Separar el islam: ¿por qué rearmarnos ante su amenaza?, por Benoit Dumoulin


La diferencia entre islam e islamismo deriva únicamente de la estrategia, prefiriendo unos la vía de las urnas o de la demografía para establecer la sharia, mientras otros, más impacientes y agresivos, privilegian las soluciones violentas.

El islam mata. Su poder de muerte golpea constantemente, recordando a aquellos que olvidan la amenaza terrorista que supone el islam, que ésta es permanente.

Pero, me dirán en una casuística muy jesuita, debemos distinguir entre el islamismo, en cuyo nombre se cometen esos crímenes, y el islam, que no tiene nada que ver con esa violencia. Este es el argumento utilizado por los políticos, los medios de comunicación, el clero y todos los partidarios de un “vivir-juntos” que tiene algo de encantamiento en cuanto se ha convertido en algo vacío de sentido, no correspondiendo ya a la realidad de una vida nacional que toma, cada vez más la apariencia de una división, incluso de secesión en algunos barrios y zonas de la periferia.

Es también el argumento que utilizaban todos aquellos que querían salvar el comunismo durante el XX Congreso del Partido comunista de la Unión soviética en 1956, presentando el estalinismo como una anomalía en el camino sin relación alguna con el comunismo original de Lenin. Sin embargo, muchos son aquellos que están tomando conciencia, incluso en el propio seno del mundo árabe, de que el islamismo tiene sus raíces en el islam.

Para Abdennour Bidar, es la enfermedad del islam: “Niegas que los crímenes de este monstruo sean cometidos en tu nombre… Te ofendes porque el monstruo usurpa tu identidad, y tienes razón en hacerlo… pero todo esto es insuficiente… Las raíces de este mal que hoy coloca un velo en tu rostro están en ti mismo, el monstruo ha salido de tu propio vientre ‒y de él surgirán otros monstruos todavía peores si tú tardas en admitir tu enfermedad para, finalmente, atacar las raíces del mal”.

En términos similares, el mariscal Al-Sissi, que derrotó a los Hermanos Musulmanes de Egipto en 2013, se preguntaba así sobre los fundamentos del islam: “¿Es concebible que 1.600 millones de musulmanes puedan querer matar a una población mundial de 7.000 millones con la finalidad de poder vivir en su mundo? Esto es inconcebible. Digo todo esto, aquí, delante de los líderes religiosos y de los eruditos. No podéis ver las cosas con claridad cuando estáis encerrados en esta ideología… Necesitamos cambiar radicalmente nuestra religión”. 

Dejemos, pues, los buenos sentimientos de lado para volver sobre lo esencial. Como lo demuestra Jean-Frédéric Poisson, el islam tiene como objetivo, dondequiera que se instale, a instaurar la sahria, es decir, una regla civil que rige todos los dominios de la vida en sociedad. La diferencia entre islam e islamismo deriva únicamente de la estrategia, prefiriendo unos la vía de las urnas o de la demografía para establecer la sharia, mientras otros, más impacientes y agresivos, privilegian las soluciones violentas.

“El musulmán, recuerda Charles de Foucauld en una carta escrita a René Bazin en 1916, considera al islam como su verdadera patria y los pueblos no musulmanes como destinados a ser, más tarde o más temprano, sojuzgados por los musulmanes o sus descendientes; si están sometidos a una nación no musulmana, ello es una etapa pasajera; su fe emergerá y triunfará sobre aquellos a los que ahora están sometidos”. Es ilusorio querer instaurar un islam de Francia como desean, sin éxito, algunos de nuestros políticos. El islam sigue siendo el islam, y si bien no es monolítico en su estrategia, lo sigue siendo en su esencia.

Lo que hace falta es instaurar una relación de fuerza demográfica, simbólica, jurídica, cultural y espiritual. Demográfica, porque la batalla se juega, en primer lugar, a este nivel, antes de que, un día, la democracia conduzca aritméticamente al establecimiento de la sharia, lo que implica la adopción, especialmente de una serie de medidas sobre la inmigración. Simbólica, porque nuestro paisaje debe estar dominado por los campanarios y no por los minaretes. Jurídica, a fin de que nuestro derecho no haga ninguna concesión a las tentativas de flexibilizar nuestra legislación en favor del islam. Cultural, porque es redescubriendo la profundidad de nuestras raíces cristianas que podremos frenar el modo de vida consumista y nihilista sobre el cual prospera el islam. Espiritual, porque se juega la cuestión de la verdad y de la salvación. La única distinción que merece la pena, en última instancia, porque es universal.

La única amalgama que debe evitarse es la de los musulmanes y el islam. Porque, del mismo modo que los comunistas estaban destinados a salir del comunismo, los musulmanes deberán un día separarse del islam. Quizás para elegir nuestra religión, pero, en cualquier caso, para salir de una ideología que los encierra y que atenta contra nuestra vida pública. Fuente: L´Incorrect