¡Alto a la transparencia!, por Alain de Benoist


Un Alto Comisionado para la Transparencia se estableció en Francia en 2015. Un año después, una "ley sobre la transparencia". ¿Qué significa esto? Si la transparencia debe ayudar a identificar la corrupción o echar algo de luz sobre el funcionamiento del Estado profundo («cloacas del Estado»), probablemente sería bienvenida. Pero estamos muy lejos de eso. Transparencia, hoy en día, es una palabra de uso múltiple que se utiliza a cada instante. Se presenta como la antítesis del ocultamiento, y por lo tanto como sinónimo de la verdad, lo que es una mentira. Es sólo una de las formas más logradas de la dictadura de la virtud.

No me extraña que venga de América. El principio de transparencia absoluta es, de hecho, un concepto anglosajón. Presupone que todos los hombres tienen un modo de vida caracterizado por el racionalismo práctico y que la información debe fluir libremente para permitir sus elecciones racionales. La sociedad misma se concibe como una maquina mecánica donde todas las superficies y engranajes podrían ser iluminadas, como si fuera un foco que no dejara nada en las sombras. De la misma manera, el mercado, con el fin de funcionar de forma transparente, debe hacer saltar todos los obstáculos que podrían dificultar los intercambios mercantiles.

El ideal de la casa de cristal

Defendido por los medios de comunicación con la esperanza de obtener las primicias, por los políticos (que se vanaglorian, por supuesto, de que no tienen "nada que ocultar") y por las empresas (que adoptan "cartas éticas"), una transparencia, aplicada a los asuntos públicos, está en el origen de la "gobernanza". Es el ideal de "gobierno abierto" (open governement) específico de los Estados Unidos. La transparencia de las arquitecturas, la transparencia de las condiciones de trabajo y de oficina (espacio abierto). El ideal de la casa de cristal se une al Panóptico de Bentham (1791), que permite ver todo para controlarlo todo.

La frontera entre el hombre público y el hombre privado desapareció en ese mismo momento. Sin embargo, la distinción de lo privado y de lo público es una de las reglas fundamentales de toda sociedad. Los regímenes totalitarios reducen lo privado en beneficio de lo público, los regímenes liberales se están replanteando su funcionamiento público para el beneficio privado. Privatizaciones de empresas y beneficios, privatización de los bancos centrales, privatización de los roles sociales. La sociedad de los individuos es una empresa privatizada donde la reificación transforma todas las relaciones humanas en informes de mercado. La esfera pública, que es la de los proyectos colectivos y las empresas conjuntas, se está encogiendo como un pulgar dolorido. El escenario, al mismo tiempo, se despolitiza.

La lógica de la denuncia es inherente al principio de transparencia. El gran público tiene el derecho de saber... ¿Para saber qué? Para saber... todo. Todo el mundo tendría derecho a estar informado sobre lo que piensan y lo que hacen sus vecinos. Cualquiera puede convertirse en fiscal o juez en las redes sociales. En nombre de la "transparencia", somos convocados para registrar sus preferencias, creencias, elecciones y odios. Y como en cualquier buen sistema puritano, demandamos autocrítica, arrepentimiento, confesión pública. La Inquisición investigaba para conseguir confesiones. Exigimos la confesión, como en la historia de Arthur London (1968).

Los "Castafiore" del "consentimiento"

La histeria neofeminista bascula también en la frontera entre lo privado y lo público. Sometiendo el campo de la sexualidad y la reproducción a los requisitos de la ideología de los derechos y la gama impulsiva de deseos de gratificación inmediata. La "transparencia" se extiende ahora al dominio del sexo, que trata de purgar lo que ha constituido desde siempre: problemas, ambivalencia, el juego del ángel y la bestia, el lugar de fantasmas y transgresiones. En un contexto en el que el menor avance, la menor mirada, es considerada una "cultura de la violación", se argumenta la necesidad de escapar de las ataduras ‒como si el amor jamás hubiera sido otra cosa que el mutuo control al que aspira naturalmente todo el deseo.

Las sospechas se convierten en críticas, y luego en acusaciones. Grupos especializados crean concursos de virtudes, Savonarola de teclado, y Castafiore del "consentimiento", los Jdanov de la vida cotidiana se empeñan en rastrear los malos pensamientos y los comportamientos "no tan buenos". A quien le gusten las películas de Woody Allen y las pinturas de Gauguin es ya sospechoso. ¡Qué decir de Pieyre de Mandiargues, Apollinaire o Pierre Louys! Bajo el actual sistema mediático actual, estarían en la cárcel. El viejo orden moral quería desterrar la vista del sexo, el nuevo orden moral lo sobreexpone para que cada uno tenga que rendir cuentas ante los profesionales de la indignación conformista y las arpías. El objetivo es hacer nacer un mundo donde los hombres no tendrían más que miradas sumisas. Como confesores de antaño, todo lo que le interesa a nuestro moderno curioso es saber sobre quién, cuándo, cómo, con quién y cuántas veces. Para hacer el amor, ¡terminarán obligando al carnet por puntos!

El requisito de transparencia finalmente coincide con el auge sin precedentes de nuevas técnicas de comunicación. Ello justifica que los ciudadanos sean espiados, indexados, catalogados, archivados, vigilados, para que sepamos todo sobre sus acciones, sus gestos, sus opiniones, sus visitas, sus lecturas, sus movimientos.

Lo peor es que ellos mismos contribuyen a ello multiplicándose en las redes sociales, a través de selfies y confidencias narcisistas, la información que aún puede faltar para los que están en la profesión de saberlo todo para controlarlo todo. Alimentada por la autopolicia, la ideología de la transparencia conduce a una vigilancia generalizada. Es hora de recordar que no hay nada más transparente que el vacío. ¡Seguid opacos! © Revista Éléments