Economía medieval y sociedad feudal: una interesante reflexión sobre el mundo anterior al capitalismo, por Michel Geoffroy


Cuando la oligarquía utiliza la epidemia de coronavirus para imponer la agenda represiva del mundo que viene, el economista Guillaume Travers nos invita a lo contrario, a reencontrarnos en los valores de la sociedad feudal europea, en el mundo anterior al capitalismo, con su ensayo sobre la economía medieval y la sociedad feudal [1]. El trabajo es ambicioso: sintetizar en unas sesenta páginas toda la complejidad y la riqueza del orden feudal y explicar las razones de su desaparición. El autor ha acertado con un resultado en tres capítulos bien construidos donde cada palabra cuenta y, por lo tanto, debe ser leída con atención. 

La feudalidad, ¿modelo inactual? ¿Por qué evocar la sociedad feudal en nuestros días? Porque, precisamente, nos explica en la introducción Guillaume Travers, “la inmensa angustia de la que nació el feudalismo comparte similitudes con la crisis actual en el continente europeo (inseguridad, migraciones, empobrecimiento). Volver la mirada a la economía medieval puede ser mirar a lo que nos espera mañana”. Pero también porque la economía y la sociedad medievales se muestran como un “contramodelo radical, a menudo poco comprendido, frente a la abstracción del mercado autorregulador que domina la economía moderna”. 

Un contramodelo de la economía capitalista

El autor muestra, en efecto, que la economía medieval funciona rechazando precisamente los dos supuestos en los que se basa la modernidad capitalista occidental: el individualismo y el utilitarismo. La sociedad medieval exalta, al contrario, el sentido de la comunidad, las relaciones personales, la reciprocidad, la proximidad, el bien común y la justicia. 

En la economía medieval, el precio no resulta, por ejemplo, del ajuste abstracto entre la oferta y la demanda individuales en el mercado, sino de la regulación social: es el precio justo que imponen la profesión y la ciudad, por el bien común. Además, la economía medieval pone en valor la tierra y no la riqueza monetaria que, de todas formas, no existe durante una gran parte de la Edad Media, después de la interrupción del comercio mediterráneo a causa de las conquistas musulmanas y la desintegración de las infraestructuras públicas.

En efecto, Guillaume Travers recuerda oportunamente que el orden feudal constituye la respuesta al caos extendido por el hundimiento del Imperio Romano de Occidente, por los grandes movimientos de poblaciones y por la interrupción de los intercambios y desplazamientos que fueron el resultado de todo ello. 

La feudalidad nace entonces “como respuesta a esa crisis importante: cada uno busca la seguridad en un nivel más local, más cercano, de forma que resulta una remodelación progresiva de las relaciones de protección y de subordinación”. El orden feudal se basa menos en la propiedad privada y más en un encadenamiento de obligaciones recíprocas y no monetarias de asistencia, protección y servicios; teniendo, como telón de fondo, la fragmentación y la autarquía territoriales. 

Los principios de la sociedad feudal

Guillaume Travers muestra también que la Iglesia jugó un rol esencial en la condena de la riqueza en sí misma y no solo en el rechazo al préstamo con interés monetario. Es decir, no se debía acumular la riqueza sino, al contrario, gastarla para beneficio de todos. La construcción de las catedrales, que cubrieron Europa, demostró así que “unos intereses espirituales absorbían, con mucho, la riqueza que sobraba”. Tener excedente era, precisamente, gastarlo en lugar de comportarse como un usurero, un avaro o un acaparador. 

La concepción de la sociedad en tres funciones, heredada de la antigüedad indoeuropea, que diferencia entre los oratores, los bellatores y los laboratores, asigna también un lugar inferior a la riqueza que el ocupado por aquellos que se ponen al servicio de la comunidad mediante sus oraciones o entregando su vida. 

El orden feudal se basa igualmente en una visión holística del ser  humano y de la sociedad: la persona no se define por lo que la distinguiría de otra –como en el individualismo– sino, al contrario, por lo que la une a los demás. A la Cristiandad, primero, pero también a sus numerosas comunidades de pertenencia: familia, pueblo, ciudad, parroquia, oficio, condado, provincia, etc. En suma, como escribe Guillaume Travers: “No hay ninguna duda de que la Edad Media no es capitalista”. 

El fin de la economía medieval

El último capítulo del libro trata del fin de la economía medieval y, por lo tanto, de la “gran transformación” –en expresión de Karl Polanyi– hacia la economía de mercado y el capitalismo. Guillaume Travers señala dos razones: en primer lugar, la centralización monárquica pone fin progresivamente a la partición territorial de la economía y al entramado señorial; después, la aparición de la burguesía que se despega de todos los lazos comunitarios para imponer nada más que su interés egoísta así como una visión impersonal e impolítica de la sociedad, que se desarrollará en la ideología del Liberalismo y de la Ilustración.

¿Por una nueva feudalidad?

Puede que no se esté de acuerdo con todas las afirmaciones, a la fuerza sintéticas, del autor, sobre todo cuando se trata de la imagen que parece dar de la monarquía: el rey también pertenece al orden feudal puesto que es un señor y un garante, como lo ha jurado en su coronación, de todos los derechos de sus sujetos y vasallos, así como del bien común del reino. No se debe olvidar que la feudalidad, como la nobleza, ha degenerado con los tiempos, como lo escribía cruelmente Chateaubriand, de la edad de las superioridades a la de los privilegios y, finalmente, a la de las vanidades. Finalmente, la concepción holística de la sociedad –sobre todo, la noción de cuerpo social diferente del de las personas mortales– surge menos de la organización feudal como tal que de la teología cristiana que la sustenta.  

Este viaje hacia el meollo de la sociedad feudal desaparecida al que nos invita, brevemente, Guillaume Travers, abre perspectivas apasionantes. Este orden pasado puede “inspirar soluciones a los problemas contemporáneos, ya sean identitarios o ecológicos: una mayor perspectiva territorial en los intercambios y un funcionamiento más comunitario de la economía deberían permitir volver a dar un sentido a las transacciones cotidianas, y limitar los perjuicios asociados al librecambio y a la competencia generalizada”. 

El ensayo de Guillaume Travers tiene como subtítulo: “Un tiempo de renovación para Europa”. Pero esas palabras ¿apuntan a nuestro pasado o a nuestro futuro? ¡Después de la lectura lo sabrán!   Fuente: Polémia

[1] Guillaume Travers, Économie médiévale et société féodale, Ed. La Nouvelle Librairie, 2020.