Si España desaparece, sobrevivirá, por Blanca García Martín


Año 2092. Un siglo después de los fastos generados por los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla y el V Centenario del Descubrimiento de América, organizados con la idea de mejorar la imagen del país en el exterior, el Reino de España ya no existe. Devorado por sus demonios interiores, vaciado de su antigua vitalidad y atacado desde siglos antes desde fuera, una clase política irrespetuosa con el pasado histórico lo ha transformado en la Confederación de Repúblicas Ibéricas, donde es posible ser patriota de cada una de sus repúblicas pero es delito serlo de su conjunto, antes denominado “España”.

Así las cosas, las antiguas señas de identidad nacionales han desaparecido, sepultadas bajo el peso de una ideología reciclada a la manera del llamado “Socialismo del siglo XXI”. El trabajo de deconstrucción empezó hacia 1978 y ha durado varias décadas pero, al final, ha tenido sus resultados. No ha quedado nada del pasado con lo que un antiguo español pueda identificarse: ni lengua común, ni religión compartida, ni tradiciones populares ni lazos familiares. Cada república tiene su lengua propia con la que se asegura la incomunicación con los demás territorios; su religión, según el peso de la población inmigrante que haya acogido a lo largo del siglo; no existen tradiciones porque el progreso no lo permite y la institución familiar ya no es reconocible tras las leyes que han destruido el significado de la paternidad y la filiación.

Los más mayores recuerdan que fue a partir de la pandemia de 2020 cuando empezaron a perderse las libertades. El hundimiento de la economía produjo un empobrecimiento generalizado y la práctica desaparición de la clase media. Mientras los afortunados que conservaron el trabajo veían aumentar sus ahorros por imposibilidad de dedicarlos al consumo, los que lo perdieron se arruinaron sin remedio. Solo quedaron dos clases: los adinerados y los empobrecidos. La situación social se volvió explosiva, por lo que el gobierno decidió establecer un régimen autoritario para intentar mantener un mínimo de orden en las calles. Desde este nuevo régimen y mediante decretos, se fueron tomando las decisiones que modificaron el devenir de España para el resto del siglo XXI.

Sin embargo, una nación milenaria, construida con mucho esfuerzo, no se improvisa. Su presencia casi involuntaria en varios continentes ha conseguido dejar huella donde la han conocido. Ya lo dijo en 2017 Mitchell A. Codding: “Si España desapareciera hoy, sobreviviría en la Hispanic Society of America”. El señor Codding era el director de dicha institución en ese momento, cuya sede sigue estando en Nueva York. Fue el comisario de la exposición organizada junto con el Museo del Prado para mostrar los tesoros artísticos de España que se conservaban al otro lado del Atlántico. Hoy en día, setenta y cinco años después, nadie puede impedir que se siga mostrando e investigando sobre la civilización española: más de trece mil piezas artísticas; doscientos cincuenta mil manuscritos y treinta y cinco mil libros en su biblioteca (entre ellos, doscientos cincuenta incunables). Otros se encargan de realizar lo que España ya no puede conservar.

Fuera de la Confederación Ibérica, numerosos historiadores, filósofos, profesores y simples ciudadanos extranjeros se encargan de mantener viva la llama de la cultura e identidad españolas. Inasequibles a la propaganda del régimen ibérico, siguen hablando de cuestiones desaparecidas de la memoria colectiva de los que se llamaban españoles. Por ejemplo, la gesta de la Reconquista sigue conmoviendo en varios países europeos islamizados e inspirando movimientos populares por una nueva cristiandad de alcance continental. La herencia política de los Reyes Católicos se estudia como modelo del primer gran Estado moderno que integraba los vestigios del pluralismo medieval peninsular. Qué decir de la lucha contra Napoleón: la palabra “guerrilla” entró tal cual en los diccionarios de varias lenguas extranjeras, como símbolo y reflejo de la pelea desigual en la que el pueblo español se levantó para recuperar su dignidad frente a las élites que lo habían traicionado. Lo sucedido en la Guerra Civil de 1936-1939 y los cuarenta años que siguieron sirven como ejemplo de la búsqueda de un sistema de convivencia propio y original que se mantuvo independiente respecto a todas las presiones políticas de aquellos tiempos. 

Las palabras de Pascual Tamburri, navarro y español, resuenan proféticas en un ensayo que escribió allá en el año 2006 y publicado en El Manifiesto: “Unidad política, social, cultural y étnica con Roma; independiente y unida en lo religioso gracias a los visigodos; refugiada en las montañas y los monasterios con la invasión islámica; luchadora en la Reconquista, donde adquiere una diversidad regional antes inexistente, y antes de culminar en la expulsión de los musulmanes. Estado moderno desde el siglo XV, pero con un estilo imperial y medieval; Nación política en la decadencia, y amenazada de destrucción dentro y fuera de sus fronteras desde entonces. Todo evidente para cualquier extranjero, y todo negado por demasiados de sus hijos como para estar tranquilos”. En efecto, la intranquilidad que sentían algunos se materializó, en la práctica, con el tiempo.

No es la primera vez que una nación desaparece y vuelve a resurgir (véase Polonia). Ni siquiera es la primera vez en su historia que España está casi desaparecida. Existe una toma de conciencia en las nuevas generaciones y una necesidad de saber lo que la “memoria histórica” eliminó de los libros. Pero la tarea es titánica y la situación en los países del entorno no ayuda. La decadencia de Europa refleja un estado de ánimo poco alentador y la crisis de valores se hace sentir. Sería raro que pudiera surgir un alma quijotesca que luchara contra tanto molino de viento. Sin embargo, por respeto a nuestra historia y a los que nos han precedido, todavía tenemos que intentarlo una vez más.