¡El trabajo no te hará libre!, por Charles Champetier (I)


André Gorz es uno de los pensadores contemporáneos que más implacablemente ha criticado la ideología del trabajo. Para él, la racionalidad económica propia de la economía de mercado ha separado radicalmente el trabajo de la vida. 

Los imperativos de productividad, de competitividad y de rendimiento transforman el trabajo en una actividad abstracta y funcional, incapaz de proporcionar el mínimo sentido a la vida del individuo. Una investigación sobre una de las mayores alienaciones del hombre moderno.

Vivimos de forma latente una gran crisis de la idea de trabajo. La automatización, sin conducir a un desempleo masivo que las previsiones más catastrofistas anunciaban, ha depreciado, sobre todo, la idea misma de labor: «un trabajo que tiene por efecto y por objeto economizar el trabajo no puede, al mismo tiempo, glorificar el trabajo como la fuente esencial de la identidad y del desarrollo personales». El cuadro de un individuo que aporrea el teclado de su ordenador no encaja realmente con la exaltación prometeica del dominio de la naturaleza que proporcionaba, en Marx o en Jünger, su dimensión mítica y movilizadora al trabajo humano. En el mismo orden de ideas, la utopía industrialista, que preveía el crecimiento exponencial de las fuerzas de producción, que justificaba las concurrentes acumulaciones del capitalismo de mercado en el Oeste y del capitalismo de Estado en el Este, por las que Taylor y Stajanov disputaban a dentelladas, esta utopía está muerta. Vivimos en la era de la desilusión. Los grandes proyectos cierran uno detrás de otro. Los “cuellos azules” se convierten en “cuellos blancos” o en desempleados. La amenaza de desastre ecológico frena poco el ardor y el entusiasmo. El capitalismo ha pasado de su fase industrial a su fase financiera. Titulización, desintermediación y movilización son ahora, en el momento de la desmaterialización del balance contable, las palabras maestras de las empresas. Es más fácil producir una acción bursátil que un automóvil.

El mundo del trabajo evoluciona también en sus estructuras internas. La famosa “crisis” después del fin de los “Treinta gloriosos” (1945-1975) trae todos sus efectos. En la jerga tecnoeconómica significa simplemente que el sistema de economía de mercado es incapaz de alimentar a todo el mundo y que produce necesariamente un margen más o menos amplio de exclusión. La “creación de empleo” concierne ahora, en una creciente mayoría, a puestos precarios o interinos. El trabajo de sustitución o a tiempo parcial parece ser el único horizonte de los demandantes de empleo en los que la formación es, en general, bastante caduca por la vertiginosa aceleración de las técnicas. La economía informal, ese trabajo en negro que creíamos reservado a los sistemas comunistas y al Tercer mundo, hace su aparición en las economías occidentales desarrolladas.  En las grandes empresas se oponen, cada vez más claramente, la categoría de los “trabajadores de élite”, polivalentes insustituibles que acumulan antigüedad, y la de los empleos no cualificados, golpeados por la inestabilidad. En cuanto a las empresas subcontratistas, ellas nacen, crecen y mueren con una velocidad vertiginosa. “Jamás se habían creado tantas sociedades comerciales”, afirman, con una sonrisa beata, los fanáticos de una economía ganadora. Ellos olvidan precisar que, en el mismo tiempo, jamás se habían producido tantas quiebras (y, además, quiebras fraudulentas).

De estas crisis latentes o abiertas derivan diversas actitudes. Para la mayoría, no sería cuestión de poner en causa los principios de acumulación, de productividad y de competitividad que fundan la economía de mercado desde hace dos siglos. La marcha hacia delante debe proseguir, la mano invisible que nos guía con seguridad hacia el equilibrio general del sistema. A lo sumo, el Estado-providencia puede paliar los defectos de menor importancia del Mercado-providencia manteniendo a los vagos –de hecho, bastante numerosos– que no pueden encontrar sentido a su vida en la cultura de empresa.

Para otros, sin embargo, y André Gorz es uno de ellos, la crisis de trabajo enmascara una crisis más general de la racionalidad económica. Se trata, entonces, no de parchear ad infinitam un edificio donde las fisuras son cada vez más evidentes, sino de analizar, a partir de este desastroso resultado, lo que este sistema presenta de inédito y de absurdo en la historia de la humanidad. Y de hacerse algunas preguntas en las que la simplicidad es, por ella sola, revolucionaria: ¿no podríamos, después de todo, cuestionar este “crecimiento” porque se afirma que ello es sinónimo de progreso? ¿La abundancia no se obtiene más fácilmente deseando poco que produciendo mucho? ¿No es preferible trabajar menos que ganar más? Para responder a estas cuestiones, es necesario analizar, como lo hace Gorz, las “metamorfosis del trabajo” que se han producido en el marco de nuestra modernidad.

El ocio, condición de la vida cívica

En la antigüedad, la economía y el trabajo pertenecían a la esfera privada, sometidas al régimen de la necesidad, y se oponían a la esfera pública, dominio de la libertad donde el disfrute y la participación implicaban la inactividad. “La adquisición de la virtud y la actividad política eran necesidades de ocio”, recordaba Aristóteles (Política, VII, 1329a). «La libertad comenzaba fuera de la esfera económica, privada, de la familia; la esfera de la libertad era la pública, de la polis».

El trabajo, inferior en la escala de valores premodernos, ocupaba un lugar menor en la vida de los individuos. Ciertamente, no debemos caer en la trampa idealista según la cual las sociedades antiguas o medievales ofrecían a cada cual el libre desarrollo de su personalidad en el marco de una vocación libremente sentida en virtud de la cual, a lo largo de su vida, cada uno podía operar. Tal modelo existiría tal vez en las sociedades arcaicas o primitivas, como las que Marshall Sahlins describe notablemente. Pero no es menos cierto que el tiempo consagrado al trabajo era menos considerable que hoy en día. Ya porque las jornadas de descanso eran más numerosas. Ya porque los individuos, deseando poca cosa, producían poco y trabajaban poco. Además, el mismo trabajo se repartía entre las diferentes generaciones que coexistían en el seno de una misma casa. En fin, porque la vida social encontraba su sentido fuera del trabajo, en los momentos intensos de las comunidades (la fiesta, el juego, la ceremonia, la guerra), momentos de “gasto improductivo”, como los calificaba Georges Bataille, que daban consistencia y relieve al hecho de vivir en común.

Resulta bastante fácil seguir la trayectoria histórica del trabajo autónomo y del trabajo heterónomo, es decir, del establecimiento de una “sustitución productiva” en virtud de la cual las tareas que las comunidades aseguraban en la esfera doméstica fueron progresivamente transferidas al sector de la industria de servicios. Tal revolución se llevó a cabo gradualmente.

Fue primero una revolución en las mentalidades, introducida, como lo percibió notablemente Georges Duby, por el cristianismo. El cristianismo dominante en los siglos X y XI es también el que vive atento a la Parusía (segunda venida), mil años después de la Revelación. Este milenarismo acentúa el desinterés de los cristianos por el mundo. Pero el regreso de Cristo, incluso cuando el infiel es expulsado de Tierra Santa, tarda en venir. La decepción de este milenarismo, desde finales del siglo XI, servirá para reescribir aquí abajo, en el mundo profano, las esperanzas de la parusía: «Ahora [...] el hombre es capaz de dominar la naturaleza, de forzarla a rendir ventajas y, rectificando el curso del agua, equilibrando el ciclo de rotación de los cultivos, gobernando el itinerario de los rebaños, disipar en parte el desorden y la confusión derivadas de la creación. Mientras que, en el sistema de valores, se reconocía al operario el esfuerzo desplegado para hacer fructificar el jardín del Edén, la atención de los intelectuales se volvía lentamente hacia la naturaleza de las cosas, hacia la física, tomando forma la idea de que el reino podía estar también en este mundo». 

En consecuencia, los nuevos modelos social-pastorales son propuestos por la Iglesia, que insisten en la transformación del orden social. «El Reino de Dios anunciado por Cristo es poco a poco interiorizado y proyectado hacia un futuro al que podríamos tender progresivamente, igual que la sociedad ideal tan largamente deseada sólo podría edificarse de una manera gradual, a través de una reorganización del campo social donde la técnica jugaría un rol importante: ella ofrecerá, en efecto, la concreta prueba de que vamos por el buen camino, ella proporcionará la señal intangible del progreso». Hay entonces una revalorización del trabajo, simbolizado por el desarrollo de la orden cisterciense que, por imitación de Jesucristo, predica el trabajo agrícola y manual. Se crean corporaciones y cofradías, codificando las reglas profanas y prácticas, pero igualmente esotéricas y sagradas, de su trabajo.

El trabajo es, por otra parte, investido de un rol inédito, a la vez escatológico y soteriológico (salvación del alma): es la vanguardia de un mundo nuevo, el útil profano que conduce a purgar la naturaleza de los pecados transformando y contribuyendo a la instauración de la Jerusalén terrestre. Esta idea-fuerza será evidentemente retomada en la época moderna, donde el reino de los fines ya no será el de Dios, sino el de la Razón sobre la tierra y del bienestar para todos. El protestantismo desarrolla también una ética de la labor (Berufsittlichkeit), según la cual la autodisciplina del trabajo es una forma de ascesis intramundana –y que asegura la prosperidad de la comunidad cristiana. «Ella expresa la puesta en valor de toda actividad racional y por tanto de la actividad lucrativa capitalista cuando se hace sobre bases racionales, como el cumplimiento de una tarea querida por Dios», señala Max Weber. 

La filosofía moderna, distinguiendo el sujeto del objeto como el cristianismo había distinguido el Ser creado del Ser increado, encuentra una virtud esencial en la acción transformadora del primero sobre el segundo. Francis Bacon anuncia, en su Novum Organum: «Si se encuentra un mortal que no tiene otra ambición que la del imperio y el poder del género humano sobre la inmensidad de las cosas, esta ambición, podemos decir, que es más pura, más noble y más augusta que todas las demás». Y René Descartes le responde algunas décadas más tarde (Discurso del método, VI): «En lugar de esta filosofía especulativa que nos enseñan en las escuelas, podemos encontrar una práctica según la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del aire, de los astros celestes y de todos los otros cuerpos que nos rodean tan diferentemente como nosotros conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, podríamos utilizarlos de la misma forma para todos los usos que les son propios, como amos y poseedores de la naturaleza».

Esta revalorización del trabajo autorizará su extensión en el campo social. Así será justificada la producción de excedentes crecientes, bajo el triple efecto de la reintroducción del dinero en los intercambios mercantiles y de las relaciones sociales (a partir del siglo XII), de la fiscalización de los hogares (en constante aumento a medida que crecen las burocracias estato-nacionales) y del surgimiento de los mercados nacionales, donde la riqueza productiva devenía en un elemento preponderante de la potencia nacional (siglos XVII y XVIII). Es evidentemente en el siglo XIX cuando el poder nacional y el haber liberal marcarán la mayor movilización colectiva por el trabajo jamás organizada en la historia de la humanidad.

Las modificaciones más sensibles se localizarán en el “mundo vivido”. Así, el trabajo a domicilio, que era la regla de las sociedades arcaicas o tradicionales, se convierte en la excepción de las economías modernas, fundadas, por el contrario, sobre la “exosocialización” de los individuos. A la acumulación del capital le corresponde la acumulación de trabajadores. Max Weber demostró bien cómo el modelo de empresa capitalista, empresa cerrada, separaba radicalmente el trabajo de su contexto familiar, cultural o corporativo para integrarlo en un sistema de producción autónomo. 

El trabajo ocupa ahora un lugar preponderante en la vida individual. Los individuos pasan la mayoría de su vida sobre su lugar de trabajo (o en los desplazamientos para ir y venir). El trabajo deviene así en “una actividad en la esfera pública”. Es mediante la obtención de un trabajo remunerado que la mayor parte de la gente entra realmente en la ciudad y le confiere una identidad social. El trabajo hace nacer las obligaciones de las que el individuo es jurídicamente responsable (para su empresa, para su sistema de protección social, para el Estado por la vía fiscal, etc.) y le hace teóricamente exento de vínculos o de obligaciones privadas.

La racionalización del trabajo por la economía de mercado

El trabajo, en su sentido moderno, se define como «una actividad desarrollada en la vía del intercambio mercantil y que es necesariamente objeto de un cálculo contable». Es en la esfera económica, y singularmente en lo que esta esfera económica deviene en autónoma (y ello, en primer lugar, en el campo del saber, con la economía política), que se está operando la gran metamorfosis del trabajo. Esto se efectúa bajo el ángulo de su racionalización, de su funcionalización y de su monetarización.

Max Weber sitúa el nacimiento del capitalismo en el desarrollo de la cuenta de capital y del balance anual, que son los dos mecanismos necesarios de calculabilidad y de previsibilidad. Los procesos de economización progresiva introducen en la órbita económica lo que hasta ahora estaba excluido. El cálculo contable toma el lugar de los sistemas normativos tradicionales (Dios, naturaleza, orden, etc.): por lo que él muestra, o prevé, el cálculo se presenta como una evidencia universal. Valuable, es cierto. “Sustituto de la moral religiosa” realiza, como ella, una rígida ordenación, imperativa, fría, de la sociedad que gobierna. El valor, el mérito o la virtud de un individuo se dejan juzgar fácilmente: se corresponden simplemente con el dinero ganado (y si es posible, acumulado), dinero recibido a cambio de un trabajo realizado. En esta fase ascendente del capitalismo, «la cuantificación hace surgir un criterio irrecusable y una escala jerárquica que no necesitan ser validados por ninguna autoridad, por ninguna escala de valores». La apodicidad [juicio o demostración caracterizada por la lógica de la necesidad y de la universalidad] del cálculo no otorga solamente una validez normativa universal: ella concede también al individuo el cuidado de motivar su decisión por sí mismo, de darle un sentido propio (y de hacer compartir su sentido). El riesgo no está, evidentemente, ausente, pero este riesgo está precisamente calculado.

Desde que la producción tiene por fin el intercambio mercantil y no el autoconsumo, desde que aquella se destina a un mercado o reúne la anónima oferta de los productores y la demanda igualmente anónima de los consumidores, el trabajo entra necesariamente en la esfera del cálculo económico, por lo tanto, de la racionalización. Este es el tránsito justamente analizado por Marx del trabajo concreto (productor del valor de uso) al trabajo abstracto (equivalente a un valor de cambio).

Es necesario entonces cuantificar, ya sea por la mecanización (ideal, por estar poco sujeta a variaciones impredecibles), ya sea por la organización (taylorismo, stajanovismo, managering, etc., todos sistemas dirigidos a transformar al hombre en máquina, en material humano donde el coste y el rendimiento se pueden calcular): «La organización científica del trabajo industrial ha hecho el esfuerzo constante para separar el trabajo, en tanto que categoría económica de la persona viviente, del trabajador».  El trabajo estándar reclama una máquina estándar y un trabajador estándar. Ellos fabrican objetos estándar, vendidos a consumidores estándar.

El cálculo no conoce, por definición, más que las categorías que corresponden, en la retórica economicista, a las categorías de la productividad, del crecimiento y del desarrollo. El imperativo productivista del crecimiento supone entonces que, en todos los casos, “más vale más”: las máquinas deben ser siempre más eficientes, los hombres siempre más competitivos, las necesidades siempre más urgentes, los ingresos siempre más elevados, la producción nacional siempre más importante, los capitales invertidos siempre más rentables, etc. En el fondo, el presupuesto de la racionalización el dominio del trabajo es la incapacidad del individuo para fijar, por sí mismo, sus necesidades y el esfuerzo necesario para satisfacerlas. Porque “la categoría de suficiente no es una categoría económica: es una categoría cultural y existencial”. (Continuará…)