Donald Trump, anatomía de un fenómeno. El plebiscito de la clase obrera blanca, por James Litell


La carrera presidencial de Donald Trump y su éxito abrumador sorprendieron a muchos observadores. Esta oferta electoral inédita, en el cruce del populismo y del espectáculo, responde, sin embargo, a una demanda política que hasta entonces estaba huérfana.

Por sí solo, Trump cristalizaba la cólera de una “América periférica” ‒blanca y obrera‒ expulsada de la agenda tanto de los demócratas como de los republicanos, que sólo atendían a las “nuevas mayorías emergentes” compuestas de jóvenes diplomados urbanos, de afroamericanos, de latinos y de minorías a la moda. ¿Asistimos a los últimos fuegos de la “working class” blanca norteamericana antes de que se convierta en una minoría? Quizás. 

Una revuelta populista
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Donald Trump es una figura pública desde la década de los años 80, cuando su ostentosa fortuna, su extraordinaria vanidad y su sórdido divorcio con su primera esposa le situaron ante la escena mediática, un símbolo de los excesos de la América en la época “la hoguera de las vanidades”. A través de su imperio de telerrealidad ‒sin contar sus ocasionales salidas a la vida pública‒, jugó un papel fundamental en el movimiento “birther”, cuestionando la ciudadanía americana de Obama (porque era de padre keniata)‒ y, por tanto, la legitimidad de su elegibilidad como presidente. Desde entonces, nunca ha estado fuera de las cámaras por mucho tiempo. Por estas razones (y muchas otras), Trump aparecía como una figura improbable para conducir una revuelta populista, menos incluso que Bernie Sanders, el candidato demócrata al que se le comparaba con frecuencia. Sin embargo, pese a las numerosas “meteduras de pata”, que se pusieron de manifiesto en el curso de las primarias, Trump nunca de dejó de demostrar la solidez de su instinto político. Percatándose de que existía un vasto electorado, indócil e inexplotado, sensible a sus posiciones y eslóganes predilectos ‒expulsar a los inmigrantes ilegales y construir un muro a lo largo de la frontera sur con México, renegociar los acuerdos de librecambio a fin de proteger el empleo de los estadounidenses, retirar las tropas americanas en el extranjero, etc.

Trump logra su candidatura
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Recordemos que Trump lanzó su campaña presidencial con un discurso ya famoso en el que afirmaba que los Estados Unidos se había convertido en un “vertedero” para todos los problemas del mundo: “Cuando México nos envía a sus habitantes, no nos envía a los mejores (…) Envía a la gente con graves problemas y ellos nos traen sus problemas aquí. Aportan la droga. Aportan la criminalidad, Son violadores. Y algunos de ellos, presumo, son gente de bien. El comunicado de Trump fue unánimemente condenado por la prensa y por el resto de candidatos. Mientras la controversia estaba en pleno apogeo, numerosas empresas vinculadas al imperio tentacular de Trump cesaron toda relación con él. Los comentaristas de la vida política estadounidense concluyeron prematuramente que las ambiciones presidenciales del magnate estaban fracasando antes de que su campaña hubiera comenzado realmente. Sin embargo, para sorpresa general, Trump descarta disculparse por sus despectivos comentarios, que considera “absolutamente justificados”, y en algunas semanas adelanta a sus rivales en la cabeza de las primarias.

Pronto quedó claro que el estilo provocador de Trump, así como sus posiciones populistas sobre la industria y la inmigración le valían numerosos apoyos leales entre la base del Partido republicano, amenazando con socavar las campañas más convencionales de los otros candidatos. A medida que avanzaba su éxito en las primarias, el tono de los medios se recrudecía: Trump no sólo era un payaso, se había convertido en un payaso maléfico y probablemente fascista.

Al mismo tiempo, el establishment republicano ‒esa mezcla de líderes políticos, consultores, lobistas, donantes y hombres de negocios, que controlan los resortes del poder en el seno del aparato del partido y determinan su agenda política a nivel nacional, comenzaron a poner a punto una estrategia para bloquear su progresión. En vano. Trump gana en siete de los once Estados cuyas primarias se celebraron el “Super-Martes” del 1 de marzo, aumentando sensiblemente su avance en número de delegados. Dos días más tarde, el exnominado a las presidenciales republicanas Mitt Romney pronuncia un discurso en el que llama a los electores a apoyar a los candidatos del establishment, como Marco Rubio o John Kasich, acusando de paso a Trump de ser un “estafador”, un “impostor. Este discurso tuvo un efecto muy negativo en la base electoral republicana, que reaccionó con ira frente a este paternalismo mal disimulado. Resultado: la intervención de Romney tuvo por consecuencia consolidar a Trump. Como señaló uno de los partidarios de Trump en un llamamiento en un talk-show radiofónico conservador muy influyente, “el electorado republicano no es una banda de cretinos completamente ignorantes; sabemos quién es Donald Trump y lo utilizaremos para abanderar el Partido republicano o para hacerlo saltar por los aires”. De hecho, el Partido republicano y una parte de su base parecían dirigirse hacia la ruptura, un divorcio, abriéndose la perspectiva de un realineamiento político más fundamental.

¿Por qué los pobres votan a la derecha?
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A diferencia de su rival en las primarias, Ted Cruz, que dependía en gran medida del segmento conservador cristiano, en la base republicana, el electorado de Trump varía considerablemente de un Estado a otro y según las regiones. En algunos Estados donde las primarias son “abiertas” (los ciudadanos pueden optar por votar a un candidato independientemente de su afiliación política), Trump atrajo los votos de muchos votantes no afiliados, así como los de parte del electorado demócrata. En los Estados del noreste como el de Nueva York, en el que gana por un margen abrumador, recibe el apoyo de una amplia mayoría de los republicanos. En todas estas elecciones, sin embargo, el voto a Trump se concentra de forma desproporcionada en el seno de un segmento de población muy específico: los hombres blancos sin estudios de enseñanza superior.

Estos electores tienden a ser menos conservadores que otros segmentos de la base republicana (como los evangelistas y los libertarianos del Tea Party) y muchos de ellos (o de sus familiares) han votado demócrata alguna vez. Pero han pasado varias décadas y la clase obrera blanca, que antaño tendía a ser menos conservadora que otros segmentos del electorado, ha ido gradualmente abandonando a los demócratas, especialmente en reacción a la política racial del partido y su alineamiento, a partir de finales de la década de los años 60, con las minorías. Ningún candidato demócrata ha conseguido una mayoría de sufragios blancos desde 1976. Con el tiempo, el basculamiento del electorado blanco ‒singularmente de la clase obrera‒ hacia el Partido republicano ha conducido a una situación paradójica, analizada por Thomas Frank en su ensayo ¿Por qué lo pobres votan a la derecha? Así, los políticos republicanos han llegado a depender cada vez más del voto de los blancos de “cuello azul”, a quienes cortejan, antes de abandonarlos nuevamente, una vez elegidos, en beneficio de su agenda política clásica (librecambio, reducción de los impuestos a las clases acomodadas y limitación de los derechos sociales), que va directamente contra los intereses socioeconómicos de sus electores. A fin de garantizar que estos últimos continúan votando por ellos, los republicanos hacen campaña por las “cuestiones sociales” (societales), mezclando la oposición a la homosexualidad y el aborto con llamamientos, apenas velados, al resentimiento racial de los blancos.

A medida que la participación de la clase obrera blanca en el electorado republicano aumenta, los demócratas encuentran el medio de compensar estas pérdidas. En 2004, los demógrafos políticos John B. Judis y Ruy Teixeira publicaron un estudio notable e influyente: La mayoría demócrata emergente, en el cual preveían que el cambio demográfico del país pronto permitiría al Partido demócrata reagrupar una coalición ganadora de electores jóvenes, diplomados y profesionales blancos, afroamericanos e inmigrantes. No temían afirmar que esta coalición, por el número de personas que reuniría, llegaría inevitablemente a dictar el curso de las políticas nacionales. Es esta estrategia la que llevó a la elección de Obama en 2008 y en 2012. Fue también la estrategia seguida por Hilary Clinton en las primarias demócratas, Incluso Bernie Sanders, que anteriormente se inquietaba por las consecuencias económicas negativas de la inmigración masiva (sin pronunciarse, no obstante, por las cuestiones raciales), se vio obligado a integrar este nuevo parámetro electoral, cortejando sin rubor a los electores negros y declarando que regularizaría, una vez elegido, a 12 millones de inmigrantes ilegales.

Trump a caballo de la “working class” blanca
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Por contra, los demócratas no hicieron casi nada por seducir al electorado blanco. Bajo la égida del presidente Clinton, el Partido demócrata trazó una línea en la que debían permanecer las reivindicaciones sociales y adoptó abiertamente el plan neoliberal de sus rivales republicanos. Este aggiornamiento condujo a la firma de una serie de desastrosos acuerdos de librecambio, bajo un fondo de delirante exaltación de la mundialización bajo todas sus formas. El surgimiento de este consenso bipartito en torno al neoliberalismo tuvo por consecuencia la desaparición de una “oferta política” sobre las cuestiones políticas fundamentales, entre las cuales, sin ser las menores, se encontraban la industria y la inmigración. Sin prácticamente ninguna motivación, ni social ni económica, para votar por los candidatos de estos dos partidos, el electorado blanco, huérfano, se fue volviendo cada vez más sensible a los llamamientos tribales de algunos políticos republicanos. En el camino, los símbolos fueron sustituyendo progresivamente a las opciones políticas.

El fulgurante ascenso del candidato Trump debe ser comprendido como parte de una consecuencia de este nuevo orden electoral. Mientras que la proporción de la clase obrera blanca en la base electoral republicana iba aumentando ‒hasta el punto de constituir un electorado cautivo‒, las tensiones identificadas por Thomas Frank entre las elecciones de la élite republicana en favor del librecambio y las aspiraciones populistas de una parte de la base republicana, no podía permanecer oculta durante mucho tiempo. La verdad es que, en un contexto marcado por la offshoring, el estancamiento de los salarios y la inmigración masiva, la “working class” blanca no tenía “ningún lugar adonde ir”. Prometiendo dar marcha atrás respecto a los acuerdos de librecambio de la era Clinton y poner fin a la inmigración no cualificada, la candidatura nacional-populista de Trump les ofrecía una ruta de escape. No obstante estas promesas, y aunque parecía inevitable que el Partido republicano adoptara este giro populista, nadie había previsto que esto último fuera tan rápido y dramático. Para comprender las razones es necesario reconsiderar las circunstancias particulares que rodearon la candidatura de Trump.

El segundo mandato de la administración Obama estuvo marcado por dos fenómenos que contribuyeron en gran medida a favorecer la campaña “insurreccional” de Trump: el viraje del Partido republicano sobre la cuestión de la inmigración clandestina y una polarización racial creciente. Durante su primera campaña electoral, Obama obtuvo el 43% de los sufragios entre el electorado blanco, más o menos como sus predecesores; pero en la segunda campaña, Obama sólo obtuvo el 39% de los mismos. Peor aún, entre algunas categorías del electorado blanco (católicos, ancianos, mujeres, trabajadores), sus resultados sólo fueron mediocres, recordando los niveles obtenidos en la época de la marea Reagan de los años 80. Incluso así, Obama obtuvo una cómoda victoria al movilizar a los votantes de las minorías para compensar la erosión de los votantes blancos.

Los tenores del partido contra Trump
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En el cuso de las elecciones de 2012, el adversario republicano de Obama, Mitt Romney, fue severamente criticado por haber dado a entender, en un primer momento, que animaría a los inmigrantes clandestinos a la “autodeportación” (o “autoexpulsión”), poniendo en marcha la aplicación de las mismas sanciones que existían ya contra los empleadores. Rápidamente, Romney dio marcha atrás. Pero tras la victoria de Obama, estas declaraciones fueron punteadas por algunos estrategas republicanos. No le reprochaban, como muchos comentaristas, su carrera de inversor en “capital-riesgo” que le había enriquecido, al precio de cierre de empresas y despidos masivos. No, este pasado de inversor-depredador, combinado con su actitud altiva, sólo no le hacía inadecuado para la base republicana. Lo que le reprochaban era su incapacidad para captar una mayor porción del electorado latino, un electorado que aumenta año tras año. Así, para los tenores del Partido republicano, que se reunieron a la mañana siguiente de la victoria de Obama a fin de debatir la estrategia a seguir, la derrota de Romney era la prueba de que el Partido republicano debía ampliar su base electoral: para ganar en el futuro, deberían obtener resultados más convincentes entre los latinos. En una palabra, esto implicaba abandonar la oposición ‒ciertamente falsa y formal‒ a la inmigración clandestina.

Siguiendo esta nueva estrategia, en 2013, un grupo de cuatro senadores republicanos (dos de ellos candidatos a la elección presidencial, ellos, Lindsey Grahan y Marco Rubio) unieron sus fuerzas a las de cuatro de sus colegas demócratas para redactar lo que se conoce con el nombre de proyecto de ley de “la banda de los 8”. Además de abrir “una vía hacia la ciudadanía” para los millones de clandestinos, este proyecto legislativo preveía una amplia extensión del régimen de permisos de trabajo para los inmigrantes cualificados y no cualificados. Pese a su adopción por el Senado, la oposición republicana en la Cámara de representantes, tras una compaña popular sin precedentes, impidió que el texto tuviera éxito.

Como presagio de este rechazo, el líder de la mayoría republicana en la Cámara de representantes, Eric Cantor, fue derrotado en 2014 por David Brat, un profesor universitario poco conocido, durante unas primarias que se focalizaron en el apoyo de Cantor a “una reforma de la política de inmigración”. Expresión de una oposición más amplia a las mutaciones demográficas del momento, esta movilización de las bases republicanas prosiguió en 2015 tras el anuncio, por el presidente Obama, de su intención de publicar un decreto para acordar unilateralmente un estatuto legal y permisos de trabajo para los inmigrantes clandestinos. Sometido a deliberación de la Corte suprema, esta controvertida medida garantizaba estar presente durante toda la campaña de las primarias.

Incapaz de aprender la lección tras el fracaso de la “banda de los 8”, el Partido republicano prosiguió con su nueva estrategia, enviando a las primarias de 2016 a varios candidatos estrechamente ligados a la reforma inmigratoria. Pero a pesar del apoyo del establishment del partido y de una abundante financiación privada, los dos principales candidatos, Marco Rubio y Jeb Bush (éste despertó la animadversión de los electores calificando la inmigración clandestina de “acto de amor”), fueron expulsados de la carrera por la nominación por Donald Trump.

Obama allana el camino
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Mientras tanto, Obama, con su apuesta por el multiculturalismo, también abonaba el terreno para Trump. Criticado al principio de su mandato por los miembros de la comunidad negra porque lo consideran demasiado conciliador con las relaciones raciales, Obama cambió bruscamente de postura tras el asesinato de una adolescente negra a manos de un voluntario de un grupo de vigilancia vecinal. Obama hizo un discurso en su honor con referencias al pasado racista de América. Varios casos similares se sucedieron posteriormente y se multiplicaron las manifestaciones de repulsa y los incidentes violentos. 

El surgimiento del movimiento negro "Black Lives Matter", tras la muerte a tiros de Eric Brown, por un policía blanco, concienció a la opinión pública de que estas muertes eran instrumentalizadas groseramente sin tener en cuenta las circunstancias reales de los sucesos. El movimiento negro, caracterizado por su agresividad y el uso inteligente de las redes sociales, se extendió por todo el país. Todos los días se presentaban quejas contra los “privilegios blancos”, protestas contra los símbolos institucionales heredados del pasado segregacionista, campañas de culpabilización de presuntas ofensas racistas implícitas. Lo que había comenzado en 2008 como un mandato consensuado bajo la autoridad del primer presidente “posracial”, degeneró súbitamente en una polarización vindicativa en torno a las claves raciales. 

Donald Trump se aprovechó de la agonía del mandato de Obama. Sus discursos eran regularmente interrumpidos por los manifestantes del movimiento negro. La decisión de Trump de afrontar de cara a estos movimientos complació obviamente a sus partidarios. Más generalmente, la retórica de su campaña, hecha de improvisación y de escándalos, probablemente contribuyó todavía más a posicionarlo favorablemente en la base republicana. Evidentemente, cuando era preguntado sobre temas de los que no tenía una opinión clara, respondía, por instinto, de una forma maximalista. La inmigración de los musulmanes debía ser bloqueada. Los terroristas debían ser sometidos a “tratamientos peores que el ahogamiento” y sus familias debían ser “expulsadas inmediatamente”. Paralelamente, las mujeres que abortaban debían ser castigadas…

Como le gusta decir a Trump: “el que me golpee será golpeado diez veces más fuerte”. Así se presentaba como hombre fuerte frente al electorado al que se dirigía, a saber, los electores de la clase obrera blanca que temían ser desclasados definitivamente por la mundialización económica y la inmigración masiva. Implícitamente estigmatizados por una cultura política dominante, en la cuan ellos eran reducidos a la figura del “Otro”, un “Otro” rechazado a la periferia del campo político en nombre de las fuerzas autoproclamadas del progreso y de la virtud, numerosos de ellos se dispusieron a adoptar a Trump como su campeón.

El último aliento de la América blanca
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Sin embargo, para triunfar, Trump necesitaba construir una sólida coalición, extendiéndola más allá de la clase obrera blanca que, en ese momento, constituía el núcleo de su electorado. No era una tarea imposible. No era imposible imaginar un movimiento populista que atrajera, además de los excluidos de la clase obrera, a los granjeros y los campesinos y, en menor medida, a las electores negros y latinos de las pequeñas y medianas ciudades, simultáneamente sacrificados en el altar de una economía postindustrial y similarmente expuestos a las mismas distorsiones de competencia frente a una inmigración masiva no cualificada. 

Con la finalidad de ganar la adhesión de un número significativo de nuevos electores, el equipo de Trump en campaña hizo prueba de un gran nivel de disciplina y de organización que otros candidatos no demostraron. Con su victoria, seguramente estamos asistiendo a un reajuste fundamental del sistema bipartito estadounidense. En lugar de los tradicionales partidos neoliberales de derecha y de izquierda, legados del pasado, el futuro electoral de América quizás esté en una competición entre un partido nacional-populista mayoritariamente blanco y un partido de minorías indisociablemente ligado a la globalización y a las transformaciones desencadenadas por la misma.

En un momento en que las fuerzas demográficas están remodelando el rostro de América, no hay que tener demasiada imaginación para interpretar el mandato de Trump como el último aliento de la América blanca, ni más ni menos. Abandonado por sus élites, que apuestan por un juego que les supera, este electorado, que Donald Trump ha movilizado de forma espectacular, se verá arrastrado por la historia. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne