Europa ¿es cristiana o pagana?, por Pierre Vial (I)


Se habla mucho de Europa en estos tiempos, y eso está bien ‒incluso si el pretexto es electoral y, con demasiada frecuencia, para no decir nada nuevo; la Europa que está en cuestión es la de Bruselas, es decir, una caricatura tecnocrática, economicista, políticamente correcta, que no es ni puede ser nuestra Europa.

Pero hablar de Europa contribuye a darle una posibilidad de existencia y puede permitir, quién sabe, un día, el surgimiento de esa Europa identitaria que nosotros deseamos, la de las tierras y los pueblos, enriquecida, al mismo tiempo, por su diversidad y su unidad fundamental.

¿Unidad? Utilizar esta palabra con signos de interrogación es plantear, en efecto, la cuestión de la identidad europea.

Las raíces históricas de Europa

Algunos afirman que esta identidad no existe. Es el caso, por ejemplo, de Serge Bernstein, cosmopolita convencido, que publicó, en el dossier dedicado a Europa por la revista Géo, un artículo destinado a demostrar la inexistencia de la identidad europea. De momento, al menos, porque él debe confesar en un pasaje: “En lo que está a punto de convertirse en una “aldea mundial”, la figura de Europa toma poco a poco una identidad que desvanece progresivamente las diferencias entre los Estados que la componen para poner en evidencia que lo que aproxima a los europeos (en relación con las poblaciones de otros continentes) es más importante que lo que los diversifica”. Se observará la confusión, clásica, entre los Estados y los pueblos… Pero los Estados son, en la escala histórica, un fenómeno coyuntural, mientras que los pueblos son un fenómeno estructural.

Bernstein, pese a sus motivaciones tan transparentes, se ve obligado a recordar una evidencia: “El sentimiento de pertenencia a una comunidad no se decreta. Se vive a través de la participación en una cultura común”. La cultura es fruto de la historia. Preguntándose sobre la identidad europea, se puede pensar en una cuestión que molesta, la de las raíces históricas de Europa.

Dos historiadores medievalistas abordaron recientemente esta problemática. Michel Rouche toma claramente posición: su libro Les racines de l´Europe tiene por subtítulo “Les sociétés du haut Moyen Age (568-888)”. Lo que viene a decir es que Europa nace durante los primeros siglos de la Edad Media. Jacques Le Goff tiene un punto de vista bastante próximo en L´Europe est-elle née au Moyen Age? Él se presentaba bajo el patrocinio de Marc Bloch, el cual, durante su candidatura al Collège de France en 1934, afirmaba: “El mundo europeo, en tanto que europeo, es una creación de la Edad Media”. 

Se cita con frecuencia, en apoyo de esta tesis, el texto de un autor anónimo, del que sólo se sabe que vivía en Cordoue y que, recordando la batalla de Poitiers del 732 entre los francos de Charles Martel y los invasores musulmanes, escribía que eran, por un lado, los “sarracenos”, y por el otro, los “europeos”. Esta división parece indicar, en el autor, una conciencia étnica que no excluía la división religiosa, cristianos contra musulmanes, si bien relativa.

La batalla de Poitiers

La existencia de una Europa, al menos en el cerebro de algunos, está bien atestiguada en la época carolingia. Cathuulf, un irlandés, dijo de Carlomagno que era “el jefe del reino de Europa”, mientras que otro poeta, Angilbert, celebraba en Carlomagno “al venerable jefe de Europa”, “el venerable faro de Europa”, “el rey padre de Europa”, o incluso “la cumbre de Europa”… Hay que poner a parte la típica adulación, pero lo que interesa al historiador, en estas expresiones, es la utilización reiterada de la palabra “Europa”, que es el indicador de una visión ideológica que confería a Carlomagno una soberanía continental ‒incluso si, por supuesto, una parte solamente, pero notable, de Europa occidental estaba integrada en los límites del imperio carolingio.

Aunque, como sabemos, este imperio tuvo una duración limitada, es evidente que la Europa de la Edad Media fue capaz de hacer la síntesis de las herencias grecolatina, céltica y germánica. En el marco de una comunidad no política ‒porque la visión imperial nunca pudo desbordar los territorios alemán, italiano y borgoñón‒ sino más bien cultural, eso que algunos todavía llaman la cristiandad. Veamos esto más de cerca…

Un santo lobby

Una vasta operación de "comunicación" (usamos este término por no ser polémico…) ha sido lanzada por lo que bien podemos llamar un lobby sobre el tema de “la futura constitución de Europa debe hacer referencia absoluta y explícita al carácter cristiano de la comunidad europea”.

El tono fue dado por Polonia. Mediante una carta dirigida a la presidencia irlandesa (entonces era su turno), elaborada al parecer por las autoridades polacas e italianas, debía ser propuesta a la firma de otros países que reclamaran también la inclusión de una referencia explícita al cristianismo en el preámbulo de la futura constitución europea (ya se trate de Irlanda, de Malta, de Portugal, de España, de Chequia, de Eslovaquia, de Lituania…). El asunto es ya antiguo, puesto que el entonces presidente de la Convención sobre el futuro de Europa (encargado de elaborar un proyecto de constitución), Giscard d´Estaing, para responder a las presiones que se ejercían sobre él, debió explicar, al Corriere della Sera, que no podía aceptar tal proposición porque entonces “deberían mencionarse también las otras religiones presentes en el continente, del judaísmo al islam, y esta solución no habría sido aceptada por todos”. ¡Qué cosas se dicen con términos galantes!

Los polacos mantuvieron la presión hasta el final, puesto que el mismo día de la adopción del proyecto constitucional en la cumbre de los veinticinco jefes de Estado y de Gobierno, el primer ministro polaco Marek Belka adelantó una vez más la exigencia de una referencia a Dios en la futura constitución. En vano, porque se encontró esta vez totalmente aislado.

La Iglesia católica, por su parte, forzó una declaración, incluyendo la organización de una cadena de intervenciones en la que políticos y eclesiásticos se pasaban el testigo de mano en mano. Así, los obispos polacos, que no tenían nada que rechazar del Vaticano, intervinieron por su parte con una carta dirigida el primer ministro irlandés, afirmando que la ausencia de una referencia a la cristiandad en la constitución europea constituiría “una falsificación de la verdad”. Por su parte, los antiguos comunistas polacos exhibían el mismo lenguaje…

Para reforzar su tesis, la Iglesia católica movilizó a sus tropas. 80.000 peregrinos procedentes de toda la Europa central se reunieron en una villa austríaca de montaña, Mariazell, donde la estatua de la Virgen es venerada desde el siglo XIII (el culto mariano ha sido siempre uno de los más seguros valores del catolicismo tradicional, porque hace una llamada al simbolismo ancestral… más antiguo que el cristianismo). Entre los asistentes se observaba la presencia de Romano Prodi, presidente de la Comisión europea y de siete jefes de Estado o de Gobierno. Esta multitud, según el arzobispo de Viena, venía a afirmar una “profesión de fe hacia los fundamentos cristianos de Europa”, mientras que el enviado del Papa, el cardenal Angelo Sodano, entonces secretario del Vaticano (es decir, el primer ministro del gobierno eclesiástico) explicaba que había que “dotar de un alma” a Europa y de “una conciencia común” a los europeos. 

Del lado de los políticos, los demócrata-cristianos de diversos países de Europa (que entonces constituían el grupo más importante en el Parlamento europeo) fueron evidentemente movilizados y tomaron la voz. No olvidemos que fueron estos demócrata-cristianos (el francés Robert Schuman, el alemán Adenauer, el italiano De Gasperi) los que llegaron al acuerdo, a principios de los años 50, en crear la CECA, embrión del mercado común. En una época en la que la Iglesia católica quería aparecer como la oposición más creíble al dominio comunista…

Más allá de los demócratas-cristianos, la campaña por una referencia cristiana en la Constitución europea recibió la contribución de políticos católicos próximos a los tradicionalistas: Philippe de Villiers se sorprendió de que Michel Barnier, entonces ministro de exteriores, rechazase “citar las raíces cristianas de Europa”. Obviamente, el Elíseo había dado sus consignas… Como fue el caso con Raffarin quien, con su sutileza habitual, tomaba, con dos días de intervalo, dos posiciones contrarias sobre la referencia a las fuentes cristianas de Europa: en principio sí, luego no.

Pero, más allá de estas peripecias franco-francesas, cuyo interés es relativo, la verdadera cuestión que se plantea es la siguiente: ¿Europa es cristiana? Sin querer pasar por el normando que no soy (nadie es perfecto), yo respondería: sí y no. Eso, evidentemente, exige algunas explicaciones.

Europa no esperó al cristianismo para existir

Tomemos primero el aspecto cronológico: ¿había una Europa antes de la llegada del cristianismo, el cual, nacido en Judea, era un producto de importación? Evidentemente sí. En primer lugar, en lo que concierne al mismo nombre de Europa. Es griego y Jean Haudry recuerda que significa “una amplia mirada”. Es usado por varias heroínas, la más célebre, según Hesíodo, por un Zeus loco de amor bajo la apariencia de un toro blanco (color de la soberanía) para seducir al objeto de sus deseos, que dará nacimiento, a continuación de su unión con el rey de los dioses, al futuro Minos, rey de Creta, presentado por la mitología antigua como el civilizador por excelencia.  

En otras palabras, Europa es la madre de la civilización... Pero Europa es también el nombre dado por los griegos a una tierra, la suya, definida por oposición a África y Asia. Incluso hoy los cretenses se sienten orgullosos de explicar que viven en el extremo avanzado de Europa, en el sur, frente a África... Es también frente al imperialismo asiático que Heródoto utiliza la palabra Europaioi (los europeos) para designar a sus compatriotas griegos entrenados para combatir, en nombre de su libertad, a los invasores venidos de Oriente, magma de poblaciones heterogéneas reclutadas por el imperialismo persa. Para Heródoto, explica Elisabeth du Réau, profesora en la universidad París-III, “La Europa política toma forma en la guerra contra los persas”. Y Jacqueline de Romilly señala, evocando la batalla de Salamina (480 antes de la era cristiana) opone griegos a persas, en lo que ya se trataba de un choque de civilizaciones: “Los griegos tuvieron entonces, por primera vez, el sentimiento de defender una civilización contra otra”. Lo que confirma Jacques le Goff cuando escribe, analizando los textos de Hipócrates (padre de la medicina): "El contraste entre Oriente y Occidente (con el que se confunde a Europa) encarna para los griegos el conflicto fundamental de las civilizaciones”. Y Le Goff resume así la visión que tenía Hipócrates de la especificidad cultural de los europeos: “Los europeos se aferran a la libertad y están listos para luchar, incluso a morir por ella”.

La libertad, por tanto, estaba en el origen, y continúa siéndolo, del valor más característico de la concepción del mundo de los europeos.

Reconociendo su deuda con la Antigüedad, el Renacimiento no hará más que inscribirse en una tradición que no ha conocido una auténtica ruptura porque la Edad Media “cristiana” (volveremos sobre el significado de estas “comillas”…) no pudo hacer abstracción de Atenas y de Roma el hecho de que la Iglesia católica ‒es decir, “universal”‒ se llame también “romana” ilustra la preocupación por recuperar una herencia prestigiosa, teniendo esta recuperación una fuerte connotación ideológica, puesto que el jefe de la Roma medieval no era el Emperador sino el Papa ‒es decir, literalmente, el “padre de los cristianos”… por tanto, de los europeos).

Preguntándose sobre los fundamentos de la Europa medieval, Le Goff identifica cuatro legados:

‒ el griego (que Paul Valery, en 1922, estimaba más determinante, porque “la aportación de Grecia es lo que ha hecho más distintiva a nuestra civilización”);

‒ el romano, con una lengua latina que es “vehículo de civilización” y, en tanto que lengua litúrgica, por tanto, sagrada, adoptada por el catolicismo, destinada a recordar a todo el mundo que la civilización es la Iglesia;

‒ la ideología trifuncional indoeuropea (que Le Goff, siguiendo a Duby, termina por reconocer como elemento fundador ‒pero olvidando precisar que también es en parte germánica y céltica, que la Iglesia, intentando integrar en su provecho el tema trifuncional, ha querido recuperar);

‒ por último, un cuarto legado que Le Goff califica de “bíblico” y que es, afirma, “de una importancia capital”, porque se presenta “como una enciclopedia que encierra todo el saber que Dios ha transmitido al hombre”, en particular “un sentido de la historia” presentado como traducción en el devenir de los hombres de la voluntad de Dios, comenzando y terminando (alfa y omega) todas las cosas (lo que los historiadores de las ideologías llaman “providencialismo”).

La Europa medieval, por lo tanto, se beneficia de una herencia plural. Pero esta pluralidad, que se traduce en la realidad histórica, está recubierta por una unidad y un unanimismo proclamados oficialmente por la Iglesia mediante una cristiandad presentada como garantía de la armonía del mundo bajo la benévola tutela de la ley de Cristo. Esta noción de cristiandad ha suscitado, durante mucho tiempo, el interés de los historiadores y ha sido objeto de muchos debates. Hoy, la mayoría de autores de la investigación histórica reconocen que asimilar Europa a la cristiandad es, tanto en la Edad Media como en los siglos siguientes, la expresión de una voluntad ideológica ‒o de un deseo piadoso‒, pero que no se corresponde con la realidad. Tranquilizadora por su unanimismo aparente, por la seguridad psicológica que aporta como prenda de su legitimidad (“Dios está con nosotros”), la noción de cristiandad es una fachada que se concibe prestigiosa, pero que es un decorado engañoso a simple vista. Tanto que, exaltando la “Europa cristiana”, debemos saber de qué cristianismo estamos hablando.

¿Habéis dicho cristiana?

Jean Delumeau, que se define a sí mismo como un "historiador cristiano," ha realizado un trabajo pionero preguntándose, desde hace varias décadas, sobre el carácter auténticamente cristiano de las sociedades europeas, tanto en la era moderna como en la época medieval (como todo buen modernista, él sabe que debe buscarse en la Edad Media la clave de las situaciones observadas en los siglos XVI, XVII y XVIII, incluso posteriormente). Sus conclusiones son claras: en su libro Un chemin d´histoire, chrétienté et christianisation, constata “los límites de la cristianización” y estudia sucesivamente “la leyenda de la Edad Media cristiana”, “la permanencia de oposiciones al cristianismo en plena cristiandad”, “la lentitud de la cristianización sobre el terreno”. Ya había utilizado, además, las mismas expresiones en una obra precedente, Le catholicisme entre Luther et Voltaire, donde trazaba sus pistas de investigación. Constataba que los esfuerzos de cristianización llevados a cabo por la Iglesia ‒por las Iglesias, después de la Reforma‒ durante mil quinientos años no habían hecho desaparecer “un paganismo profundo y tenaz frecuentemente recubierto de un simple barniz”. La misma constatación es señalada, entre otros eminentes especialistas, por Philippe Walter: “Una mitología típicamente medieval se ha construido sobre las creencias paganas que el cristianismo debió asimilar con el objetivo de controlarlas” (Mythologie chrétienne. Rites et mythes du Moyen Age). O incluso Le Goff, que señala que “entre las realidades que muestran los textos, los rituales, las imágenes y la práctica social y devocional, encontramos (…) una cierta distancia, por no decir más, entre el monoteísmo oficial y las formas del politeísmo” (Le Dieu du Moyen Age).

Son fenómenos bien conocidos: creencias y prácticas ligadas a la veneración de fuerzas naturales y expresiones de un panteísmo espontáneo (árboles y manantiales sagrados, piedras grabadas, fiestas estacionales ligadas al curso anual del sol, etc.) han perdurado pese a todas las predicaciones, todas las prohibiciones, todas las persecuciones (siendo el paganismo asimilado a la brujería). Mientras que el cristianismo, proclamado religión única y obligatoria por el emperador Teodosio en el 392, estaba llamado a regir las conciencias y la vida cotidiana de los europeos, siendo así la impuesta unidad religiosa una unidad de fachada. Además, el fenómeno de los desviacionismos recurrentes, llamados herejías, además de las fracturas institucionales (cisma con el mundo bizantino, el luteranismo y el calvinismo en el siglo XVI), la persistencia de una cultura popular imbuida de paganismo y subyacente a la cultura oficial, clerical, religiosamente correcta, demuestran que las sociedades europeas, de la Antigüedad a la época contemporánea, eran relativamente cristianas.

Mientras se mantiene sin discontinuidad, para limar las resistencias, una política multisecular de represión, la Iglesia utiliza paralelamente una estrategia de recuperación ‒más inteligente y, por tanto, más eficaz‒ para digerir los viejos fondos paganos (instalación de edificios cristianos sobre los lugares de culto paganos, culto de los santos, cristianización del calendario de las grandes fiestas estacionales, etc.). Pero esta estrategia tuvo un efecto perverso: queriendo cristianizar el paganismo, la Iglesia católica (pero también la Iglesia ortodoxa, más “solar” en muchos aspectos) ha paganizado el cristianismo ‒y le reprochan violentamente este hecho tanto algunos heréticos (pretendiendo, con razón, seguir siendo fieles al cristianismo primitivo) como por los iconoclastas o los reformistas (furiosos, por ejemplo, contra el culto de los santos y el culto mariano). Cómo negar, por otra parte, que, por tomar sólo un ejemplo, la intensa devoción popular a las vírgenes negras de las iglesias romanas no sea la tranquila continuación de los cultos dedicados a las diosas-madres de los templos paganos, encarnaciones de la fecunda y protectora Tierra-Madre...

Puesto que estamos con la cuestión de las vírgenes negras, recordemos de paso la significación fuertemente simbólica de los colores en el mundo europeo: el negro, pero también el verde y el azul, son colores de fecundidad (tercera función), el rojo es el color de la sangre, por tanto del combate (segunda función), el blanco ‒y el dorado‒ el color de la soberanía (primera función). Téngase en cuenta que estos colores están asociados (dos o tres de ellos) en la composición de las banderas europeas. Y no podemos dejar de señalar que la jerarquización de los colores blanco-dorado, rojo-violeta y negro, se encuentra en las vestimentas llevadas por el clérigo católico, de la cima a la base de la pirámide de funciones. En este dominio, también, la Iglesia debió adaptarse.

Todas estas observaciones ¿conducen a negar la dimensión cristiana de Europa? Evidentemente no. Sería estúpido negar que, haciendo la historia su trabajo, el cristianismo ha marcado con su impronta a la civilización europea (además de que, entre los paganos hoy más feroces, ¿pueden afirmar que están totalmente liberados de toda influencia cristiana, incluso en el nivel inconsciente?). Pero el cristianismo ha conocido, en el curso de su larga y progresiva implantación en Europa, bastantes evoluciones. Dicho de otra forma, la Europa cristiana que hoy reivindican algunos, se ha alejado, en el curso de los tiempos (digamos incluso, que se ha emancipado) de un cristianismo primitivo profundamente marcado por sus orígenes judaicos. Digamos, por utilizar una fórmula menos provocativa, que el catolicismo ha tenido éxito en la medida en que él ha logrado llegar a ser un cristianismo bien particular, adaptado a las mentalidades europeas.

Abriendo las grandes puertas del naciente cristianismo a los “gentiles” (es decir, a los no-judíos), San Pablo de Tarso puso en marcha una estrategia que, todo al mismo tiempo, permitió la espectacular expansión del cristianismo, pero también (era la condición sine qua non), lo separó de sus raíces hebraicas. Si bien fue una corriente, entre otras, de una religión marcada por su especificidad étnica, se convirtió después en una religión universalista. Para gran pena de aquellos que, desde la Antigüedad a nuestros días, han querido seguir siendo fieles a la matriz judeocristiana. Estos protestatarios rigurosos siempre han puesto por delante la fidelidad incondicional y meticulosa a un monoteísmo intransigente, despreciando y maldiciendo todo compromiso con lo que pudiera parecer como tentación politeísta. Pero ellos eran minoritarios, al menos hasta nuestros días, cuando la corriente ‒digamos también el lobby‒ judeocristiana ha tomado el control de la mayoría de los engranajes de la Iglesia católica. Para el protestantismo no se plantea la cuestión, porque su razón de ser siempre ha sido el retorno al biblismo, mientras que los ortodoxos han puesto por delante y sin discontinuidad un cristianismo solar bien diferente del judeocristianismo, como lo ilustra dramáticamente la “querella de las imágenes”. (Continuará...)