La igualdad de sexos no puede convertirse en la finalidad última de toda acción social, por Chantal Delsol


Un grupo de feministas perturba y consigue parar una reunión pública por la razón de que no había mujeres en el estrado. Naturalmente, no se les puede echar con palabras amables a las que no hacen caso. Por lo tanto, al final hay que emplear la fuerza. Pero entonces, gritan que eso es fascismo. Una historia posmoderna.

Desde que se les ha permitido realizar estudios superiores (a penas hace un siglo), las mujeres han demostrado que son tan capaces como los hombres de pensar, crear y hablar de cosas importantes. El tiempo para acostumbrarse a una transformación tan profunda no se puede contar en días. El historiador Le Roy Laderie considera que, para asimilar una evolución de este tipo, hacen falta dos siglos, como sucedió después de la abolición de la esclavitud. Sin embargo, ya sé que en aquel estrado había dos o tres machistas patentados que, si tuvieran poder, ¡probablemente me confiscarían el bolígrafo!

Lo que sucede es que hay que dar tiempo a los adelantos históricos, que no son el producto de nuestra voluntad omnipotente, sino el fruto de la larga mutación de las mentalidades. Querer imponer una evolución por la fuerza es una forma de actuar ideológica y terrorista. Y el siglo XX ya nos ha mostrado que los métodos de los ideólogos producen el efecto contrario al deseado: el comunismo, que cerraba las iglesias y las transformaba en museos, produjo al final un movimiento de renovación religiosa.

Hoy en día, grupos de feministas análogos reclaman frenéticamente cuotas de mujeres en las cátedras de la universidad, por citar solo un ejemplo. El resultado sería humillante para las propias mujeres, escogidas por su sexo y no por su mérito, y las haría detestables a ojos de los hombres ­­­(sentimiento que aumenta en ciertos sectores de la alta función pública, donde las mujeres son sistemáticamente preferidas a los hombres en cuanto la igualdad no se ha conseguido). En esa manera ideológica de tratar la cuestión hay una impostura de los objetivos: las cátedras de universidad están destinadas al mérito, y no a la igualdad de sexos. La igualdad no puede convertirse en la decisiva y última finalidad a la que toda acción social se debería someter: sería reduccionista, superficial e incluso infantil.

La emancipación de las mujeres no es un asunto de cifras ni un campo de batalla. Es una toma de conciencia difícil y lenta, dolorosa para los hombres, que no dará sus frutos más que por la indulgencia, paciencia e inteligencia. Y seguramente no con unas gritonas venidas a romper unas sillas. ■Fuente: Valeurs Actuelles

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