Cuando Pekín propone una mundialización alternativa, por Alice Ekman


¿Qué va a pasar con las “nuevas rutas de la seda” propulsadas por el presidente chino Xi Jinping en otoño 2013 con el objetivo de reforzar las vías de transporte terrestres y marítimas que unen Asia con Europa? ¿Se va a evaporar este proyecto después de la crisis del Covid-19? Seguramente no, y por cinco razones.

Para empezar, se trata del proyecto más importante de Xi. Incluso está incluido en los estatutos del Partido Comunista chino desde octubre de 2017. 

En segundo lugar, China ha insistido sin descanso desde 2013 en su visión de las nuevas rutas de la seda (Belt and Road Initiative). Pekín ha alabado tanto sus méritos dentro y fuera del país en los últimos siete años que sería poco realista que el país abandonara el proyecto de repente. 

Como tercer punto, no se trata únicamente de un proyecto de infraestructuras de transporte. Incluso si en un contexto de dificultad económica generado por la crisis sanitaria, China podría ralentizar significativamente el ritmo de las construcciones y arreglos de carreteras, puertos, aeropuertos, vías ferroviarias en el extranjero, las nuevas rutas de la seda continuarían existiendo, sobre todo en el ámbito digital a través del desarrollo de plataformas de comercio electrónico, centros de datos, de redes 5G, etc. De hecho, respecto a las infraestructuras de transporte, China ya había empezado a reducir la amplitud en los dos últimos años, puesto que se trata de proyectos a menudo costosos, arriesgados (con un retorno sobre la inversión no garantizado o bien a muy largo plazo), criticados a nivel internacional por el riesgo, sobre todo, de endeudamiento de los países respecto a China (por ejemplo, se habla en 2019 del caso del puerto de Hambantota en Sri Lanka). Así, si los proyectos “materiales” ven disminuir su envergadura, la dimensión “inmaterial” de las nuevas rutas de la seda se desarrolla y podría incluso acelerarse a la vez que China apuesta por un plan de reactivación post Covid basado en las tecnologías.

En cuarto lugar, China busca actualmente posicionarse como el líder de la salida de la crisis, y no se frena a la hora de presentar las nuevas rutas de la seda como un vector de asistencia o de lucha contra las crisis en un sentido amplio (médicas, económicas, tecnológicas). Ya que esas “nuevas rutas” se han convertido con el tiempo en un cajón de sastre que China utiliza para promover e internacionalizar sus prioridades. Ya desde el comienzo de la crisis ha intentado activar el concepto de “rutas de la seda sanitarias” y el de “rutas de la seda digitales” que, en parte, han sido promovidas mediante la asistencia tecnológica que la diplomacia china ha aportado a varios países mediante la donación de equipos de videoconferencia a los gobiernos keniano y pakistaní, por ejemplo, o de cámaras que miden la temperatura corporal en el Líbano, o drones en otros países.

Finalmente, último motivo: esas “nuevas rutas” están concebidas desde 2018 como otra forma de mundialización, alternativa a la ya existente, con la que China moldearía todavía más las reglas del juego y en la que dicho país ocuparía un rol central. En este periodo de crisis donde muchas cuestiones existenciales sobre la mundialización y sus vulnerabilidades surgen, Pekín está ahí para explorar esos interrogantes y esas dudas para promover su proyecto y sus iniciativas multilaterales. Ya que las nuevas rutas de la seda están consideradas también como una plataforma de agrupación internacional. Así, China organiza desde 2017 un “Foro de las nuevas rutas de la seda”, acontecimiento multilateral que reunió, en su segunda edición de 2018, alrededor de treinta Jefes de Estado en Pekín, y que continuará a organizarlo en los próximos años, con la ambición de crear un foro de referencia, como pueden ser el G20 o el BRICS. 

No es probable que todas estas iniciativas tengan éxito, a la vez que la gestión de la crisis de la pandemia y la comunicación oficial chinas enfadan a un número creciente de países. Las nuevas rutas de la seda también producen contrariedad en varios gobiernos, sobre todo porque este proyecto está rodeado de elementos de comunicación oficiales que hacen difícil la discusión y la negociación en cuestiones concretas. 

Al mismo tiempo, un número significativo de países continúa apoyando el proyecto chino. Se trata de aliados tradicionales de China, que demuestran una “amistad sólida como el hierro”, según una expresión oficial china aparecida en las últimas semanas: Pakistán, Serbia o, incluso, Camboya. 

La calidad de “miembro” de las nuevas rutas de la seda no corresponde a unos criterios claramente definidos. China se ha servido de ellos como si fueran una carta de fidelidad, agradeciendo a los países que se hubieran adherido a su proyecto mediante la concesión de ciertas ventajas como accesos preferenciales (a su sistema de satélites Beidou, ciertas tecnologías, a sus programas de formación de funcionarios extranjeros, por ejemplo) o lugares privilegiados (trato de favor en los foros importantes organizados por China, posibilidad de acceder más fácilmente a ciertos dirigentes chinos, etc.).

La lista de los miembros de las nuevas rutas de la seda no deja de evolucionar. De hecho, todo el mundo puede entrar, incluso los países cercanos a Estados Unidos, o bien organizaciones internacionales… Esta asociación, de características inéditas, ha creado así tensiones entre Estados Unidos y algunos de sus aliados, como Italia, después de que haya firmado, en marzo de 2019, un acuerdo marco con Pekín sobre esas “nuevas rutas”. No está excluido que algunos Estados retiren su apoyo al proyecto chino: en función de los gobiernos, muchos países demuestran una actitud volátil con Pekín. Por su parte, Estados Unidos ha rechazado sin ambages el concepto chino y empiezan a proponer varias alternativas (por ejemplo, el Blue Dot Network, lanzado hace seis meses y al que se han adherido Australia y Japón, concentrado en la financiación de proyectos de infraestructura). Queda por ver si estas iniciativas llegarán a convencer finalmente.

Una cosa está clara: en un contexto de tensiones vivas y prolongadas entre Pekín y Washington, las nuevas rutas de la seda continuarán alimentando una competencia a la vez dura y débil entre los polos americano y chino. No se tratará de “bloques” claramente delimitados y herméticos como en la época de la guerra fría (incluso si el nivel de tensión podría ser elevado)  sino más bien unos polos porosos, en los que el perímetro no parará de evolucionar. Esta ambigüedad será alimentada por China que no busca firmar tratados de alianza en los próximos años. No está dentro de sus intereses. Cierto, ha incitado a muchos países a firmar acuerdos marco sobre dichas rutas, pero se trata de acuerdos con términos muy generales, alrededor de un concepto también bastante vago y que se mueve según las prioridades y los intereses de Pekín.

Mientras China mantiene cierta ambigüedad estratégica sobre su “círculo de amigos”, Estados Unidos espera, por su parte, que sus aliados clarifiquen su posición respecto a ese país y que, en algunos casos, rechacen formalmente las iniciativas y proposiciones chinas (acuerdo sobre las nuevas rutas de la seda, adhesión al Banco asiático de inversiones para las infraestructuras creada en 2014, red 5G propuesta por Huawei recientemente…). Estas divergencias entre Pekín y Washington, que tienen la forma, por un lado, de una ambigüedad mantenida y, por otro, de una voluntad de clarificación, se mantendrán en los próximos años: es poco probable que China deje de hacer propuestas a la mayoría, a la vez que no es probable que Estados Unidos sea conciliador respecto a estas propuestas. En este sentido, por el hecho de mantener esta ambigüedad, las nuevas rutas de la seda chinas ofrecen un dilema estratégico importante para Estados Unidos. Fuente: Le1hebdo