M5S, un partido que quiere continuar en el poder… aunque pierda su alma, por Alain Leauthier


El Movimiento 5 Estrellas (Movimento 5 Stelle), tan atípico en sus inicios, está dispuesto a gobernar con su rival de antaño, el Partido Demócrata italiano. Y a perder su alma.

Sí. Los militantes del M5S dicen sí. Un plebiscito, con el 79% de votos favorables al acuerdo de gobierno con el Partido Demócrata. Lo dijeron en su plataforma digital Rousseau, que es un poco, respecto al M5S, lo que el Comité central era al Partido comunista. Y también su absoluta antítesis: no una instancia de control de las fuerzas del partido, sometido a la omnipotencia de las sucesivas direcciones, sino el palanca de impulso, al menos en teoría, de la democracia directa en un movimiento supuestamente atípico, dividido entre un jefe carismático, el humorista Beppe Grillo, cofundador del movimiento con el difunto especialista de marketing digital Gianroberto Casaleggio, y una masa de activistas, con casi ninguna estructura intermedia entre los dos polos. Personaje tan barroco como ambiguo, Caseleggio presentaba esta forma de militar “on-line” como la necesaria traducción de lo que profundamente era el movimiento: no un (seudo)ovni aparecido bruscamente en un paisaje político italiano inmutable, sino la expresión práctica de una mutación hacia la postpolítica.

La buena razón del viejo mundo

En suma, todo lo contrario de la banal y sempiterna combinación entre los partidos gracias a la cual Luigi Di Maio, que dirige el movimiento desde 2017, la parte esencial de los parlamentarios del movimiento y, al parecer, el mismo Beppe Grillo, esperan conjurar la trampa de las elecciones anticipadas tendida por su antiguo “socio” Matteo Salvini. A corto plazo, unos y otros salvarán probablemente una parte de los muebles (y del dinero), pero quizás también pierdan el hilo de la historia original que pretendían escribir contra el discurso dominante de las élites europeas.

Antes de vituperar, en las plazas públicas de toda la península itálica, y de encadenar éxito tras éxito electoral entre 2013 y las triunfantes legislativas de 2018, Beppe Grillo tenía un blog, uno de los más seguidos en internet. Atacaba sin piedad la corrupción de la clase política italiana, la endogamia de los parlamentarios, su alejamiento de los ciudadanos, su incapacidad para entender las necesidades concretas del pueblo, el fracaso de las políticas de austeridad, siempre dirigidas a los más desfavorecidos. Atacaba, al mismo tiempo, a la tecnocracia bruselense, asimilada a una oligarquía autista, incapaz de reformarse aunque sólo propugnase más reformas (más flexibilidad, más apertura, menos nación y menos derechos adquiridos), llegando incluso a proponer un referéndum consultivo sobre la moneda única. En algunas jornadas de crisis y discusiones con el Partido Demócrata italiano, Di Maio y sus consortes se han convertido en eurocompatibles, negociando entre límites aceptables como hacen los pequeños jefes razonables… El retorno a la razón, la buena razón política del viejo mundo que se resiste al peligro populista. Y el primer peligro, paradójicamente, fue aceptar la alianza gubernamental con la Liga.  

Un movimiento con varias cabezas

Después de muchos años en la tormenta, bajo el reino de su fundador, Umberto Bossi, la antigua Liga del Norte, colocaba en su cabeza a un jefe indiscutible, carismático también. Y en frente, Grillo, que no se intimidaba fácilmente. Se trataba, después de todo, de una evolución profunda de las democracias occidentales, donde el empobrecimiento progresivo de las formaciones políticas clásicas dejaba su lugar, por un lado, a los tecnócratas, y por otro, a los “jefes” que reivindicaban la adhesión del pueblo.

Salvo que la Liga, bajo su perfil antisistema, es también un auténtico partido, convencido de que hay que tomar el poder para ejercerlo plenamente, lo que supone aceptar ciertas relaciones de fuerza y compromisos sobre puntos a ganar. Al respecto, el M5S, se comprometió sin tener al alcance los medios necesarios para cumplir sus promesas. Di Maio tenía en frente a Salvini, que se reveló como un dirigente complicado de gestionar, que además les ganaba el combate en Sicilia, en el norte y en centro de Italia, igual que en Roma. El M5S había salido a la superficie, pero había perdido su originalidad.

Ni derecha ni izquierda, decían cuando se trataba de un sutil equilibrio entre sus diferentes sensibilidades, algunas inclinadas hacia la defensa del medioambiente, las medidas sociales y la participación de los ciudadanos, otras hacia el rechazo de la inmigración no controlada y la “feliz” mundialización. El M5S es, hoy, un movimiento con diversas cabezas, donde la comunicación ya no es fluida. Para la politóloga Emiliana De Blasio, «volver a la plataforma Rousseau es un medio de tranquilizar a los militantes de primera hora sobre el hecho de que el M5S no ha sido pervertido por el poder y de que la base todavía cuenta mucho, incluso si la realidad es que ya no cuenta demasiado». Lo que cuenta es durar un poco más… Fuente: Marianne