ha diluido en la aceptación generalizada del liberalismo, nada permite concluir que, en otros ámbitos de la actividad política y social, la división haya concluido, pues subsisten, de forma permanente, diversas cuestiones fundamentales de oposición que no tienen nada de coyunturales.

Dos visiones del mundo contrapuestas
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La izquierda cree en un cierto determinismo histórico mientras que la derecha considera que la voluntad permite a los hombres controlar y diseñar su destino. La derecha piensa, así, que los grandes hombres están en disposición de escribir la historia, mientras que la izquierda estima que la historia sólo puede resultar de los movimientos de la sociedad. Además, la izquierda considera que la humanidad marcha hacia un progreso ineluctable, mientras que la derecha, por el contrario, sabe perfectamente que todas las civilizaciones conocen períodos de declive y decadencia.

Por otra parte, la izquierda es internacionalista e, incluso en determinados periodos históricos en los que ha llegado a sostener el hecho nacional, siempre lo ha hecho en nombre de valores pretendidamente universales. La derecha, por su parte, pone por delante las nociones opuestas de comunidad, tradición, arraigo y herencia.

En cuanto a su visión del hombre, son radicalmente diferentes. Para la izquierda, el hombre está determinado por su medio y su educación, mientras que para la derecha cada hombre es una persona única y autónoma. Desde ese momento, las desigualdades resultan, para unos, de las estructuras sociales, mientras que para otros derivan de las predisposiciones adquiridas desde el nacimiento. Por ello, la izquierda considera la igualdad como un valor supremo, mientras que la derecha se adhiere, ante todo, al ideal de libertad y, especialmente, al libre arbitrio individual. Así, para la derecha, los hombres son responsables de sí mismos y de sus actos, mientras que la izquierda tiene la tendencia a incriminar más a la sociedad que a sus miembros por los actos de estos últimos.

La derecha ausente pero culpable, la izquierda oculta pero dominante
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Estas constataciones, aunque parciales, son suficientes para mostrar que la división derecha-izquierda corresponde, de hecho, a dos visiones del mundo que se diferencian claramente y que sólo pueden perdurar en el tiempo. La derecha y la izquierda existen todavía hoy y existirán, sin duda, durante mucho tiempo hasta la victoria total de una de las dos visiones.

Es bien cierto, sin embargo, que actualmente las cartas están mezcladas y que no puede distinguirse claramente dónde se sitúa cada una de ellas. Porque la derecha está ausente y la izquierda se oculta. Pero nosotros somos bien conscientes de que, en realidad, la izquierda domina toda la sociedad a través del Sistema y de lo políticamente correcto. El pensamiento único, que puede ser considerado como la ideología del Sistema, está lejos, efectivamente, de ser consensual y, de hecho, comparte plenamente la visión del mundo propia de la izquierda.

El inmigracionismo, una lógica de izquierda
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Así por ejemplo, la adhesión del Sistema al proceso de inmigración es el signo patente de su posicionamiento a la izquierda. El pensamiento único rechaza, en efecto, la idea según la cual los individuos se definen a través de su patrimonio genético y de su lugar de arraigo. Una certeza que conduce a la derecha a respetar la identidad de cada cual y a considerar, en consecuencia, que la llegada masiva de extranjeros a nuestra tierra es una amenaza fundamental. La concepción del hombre propia de la izquierda la conduce, por el contrario, a aceptar la inmigración sin ninguna reserva. Para ella, en efecto, los hombres están determinados por su medio y por su educación, son entonces intercambiables desde el mismo momento en que reciben una igual formación. Para la izquierda, no hay, pues, ningún obstáculo a que un africano inmigrado reemplace a un europeo de origen. El mundialismo migratorio propio del pensamiento único se sitúa así, sin ninguna duda, en el campo de la izquierda.

El deconstructivismo, una necesidad para la izquierda
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Pero hay más, porque si el pensamiento único es de izquierda, lo es también en razón de su carácter deconstructivista. La propensión del Sistema a valorizar la igualdad le impulsa, en efecto, a querer nivelar las situaciones y, en una sociedad ya muy igualitaria como la nuestra, a ir más allá y querer borrar las pequeñas diferencias todavía existentes, ya sean religiosas, raciales o de orientación sexual, por ejemplo. Como, por otra parte, la izquierda considera que el hombre puede ser hecho por la sociedad, es lógico, entonces, que busque destruir las estructuras y los valores, responsables, según la izquierda, de las desigualdades, de las jerarquías y de las discriminaciones. Mientras que la derecha intenta defender sus valores, su herencia y sus tradiciones, los principios de la izquierda la conducen a la deconstrucción. Por esto también, el pensamiento único que opera en esta funesta empresa se afirma plenamente en la izquierda.

La globalización económica, un proyecto de izquierda
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Tal es, igualmente, el caso de la globalización económica. Una realidad defendida por el pensamiento único y que la posiciona todavía más en el campo de la izquierda. Ciertamente, esta mundialización reposa sobre un ultraliberalismo que puede parecer quizás contrario al credo izquierdista. Pero entre el objetivo, que es la mundialización, y el método, que es el liberalismo, la izquierda, fiel a su naturaleza internacionalista, otorga la prioridad efectiva al objetivo del mundialismo. Es sorprendente, a este respecto, constatar que los movimientos de extrema izquierda que atacan el dispositivo ultraliberal de los intercambios mercantiles, no rechazan, sin embargo, el carácter mundialista, hasta el punto de autodesignarse como altermundialistas. Añadir, en fin, que la izquierda, que cree en una forma de progreso indefinido, no puede sino adherirse al proyecto de la globalización y a la utópica idea de unificación del género humano que deriva de la misma. Más todavía, el pensamiento único se encuentra muy marcado por la izquierda por su compromiso en favor de la globalización.

El pensamiento único es de izquierda
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La ideología subyacente al pensamiento único fundado sobre el mundialismo migratorio, el ultraliberalismo y el deconstructivismo es, globalmente y sin ambigüedades, de izquierda. Inversamente, aquellos que se oponen abogando por la salvaguarda de nuestra identidad, la regulación de los intercambios económicos, la protección de las fronteras y la defensa de los valores de nuestra civilización, son, de forma evidente, de derecha.

La oposición derecha-izquierda está de actualidad, aunque haya cambiado de naturaleza y de objetivos. La izquierda no ha desaparecido, la nueva izquierda se ha encarnado en sistema-mundo del pensamiento único y de lo políticamente correcto. Por eso, la nueva derecha debe posicionarse claramente en contra del Sistema.