«Desfatalizar» lo existente, por Diego Fusaro


El único camino posible para escapar de la realidad transfigurada en un destino sin redención (según lo que hemos calificado como "ideología de la imperfección interminable") consiste en reactivar el sentido de la posibilidad como modalidad ontológica fundamental y, con ella, de la acción humana como portadora de la transformación.

Aun cuando, como sucede hoy, gracias a la poderosa máquina de la manipulación organizada, el mundo de los poderes objetivos aparece como un destino imposible de trascender, como el resultado fatal de los procesos irreversibles de la economía, es justamente a partir del recuerdo de la posibilidad como una estructura ontológica de lo real, que nosotros debemos retomar nuestros pasos. El presente debe volver a ser entendido como historia y como posibilidad, y no como un "cristal sólido" (Marx) al cual adaptarse.

Todo lo que existe, incluyendo aquello que se dice que es insuperable en su destino, se da como resultado de una posición y, como tal, puede ser transformado. El presente, el pasado y el futuro deben ser alejados del mal de la necesidad y devueltos al ritmo de la posibilidad histórica, para que la imaginación planificadora y la perspectiva utópica puedan volver a ser los contenidos dinámicos de la temporalidad.

Por lo tanto, la praxis debe, en primer lugar, ser metabolizada por la teoría como su posibilidad real, dando lugar a la figura de una crítica capaz de actuar concretamente sobre el objeto criticado y de modificarlo a su vez con vistas a alcanzar su acuerdo con la razón práctica. Los dos opuestos en la solidaridad antitético-polar (y, por lo tanto, coincidiendo secretamente en su correlación esencial) de realismo desencantado y utopía abstracta para las almas bellas deben, entonces, dar paso al sueño justo de la posible racionalización de lo existente por la acción humana. Esto último, a su vez, deben ser injertados en una ontología del no-todavía que, con optimismo militante, sepa mediar la pasión desadaptada con las condiciones reales.

Por sí sola, la contradicción que el presente tiene en su seno no se elimina. Además, nunca se ha desembarazado nadie de ella: es una de las enseñanzas más valiosas que las Revoluciones francesa y rusa, lección que éstas nunca dejan de impartirnos. La ilusión fatalista de la contradicción autosuficiente sólo puede convertirse, al final, en apologética de lo existente: es decir, en ese mismo fatalismo pesado que ha acabado hechizando nuestro tiempo, en la resignada convicción de que se necesita paciencia, porque el capitalismo tiene los siglos contados. No se trata de adaptarse al objeto, sino, según el idealismo, de conformarlo a la subjetividad actuante. Por esta razón, hoy, en el mundo del realismo dominante y de la consecuente absolutización del objeto, es necesario partir de nuevo del punto de inflexión trascendental logrado por el idealismo alemán: con la fórmula de Giovanni Gentile, es necesario favorecer el "renacimiento del idealismo" como antídoto contra la desenfrenada pereza fatalista.

Sólo así es posible redialectizar el capitalismo especulativo, es decir, reactivar el sentido de la posibilidad como modalidad ontológica fundamental y, precisamente por eso, deconstruir la mística de la necesidad rampante en la que se sustenta la fase especulativa actual. Se trata, a través de la recuperación e implementación del legado del idealismo alemán, y en primer lugar de su visión dialéctica, de reaccionar a la absolutización actual del objeto y reactivar el supuesto -la base de la desfatalización de lo existente- de que lo que es, por la fuerza de una posición subjetiva, existe como objetivación mediada temporalmente de la praxis humana.

El objeto no es un dato natural-eterno, sino el resultado de un hecho: como tal, siempre puede ser sometido desde el principio a la praxis transformadora. Es en este sentido que no podemos dejar de llamarnos idealistas. Más allá de las perspectivas diferentes, mutuamente irreductibles y a veces antitéticas en las que se ha expresado el idealismo -y que no es tarea de este trabajo-, nos detendremos en el código de sujeto-objetividad, es decir, en el supuesto de que pone la identidad del sujeto y del objeto, entendiendo este último como la objetivación de lo primero y su libre creación práctica. Con Hegel, la reconciliación de sujeto y objeto es dada en el proceso histórico, como su resultado.

Nuestra atención, dirigida a fomentar una "urbanización" del campo idealista, se centrará en el supuesto de que el objeto siempre se da a través de la mediación de la posición subjetiva y, por lo tanto, en forma no objetiva. Sujeto y objeto no existen ahistóricamente como polos opuestos y mutuamente autónomos, según el dogma cartesiano de la Anwesenheit [presencia], de la esencia como presencia ahistórica pura que, diría Gentile, fieri nequit [quod factum est infectum fieri nequit: no puede lograrse que lo sucedido no haya sucedido, NdT]: ambos, sujeto y objeto, se dan, en cambio, como mutuamente mediados por la acción caracterizada temporalmente (siendo el objeto el resultado de la postura subjetiva), según la adquisición teórica ganada por Kant y al mismo tiempo, no desarrollado por él de manera consistente en todas sus consecuencias. Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: diegofusaro.com