¿Cómo reconquistar la libertad política?, por Éric Zemmour


En Babilonia y la caída del César, el filósofo Guilhem Golfin analiza los defectos de una mundialización que destruye la soberanía.

La mundialización ha sido estudiada bajo todas sus costuras económicas. Se ha comenzado a comprender y admitir que es también (¿y sobre todo?) un fenómeno político, que transmuta las condiciones para el ejercicio de la soberanía de los Estados. 

Guilhem Golfin es un filósofo que ya nos había dejado un ensayo remarcable, Soberanía y desorden político. Ahora continúa su reflexión por el mismo camino, que traduce el bienvenido despertar de un pensamiento cristiano durante mucho tiempo desheredado. Como reconoce el autor honestamente, la mundialización es un puro producto del catolicismo occidental, “una especie de vertiente material y caricaturesca del universalismo cristiano”, una nueva aplicación de la célebre fórmula de Chesterton: “El mundo está lleno de virtudes cristianas que se han convertido en locuras”.

Pero el cristianismo no es sólo el que ha generado las hechuras de la mundialización. La izquierda altermundialista quiere conservar lo universal, pero no el capitalismo; los nacionalistas reclaman el retorno de las fronteras, pero conservan ―frecuentemente pero no siempre, como lo demuestra Marine Le Pen― una tendencia por el liberalismo. En fin, todos los traumatizados por los totalitarismos del siglo XX, todos los liberales émulos de Benjamin Constant, todos los admiradores de la democracia americana, han querido erigir el derecho en contrapoder y no han comprendido, ni quieren admitir, que ellos han forjado una nueva tiranía: “La mundialización es, en su origen, el resultado de una desgraciada dialéctica que, con la hipertrofia del Estado y de las funciones gubernamental y administrativa debidas a la práctica moderna de la soberanía, se opone a las tentativas de limitación del poder. Estas tentativas han conducido a una auténtica subversión de la soberanía (…) La soberanía, que estaba dirigida a asegurar la independencia de los Estados, desemboca, a fin de cuentas, en lo contrario, en virtud de la lógica de poder que le es propia”. Guilhem Golfin no es el primero en describir la alianza de la economía y el derecho; tampoco en mostrar los artificios del famoso Estado de derecho que, encorsetando al Estado en nombre del derecho, mina los fundamentos de la democracia e impone una nueva tiranía, la de las jurisdicciones no elegidas y supranacionales, instrumentalizadas por hábiles minorías que dominan a las mayorías apáticas y culpabilizadas.

Pero el autor hace, con su potente retórica y su sensibilidad cristiana, que tengan una reseñable actualidad. Así, muestra claramente ese “supraestatalismo jurídico”, es decir, las jurisdicciones internacionales que se superponen a las soberanías políticas nacionales, imponen sus normas y legislaciones comunes y uniformizan las costumbres y la moral. Analiza, con una rara sutileza, cómo, para hacer surgir a un individuo, puro sujeto del derecho y del mercado, sin raíces ni vínculos, esas nuevas normas han tomado como objetivo principal a la familia: “Desde la facilitación del divorcio hasta la impostura de un matrimonio entre personas del mismo sexo (…) todo contribuye a destruir la familia y, por tanto, las relaciones fundamentales que forman la identidad de los hombres y de las mujeres, reduciéndolos siempre a no ser más que individuos sin nombre y sin rostro (…). Destruyendo la familia (…) es la comunidad política misma la que es socavada por la mundialización”.

Nuestro filósofo analiza la detestación manifestada por los heraldos de los políticamente correcto hacia la naturaleza, el cuerpo, y su preocupación por privilegiar los “espíritus” libres y autónomos: “Lo que está en juego es una concepción del mal en el hombre. Si sólo es verdaderamente real el puro individuo, el mal sería santificado, porque el individuo no sabe ni puede comprender la realidad que le trasciende. El mal sólo puede venir de las relaciones que impone el comercio con los otros. Este comercio impuesto es el reino de los cuerpos, que es el de las necesidades naturales, de la necesidad, que marca nuestra derrota radical”.

Guilhem Golfin no ve otra salida que “el retorno a una sociedad católica, preferentemente la de la Edad Media y la de aquellos Papas que eran los intérpretes cualificados de los principios de la ley natural contra la arbitrariedad de los reyes, en una armoniosa dialéctica y exclusivamente cristiana entre lo temporal y lo espiritual”. Ve en Maquiavelo al hombre que combatió las pretensiones eclesiásticas y otorgó a los políticos los medios para su emancipación. Bien, nos seduce menos su solución que su diagnóstico. En primer lugar, porque, como él mismo dice, el cristianismo es la matriz del mal que denuncia: “El derecho internacional es una invención de la cristiandad en la época precisamente en que esta cristiandad estaba a punto de disolverse”.

Su loable fidelidad a la iglesia en ocasiones le ciega: afirma, por ejemplo, que la evangelización de las poblaciones colonizadas se hizo sin destruir sus sociedades. No cree en la “guerra de civilizaciones”, pero reconoce que “sólo Occidente ha conseguido superar el nihilismo y que debe renovarse con los principios que le hicieron grande, pues de lo contrario caerá junto a los demás pueblos o acabará siendo dominado por algunos de ellos”.

La situación es suficientemente grave como para no escatimar en medios: no parece que deba elegirse entre el retorno a una identidad cristiana y los maquiavélicos medios de la política ávida de reencontrar su soberanía. La alianza de la economía y el derecho es tan poderosa que hay necesidad de ambos, como lo demuestran los ejemplos de Putin y de Orbán, cuyos métodos, no sin contradicciones, el autor aprueba. Golfin seguramente estaría de acuerdo en admitir que “las herejías modernas han acabado por dominar intelectualmente a la iglesia”. Una Iglesia romana que creía jugar su tradicional rol “de intérprete cualificado de los principios de la ley natural”, sin comprender que estaba haciéndole el juego a sus peores enemigos, que no aspiran sino a la destrucción del Occidente cristiano. Fuente: Le Figaro