De la geopolítica a la etnopolítica: el nuevo concepto de Eurorrusia, por Guillaume Faye (I)


Una Eurorrusia etnocentrada y autocentrada

Es necesario definir la naturaleza de las graves amenazas que se ciernen sobre nuestra identidad y nuestra supervivencia. Esta necesidad obliga a una metamorfosis histórica: explicar el rol central que podría jugar Rusia en esta nueva alianza de todos los pueblos de origen europeo; precisar los nuevos conceptos de Eurorrusia ‒o unión de la Europa peninsular y de Rusia‒ y de etnopolítica, es decir, de una modificación radical de la geopolítica mundial por la introducción de la dimensión étnica: después, según un arriesgado pronóstico, pero quizás pertinente, proponer la idea de Septentrión, que es quizás la prolongación revolucionaria de las ideas que ya he expresado en otras partes. Y, en fin, concluir con la gran responsabilidad histórica que deberá jugar Rusia en este proceso.

La Revolución francesa y su consecuencia, la Revolución soviética, no son sino episodios menores de la historia. Estas dos “revoluciones” no afrontaron más que problemas secundarios. Hoy, hace falta aportar respuestas a las cuestiones cruciales que condicionan nuestra supervivencia, en tanto que pueblos de origen europeo. Nunca nos hemos encontrado, desde hace milenios, en un “caso de urgencia”, como diría el politólogo Carl Schmitt, tan trágico.

La primera constatación es que todos los pueblos de origen europeo en el mundo están en declive demográfico constante. Por primera vez, en toda su larga historia, nuestros pueblos son invadidos por una inmigración masiva y descontrolada que procede de otros continentes, que se reproduce también masivamente. Esta inmigración, que se asemeja a una auténtica sustitución de la población, se incrementa de la tercera y más severa ofensiva del islam para conquistar el continente europeo.

El siglo XXI verá el de un “choque de pasados”, de un desafío que resurge de las profundidades de la historia y de la memoria, bien lejos de los fantasías de la “modernidad” bajo sus versiones comunistas o liberales. Es el retorno del “instante eterno” del que hablaba Nietzsche, es decir, de la invariante de la historia humana, la del choque de civilizaciones, imperfectamente presentida en los Estados Unidos por Samuel Huntington y más pertinentemente precisada en Francia por Pierre Vial.

Hay que saber si ese choque de civilizaciones no recupera, en realidad, el enfrentamiento de los pueblos blancos contra los otros. Si nada cambia, a mitad del siglo XXI, los pueblos europeos de origen serán minoritarios en su propia tierra, sobre nuestro continente e incluso también en Norteamérica, es decir, dentro de una generación. Este trágico seísmo había sido implícitamente previsto por Oswald Spengler en los años 20 del siglo pasado (La decadencia de Occidente) y por Pierre Chaunu y Jean Raspail en los años 70 (La peste blanca y El campamento de los santos). Es la muerte pura y simple de nuestra civilización.

La causa de este triple fenómeno de declive demográfico, de invasión migratoria y de ataque masivo del islam, debe ser buscada en las fuentes exógenas o primarias y endógenas o secundarias. Entre las primeras: un enorme movimiento de estampida hacia el Norte de todos los pueblos del Sur, fascinados por el (falso) Eldorado occidental, así como de su secular y propia incapacidad para autogobernarse; después de la descolonización, ellos quieren, a través de la inmigración hacia Europa, colocarse bajo el regazo de los “blancos”. Pero, al mismo tiempo, tomarse su revancha. El psicoanálisis político podría igualmente explicar tal esquizofrenia, del mismo modo que la dialéctica dominador-esclavo de Hegel.

Las causas endógenas y, por tanto, profundas, de este mal, tienden a una patología interna del espíritu de los pueblos europeos: etnomasoquismo (autoodio), xenofilia (amor por el extranjero), que los sitúa en cínica o ingenua colaboración con el enemigo; materialismo mercantil e individualismo desenfrenado; igualitarismo, inversión de los valores, olvido de las tradiciones, pasadismo respecto al futuro, desvirilización y confusión de los roles sexuales, melancolía y morbidad morales disimuladas bajo un optimismo ficticio y simulado, pérdida del sentido estético, etc.

Quizás los pueblos europeos vivan en un irremediable envejecimiento, una pérdida de sustancia biológica y de no-querer-vivir juntos, ¿una entrada en la “Edad de Hierro”, el Kali-Yuga de la tradición hindú, preludio de la muerte? Es un signo inquietante: en Europa, las legislaciones neototalitarias reprimen a todos aquellos que quieren resistir contra todo lo que es decadente y enfermizo. Es esta “falsa libertad” la que vacía a la juventud de su sustrato vertebral.

Hay que pensar como Louis Rougier, pero también como Nietzsche, que una de las causas de esta patología es la deriva “viral” y laicizada de la moral cristiana, fundada sobre la caridad universal, el cosmopolitismo igualitario, la cultura del arrepentimiento, del odio de sí mismo y del pecado, así como de una concepción irrealista y delirante del “amor”.

Sin embargo, no deberíamos ceder ante el pesimismo absoluto. Los pueblos europeos son metamórficos, es decir que, en su larga historia, ellos han sabido regenerarse. Un renacimiento no podrá tener lugar sino en torno a una “utopía positiva”, es decir, de la imaginación de otro mundo en completa ruptura con el actual. Los trágicos acontecimientos que se preparan para Europa y para toda la humanidad (la “convergencia de catástrofes”) permiten considerar otra cosa, impensable hoy, pero pensable mañana. Cuando se haya completado su trágico trabajo de limpieza.

Veamos nuestras posiciones: hay que considerar una Eurorrusia etnocentrada y autocentrada, es decir, una alianza global de la Europa continental y central, y Rusia, del extremo de Bretaña al estrecho de Bering. La llamábamos, en otra época, Eurosiberia, pero Pavel Tulaev prefiere llamarla Eurorrusia, porque Siberia es, en el fondo, un término geográfico y la Rusia un término étnico e histórico. La idea de la formación de un Imperio confederal étnicamente homogéneo y económicamente independiente, autárquico. En este espíritu, Rusia sería el centro de tal conjunto, que sería el más potente de todo el planeta. Esta idea se opone evidentemente a la de Eurasia, que olvida la unidad étnica “graneuropea” y considera a los rusos como asiáticos, algo que ellos no son.

Eurorrusia debe ser fundada sobre el principio de “separación de los pueblos”. Cada uno consigo mismo y en buena vecindad con los demás. El modelo económico, en completa ruptura con la “mundialización” y el librecambismo planetario actuales, parte del principio de que cada área de civilización debe ser autosuficiente. Esta es la teoría económica de la autarquía de los grandes espacios, según una “tercera vía” que reinvierte, al mismo tiempo, los viejos y obsoletos paradigmas capitalistas y marxistas. A cada grupo de pueblos corresponde su propio modelo económico, político y étnico.

Respecto a los Estados Unidos, no debemos ser ni antiamericanos ni proamericanos, sino nosotros mismos. Es evidente y natural que los gobiernos de Washington busquen impedir, por todos los medios, el nacimiento de una Eurorrusia que sería su competidor. Encerrar y debilitar a Rusia, desbaratar el amenazante eje París-Berlín-Moscú, jugar maliciosamente con un islam que se vuelve contra ellos: todo esto está bien visto por los dirigentes americanos que, además, están ávidos de petróleo. No puedo más que aprobar aquí las tentativas de la actual dirección rusa de Putin intentando hacer fracasar todas esas intentonas de aislamiento y restablecer, poco a poco, la potencia rusa. Sin embargo, pienso que el antiamericanismo obsesivo es una trampa. No hay que confundir el gobierno de Washington con el fondo popular y étnico americano. Mi posición se inspira aquí en Maquiavelo. Además, conocemos bien los Estados Unidos: existen fuerzas que verían bien una alianza con una futura Eurorrusia en la perspectiva que acabo de indicar. Es improductivo considerar a Norteamérica como un enemigo absoluto, cuando no es sino un adversario provisional. En revancha, planteamos la siguiente hipótesis: ¿y si, lo queramos o no, nuestro enemigo principal fuera el Tercer mundo bajo la bandera del islam?

Por supuesto, Eurorrusia chocará con los mundialistas y los biempensantes, igual que con los exiguos nacionalistas que todavía no han salido del siglo XIX. Todas estas ideas constituyen, evidentemente, una ruptura radical con el mundo actual (que es ya un mundo pasado y superado), pero me parecen convenientes ante los seísmos, las conmociones, las tormentas, los reveses que vamos a vivir en menos de una generación.

Quisiera insistir sobre dos nuevas nociones: en primer lugar, la de etnopolítica. La geopolítica no tiene en cuenta más que factores geográficos. Pero el nuevo planeta que se dibuja ante nuestros ojos será el de los bloques de pueblos y de civilizaciones en lucha por la supervivencia los unos contra los otros, y no por el de la armonía humana, el de un Estado mundial con una especie humana mestizada, una extensión infantil del melting pot norteamericano, con rivalidades entre pequeños Estados.

A continuación, la de Eurorrusia. Hay que comprometerse en una alianza entre esta última y todos los pueblos de origen europeo existentes en el siglo XXI, incluyendo, desde luego, a los que viven en el continente americano u otros. Es la noción de Septentrión. ¿Resulta utópica esta posición? ¿Quizás visionaria?

El alma rusa y el pueblo ruso son los mayores centros de la civilización europea. Aquellos que pretenden que Rusia es asiática se equivocan. Aquellos que proclaman que Rusia es occidental se equivocan también. Rusia es europea, yo diría incluso que supraeuropea. Su extraño destino es un conjunto de todas las herencias. Pienso que es solamente con Rusia como los pueblos europeos podrán reagruparse y defender su identidad. Sin Rusia, su pueblo, su espacio, sus recursos, su genio, nada será posible.

Rusia se sitúa en el centro geopolítico y etnopolítico del gigantesco espacio eurosiberiano que va del Atlántico al Pacífico, y que engloba a la Federación rusa, la Europa central y la Europa occidental continental. Este espacio, en el plano de los recursos, no tiene equivalente en el mundo. Por tanto, debería dirigirse a reconquistar su homogeneidad étnica, a proteger sus fronteras, a recuperar sus raíces culturales, su común memoria histórica, a relanzar su natalidad, a asegurar su potencia, una potencia tranquila, sabia, justa e invencible, inspirándose en algunos de los principios formulados por Platón en su República. Pienso en la fórmula del teórico belga Robert Steuckers, que habla, a propósito de la Alianza Eurorrusa, de “erizo gigantesco”: yo no toco a nadie, pero nadie me toca a mí.

Esta es la razón por la que Rusia debe, ante todo, reforzar sus vínculos con sus vecinos europeos del oeste, mucho más que con el Próximo Oriente y el Extremo Oriente asiático. De igual modo, nuestra tarea, en Europa occidental, es hacer comprender que la unión con Rusia es un objetivo prioritario.

Pero ¿cómo definir Eurorrusia? Resulta hoy imposible precisar sus contornos institucionales. Como todo gran proyecto histórico, comienza siempre por el sueño movilizador de algunas minorías conscientes. Se tratará, evidentemente, de una inmensa Confederación, o de un Imperio homogéneo (a diferencia de los que le han precedido en el tiempo), sobre el cual el sol no se pondrá jamás. Se trata de romper con la estrecha lógica egoísta y suicida de los Estados-nación que dividen a los pueblos europeos y, quizás, pueda inspirarse en el federalismo europeo teorizado desde Bretaña por Yann-Ber Tillenon. 

Este proyecto eurorruso se fundamenta sobre una reinversión de los valores (Umwertung): dejar de poner el mundo anglosajón, americanomorfo y occidental en el centro del futuro étnico, político y económico de los pueblos de origen europeo, reemplazándolos por el bloque eurorruso por construir, del extremo de Bretaña al estrecho de Bering, “de las landas a las estepas y de los fiordos a los montes mediterráneos”. Es en torno a Eurorrusia, en torno al territorio matriz, sobre el que deberán reunirse los pueblos hermanos, incluyendo a los del continente americano y otros. Terminaré citando al gran pintor y poeta Olivier Carré: «Volvamos nuestras miradas hacia el sol de levante. Nosotros somos el nuevo mundo».

¿Cómo poner en marcha todas estas ideas? Son las “revoluciones del alma” las que fundan las “revoluciones de los hechos”. Una cosa es segura: Rusia está situada en el centro de este destino histórico. Tenemos una historia común y gloriosa, en la que nos hemos batido constantemente. Pero esto ha terminado. Debemos unirnos nuevamente y recobrar la matriz ancestral, porque tenemos enemigos comunes y porque pertenecemos, fundamentalmente, al mismo pueblo, somos hermanos sobre la misma tierra. (Continuará...)