El conservadurismo a la defensa del mundo común, por Jacques Beauchemin


¿Qué conservadurismo?

En primer lugar, debemos reconocer a los temerosos izquierdistas que lo que ellos llaman la vaga idea del conservadurismo tiene una cierta realidad. ¿De qué se trata exactamente? ¿Temeríamos a las fuerzas que reclaman el desmantelamiento del Estado de bienestar, fuerzas que son muy débiles ante el apego de los ciudadanos a este mismo Estado de bienestar al que sienten que deben mucho de los progresos realizados en las últimas décadas? No creo que el peligro aquí sea grande, aunque la regulación social vaya a sufrir transformaciones necesarias e inevitables en los próximos años. ¿Encontraríamos también un conservadurismo moral como el que vemos en los Estados Unidos? Este fenómeno es marginal y no debe preocupar a nadie a menos que se vea en la existencia de alguna muy discreta revista como una señal de un amenazante cambio neomoralista. 

El objetivo principal es el conservadurismo de la identidad. Este último criticaría el nacionalismo "cívico", la fragmentación política bajo la influencia de la identidad, la subsiguiente desnacionalización y devaluación del lugar y el papel de la mayoría silenciosa. Se sospecha que está cerrada a las condiciones de las minorías en la medida en que éstas harían menos clara e inequívoca la representación de una comunidad nacional estructurada en torno a una mayoría fabricada por la historia. De hecho, el conservadurismo sería la pantalla detrás de la cual la mayoría, que pretende formar parte de la historia y la cultura, ocultaría el poder que quiere seguir ejerciendo al culpar a las minorías de sus demandas de reconocimiento y de su recurso a diversas disposiciones de las cartas de derechos. Obsesionados con cuestiones relacionadas con la lengua, la cultura, la historia o el laicismo, ya que sólo serviría para frenar la expresión de la diferencia, los conservadores estarían cerrados al pluralismo. Por lo tanto, el conservadurismo consistiría en oponerse a las fuerzas del cambio y a las luchas progresistas en nombre de la nación y de la mayoría. A partir de ahí, para temer posibles abusos autoritarios o antidemocráticos, sólo hay un paso que, por ejemplo, los firmantes del Manifiesto por un Quebec Pluralista no dudaron en dar, insistiendo en la necesidad de adoptar una "visión de la sociedad más abierta, más tolerante".

En otras palabras, la crítica al conservadurismo se basa esencialmente en el discurso de un cierto nacionalismo vinculado a lo que se puede llamar valores republicanos, en cuyo centro se encuentra una cierta representación de la comunidad política, sus instituciones, la igualdad y la solidaridad. En términos generales, puede decirse que estos valores circunscriben una definición de la sociedad como un todo coherente, cuya nación constituye el principio de la reunión política y en la que lo privado se distingue de lo público, la moralidad del derecho y el Estado de los intereses particulares, de modo que al mismo tiempo puede ocuparse de los intereses particulares y civilizarlos en la perspectiva del bien común. Dos siglos después del advenimiento de la democracia moderna, este sistema se ha vuelto sospechoso a los ojos de los defensores del progresismo, que están atentos a los efectos inhibidores de esta representación totalizadora sobre la expresión de la "diferencia". Para el progresismo, es precisamente la ruptura de la comunidad política lo que permite afirmar a los "sin partes" de Jacques Rancière, los "desafiliados" de Robert Castel o los "condenados de la tierra" de Frantz Fanon. Es la fragmentación de la comunidad política lo que crearía este nuevo espacio de libertad en el que surgen hoy la diversidad de identidades y la crítica a las ideas de nación, mayoría y sujeto político, todo lo cual se convierte en un signo de opresión. Es, también, en el cuestionamiento de la comunidad política, que la articulación de un sujeto de acción y el proyecto que democráticamente persigue en nombre de la mayoría, constituye la base de esta concepción tan particular de la sociedad, según la cual no hay nada que preservar excepto la fuerza bruta de la libertad de los actores. La existencia social sólo puede entonces contemplarse en términos de cambio permanente, la feliz imprevisibilidad de las fuerzas de la emancipación, la igual dignidad de todas las reivindicaciones que pretenden ser "diferentes", lo que conduce necesariamente a un cierto relativismo ético.

Porque esa es la cuestión más profunda que plantea el debate sobre el conservadurismo. Pone en tela de juicio el significado global de lo que significa "hacer sociedad". La crítica al conservadurismo a este respecto se basa en una serie de personas irreflexivas. La primera es que ser sociedad es precisamente "preservar": (a) la representación de un sujeto colectivo basado en una cultura e historia suficientemente compartida para que éste pueda asegurar la legitimidad del poder que ejerce; (b) las instituciones utilizadas para regular el poder en la sociedad; (c) las reglas de resolución de conflictos (esencialmente, la ley, la democracia y una ética de la deliberación pública); y (d) la soberanía en la conducción de los asuntos comunes. El conservador es entonces el que se pronuncia a favor de la constitución de un mundo común, de una sociedad, en torno a una representación compartida de los fines de la comunidad política y del sujeto derivado de la siempre singular historia y cultura que encarna. Sin embargo, lo que el progresismo critica al conservadurismo al que se enfrentaría es precisamente querer asegurar la sostenibilidad de un cierto orden social y, más precisamente, las condiciones que puedan asegurar una cierta continuidad de la sociedad en el tiempo. La pregunta entonces es qué significa ser progresista en sociedades que están preocupadas por el cambio permanente al que se sienten irrevocablemente sometidas.

La crítica al conservadurismo consiste, pues, en el hecho paradójico de atacar este deseo de continuidad por el poder del que procede y el orden que implica. El progresismo cree que es un golpe fatal para sus oponentes al mostrar que el deseo de preservar la sociedad como un mundo cohesivo y protector designaría huecamente la realidad de un poder que busca, a través del "interés general" o el "bien común", mantenerse a sí mismo en nombre de la mayoría. La crítica progresista está muy cerca del izquierdismo, ataca el poder como si fuera ilegítimo, excepto en el intervalo revolucionario o más ampliamente disputado durante el cual los oprimidos lo exigen para sí mismos. Se trata de una mala concepción del poder y, al mismo tiempo, de una actitud irresponsable frente a las tareas que le incumben para producir un mundo común en el que pueda desplegarse la libertad, libre de los poderes destructivos de la cohesión social.

El progresismo condena el proyecto aparentemente conservador de construir la sociedad preservando hasta cierto punto lo que es. Diremos que las sociedades están cambiando y que la definición del sujeto colectivo en el que se reconocen es en sí misma una acción abierta a la alteridad y en constante cambio. Signo de esta definición incierta de sí mismo, la relación con la historia es el escenario de una lucha permanente por el control de la historicidad, como diría Touraine. El pasado es, en efecto, un campo de batalla en el que ambas partes están trabajando para defender sus respectivas posiciones en la gran narrativa colectiva. Las instituciones sociales, además de su función reguladora y distributiva, también son lugares de lucha porque son lugares de poder. No es casualidad que varios grupos sociales estén trabajando para acceder a ella. Desde el matrimonio entre personas del mismo sexo hasta el establecimiento de escuelas africanistas, desde la apertura de la policía hasta la diversidad de la ropa, está claro que las instituciones están cambiando profundamente bajo la presión de aquellos que desean que se reconozca su identidad.

Así que la sociedad está cambiando. Pero, ¿significa eso que tenemos que contentarnos con observar el movimiento del mundo como vacas viendo pasar trenes? Reconocer, en nombre del progresismo, en toda transformación social el signo del progreso equivale para la sociedad a renunciar a llamarse a sí misma, a establecerse como sujeto de sí misma y a formar parte de un proyecto a largo plazo que está poniendo en marcha. Porque es en esta aporía donde se encuentra el argumento del cambio permanente y la contingencia inherente a todas las teorías del "post" y que el progresismo retoma sin pensarlo. La tentación de precipitarse o la llamada al vacío a la que sucumbe paradójicamente toda una parte del pensamiento social contemporáneo evita el difícil examen de las condiciones necesarias para la reproducción de la existencia social. Es por diseño que utilizo esta noción peyorativa que evoca un poder infinito que inhibe la libertad. En efecto, la exigencia que pesa sobre el trabajo de quienes profesan pensar en la sociedad excede con mucho la contemplación del supuesto agotamiento de la modernidad. También estamos llamados a defender lo que es, ya que constituye el medio que hemos desarrollado colectivamente para hacer de la sociedad un mundo en el que la libertad y la responsabilidad estén equilibradas. De ahí que el gran sociólogo Robert Nisbet (conservador, es cierto) considere que el proyecto sociológico es inseparable de un cierto conservadurismo en la medida en que el objeto que se da reside precisamente en las condiciones de posibilidades de la sociedad como sistema dedicado a su propia reproducción.  

¿Tenemos una responsabilidad frente a la sociedad?

El hecho es que estamos en el proceso de hacer realidad la historia.  ¿Qué significa esto? Nos confiera o no esto, nos guste o no, una responsabilidad que consiste precisamente en contribuir a la construcción de la sociedad. Necesitamos entender el cambio, los nuevos significados que conlleva y los peligros que conlleva. ¿El cambio es bueno en sí mismo? ¿Debemos acogerlo con entusiasmo o con fatalidad (lo que, en el sentimiento de inevitabilidad que lo acompaña, equivale a lo mismo)? ¿Es la "diversidad" social una riqueza en sí misma, ya que muchos discursos, incluido el informe Bouchard-Taylor, la afirman como si fuera obvia? ¿Por qué, por el contrario, no confiar en nuestra propia capacidad de reconocernos clara y responsablemente como los sujetos identificables (históricos, políticos y culturales) de nuestra acción? ¿Cuáles serían entonces nuestras tareas? Creo, por mi parte, que la primera responsabilidad que debemos asumir con respecto a la tarea de hacer sociedad en un mundo que ha roto con lo sagrado, es precisamente "preservar" la parte esencial de lo que ha construido la historia de los pueblos modernos que somos. Antes de celebrar lo que se está deshaciendo, quizás deberíamos aceptar reunirnos como sujeto colectivo y poner en perspectiva las diferencias que nos separan individualmente. En lugar de ser testigos impotentes del auge del relativismo en la historia, ¿por qué no destacar, sin complejos y más allá de cualquier forma de escepticismo, lo que consideramos nuestra historia común? ¿Por qué nos negaríamos a defender las instituciones en las que se ha cristalizado la larga historia de la historia y en las que reconocemos una cierta forma de hacer negocios, de distribuir bienes sociales y de dar importancia a esto más que a lo otro? Todo esto es lo que tenemos la responsabilidad primaria de salvaguardar, incluso conociendo la fragilidad de las cosas, incluso sabiendo que preservar una cierta forma de hacer las cosas en la sociedad significa necesariamente promover un orden social en lugar de otro y hablar con una sola voz, la de la mayoría, que nunca puede dar cuenta de todas las "diferencias" que están arraigadas en él y que, además, no debe silenciar.

La ceguera del progresismo reside en el hecho de que, como en el caso de estos nuevos ídolos de la diversidad, el pluralismo, el mestizaje o la globalización, el cambio en nuestras sociedades es bienvenido en la evidencia de las cosas buenas. Veo en el rechazo de lo que se da como permanencia, como trascendencia, en la crítica de lo que se presenta ante el universalismo y el bien común, en definitiva, ante todo lo que exige el consentimiento de lo colectivo en respuesta al imperativo de hacer sociedad, el síntoma de esta extraña patología que consiste en preferir el presente absoluto de la emancipación a la aceptación, ciertamente más difícil, del peso de la historia y de la sabiduría acumulada que nos ofrece y que nos encarga interpretar.

De la necesidad del conservadurismo

El punto de vista conservador es entonces el que, defendiendo el mundo común, deplora la miseria de un sujeto colectivo que aúna la diversidad, la decadencia de una comunidad política en la que una ética compartida de convivencia puede encontrar sus fundamentos. El conservador deplora el hecho de que las instituciones estén sujetas a luchas de poder y que su poder de socialización se vea comprometido. Si al conservador le preocupa el surgimiento de las fuerzas de la identidad, no es porque considere ilegítima la lucha de los excluidos y marginados, sino porque ve en ellos una posible deriva individualista y particularista capaz de destruir toda la socialidad. Si no le entusiasman las virtudes de la democracia participativa o directa, es porque reconoce la negación de una cierta trascendencia institucional desde la que la deliberación política considera el enjambre de intereses particulares. Sin embargo, los conservadores no se oponen a la diversidad y al pluralismo. Simplemente creen que la promoción de la diversidad no puede ser un ideal, como tampoco el pluralismo puede ser la base de un pluralismo progresista bien intencionado, un pluralismo cuyo encantamiento permanente recuerda a la enfermedad infantil que Lenin diagnosticó por sus síntomas.

La diversidad social no es un proyecto, sino un hecho sociológico. Se está desarrollando en nuestras sociedades públicas. Exige las virtudes de la tolerancia y la apertura. Nuestras sociedades le deben parte de su dinamismo, pero sería ingenuo no considerar al mismo tiempo los retos de establecer una cohabitación cohesiva en la que los actores sociales experimenten un mundo compartido. El pluralismo es una actitud ética que acepta la diversidad social, pero no pertenece al pensamiento progresista y no exige simplemente el reconocimiento de la diferencia. La cuestión que plantea es, en realidad, mucho más compleja. Lo que debe lograrse en él es la perpetuación de un cierto orden social al tiempo que se crean las condiciones necesarias para la integración de las condiciones de las minorías. En este sentido, plantea un desafío mucho mayor de lo que piensa el progresismo: mientras asumimos la responsabilidad de abrirnos democráticamente a las voces minoritarias, debemos aceptar mantener lo que constituye el mundo común de la sociedad y desconfiar de los brillantes discursos de moda que promueven la hibridación, el posnacionalismo u otra ciudadanía cosmopolita.

El conservadurismo reside, por tanto, en una actitud favorable a mantener lo que une a la sociedad y que examina, pero no descarta, las fuerzas del cambio. Quiere reunir en lugar de dividir. Considera que las instituciones sociales son medios para desarrollar relaciones sociales que garantizan, por el nivel en que operan, más equidad de la que se podría lograr invirtiendo en las fuerzas de la identidad. Desde el punto de vista sociológico, el conservadurismo favorece la cuestión de la reproducción de la sociedad como matriz de sentido de las acciones de los individuos. Desde un punto de vista normativo, se esfuerza por asegurar la continuidad y ve la necesidad de resolver los conflictos sociales de manera civilizada. El conservador se niega a ceder a la intoxicación del relativismo y sigue siendo insensible a los hechizos del progresismo. Se toma en serio la diversidad y el pluralismo y también se esfuerza por mantener la integridad de la cohesión social.

Si es posible ponerse de acuerdo sobre esta definición de conservadurismo, yo vería bien estar del lado de los conservadores, de aquellos que están de acuerdo en considerar tanto la legitimidad del cambio social como la preservación del único lugar donde se puede establecer la diversidad social: el mundo común, que, como nos ha recordado Arendt, es necesario proteger contra el avance del desierto. Fuente: Argument