Covid-19 : El infierno está empedrado de buenas intenciones higienistas. Entrevista a François Bousquet, por David Boughezala


Usted dedica el primer capítulo de su ensayo Biopolitique du coronavirus. Télétravail, famille, patrie, al conspiracionismo que florece hoy en día. En la era de la escolaridad obligatoria, el acceso gratuito al saber y a la información, ¿cómo explica su expansión? ¿Vivimos hoy una crisis del espíritu científico y racional moderno?

¿Hemos sido alguna vez agentes racionales, animales dotados de una fría razón calculadora? La duda está ahí. Nuestra imaginación siempre ha estado muy activa. El conspiracionismo lo prueba a su manera.  Primero, consiste en un imaginario folclórico, con frecuencia agradable, pero pegado a una especie de delirio interpretativo. Este imaginario resurgió brutalmente el 11-S y durante la segunda guerra de Irak. Puede ser que su larga hibernación no haya sido más que un efecto óptico que la llegada de internet rompió. Por otra parte, internet no ha reinventado el complot, solamente lo ha sacado de sus nichos antimasónicos, rosacrucianos, ufólogos. Convertido en viral, el complot se ha vuelto mundial, en banda ancha y libre acceso. Esa es la novedad. Por lo demás, el conspiracionismo responde a una necesidad fundamental del alma humana: la intencionalidad. Los creacionistas hablarían de propósito inteligente, pero el propósito aquí es inteligente o malvado de forma indiferente. Es lo que León Poliakov llamaba, con una fórmula muy evocadora, la “causalidad diabólica”. Ella sola ilustra la permanencia de lo milagroso, el pensamiento mágico, el actor omnipotente que pone cara a todos los procesos que, sin ella, seguirían siendo impersonales. ¿Cómo odiar la lógica abstracta del capital o de la globalización? ¡Poniéndole los rasgos de Bill Gates!

Diciendo esto, casi llegaríamos a estar de acuerdo con la línea de defensa de los medios corrientes contra el conspiracionismo. Más vale, al contrario, plantearse la hipótesis de que el conspiracionismo no es más que la imagen invertida de esos medios. A los periodistas del mainstream les gustaría convencernos de que hemos entrado en la era de la “posverdad”. Les creeríamos si no fuera porque ellos mismos explotan de la mañana a la noche, sin ninguna vergüenza, los hechos alternativos. Es la falsedad sin réplica de la que hablaba Guy Debord. Pero, esta falsedad ha encontrado respuesta en el contraperiodismo salvaje y la literatura conspiracionista que se desarrollan en internet. El universo del complot siempre ha funcionado en una perturbadora relación de simetría con los medios “legítimos”.

Sin caer en el conspiracionismo, usted parece ceder a veces ante el pensamiento mágico. Así, como numerosos ecologistas, usted estima que la naturaleza se ha vengado de nuestros excesos ya que el Covid-19 sería la némesis a la que llamaba nuestra arrogancia. Más que una consecuencia de la globalización y la sobreexplotación del planeta, ¿no sería este virus una de las plagas que marcan inevitablemente la historia de la humanidad?

Le aseguro que yo no soy Greta Thunberg, la caperucita sueca que movilizó a los jóvenes y les hizo hablar desde la tribuna de la ONU. Desde este punto de vista, el coronavirus ha sido una bendición. Nos ha librado del icono sueco y sus trenzas colgantes que estaban en todas las paredes, como un poster de propaganda norcoreana. Dicho esto, el discurso ecolo-ciudadano es un objetivo fácil. Que no sirva como excusa para acabar con todo ello, y con los desafíos ecológicos reales con los límites de su traducción mediática o partidista.

Entramos en un mundo sin perspectivas, en todos los sentidos de la palabra: al mismo tiempo sin futuro, sin mirada hacia atrás y sin campo de profundidad, como unos prisioneros que se enfrentan a las paredes demasiado estrechas de su celda. Se nos dirá que la Tierra no es una cárcel. Cierto. Pero ambas tienen en común que no podemos salir de ellas. La colonización y la explotación de las tierras emergidas y de los océanos deberían habernos hecho tomar conciencia de los límites del globo. No ha sido eso lo que ha sucedido. Respecto al planeta finito y los recursos contados, el capitalismo mundializado no ha ofrecido más que su dogma del crecimiento infinito. La crisis actual pasa por ahí. Es primero una crisis de la mundialización de los intercambios, de las personas y de los virus.

Lo que no queremos ver es que la naturaleza puede funcionar fácilmente sin el ser humano (lo ha hecho durante millones de años) pero lo contrario no es cierto. Sin embargo, el régimen económico actual se basa en esa creencia. Si tuviéramos que comparar el choque de la humanidad con los límites de la Tierra a un vehículo lanzado a toda velocidad contra un obstáculo, comprenderíamos una cosa: el obstáculo sobrevivirá al choque pero no el vehículo, y menos su ocupante. En este tema, el fenómeno de la vida no está amenazado. Su capacidad de resiliencia no tiene límites. Millones de especies nos han precedido sin dejar más huella que unos fósiles irrisorios...

Examinemos la gestión de la crisis. Salvo algunas excepciones (Alemania, Corea del Sur, Nueva Zelanda,...), los gobiernos han estado improvisando como podían. Sometidos a un poder científico dividido y desamparado, nuestro aparato de Estado ha brillado por su nula preparación. Si se las compara a sus primas occidentales, las élites políticas y administrativas francesas, ¿se distinguen verdaderamente por su nivel de incompetencia?

Añada a China, que ha resultado ser el origen de la infección. Los buenos alumnos siempre han sido poco numerosos. Hace tiempo que Francia no está entre ellos. ¡Una completa nulidad! La constatación es tremenda. Desde la detección del riesgo a su gestión, el gobierno ha acumulado los errores y retrasos. En el estadio actual, no solo habría que hablar de la inmunodeficiencia de las élites, sino también del inmunoincumplimiento del Sistema. En los grandes centros de estudios ya no se fabrican servidores del Estado, sino servidores de la deuda, unos controladores de gestión. Esas escuelas son como unos moldes. ¿Qué otra cosa puede salir de ahí sino series de elementos? Calibrados como productos industriales, programados como el software, eso es lo que son, y están ahí para cumplir con los programas. Se fabrican pilotos automáticos, apenas tecnócratas, como mucho unos técnicos, tan mediocres que nos hacen echar de menos los tiempos en los que los ingenieros pilotaban los programas industriales.

Como lo analizó Michel Foucault, el poder político moderno quiere preservar la vida (y la salud) de los ciudadanos mientras que los monarcas tradicionales preparaban la salvación de sus sujetos. Cuando una mayoría de franceses atemorizada por la pandemia aprobó el confinamiento, el poder macronista ¿encontró en esta crisis el asidero popular que le faltaba? 

El asidero popular, ciertamente no. Pero, de hecho, las crisis refuerzan los poderes establecidos. Con ayuda de la pandemia, el poder se deshizo del Primer Ministro y de los chalecos amarillos. El confinamiento lo hizo por él. Fue un encierro entre el Presidente y los franceses; los roles secundarios los realizaron los ministros. Todo se ha hecho para que 2022 sea el partido de vuelta de 2017. A ello se dedica Macron. Continúa dividiendo al partido LR para apropiarse del centro y los leales a Juppé; enviando al resto a las puertas de Le Pen. Después de haber aniquilado a su izquierda, Macron ha puesto una trampa a su derecha desecándola. Pero esto lo ha hecho para resucitar mejor un partido central único. Derecha e izquierda ya no son una figura de estilo, es una realidad política: el macronismo. Lo que las élites posnacionales buscaban realizar desde Giscard: lograr una gran coalición bajo el modelo de las coaliciones a la alemana, de las que Macron encarnaría la versión francesa. El sueño giscardiano de dos de cada tres franceses, salvo que, ahora, es un sueño al revés. La “coalición” de Macron no reúne más que un tercio de los votos; los otros dos tercios se abstienen o votan al populismo sin ninguna esperanza de llegar al poder, por falta de alianzas. Esto es lo que sujeta todas las esperanzas de Macron para 2020. Hasta probar lo contrario, es él quien gana. Estamos obligados a esperar a que la pierda. Los vientos contrarios que se levantarán con seguridad después del verano deberían hacer bajar a “Jupiter” a la tierra.

De las mascarillas al gel hidroalcohólico, el higienismo no ha tenido nunca tanto éxito. Desde el comienzo del confinamiento, nuestros gobiernos desaprueban cualquier contacto físico extraconyugal en nombre del riesgo viral. La obsesión profiláctica ¿ha transformado a nuestros dirigentes liberal-libertarios en neoinquisidores?

Los convencidos de mayo del 68, ¿tendrían hoy miedo al Covid-19? ¿Quién les habría imaginado en la piel de Savonarola? La alianza de la bacteria y la mortificación, verdadero conjunto que nos obliga a esta avalancha de recomendaciones médicas y prohibiciones sanitarias. Pero los “boomers” siguen estando llenos de contradicciones. Solo hablan del ser vivo mientras que se empeñan en mantenerlo encerrado. Vivir “in vivo”, mata. Idealmente, habría que poder vivir “in vitro”, incluso “in útero”, al abrigo de la violencia del mundo, detrás de la mascarilla, confinados de por vida. Dicho esto, no se trata de alabar el cáncer de pulmón o las enfermedades cardiovasculares, ni de negar que el coronavirus o el tabaquismo no sean problemas de salud pública, ni entregarse a una apología de los comportamientos de riesgo, sino de disociar el vivir con riesgos del riesgo de vivir. En esto como en todo, lo mejor es lo enemigo de lo bueno, y el infierno está lleno de buenas intenciones higienistas.

Usted está de acuerdo con los análisis de Olivier Ray sobre la sacralización de la vida y su corolario, el rechazo contemporáneo de la muerte. Solo los yihadistas parecen hoy buscar su salvación en el más allá. Después de todo, ¿el miedo a la muerte que tiene nuestra sociedad laica suaviza las costumbres?

Se le ha dado a la vida humana un valor que, hasta ahora, no había tenido nunca. Es lo que Michel Foucault llamó la “biopolítica”. La biopolítica es tomar en consideración el valor de la vida humana aquí y ahora, en este mismo momento. Eso es lo propio de la modernidad, es el acto de nacimiento del individuo. En las épocas anteriores dominadas por la religión, lo que importaba era conseguir todas las bazas para ganarse el paraíso cristiano. Con la modernidad, se cambió de perspectiva: la ciudad terrestre pasa por delante de la ciudad celeste. Es en este contexto en el que nació la biopolítica. Poco a poco, los individuos han aspirado a conservar lo que les resulta más preciado: su vida. Por esta razón se exagera tanto con el Covid, porque nosotros, modernos, hemos desarrollado una fobia al peligro, una intolerancia al riesgo, una negación de la muerte. Todo nuestro arsenal jurídico y reglamentario invasivo está muy condicionado por esta amenaza del riesgo. Cero muertes, cero defectos, cero fallos, nuevo imperativo categórico. Lo que buscamos conjurar con ello no es solo la visibilidad de la muerte, sino su posibilidad. En un mundo lúdico, ya no hay lugar para lo trágico. Lo higiénico puede, entonces, triunfar.

Como dice el historiador Jean Delumeau, todo episodio de terror termina con la búsqueda de los culpables. Ese es también uno de los resortes del populismo, del que usted es partidario. ¿Da usted la razón a Lenin cuando decía en tiempos que "cada cocinera debe aprender a gobernar"?

En un mundo ideal, sí. Pero el deseo de autonomía, el del pueblo autoinstituido, choca con el principio de realidad, singularmente en los países latinos, singularmente en los países que eran católicos antes, singularmente en Francia, donde los poderes públicos lo han vampirizado todo. Ya no sé quién dijo que Francia es la única monarquía de Europa. Como las otras, no podría vivir sin sus élites. Todo el problema está en que son cada vez más mediocres, conformistas y desligadas de su compromiso con los pueblos. Razón por la que los populistas creen que pueden vivir sin ellas. Pero la verdad es que el pueblo, en sí mismo, sin élite ni vanguardia, en el sentido marxista de la palabra, está condenado a la impotencia. Eso es lo que nos enseña la larga historia de las revueltas populares hasta la crisis de los “chalecos amarillos”. Hay que protegerse de las tentaciones utópicas que han sumergido poco a poco a este movimiento una vez que los “chalecos amarillos” históricos desertaron de las rotondas. El referéndum de iniciativa ciudadana no resolverá todos los problemas, no más que la web y la plaza pública, por hablar como el Movimiento 5 estrellas. No se hace política a partir de sueños autonomistas, autogestionarios y arqueoanarquistas. Las sociedades autoorganizadas (las sociedades sin Estado queridas por el antropólogo y etnólogo Pierre Clastres) no hacen sociedad. Al contrario, lo que aparece en las encuestas de opinión es que los pueblos abandonados apoyan las figuras de la autoridad. En las sociedades abiertas, una de las necesidades fundamentales del alma humana no está asegurada: la seguridad. El alma humana se desarrolla plenamente en libertad en cuanto el ser humano tiene la garantía de estar protegido. Libertad y seguridad. Las dos entran sistemáticamente en tensión, una amenaza con abolir la otra. Así le va a la libertad, gran ideal de la modernidad. Es en ese sentido en el que hay que interpretar las demandas populistas y la aparición de las sociedades iliberales. Se define comúnmente al populismo como una llamada al pueblo, pero es más bien una llamada para socorrer a los pueblos, en una protesta angustiada que no es escuchada y que envía a las élites la imagen de su suficiencia y su insuficiencia. El populista busca al buen gobierno, al buen pastor. Quiere escoger a su jefe; pero quiere un jefe. Fuente: Causeur