La izquierda decolonial coloniza el mundo, por Jérôme Blanchet-Gravel


La hegemonía de la izquierda decolonial, heredada del pensamiento angloamericano, está a punto de imponerse en todo el mundo. Apropiándose del monopolio del “bien”, intenta crear nuevas relaciones de fuerza en detrimento de los “hombres blancos”.

No hay nada más paradójico que ver cómo el movimiento decolonialista coloniza mentalmente el planeta. Los reflejos no han cambiado: se trata de reevangelizar a las sociedades inclinándolas hacia el multiculturalismo. En efecto, la izquierda indigenista quiere “destronar” al “hombre blanco” para reinar sobre el mundo del mañana. Los decoloniales son los conquistadores del progreso: no quieren ajustar la memoria, sino deconstruirla en varias piezas. En lugar de añadir matices al cuadro, quieren borrarlos como hacían los mejores propagandistas de la Unión soviética.

No se trata ya de crear un mundo liberado de las relaciones de poder, sino una sociedad cuya cima estará reservada a las nuevas élites. Los indigenistas no sueñan realmente con una sociedad horizontal, sino reconstruir una pirámide en la cual los diferentes escalones reflejarían las políticas de discriminación positiva. No se trata solamente de reinvertir el poder, sino de invertir el poder. La izquierda indigenista quiere abolir lo que ella llama los “privilegios blancos” para instaurar una especie de régimen de compensación racial.

Sustituir una hegemonía por otra

Nada ilustra mejor el motor colonizador del decolonialismo que la hegemonía de la izquierda universitaria en el mundo intelectual, a la cual contribuyen mucho los demócratas americanos, ya muy radicalizados. Con figuras como Alexandria Ocasio-Cortez e Ilham Omar, el Partido demócrata se ha convertido en la vanguardia mundial de esta nueva corriente política. Al lado de estas figuras de la nueva izquierda, incluso Berny Sanders podría pasar por el reflejo inverso de Trump. En cuanto a Hilary Clinton, ella pasa ya por una aristócrata paternalista. La “blanquitud” no miente: ser WASP [blanco, anglosajón y protestante], en 2019, significa estar completamente obsoleto en el país del Tío Sam.

Como los teóricos de su propio movimiento, numerosos demócratas ven ahora colonialismo por todas partes. Puesto que el racismo sería un sistema y este sistema sería englobante, nada escapa a ojos de los inquisidores: la sociedad entera está en el punto de mira. «Cuando se nos dice que es muy difícil crear un espacio verde donde cultivar la yucca, por ejemplo, en lugar de la coliflor ‒o cualquier cosa de este tipo‒ es que existe un enfoque colonial del ecologismo», declaraba Alexandria Ocasio-Cortez, musa de la izquierda americana. Rechazar el cultivo de ciertas legumbres se habría convertido, así, en la marca del colonialismo. Nada más y nada menos.

El colonialismo por todas partes

Desde hace décadas, Europa sufre los asaltos de esta izquierda americana que ha cortocircuitado completamente su universalismo. Por lo demás, intelectuales como Foucault, autor afecto a la French Theory, habían preparado ya el terreno para este pensamiento repetitivo. Hasta tal punto que la laicidad, una política que estaba pensada para favorecer el mestizaje, encarna ahora el racismo de algunos franceses. Ya no se trata solamente de importar el puritanismo neofeminista, sino de convertir a Europa a una visión propiamente angloamericana de la diversidad, es decir, a una visión que amalgama la cultura y la naturaleza en un espíritu que roza el racismo.

La izquierda americana es poderosa desde que ha logrado convertir a una parte de la izquierda latinoamericana a su multiculturalismo radical. No hay más que leer el diario El País para constatar hasta qué punto esta realidad es más que nunca verídica. De herencia marxista y, sobre todo, refractara al imperialismo americano, la izquierda latina se deja conquistar, y es deplorable que un gran periódico se deje seducir tan fácilmente por estos “gringos” haciendo penitencia.

Por otra parte, en América latina, la influencia de la izquierda americana se traduce en escenas inéditas de autoflagelación. Recientemente, una intelectual nos invitaba, en las páginas de un diario mexicano, a redescubrir la herencia africana de México. Las intenciones eran buenas y los hechos probados en parte, pero no hay ningún negro en el país de Benito Juárez, pues los afromexicanos están completamente fundidos en la masa. ¿A qué problemática quiere responder, entonces, este punto de vista? ¿Por qué esta desposesión de la historia? México no tiene nada que ver con Cuba o Brasil. ¿Se trata de iniciar un proceso contra España? ¿Debe México descubrir sus orígenes africanos para tener derecho a una mayor parte del pastel decolonial? En fin, ¿México debe excusarse por ser un país mestizo? 

Cuando el imperialismo se ve decolonial

La izquierda americana hace traducir a varias lenguas los conceptos que le sirven como armas ideológicas. Las nociones de “racismo sistémico”, de “privilegio blanco” y de “blanquitud” se han convertido en moneda corriente en regiones del mundo donde antes eran desconocidas e inaplicables. ¿Qué mejor que imponer su poder tomando partido por los débiles? La izquierda académica utiliza la diversidad mundial para aplicar, de manera uniforme, conceptos supuestamente dirigidos a valorizar las diferencias. Por todo el mundo, o casi, esta izquierda impone su visión sin preocuparse por las realidades locales. Aplica universalmente un marco de lectura americana que es, en muchas ocasiones, defectuoso en su propio terreno. Pero su éxito es tan grande que podría llegar a conseguir que se recreen las tensiones raciales y sexuales en países donde éstas se encontraban en trance de desaparecer o, al menos, de atenuarse. ¡Una asombrosa reinversión! Fuente: Causeur