Al encuentro de los «conservadores de izquierda». ¡Adiós al progresismo!, por Alain de Benoist (II)


La fetichización mercantil
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En el sentido que les damos hoy, el trabajo y el valor, la mercancía y el mercado, e incluso la economía, no son categorías eternas, sino invenciones históricas relativamente recientes. El capitalismo consiste en una ilimitación donde el único objetivo de la sobreacumulación del capital es permitir la reproducción del sistema. El capitalismo produce por producir, siendo el dinero, siempre, el origen y el fin de la producción. Mientras que la vida siempre prima la racionalización, el capitalismo se basa en una forma de dominación abstracta e impersonal (una “tiranía sin tirano”, decía Hannah Arendt), constituida por la mediación “fetichizada” del valor que participa en la reproducción material del orden social reificando la vida de los individuos. El valor, dice Marx, se transforma en un “sujeto autómata”.

“La dominación, escriben Martin y Ouellet, no se reduce al poder ejercido por una clase sobre otra, sino que se debe al hecho de que la sociedad moderna está organizada en torno al trabajo en tanto que éste es la mediación social central (…) El capitalismo se manifiesta, entonces, como un poder social devenido extranjero, una heteronomía que hace a cada uno extranjero en sí mismo, alienado bajo el imperio de un control abstracto: sólo el capital es libre y todos estamos subsumidos por el poder del valor”.

La crítica del valor es, por tanto, una crítica de las mediaciones sociales alienadas por el fetichismo de la mercancía. El fetichismo de la mercancía no resulta de una fantasía ni de una “falsa conciencia”. Es una relación social que se expresa bajo la forma de una relación entre cosas, en la que las cosas parecen tener cualidades intrínsecas, cuando estas cualidades son el producto de una relación social. En este sentido, es inseparable de la reificación de las relaciones sociales. El Marx “esotérico” no pone el acento en la lucha de clases, sino que efectúa una crítica del trabajo en tanto que fuente del valor, como el carburante necesario para la reproducción del capital. Contrariamente a lo que el marxismo vulgar creía, no es la dominación de clase, sino la relación fetichista con el valor lo que está en el corazón del sistema capitalista.

La obsolescencia programada del antiguo mundo
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Este enfoque permite comprender cómo el capitalismo, considerado en su esencia, no tiene nada de conservador. Si lo fue en algún momento, fue en sus inicios puritanos, cuando distinguía las formas de disipación ostentosas de los señores feudales, aunque sólo fuera como una forma de estigmatizar el desinterés y la gratuidad. “Muchos autores de izquierda, y también de derecha, señala Arnaud Imatz, admiten mal que el capitalismo implique el perpetuo cambio de las condiciones de existencia. Identificando los valores tradicionales con el sistema capitalista, cuando aquellos son los enemigos más implacables de este último, estos autores conducen sistemáticamente a sus tropas, los obreros y los trabajadores, a luchar, no contra sus verdaderos adversarios, la oligarquía dominante, sino contra los enemigos de sus enemigos”.

Todo el mundo conoce las célebres frases de Marx sobre las “aguas heladas del cálculo egoísta”. En las que el ascenso de la clase burguesa inunda y sumerge la sociedad. El capitalismo no puede ser conservador, simplemente porque el reino del mercado, caracterizado por la autonomización del intercambio económico por relación a los demás aspectos de la vida social, implica el desmantelamiento de todo lo que es susceptible de obstaculizar la loca carrera de los negocios del capital. El capitalismo tiene la necesidad de liquidar las antiguas estructuras sociales y culturales sobre las cuales reposaban las sociedades precapitalistas que pudieran trabar la expansión de los mercados. Tiene necesidad de erradicar los valores comunes sedimentados al hilo de los siglos en beneficio de una única norma abstracta de regulación de la vida social por el valor económico. Tiene necesidad de que la moneda, la tierra y el trabajo, se transformen integralmente en mercancías, lo cual se produce cuando el dinero es acumulado hasta convertirse en capital. Y para que esto suceda, tiene necesidad de que los hombres sean transformados en “sujetos libres” en el sentido cartesiano del término, es decir, liberados lo más posible de las relaciones sociales.

El dinero del desarraigo
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La generalización del asalariado implica, en sí misma, la conmensurabilidad de los productos del trabajo, que no puede aparecer más que si los individuos han sido “liberados” de toda forma de relación tradicional: “Para que exista transformación de dinero en capital, escribe Marx, hace falta que el poseedor del dinero encuentre al trabajador libre en el mercado de las mercancías, libre en este doble sentido de que, por un lado, dispone de su fuerza de trabajo como de una mercancía que le pertenece y que, por otro, está completamente desembarazado de todas las cosas necesarias para poder hacer la realización de su trabajo”. El capital exige patronos y obreros igualmente “libres” para negociar las condiciones y el precio del trabajo: los proletarios no viven más que a condición de encontrar un trabajo y que no lo encuentran salvo que su trabajo incremente el capital”. Es aquí donde se produce el desarraigo. 

“El valor sólo puede erigirse como norma de regulación del conjunto de la práctica social en una sociedad fundada sobre un imaginario de igualdad abstracta, observan Martin y Ouellet. La nueva comunidad capitalista instituye como principio una forma de subjetividad, la del poseedor de mercancías cosmopolita, que no está afectado a ninguna comunidad concreta, al margen de la del dinero”. Esto es lo que dice Marx en la Grundrisse: “El dinero, siendo, en sí mismo, una comunidad, no puede tolerar otras frente a él (…) Cuando el dinero no es, en sí mismo, una comunidad, debe ser disuelto”.

El mundo de la Forma-Capital sólo puede ser, por lo tanto, un mundo de individuos fluidos y desafiliados, arrancados de la naturaleza, potencialmente nómadas y movidos sólo por la búsqueda de sus intereses individuales. Un mundo hecho de mónadas fuera de la tierra, sin identidad ni domicilio, transformados en fuerza de trabajo (en objetos). Un mundo donde la fluidez, la flexibilidad y la precariedad se convierten en la norma general, donde todo debe estar disponible a título de mercancía para consumir, en función de los deseos de cada cual (y considerados como igualmente legítimos), en resumen, un mundo donde el dinero se impone, a la vez, como “valor de intercambio convertido en sujeto autónomo” (Marx) y como equivalente universal que lo hace todo conmensurable convirtiendo la calidad en cantidad, como valor general y forma-fenómeno del fetichismo de la mercancía. Está claro que, en estas condiciones, toda concepción no hostil sobre el pasado no puede derivar más que de la “nostalgia” irracional o de la “reacción”. Es en este sentido que la ideología del progreso contribuye al arrasamiento del mundo por la Forma-Capital. Ésta se funda, en efecto, sobre una depreciación del principio del pasado, visto como una simple mezcla de restricciones y de supersticiones arcaicas. Como escribe Alain Finkielkraut, “la era de la diversidad celebra los valores democrático-republicanos de igualdad, libertad y fraternidad, para rechazar mejor todo lo anterior, lo pasado, y el pasado en las tinieblas del mal”. Cualquier mirada hacia atrás es objeto de excomunión. Frente a los que quieren “santuarizar el progreso” (la fórmula es de Jacques Attali), los demás se convierten en “conservadores” en cuanto abandonan el campo del “progreso”. Tal fue el caso de Walter Benjamin que, reclamándose de un comunismo que habría “aniquilado la misma idea de progreso”, veía en la revolución venidera, no el resultado natural de la marcha hacia delante de la humanidad, sino más bien un impulso de evolución catastrófica, es decir, un acto conservador (en el sentido del katechon schmittiano) que ponía fin a la huida hacia adelante.

Estado o Mercado, siempre es capitalismo
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El movimiento socialista, desafortunadamente, se ha limitado a la simple lucha de clases, creyendo equivocadamente que ello permitiría salir del capitalismo. Sin embargo, la teoría de la lucha de clases (del Marx “exotérico”) se limita a criticar la repartición o la distribución desigual de la riqueza sin cuestionar la sustancia ni interesarse por la naturaleza intrínseca de la economía y del trabajo. Discutir sobre la forma más justa de repartir la plusvalía es una forma como cualquier otra de deslegitimar el principio. Sustituir el Estado por el Mercado como lugar de distribución del valor, no cambia para nada la naturaleza profunda del capitalismo, lo que explica por qué el marxismo-leninismo soviético sólo condujo a instaurar un capitalismo de Estado. La experiencia muestra, además, que el proletariado no tiende, por sí mismo, hacia su propia abolición, y en consecuencia no es revolucionario en sí mismo. Si las clases dominadas se convierten en clases dominantes, los medios de producción sólo cambian de propietarios sin cambiar ellos mismos. Las luchas obreras, basadas frecuentemente en reivindicaciones puramente cuantitativas, no abren ningún horizonte postcapitalista, sino que solamente transforman el proletariado en un sujeto pequeñoburgués. 

A partir de 1918, las izquierdas socialdemócratas se convirtieron progresivamente en socio del capitalismo, limitándose a demandar aumentos de los salarios o mejores condiciones de trabajo, lo que abría la vía a una colaboración de hecho con el establecimiento de compromisos sociales. El auge del fordismo acentuó esta orientación reformista, en la cual no se buscaba reinvertir el sistema establecido, sino en obtener una mejor posición, teniendo como consecuencia la creación de una amplia clase media conviviendo, cada vez más, en perfecta simbiosis con las exigencias del Capital por el único motivo de que favorecía el consumo y el aumento del poder adquisitivo.

Los comunismos, por su parte, tomaron como modelo el capitalismo que pretendían combatir, sin apenas darse cuenta, sobreinvirtiendo en el productivismo, lo que condujo a la Unión soviética a la instauración de un sistema económico que no era más que un capitalismo de Estado. El objetivo ya no era reconducir al capitalismo en un sentido más favorable (cuantitativamente) a los trabajadores, como en la socialdemocracia o en el socialismo reformista, sino crear otro capitalismo pilotado estatalmente, censado a ser todavía más performante que el primero. “El socialismo, bajo sus diversas variantes, socialdemócratas o comunistas, escribe Denis Collin, ha funcionado como un mecanismo de integración de la clase obrera en el capitalismo”. Jacques Julliard habla también de “la interiorización por los trabajadores de la lógica capitalista”. La idea que se impone es que el capitalismo, por imperfecto y criticable que sea, es, en última instancia, el único sistema posible y del que no es posible salir. De ahí lo que Costanzo Preve llamaba una “impotencia social colectiva sin precedentes históricos”.

La década de los años 70 correspondió a un nuevo giro. Estuvo marcada por la crisis del petróleo y el fin de los “Treinta Gloriosos”, el desacoplamiento del oro y del dólar, el debut de la tercera revolución industrial (la de la microinformática), el auge de un capitalismo financiero basado en la especulación, el sobreendeudamiento público y el crédito privado (el capital ficticio), así como, en Europa, por el inicio de la inmigración de asentamiento y repoblación. 

Durante los años 80, la izquierda, ya asentada en su desorganización tras la desagregación de los “grandes relatos” ideológicos del siglo XX, comienza a romper con el pueblo. Alineada abiertamente con el modelo de mercado, abandona toda idea de emancipación colectiva y de transformación de la sociedad que no sea a través de la atribución de derechos individuales. Llega incluso a criticar el liberalismo económico, pero para reclamar un “liberalismo societal”, el cual descansa sobre los mismos fundamentos antropológicos. (Continuará...)