Frente a la inmigración, la preferencia nacional y civilizacional. Entrevista con Jean-Yves Le Gallou, por Claire Thomas


Acuñadas por Jean-Yves Le Gallou, director de la fundación Polémia, autor de varios libros de éxito contra la inmigración, entre ellos el titulado La preferencia nacional, respuesta a la inmigración, y más recientemente, Los europeos primero: ensayo sobre la preferencia civilizacional, estas expresiones se han convertido en la bandera identitaria y antiinmigracionista para asegurar la supervivencia y el futuro de las comunidades y pueblos europeos.

En los últimos tiempos, usted propone el concepto de “preferencia civilizacional”. ¿Por qué no os limitáis ya a la “preferencia nacional” de la que se empezó a hablar, gracias a usted, en la década de los años 80?

La preferencia nacional reenvía a un concepto jurídico que es el concepto de nacionalidad. Se trata de la preferencia por los que detentan una nacionalidad determinada. Hoy, la nacionalidad se ha convertido en un concepto jurídico desconectado del concepto de identidad. ¿Resultado? Muchos franceses, por ejemplo, se sienten mejor en Praga, Budapest u Oporto que en Seine-Saint-Denis. La preferencia de civilización reenvía a una identidad cultural común y creo que es un sentimiento compartido que la identidad está constituida por esa cultural común. Os pongo un ejemplo: nosotros hicimos en Polémia un video titulado “Ser francés” que tuvo 1,3 millones de visitas en Youtube; a continuación, lanzamos, con el Institut Iliade, un video titulado “Ser europeo”. La opinión generalizada era que este video “europeo” no tendría ningún éxito, sobre todo si considerábamos las cifras precedentes, Pero, en realidad, tuvo un éxito tres veces mayor: 3,8 millones de visitas, solamente en Francia. Es un signo evidente… ¿Qué es ser francés hoy en día? Mohammed, que cubre con un velo a su mujer, es un francés… La nacionalidad tiende a convertirse en un concepto puramente jurídico, sin ningún contacto con la realidad.  

Para usted, el desarrollo de las identidades regionales en Europa ¿va en el sentido de una preferencia ante todo civilizacional?

El desarrollo de las identidades locales y regionales representa una doble reacción, en primer lugar, contra el jacobinismo nivelador y después contra el mundialismo. Hoy, nadie osa decir que es diferente del inmigrante, pero sí que se percibe diferente respecto al país del que procede. En efecto, ya sea en Córcega, en Escocia o en Cataluña, donde se encuentran formas de voto identitario regionalista, incluso considerando que los representantes de esta sensibilidad, sean autonomistas o independentistas, se adhieren frecuentemente a lo políticamente correcto del Sistema, un escocés, por ejemplo, considerará que ese pakistaní que va a la mezquita de Edimburgo es tan escocés como él. Hay que señalar, no obstante, que esta ideología multiculturalista/mundialista está menos presente en Córcega, donde sus líderes están en conflicto con la comunidad musulmana. 

Habláis de preferencia civilizacional. ¿No es un poco abstracto? ¿Qué contenido tiene esa preferencia civilizacional?

La civilización es, ante todo, una concepción del mundo. Esta concepción europea del mundo está fundada sobre la encarnación y la representación, por supuesto con el cristianismo, pero también antes del cristianismo…

Encarnación, entiendo… ¿Qué entendéis por representación?

No hablo aquí de la representación política democrática, sino simplemente de la representación en el arte de la figura humana, y también incluso de la representación divina. En la Antigüedad grecorromana, los dioses, como sabemos, están hechos a imagen del hombre. Y en el cristianismo, dios se hace hombre. Esta proximidad, esta inmanencia de lo divino, es lo que caracteriza a la cultura europea. Lo divino está en la naturaleza. Los lugares sagrados de los paganos y de los cristianos están, frecuentemente, ubicados en los mismos sitios. Gran parte de la batalla cultural, todavía hoy, debe mirar a esta herejía cristiana que es la iconoclasia. Los iconoclastas eran esos heréticos que, reivindicando la pureza de su fe, rechazaban la representación de Cristo y de los santos. Encontramos esta corriente en los comienzos del cristianismo, pero volvemos a encontrarla en el siglo XVI, cuando las estatuas y los frescos procedentes de la Edad Media son destruidos por los discípulos de Calvino. La Revolución francesa nos proporcionará el ejemplo de la vandalización de la cultura y del triunfo de la abstracción. Hoy, desde el punto de vista cultural, una organización como el Daesh, el Estado islámico, en guerra mundial contra Occidente, se caracteriza también como un movimiento iconoclasta, que destruye todas las representaciones fruto del pasado: pensemos en esos nuevos vándalos musulmanes que las vuelan con dinamita. La destrucción de templos en Palmira procede del mismo espíritu. Se trata, para los islamistas, de aniquilar una tradición cultural que se remonta a la Antigüedad. Estas destrucciones tienen una mayor importancia simbólica que la voladura de los pozos de petróleo o las masacres de poblaciones.

¿Incluís en esta guerra de civilizaciones la famosa y cuestión del velo islámico?

Más que un trozo de tela se trata de la concepción que tenemos de la mujer y del respeto de su libertad. Las mujeres europeas nunca han sido enclaustradas en un harem u ocultadas detrás de un muro de telas… El amor cortés propagó una concepción muy respetuosa de la mujer europea. En la Antigüedad, había dioses y diosas. En el cristianismo, el papel de la Virgen María, que los medievales llamaban “Nuestra Señora” por referencia al amor cortés, revela una importancia que los cristianos de hoy, en ocasiones, no comprenden en toda su dimensión. En este contexto cultural, es normal que exista una batalla frontal por la cuestión del velo, que debe ser prohibido en el espacio público. Como decía Montesquieu, «las costumbres son más importantes que las leyes».

¿Cómo se inserta la laicidad en vuestro combate civilizacional?

La civilización europea se caracteriza por la libertad de los debates, por la libre confrontación de las ideas. En cuanto a la laicidad, en demasiadas ocasiones la interpretación laicista actual me parece artificial y, por decirlo también, demasiado franco-francesa (esto es, que no se reproduce en otros países europeos). Lo que es importante –la famosa disputa de los güelfos y los gibelinos nos traslada al corazón de la Edad Media– es la separación de los dominios político y religioso. Pero para esto no hay necesidad del laicismo. Hay cosas sorprendentes: nuestros consejos y nuestros tribunales validan la construcción de mezquitas y minaretes, validan el hallal (alimentos permitidos por el islam), la ablación, el burkini, pero prohíben que una escultura del Papa sea acompañada de una cruz. Estas decisiones son claramente liberticidas.

¿Qué preconizáis concretamente?

Es urgente luchar contra la banalización de este género burlesco de decisiones, según las cuales sería legítimo mutilar una obra de arte en nombre de una ideología. Prohibir que la estatura de un Papa sea coronada con una cruz, para no molestar a las otras religiones, es un atentado contra la libertad creativa, es incluso parte de ese vandalismo del que hablaba antes. Hay que denunciar a los verdaderos responsables de las derivas inmigracionistas y antiidentitarias. Que son, en primer lugar, los políticos…

¿Quién es responsable?

Sufrimos el poder de los jueces, eso está claro. ¿Cómo se ejerce? Se toman los textos jurídicos generales y se interpretan de forma liberticida. Hoy, ni la libertad de expresión, ni la libertad de reunión, ni la libertad de las colectividades locales, están garantizadas… Los alcaldes que no quieren el burkini sobre las playas de sus villas están obligados a recular en sus decisiones; se obliga a los ediles a distribuir “alimentos musulmanes” en las cantinas municipales y para ello se blanden principios como la libertad de circulación de las personas y la libertad religiosa. Tengo que decir que, cuando hablo de jueces en general, en realidad me estoy refiriendo a un puñado de magistrados que se adosan su ideología laicista, masónica o cristiano-progresista a los medios del sistema de lo políticamente correcto. Provocan el reinado del terror e imponen sentencias negativas para todo lo que es cristiano y no, evidentemente, para todo lo que es musulmán.

¿Qué podemos hacer hoy en día?

El problema central, hoy en día, desde el punto de vista civilizacional no es la Unión europea, ni siquiera el poder político, sino los jueces. Actualmente, los únicos que tienen una influencia decisiva son las minorías étnicas, sexuales y religiosas. Debemos constituirnos, pues, en una “minoría” actuante: frente a los “otros”, hace falta que los “nuestros”, que constituyen la mayoría silenciosa, se organicen en grupos de presión, para defender nuestra identidad, nuestras costumbres, nuestros modos alimentarios, nuestra historia… El relato nacional es una apuesta que concierte a todos los europeos, y nosotros debemos preservarlo a toda costa.