Mundialización e inmigración, ¿no son antiecológicas?, por Dominique Monthus


El movimiento popular de los “chalecos amarillos” que implosionó en Francia a finales del año 2018 tuvo, entre otros éxitos, el de aclarar algunas contradicciones de la ideología “ecolo” y sus falacias: no, el coche eléctrico no es menos contaminante. Y el transporte aéreo también es muy contaminante, pero ningún gobierno considera su reducción ni someterlo a tributación. 

El buen sentido debe continuar siendo ejercido y continuar también haciendo caer todas esas contradicciones que la ecología quiere imponernos.

En particular, la que la ecología mantiene con la ideología del multiculturalismo y del inmigracionismo. De manera oportuna, el cambio climático ha sido puesto de moda estos últimos años, pero ningún argumento ha sido esgrimido para hacer aceptar el fenómeno migratorio como algo ineluctable en sí mismo. La ecología pretende luchar contra el calentamiento global, lo cual, puesto efectivamente en práctica, debería permitirnos reducir la inmigración, una vez hemos entrado en esa lógica. Pero nunca se nos presenta esta perspectiva. Sólo lógicas engañosas, como la de los impuestos sobre el carbono, pero mientras tanto, sus promotores (que, por otra parte, no se ocultan) no paran de decir que la inmigración es buena en sí misma, una oportunidad, según la célebre fórmula.

Nunca vemos plantearse la cuestión del impacto de los fenómenos migratorios sobre la ecología, el calentamiento, los ecosistemas de los países de salida y de acogida. Más curioso todavía cuando, hoy, todas las actividades humanas son pasadas por la criba de la ecología. Sólo una escapa, beneficiándose de un salvoconducto: la inmigración. Solo un dominio parece escapar al “buen sentido” del hombre, pues las migraciones, en primer lugar, implican una multiplicación de los transportes, y no sólo una vez. De ahí la multiplicación también de los transportes aéreos, agravados e incrementados por la inmigración y el turismo de masas. Y de ahí también la inestabilidad geográfica de los países de acogida.

El Gran Viaje, sea turístico o migratorio, no debería ser sino excepcional. Pero se ha convertido en la regla, tanto por razones económicas como ideológicas. Vale. Pero que no se nos sermonee más hablando de mesura, límite, ecología, desarrollo sostenible.

Desde luego, plantear la cuestión supone ya responderla. Sabemos por los expertos en la materia que el modelo de desarrollo occidental no es sostenible si millones de africanos y habitantes de otros países pobres llegan a Europa pasando a formar parte de ese modelo. Nuestros gobernantes, sin embargo, sólo extraen una consecuencia: debemos cambiar de modelo. Aparte del hecho de que ellos no van a cambiarlo, nunca osan enunciar otra consecuencia: este modelo no puede acoger a millones de africanos y asiáticos.

Decir esto es comenzar ya a descubrir la dimensión espiritual de la ecología en sus valores de proximidad y de frugalidad. Es redescubrir la necesidad de una comunidad histórica, local arraigada.

La multiplicación de los intercambios, con sus corolarios de transporte, turismo y migraciones masivas, es, por naturaleza, antiecológica. Despertemos, pues, de esta pesadilla: no más frutas tropicales, no más inventos eléctricos, no más viajes exóticos, no más juguetes chinos. Pero tampoco más migrantes.