Immigración: ¿quién ha dicho que Occidente es xenófobo?, por Remi Adekoya


En varios países occidentales, incluidos aquellos considerados como masivamente hostiles a la inmigración, los ciudadanos aceptan mejor la realidad de la inmigración que las poblaciones de otras partes del mundo.

En los últimos años, mucho se ha escrito sobre el miedo a la inmigración en Occidente. El Brexit, la elección de Trump y el relativo éxito de las formaciones políticas hostiles a la inmigración en países como Italia, Alemania y Suecia han suscitado buenas reprimendas en las sociedades occidentales por parte de intelectuales y comentaristas, generalmente de izquierdas. Por el contrario, lo que no ha llamado mucho la atención es que en los países exteriores al hemisferio occidental se empieza a cuestionar la inmigración. ¿Cuál es la opinión de nigerianos, turcos, indios o mexicanos frente a los migrantes que llegan a sus países? 

Sobre este tema, dos recientes investigaciones proporcional interesantes resultados. Pew Research ha sondeado a los habitantes de veintisiete países repartidos sobre los cinco continentes: ¿piensan que su país debe dejar entrar a más o menos inmigrantes que en la actualidad? En países europeos como Grecia e Italia, que han conocido en los últimos años un flujo masivo de migrantes, el porcentaje de individuos que desean menos inmigración es del 82 % y 71 % respectivamente. Pero en varios países occidentales, incluidos aquellos considerados como masivamente hostiles a la inmigración, los ciudadanos aceptan mejor la realidad de la inmigración que los habitantes de otras partes del mundo.

El porcentaje de encuestados que desean menos inmigrantes en sus países es más elevado, por ejemplo, en Sudáfrica (65 %), Argentina (61 %), Kenia (60 %), Nigeria (50 %), India (45 %) y México (44 %), que en Australia (38 %), Reino Unido (37 %) o Estados Unidos (29 %). En los veintisiete países objeto del estudio, menos de un tercio de las personas encuestadas declaran que su país debería acoger a más inmigrantes. Un estudio Ipsos de 2017 sobre las tendencias “nativistas” (hostilidad hacia la inmigración) mundiales, describía un cuadro similar. Cuando se les preguntaba si ellos pensaban que su país sería más fuerte si se detenía la inmigración, se situaban por delante los turcos (61 %) y los indios (45 %), en comparación con los británicos (31 %), los australianos (30 %), los alemanes (37 %) o los sudafricanos (37 %). En cuanto a la cuestión “¿os sentís extranjero en vuestro propio país?”, el 57 % de los turcos, el 54 % de los sudafricanos, el 46 % de los brasileños y el 39 % de los indios respondieron afirmativamente. Las cifras eran menores entre los alemanes (38 %), los británicos (36 %) o los australianos (36 %). En fin, el 74 % de los turcos, el 64 % de los peruanos, el 62 % de los indios y el 60 % de los sudafricanos estaban de acuerdo en que los empresarios debían dar “prioridad” a los locales frente a los extranjeros, frente al 58 % de los norteamericanos, el 48 % de los británicos y el 17 % de los suecos. 

La inmigración es un tema de preocupación en todo el mundo

Creer que el “nativismo” está reservado a los occidentales blancos es una idea preconcebida. Se trata, en realidad, de un fenómeno mundial que es más fuerte, con frecuencia, en los países no occidentales. Evidentemente, no podemos esperar ver florecer artículos en los medios internacionales sobre este inquietante aumento del “nativismo” en Turquía o en la India, ni a los comentaristas emocionarse porque una mayoría de los keniatas no desean ver más inmigrantes en su país. Sobre este tema, la indignación moral de numerosos progresistas occidentales, así como la mayor parte de los intelectuales de color, está reservada a las sociedades europeas; cuando las poblaciones no europeas comparten exactamente, si no más, la misma opinión sobre la inmigración, entonces los medios callan y sólo el silencio sustituye a las justificaciones racionalizadoras. 

Por supuesto, estas encuestas no nos dicen por qué la gente reacciona de esta forma, por qué los nigerianos y los keniatas desean que menos inmigrantes llegan a sus países. Estas cifras no permiten concluir que hay xenofobia o un temor natural a los extranjeros, de la misma forma que nadie puede creer que todos los occidentales que apelan a una menor inmigración sean, a priori, racistas. 

Por el contrario, estas encuestas dejan entender que un nivel elevado de inmigración es un tema de preocupación por todas partes del mundo. Una preocupación que, en ocasiones, puede desembocar en comportamientos innobles, como se ha podido ver en Sudáfrica. Estos últimos años, varias decenas de inmigrantes africanos han sido asesinados por sudafricanos con el pretexto de que ellos les quitaban los empleos y los recursos y se dedicaban a actividades criminales. ¿Resulta familiar esta retórica? Y estos sudafricanos negros que atacan a migrantes africanos negros, ¿lo hacen porque odian a los negros? 

La cuestión del racismo

Entonces, ¿por qué no es tan difícil debatir razonablemente sobre la inmigración sin que lluevan las acusaciones de racismo y xenofobia? Entre otras razones porque los flujos migratorios se dirigen principalmente hacia el Oeste. Según las últimas estimaciones de las Naciones Unidas, el número total de migrantes internacionales ‒gente que vive en un país distinto del que ha nacido‒ se eleva a 258 millones. Mientras Asia acoge una parte no desdeñable, la mayoría se concentra en los países occidentales ricos: Europa, Norteamérica y Oceanía. En estas regiones, los migrantes internacionales representan, como poco, el 10% de la población, frente a menos del 2% en África, Asia y América latina. 

Paralelamente, los inmigrantes tienen tendencia mayoritaria a venir de los países más pobres y más al Sur del globo ‒siendo la India y México los principales emisores. Lo que significa que hay más migrantes de países con poblaciones de color que a la inversa. Una vez que esas poblaciones mayoritariamente de origen europeo comienzan a preguntarse sobre sus niveles de inmigración, los progresistas, incapaces de hablar racionalmente de una cuestión que afecta mayoritariamente a gente de color, se precipitan en lanzar acusaciones de racismo. Es necesario, o al menos es lo que ellos pretenden, ir en “ayuda” de las “víctimas” y defenderlas contra las fechorías de los europeos blancos que quieren impedirles acceder a una vida mejor. 

La mayor parte de los intelectuales de origen africano o asiático que viven en Occidente reaccionan de la misma forma en los debates sobre la inmigración e interpretan las cuestiones planteadas en las sociedades occidentales como un rechazo de todo aquel que se les presenta como diferente. Imaginad hasta qué punto sería diferente el debate sobre la inmigración si británicos y escandinavos emigraran a Nigeria y a Kenia. La discusión sería más racional y objetiva, y versaría sobre las ventajas e inconvenientes de esta inmigración, partiendo de que ninguna raza o etnia particular tendría entonces una marca de hostilidad. Sería mucho más fácil comprender que la inquietud suscitada por la inmigración es un problema mundial, lejos de ser específico de Occidente. 

Angustias comunes

Mientras escribo estas líneas hay una voz que me susurra: “Es fácil para ti hablar de racionalidad, tú que tienes un pasaporte europeo y puedes ir por todo el mundo sin importar el lugar”. De hecho, no tengo ningún contraargumento moral que oponer a esta voz interior, sólo una objeción pragmática. La realidad es que ningún país rico puede mantener a largo plazo una política migratoria de “puertas abiertas”. En una encuesta realizada en 2017 en seis países africanos ‒Nigeria, Ghana, Kenia, Sudáfrica, Senegal y Tanzania‒, del 43 al 75% declaraban querer partir en cuanto la ocasión se presentase. En otros términos, más de 200 millones de personas podrían emigrar si tuvieran la más mínima posibilidad, y siempre a alguno de los países más ricos. Es una realidad que los gobernantes occidentales no pueden permitirse ignorar. El hecho de que los ciudadanos de estos países africanos deseen emigrar, al mismo tiempo que rechazan mayoritariamente que otros migrantes lleguen a sus países, testimonia una regla humana universal: nuestra capacidad para esperar de los otros lo que nosotros no estamos dispuestos a dar.

Las cifras de Pew Research e Ipsos nos muestran una verdad incontestable: “los “temores” que puede suscitar la inmigración no se limitan a los países occidentales. Ha llegado la hora de hablar seriamente de la inmigración mundial para intentar encontrar una solución duradera y sostenible, sin recurrir a los procesos de intención y a la indignación moral selectiva. Pero quizás peco de excesivo optimismo al creer que nuestras angustias comunes pueden unirnos en lugar de dividirnos. Traducción: Peggy Sastre. ■ Fuente: Le Point