Al-Andalus y la persecución de los cristianos: una historia contaminada por lo políticamente correcto, por Arnaud Imatz


Nadie ha descrito nunca con tanta claridad y precisión la terrible situación de los cristianos de la España musulmana (los mozárabes mediante la dhimma) como el medievalista Rafael Sánchez Saus. Su excepcional Al-Ándalus y la Cruz [en francés: Les Chrétiens dans Al-ándalus. De la soumission à l’anéantissement (2019)] supone un giro en la materia. Quien quiera conocer seriamente la realidad de la historia de los cristianos en al-Ándalus deberá, a partir de ahora, referirse a su síntesis magistral. Imaginamos fácilmente que, con la publicación de la edición original de este libro en España, no habrá hecho muchos amigos. Pero su valentía intelectual, rigor y probidad científicos han sido la mejor garantía contra los ataques insidiosos de los que ha sido objeto y que trataremos más adelante.

Al-Ándalus es uno de los temas más representativos del interminable ajuste de cuentas que divide a la comunidad intelectual y cultural españolas desde hace más de dos siglos. El estudio de la conquista y la dominación musulmana en la Spania cristiano-visigoda[1] se ha convertido con el tiempo en un modelo casi perfecto de contaminación ideológica de la Historia. “La ideologización extrema del actual debate sobre la forma en que al-Ándalus puede y debe ser explicado en el conjunto de la historia de España”, escribe Rafael Sánchez Saus, “no puede separarse, pues, del hecho de que es ésta la que en estos momentos es discutida como nación, como proyecto común y hasta como marco histórico e identitario en contra de la evidencia que los siglos respaldan como expresión auténtica de la voluntad de las sucesivas generaciones”[2]. Pero, para entender este espectáculo desconcertante, se impone una breve explicación con perspectiva, sobre todo cuando el desconocimiento mediático-cultural francés del mundo hispánico es notorio[3].

El debate sobre la identidad nacional a comienzos del siglo XXI

A partir del final de los años 70, y más todavía después de la caída del bloque comunista, todas las grandes naciones europeas conocieron, en grados diferentes, una revisión sistemática y obstinada de sus orígenes, raíces e identidades. La utopía de la creación de un “ciudadano del mundo” reemplazó a la del advenimiento redentor del proletariado y del “paraíso socialista”. La globalización debía permitir superar los Estados-nación y para ello convenía crear un “ciudadano global”, un individuo etéreo y desconectado de sus raíces culturales e históricas.
 
El ejemplo de la Francia de comienzos del siglo XXI merece ser brevemente evocado aquí porque es, en parte, similar al caso de España. Hemos podido ver en el “Hexágono” cómo, en los últimos tres o cuatro decenios, la “nueva historia transnacional o globalizada” ha acompañado el cambio societal y ha intentado imponerse. Esta pretendida nueva historia, paradójicamente anacrónica y obsesiva, se ha revelado rápidamente mucho menos neutra que la antigua. Estaba establecido y aceptado, desde generaciones anteriores, que es ante todo a través de la historia del propio país como los hombres comprenden el pasado y se encuentran en posición de darle un sentido. Sabíamos que la Historia, tal y como se enseña, es siempre el reflejo del estado del mundo en el momento y de la relación de fuerzas que lo gobierna. Desde el final del siglo XIX, los “progresistas”, republicanos, monoculturalistas y laicistas, tales como Michelet, Renan, Lavisse y sus discípulos, contribuían intencionadamente a la formación de una conciencia cívica y nacional. De ahí a renunciar al objetivo de neutralidad, y a tomar partido, había una línea que ningún historiador riguroso se había atrevido nunca a sobrepasar. La Historia seguía el rigor de la Ciencia y solo conocía lo relativo; se distinguía en eso de la memoria colectiva, fascinada por lo absoluto, exclusividad de los espíritus chequistas y gestapistas. Por desgracia, los turiferarios de la historia transnacional o globalizada, indiferentes a la realidad como lo fueron los censores totalitarios antes que ellos, han elegido negar la evidencia de los hechos, con la secreta y vana esperanza de resolver la crisis actual de la vida en un medio con gran diversidad social y cultural.

La Historia se ha visto convocada por ellos como ciencia auxiliar del discurso ideológico. El pasado de Francia, descrito y modelado por los historiadores republicanos, liberales, nacionalistas y románticos de la Tercera República (1870-1940), la Cuarta República (1946-1958) y del comienzo de la Quinta República (1958-1981), ha sido brutalmente negado, rechazado, denunciado como “novela nacional”, sospechoso más o menos insidiosamente de “patriotismo”, “nacionalismo” o “fascismo” (siendo aquí la mezcla aceptable y recomendada) y, finalmente, declarado obsoleto por toda una pléyade de periodistas y de seudohistoriadores guardianes celosos de las nuevas Tablas de la Ley (globalización, multiculturalismo y derechos humanos). Iniciado por la izquierda al final de los años 70 y retomado por la derecha a finales de los años 80, el debate público sobre la identidad se terminó rápido. Desde entonces, la policía del pensamiento vigila y bloquea. Olivier Pétré-Grenouilleau y Sylvain Gouguenheim, por no citar más que dos casos instructivos[4], han pasado por esta amarga experiencia. Los “deconstruccionistas” han tomado la costumbre de utilizar piruetas fáciles y el pretexto de la “complejidad histórica” para evitar cualquier comienzo de debate: “Vivimos en un período incierto”, dicen, “lo que vivimos no puede ser todavía calificado”, “Francia no quiere decir nada preciso”, en definitiva, “no hay una cultura francesa”[5]. Los franceses se ven pues cada vez más conminados a dar la espalda a su identidad pasada y obligados a inventar una nueva manera de ser francés, diversa, plural, mestiza, centrada en las culturas minoritarias, en la recepción indiscriminada de inmigrantes, en la apertura al Otro.

El “problema” de España

Este debate sobre la identidad nacional divide en España tanto como en Francia, y tanto como en cualquier otro gran país de Europa occidental. Pero en nuestro vecino pirenaico, la controversia tiene dos caracteres específicos: la virulencia o el extremismo de la expresión, y la antigüedad, la duración o la sorprendente persistencia de un proceso, sobre todo, endógeno. España es el único país de Europa donde una parte muy importante de las “élites” autoproclamadas niega, con el mismo nivel de exaltación, la existencia misma del país y de la nación. Mientras que los comienzos del debate sobre la identidad de Francia se sitúan al final del siglo XIX (al menos como problema o cuestionamiento, no estando el término evidentemente todavía extendido), los orígenes de la disputa son muy anteriores en el caso de España. El debate intelectual sobre “El Ser de España”, “El Problema de España”, o “La esencia de España”[6] no remonta a la generación de 1898, como se oye a veces, sino al final del siglo XVIII, en el crepúsculo de la potencia hispánica, al final de su rol de primer orden en el mundo.

En nuestros días, legiones de “intelectuales”, periodistas e historiadores de la Península repiten todos los días que la nación es una construcción dudosa, una ficción novelesca, una “ilusión esencialista” cuya defensa conduce sin remedio a lo peor, en otros términos, a la xenofobia, al nacionalismo y al fascismo. Todos ponen en duda con delectación la herencia histórica de España, la nación (comunidad) y la patria (tierra de los padres) hasta el punto de hacer desaparecer el objeto mismo de su estudio. Se puede leer, en los escritos más diversos, que no ha habido nación ni estado españoles, no solamente en el siglo V o en el VII (la España visigoda o la Spania de San Isidoro de Sevilla), ni en el siglo VIII (la España perdida de la Crónica Mozárabe), ni a comienzos del siglo X (la España cristiana de la Crónica de Alfonso III que reivindicaba el derecho a la “restauración” del reino visigodo en toda la península), pero tampoco en los siglos XVI, XVII ni incluso en el XVIII. El nacimiento de España como nación se remontaría, según los adeptos de la corrección política de comienzos de este siglo, no a la Casa de Austria (a partir del siglo XVI), ni a la de los Borbones (a partir del siglo XVIII), sino a las monarquías constitucionales del siglo XIX, a la Constitución de la Segunda República (1931), o incluso a la actual monarquía parlamentaria (1978). Para los espíritus más febriles, incluso nunca habría existido una nación española, ni Imperio español, y el término “España” solo sería utilizado por costumbre o comodidad[7].

Buen número de esos “intelectuales” y artistas, muy mediáticos, se disputan el nivel nulo de reflexión y debate intelectual. “La idea de España me la sopla, […] es una idea para los semicuras y los fanáticos” afirma el filósofo Fernando Savater; “Odio a España desde siempre” añade el novelista Rafael Sánchez Ferlosio (hijo del teórico falangista y ministro Rafael Sánchez Mazas); “La marca España me trae sin cuidado” afirma con la misma elegancia el escritor y académico Javier Marías (hijo del muy orteguiano Julián Marías)[8]. Escuchándoles, la cuestión de la naturaleza histórica de España estaría totalmente superada y no interesaría más que a algunos fanáticos o nostálgicos del franquismo. Su furia intolerante entristece porque desdeña la obra inmensa y diversa de las figuras intelectuales más emblemáticas de la España de los últimos tres siglos. Y es que el tema de la esencia, del ser, de las raíces, de la identidad y del futuro de España está presente en un buen centenar de obras célebres publicadas desde el siglo XVIII. El “Problema de España” no ha dejado nunca de preocupar a los principales filósofos e historiadores españoles.

En el siglo de las Luces, los intelectuales españoles se dividían entre “castizos” (puristas o clásicos) y “afrancesados” (imitadores de lo francés). Después de la Revolución francesa, la controversia sobre el hecho y la adhesión de un buen número de españoles a sus ideales suscitaron un intenso debate sobre la nación. Las querellas entre catolicismo y laicismo anticristiano, mezcladas a las que había entre centralismo liberal y “foralismo” tradicionalista, y más tarde, nacionalismo periférico, no cesarán de ser reanimadas. Primero lo serán después de la ocupación francesa (1808-1813) y el final de las guerras de independencia hispanoamericanas (1808-1825); más tarde, después de la aplastante derrota sufrida frente a Estados Unidos en 1898; luego, bajo la Segunda República (1931-1936) y bajo el régimen franquista (1939-1975); y, al final, una vez la democracia “instaurada” con el resurgimiento y desarrollo de los movimientos independentistas o separatistas en los años 90.

Sería aburrido nombrar aquí todos los autores célebres que se distinguieron en el estudio y la interpretación del fenómeno nacional. Completamente unidos al ser y a la existencia de España, esos autores tenían en su mayoría convicciones “progresistas” o de izquierdas. En el siglo XIX y a comienzos del XX, eran monárquicos liberales, republicanos liberales y demócratas, incluso socialistas[9]. Al contrario que los estereotipos, solo una minoría de entre ellos defendía la visión “católico-tradicional de España”, y apenas uno o dos de ellos decían pertenecer al fascismo europeo, en su doble versión reaccionaria o revolucionaria. 

La España moderna, democrática y multinacional del siglo XXI, la España desnacionalizada, agregado de territorios, “patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones” según los términos de la Constitución de 1978, se construyó sobre el rechazo absoluto de la dictadura franquista. Este repudio tuvo sus consecuencias en las nuevas corrientes historiográficas. Desde el final de la Transición (1975-1982), la ideología dominante ha privilegiado la visibilidad de los interrogantes, de las rupturas y discontinuidades históricas, y ha sacralizado la Constitución de 1978. La “retórica esencialista”, los “estereotipos del pasado”, la larga memoria y la importancia de la continuidad, han sido regularmente y masivamente denunciados como reminiscencias o persistencias del nacional-catolicismo y del franquismo. Los grandes medios españoles han adoptado la costumbre de divinizar la pluralidad y la diversidad, y de anatemizar la unidad y la homogeneidad. Políticos e intelectuales mediáticos han soñado o dado la imagen de creer en la próxima globalización feliz, en la humanidad pacificada y sin fronteras. Frente a ellos, unos historiadores más moderados y realistas –en su mayoría miembros de la Real Academia de la Historia de España pero, también, autores no conformistas muy seguidos por el gran público– se han levantado inscribiéndose en el largo plazo y defendiendo la identidad histórico-cultural del pueblo español. Para ellos, la nación no es solamente una unidad político-territorial incierta que se confunde con el Estado, es también un grupo sociopolítico definido por una cultura y una ascendencia comunes, nacido en el presente de un consentimiento y de una voluntad también comunes, combinados a una herencia histórica compartida. Para ellos, la historia de la nación española no ha sido tan excepcional como algunos han querido enseñar, pero tiene sin embargo algunas especificidades, unas características propias que conviene identificar. No es una construcción retrospectiva imaginaria sino una realidad inteligible con la condición de aclarar, cuestionar y encadenar correctamente sus principales componentes. 

Dicho esto, el “drama de la España moderna” (país conocido como el más europeísta de Europa) ha tenido lugar de una forma bastante parecida al de las otras grandes naciones europeas. Las “nuevas élites democráticas y europeístas” no han conseguido generar un nuevo proyecto de vida en común, a suscitar un sentimiento colectivo de pertenencia a una unidad de destino. En menos de veinticinco años, la nueva Historia “global”, “postnacional” o “mundializada” de España, presentada como un “enfoque científico” que debía permitir, de acuerdo con el espíritu de los tiempos, contrarrestar los excesos de la “novela nacional”, se ha revelado, como en Francia, una ficción simplificadora, una cortina de humo ideológica, una enésima tentativa de “normalizar” o de aculturar el país. Presentando capciosamente todos los grandes episodios que jalonan la historia de la “Península Ibérica” (no se dice “España”) como marcados por las peores calamidades [la Reconquista, un ejemplo de fanatismo religioso; la presencia en América, un modelo de pillaje y genocidio; las guerras europeas de la Contrarreforma, una manifestación de intolerancia; la defensa de la monarquía tradicional frente a la monarquía absoluta (1700-1808) y luego constitucional (1812), un arquetipo de reacción violenta e irracional contra la Revolución y el Progreso; la Guerra Civil (1936-1939), una lucha de los demócratas progresistas contra unos reaccionarios fascistas, siguiendo lo que la propaganda del Komintern repetía ayer[10]], la historia “postnacional, transnacional o globalizada de España” no ha servido, en definitiva, más que para retomar y regenerar todos los cimientos de la vieja leyenda negra antiespañola[11].

De la “españolización” a la “orientalización” de los habitantes de al-Ándalus

El mito del carácter paradisíaco de al-Ándalus, verdadero Edén terrestre, oasis de paz, modelo, sin igual en su época, de tolerancia y de coexistencia pacífica entre las tres culturas (judía, cristiana y musulmana), no data de ayer. Este territorio islámico, rico, pacífico y tolerante habría –se dice– salvado el judaísmo en la Edad Media, salvaguardado el saber clásico y sucumbido bajo los golpes violentos de los bárbaros cristianos. Extendido en la literatura árabe desde 1492, el mito de al-Ándalus fue adoptado en el siglo XIX por los arabistas y los historiadores liberales de la península, y por un gran número de escritores románticos de Europa. Hoy está más que nunca presente en España y en el mundo occidental debido a sus supuestos enlaces con el modelo multiculturalista de las relaciones sociales y políticas entre comunidades, culturas y civilizaciones predicado por la ideología globalista. Esta construcción ficticia o mítica de un al-Ándalus “paraíso de tolerancia y de multiculturalismo” se ha convertido de hecho en España en un arma más en los debates generados por la crisis de conciencia identitaria de las “élites” y de los pueblos, por el auge de los movimientos periféricos independentistas y por el proceso correlativo de destrucción de la estructura política.

Al-Ándalus decayó irremediablemente en su poder después de la batalla decisiva de Las Navas de Tolosa (1212). A comienzos del siglo XVI y más todavía a partir de la expulsión de los moriscos entre 1609 y 1613, su legado cultural dejó de pertenecer a España. Desde hace más de cuatro siglos, la imagen y el lugar que se les da en la Historia depende bastante menos de los resultados de investigaciones y de la verdad histórica que de los avatares de la conciencia y la coyuntura políticas en España.

En el siglo XIX y hasta comienzos del XX, la escuela histórica liberal, “progresista” (la de Modesto Lafuente, Rafael Altamira, Ramón Menéndez Pidal, etc.), se dedicó a reunir minuciosamente el conjunto de elementos que permitiera configurar la historia y la identidad colectiva de los españoles. Después de la desaparición de la “monarquía universal hispánica” o del Imperio español, esos autores liberales, a menudo influenciados por el modelo de Francia, buscaron afianzar el Estado-nación. Para conseguirlo, insistieron en la importancia de las características o aspectos “occidentales” de España, valorizaron el pasado romano y visigodo e, inversamente, minimizaron los elementos de ruptura ligados a la presencia árabe-musulmana. Al-Ándalus fue presentado por ellos no como un territorio árabe-musulmán, sino como la continuación de las características o atributos de la idiosincrasia hispánica. No hubo, para ellos, orientalización de España después de la conquista árabe-musulmana sino, al contrario, los invasores habrían sido absorbidos y se habrían convertido en “verdaderos españoles”. Los más prestigiosos arabistas de la época, como Francisco Codera y sus discípulos, apodados con humor los Beni Codera y, con ellos, buen número de hispanistas extranjeros (sobre todo los franceses Henri Pérès y Henri Terrasse) se inscribieron en esta línea interpretativa. Julián Ribera, Miguel Asín Palacios o Emilio García Gómez insistieron en la importancia de la presencia “musulmana” en España y en Europa. Desde el final del siglo XIX, los arabistas españoles desarrollaron la interpretación según la cual los habitantes de al-Ándalus eran unos españoles racialmente idénticos a los asturianos, leoneses, catalanes o navarros cuya única diferencia sería la religión. La identidad común a los españoles cristianos y a los españoles musulmanes había permitido, según esta teoría, unas veces alianzas cambiantes entre ellos y, otras veces, luchas comunes contra los invasores africanos almohades, almorávides y merinidas. Se hablaba así de la “España islámica” o de la “España musulmana”, otros términos aceptados entonces que fueron más tarde desterrados por los especialistas.

Después de la Guerra Civil, durante el primer franquismo (1939-1959), polémicas virulentas enfrentaron a los medios intelectuales. Así, en 1949, el neotradicionalista Rafael Calvo Serer escribió “España sin problema” en respuesta al libro del falangista Pedro Laín Entralgo “España como problema”, publicado algunos meses antes. Calvo Serer reclamaba la vuelta sin equívocos a la Hispanidad católica tradicional, mientras que Laín proponía una síntesis entre la tradición católica hispánica y la modernidad “progresista” europea y buscaba así integrar el legado crítico de las generaciones de 1898 (Unamuno), de 1914 (Ortega y Gasset) y de 1927 (Federico García Lorca).

Una segunda controversia estalló casi simultáneamente. Nacida en origen entre los exiliados antifranquistas, marcó profundamente la vida cultural del primer franquismo. El debate, áspero y abrupto, oponía inicialmente a dos hombres de izquierda hasta entonces amigos: el filólogo, exembajador de la República en Berlín, Américo Castro, autor de “España en su historia. Cristianos, moros y judíos” (Buenos Aires, 1948) y el historiador medievalista, antiguo ministro de la República, y después Presidente del Gobierno en el exilio, Claudio Sánchez Albornoz, autor de “España, un enigma histórico” (Buenos Aires, 1956). Américo Castro sostenía que el español nació de la mezcla judíos-cristianos-musulmanes e insistía en la coexistencia pacífica entre las tres comunidades, mientras que Claudio Sánchez Albornoz mostraba, a partir de un monumento de erudición, que el arquetipo del español había nacido de la oposición y de la lucha entre el Islam y la Cristiandad.

Para el franquismo, la teoría que “nacionalizaba” o “españolizaba” a los habitantes de al-Ándalus tenía consecuencias e intereses políticos. La supuesta identidad cultural justificaba la amistad con los países árabes y legitimaba la presencia de España en el norte de África. La “tradicional amistad hispano-árabe” permitía encontrar unos aliados frente a los dos grandes bloques: las democracias populares comunistas y las democracias liberales occidentales.

Otra obra que pasó relativamente desapercibida después de su publicación al final de los años 60 merece ser mencionada debido a la influencia, soterrada pero patente, que tiene hoy en día. Se trata del libro del paleontólogo vasco, Ignacio Olagüe, con el provocador título de Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne[12], publicado significativamente fuera de España, en París, en 1969. Olagüe había sido en su juventud miembro de las JONS y amigo del teórico del nacional-sindicalismo Ramiro Ledesma Ramos[13]. Paradójicamente, a pesar de su pasado “sulfuroso” y del carácter delirante de su tesis[14], el autor tiene en nuestros días numerosos seguidores. Olagüe estimaba que era imposible que los árabes hubieran podido cabalgar desde Arabia hasta España a causa de una crisis climática o de una desertificación de África del norte. También era imposible, decía, que hubieran podido atravesar el estrecho de Gibraltar puesto que no tenían barcos y no conocían el arte de la navegación. Por último, de todas maneras, afirmaba, era imposible que algunos millares de guerreros hubieran podido someter un inmenso territorio poblado por millones de habitantes en pocos años, mientras que los romanos habían empleado dos siglos para conseguir lo mismo. La explicación del fenómeno era, según él, después de todo, bastante simple: el “genio de Oriente” había arraigado en el pueblo español a través del arrianismo aportado por los visigodos. El catolicismo romano no era más que una superestructura que había sido impuesta por las élites episcopales y góticas a un pueblo de religión arriana. La crisis política y social del siglo VIII había traído el fin de un poder y de una ideología casi “colonialistas” y la lenta conversión al Islam de la población hispánica se había producido gracias a la acción pacífica de predicadores musulmanes. En resumen, los cristianos unitarios (los arrianos) habrían simplemente repudiado el cristianismo trinitario. Se habría producido entonces un verdadero fenómeno de “seudomorfosis”, concepto que Olagüe tomó prestado de Oswald Spengler. Convirtiéndose pacíficamente al Islam, los pueblos hispánicos y góticos “unitarios” o “arrianos” habrían podido después construir una civilización única y maravillosa. No habría habido invasión violenta a comienzos del siglo VIII, ésta no se habría producido hasta mediados del siglo XI, cuando desembarcaron los nómadas almorávides procedentes del Sáhara.

Esta tesis fantasiosa según la cual los árabe-musulmanes no habrían invadido nunca España no tiene, evidentemente, más credibilidad que aquélla que convierte a extraterrestres en los constructores de las pirámides. En su tiempo, una pléyade de historiadores especialistas había demostrado el desconocimiento del tema por parte del autor y su burda manipulación de las fuentes. La sorprendente persistencia de esta interpretación y su propagación se basan en el hecho de que se trataba desde el primer momento de un ataque ideológico en toda regla contra el catolicismo como fundamento de España y de la identidad española. Esta tesis buscaba indirectamente mostrar que el catolicismo era una religión extranjera a España, repudiada por los españoles, y que no había triunfado más que por la fuerza y la violencia. 

Su supervivencia y difusión actual se explican en esencia por razones políticas. Fue primero adoptada por los nacionalistas o independentistas andaluces que rechazan a España y se declaran herederos de la cultura de al-Ándalus. Fue, sobre todo, el caso del fundador del nacionalismo andaluz, Blas Infante (fusilado en 1936, durante la Guerra Civil, por los “nacionales”) y de un buen número de españoles recientemente convertidos al Islam[15]. Es igualmente el caso de escritores de éxito, heraldos del “andalucismo”, como Antonio Gala o Juan Goytisolo. 

La negación de la invasión islámica de la Península Ibérica en 711 también tiene sus partidarios en el seno de la Universidad. El filólogo, profesor de la Universidad de Sevilla, Emilio González Ferrín, autor de Historia general de Al-Ándalus (2016) y de  Cuando fuimos árabes (2018), es un ejemplo sorprendente. El historiador de la Universidad de Huelva, Alejandro García Sanjuán, ha dedicado todo un libro a demostrar la mentira historiográfica que constituye esta reactualización de la vieja tesis de Olagüe por González Ferrín y a denunciar la absurdidad de las reivindicaciones de sus discípulos[16]. García Sanjuán critica violentamente este “negacionismo”, pero se opone con igual vehemencia a los defensores de la tesis “catastrofista” que él califica de “españolista”, de “nacional-católica” o de “franquista”[17]. Su bestia negra son los historiadores que utilizan las nociones de “invasión” árabe-musulmana y de Reconquista, porque han sido –según él–  asociadas “a una ideología determinada”. Mostrando casi abiertamente sus propios prejuicios y estereotipos, contribuye así a preparar el terreno para otras negaciones de la realidad todavía más radicales y descabelladas. 

De hecho, una parte de la Universidad española rechaza ya hablar de Reconquista[18]. La expresión “académicamente correcta” es “la expansión hacia el sur de los reinos cristianos” (aunque algunos universitarios de extrema izquierda, neomarxistas y retrógrados, se aferran todavía a la noción de “conquista feudal”), pero evidentemente, a día de hoy, nadie ha encontrado un término alternativo aceptado por todos los historiadores. Una situación perfectamente surrealista pero que, a decir verdad, no ofrece ningún problema a los numerosos periodistas que aborrecen la historia del catolicismo en España, y lo hacen saber. Así, para el académico, exdirector del periódico El País, Juan Luis Cebrián, las causas de los males de España son simples, prosaicas y triviales: “Sin las Cruzadas y la Inquisición, sin la insidiosa Reconquista ibérica, podríamos -¿quién sabe?- escribe él, haber asistido al florecimiento de una civilización mediterránea, ecuménica y no sincretista, en la que convivieran diversos legados de la cultura grecolatina, lo mismo que conviven hoy las dos Europas, la de la cerveza y el vino, la de la mantequilla y el aceite de oliva, en una sola idea de democracia.”[19](¡sic!).

En el ámbito de la investigación y del verdadero conocimiento histórico, los años 70 fueron una etapa fundamental. Varios trabajos llegaron para renovar la imagen que se tenía de al-Ándalus, resituando su historia en un contexto mucho más definido por elementos magrebíes, orientales y árabes más que hispánicos[20]. El libro del francés Pierre Guichard Structures sociales “orientales” et “occidentales” dans l’Espagne musulmane (París, Mouton, 1977) tuvo, en este sentido, un papel fundamental. Esta obra, inmediatamente traducida al español, muestra el orientalismo profundo de la civilización de al-Ándalus. Desde entonces, ha sido mucho más difícil defender la idea de una continuidad y de una permanencia entre la España preislámica y al-Ándalus. La investigación histórica mostró así, en plena Transición a la democracia, que la versión musulmana de un alma o de un genio español que había sobrevivido durante siglos, como lo había explicado una personalidad tan prestigiosa como Claudio Sánchez Albornoz, no se correspondía con la realidad. Al contrario, al-Ándalus había sido una sociedad árabe e islámica y los musulmanes españoles se consideraban como musulmanes viviendo en suelo ibérico y de ninguna manera como unos españoles islamizados. Sí que había habido una discontinuidad fundamental en el orden social y etnológico, y no solamente una ruptura religiosa. La historia de al-Ándalus era, entonces, primero plenamente la historia del Oriente musulmán y, después, del Magreb árabe-musulmán. 

Sin embargo, resultado inesperado, “la exclusión de al-Ándalus de la historia de España ha tenido como consecuencia, impensable antes de 1980, […], escribe Sánchez Saus, facilitar y justificar la reivindicación del viejo territorio de al-Ándalus por los herederos culturales, sociológicos y étnicos de esta tierra islámica”. “Las fisuras de la visión integradora, pero poco fiel a al-Ándalus, comenzaron a ser percibidas en España a partir de los cambios historiográficos y científicos de los años 70, pero no podemos ignorar su perfecta sincronía con la mutación política e ideológica que se produjo en España en 1975. La Transición tuvo un efecto decisivo en la percepción de la Historia a partir de la implantación del régimen de las autonomías. En la nueva configuración política, y en perfecta correspondencia con ella, la historia de al-Ándalus tuvo que ser pensada de nuevo”[21]. Y esto es más cierto todavía cuando en 2007 la “Ley de Memoria Histórica” ha venido, no solo a condenar totalmente el régimen político franquista, sino también a reclamar indirectamente la reinterpretación de toda la Historia de España que ha podido ser asociada de cerca o de lejos a la justificación o a la legitimación del régimen aborrecido[22].

Al-Ándalus, la persistencia de un mito desmontado por los historiadores

Repitámoslo, a pesar de la abundancia de las pruebas y de los desmentidos de historiadores rigurosos, la leyenda del paraíso perdido o de la edad de oro de al-Ándalus continúa haciendo estragos por razones ideológicas y políticas. La pretendida maravillosa armonía interreligiosa (entre judíos, cristianos y musulmanes), la valorización exagerada de los éxitos culturales y científicos y la idealización generalizada de los éxitos sociales y políticos de al-Ándalus, todavía tienen éxito. Sobradamente desacreditado en los medios académicos y universitarios[23], el mito sigue siendo la interpretación dominante en los medios, los discursos de la clase política, los programas de enseñanza y las guías turísticas. Buen número de arabistas contribuye indirectamente a ello, repitiendo a su antojo que la influencia de al-Ándalus sobre el pensamiento europeo fue crucial, incomparable, y que la deuda cultural de Europa hacia el Islam es exorbitante. 

Para los más militantes entre ellos, España o más bien “Iberia” o incluso “el suelo ibérico” (ya no sabemos muy bien lo que hay que decir), habría cometido el crimen imperdonable de erradicar la presencia del Islam en Europa occidental. Cegados por su sesgo árabe-musulmán o víctimas de sus obsesiones ideológicas, escogen a menudo ignorar las fuentes latinas, rechazan el noventa por ciento de su cultura, cierran los ojos sobre los aspectos más atroces de al-Ándalus e incluso llegan a justificar el mito como siendo “una necesidad”, “porque, en el mundo en el que vivimos, es sobre todo portador de bienes más que de males”. 

Algunos ejemplos de declaraciones encendidas de personalidades políticas y literarias prestigiosas, rara vez rebatidas por los arabistas, permiten tomar la medida de la persistencia de esta impostura historiográfica. Tony Blair, Primer Ministro de Gran Bretaña, afirmaba no hace mucho tiempo: “Los heraldos de la tolerancia a comienzos de la Edad Media se encontraban generalmente en los territorios musulmanes más que en los espacios controlados por los cristianos”[24]. Barack Obama, Presidente de Estados Unidos, proclamaba de una manera igual de perentoria: “El Islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia. La vemos en la historia de Andalucía y de Córdoba”[25]. Para no quedarse atrás, el Presidente Emmanuel Macron declaraba con ocasión de la inauguración del Louvre de Abu Dhabi: “Aquellos que quieren hacer creer, allá donde sea en el mundo, que el Islam se construye destruyendo los otros monoteísmos son unos mentirosos y os traicionan”[26]. Último ejemplo, que tiene más de alucinación poético-cultural que de demagogia política[27], el testimonio de un escritor de talento pero pésimo historiador, Michel del Castillo, en el periódico Le Monde: “Soy un europeo del sur, mitad andaluz, que es tanto como decir mitad musulmán. Yo sé muy bien lo que nuestro viejo continente debe al Islam español, lo primero la vuelta a la razón griega […]. Durante cerca de cinco siglos, los califas y los emires representaron una escuela de tolerancia, defendieron a los judíos, acogieron a los cristianos, en una cohabitación sin par en esos tiempos de fanatismo. Esta herencia, la acepto con mucho gusto, y estoy orgulloso”[28]. ¡Fin del bando!

A comienzos de los años 2000, dos obras esenciales del arabista Serafín Fanjul se publicaron para desmontar metódicamente la impostura que presenta una sociedad musulmana pacífica, tolerante y cultivada, conquistada por unos cristianos salvajes y bárbaros: Al-Ándalus contra España (2000) y La quimera de Al-Ándalus (2004). Publicados en Francia en un solo volumen bajo el título Al-Ándalus, l’invention d’un mythe (2017)[29], son, junto con la obra del especialista americano de literatura romana e hispánica, Darío Fernández Morera, The Myth of the Andalusian Paradise (2016)[30] y el libro de Rafael Sánchez Saus, Al-Ándalus y la Cruz (2016) [versión francesa: Les chrétiens dans al-Ándalus. De la soumission à l’anéantissement (2019)] unos hitos definitivos en la desmitificación de la historia de al-Ándalus[31]. Diferentes en sus enfoques y sus métodos pero también debido a las experiencias diferentes de sus autores, estos tres libros se complementan perfectamente. Serafín Fanjul analiza minuciosamente la idea del carácter paradisíaco o del Edén terrestre de al-Ándalus y los restos “árabes” o musulmanes que habrían pasado de al-Ándalus a España, y que habrían moldeado el carácter español. El segundo, Darío Fernández Morera, examina las prácticas culturales concretas de las comunidades musulmanas, cristianas y judías bajo la hegemonía islámica, comparándolas con otras culturas mediterráneas, más particularmente con las del Imperio cristiano grecorromano o “bizantino”. El tercero, por último, Rafael Sánchez Saus, estudia en detalle, como nadie lo había hecho antes que él, el destino de los cristianos de África del norte y de España : la irrupción del Islam y la constitución del Imperio árabe, la conquista y el nacimiento de al-Ándalus, las primeras reacciones de los cristianos, el régimen de opresión de la dhimma, la sumisión, la colaboración, la orientalización y la arabización, el movimiento de los mártires, la resistencia, la revuelta, la persecución y la erradicación final de los cristianos de al-Ándalus.

Miembro de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras, de la cual ha sido el Director, antiguo Rector de la Universidad San Pablo CEU de Madrid (2009-2011), Rafael Sánchez Saus es actualmente Director de la Cátedra Alfonso X El Sabio. Profesor en la Universidad de Cádiz, también ha sido el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de dicha Universidad (1999-2004). Autor de una quincena de libros y de muy numerosos trabajos de investigación y de artículos publicados en revistas académicas y en los principales medios de comunicación, ha dedicado más de treinta años de estudio a temas relacionados y es considerado como uno de los mejores especialistas de la España medieval. El éxito editorial en España de la versión original de su excelente Al-Ándalus y la Cruz no le ha traído naturalmente sólo amigos. No siendo el silencio aquí de recibo, algunos universitarios de espíritu maniqueo han utilizado contra él todo el despliegue de armas y estratagemas convencionales: el uso terrorista del argumento pretendidamente “científico”, las calumnias y los insultos, los ataques contra sus convicciones religiosas y sus supuestas opciones políticas, las acusaciones de islamofobia, sin olvidar, por supuesto, la llamada a la represión o a la exclusión de la comunidad académica. 

Cada uno es libre de manifestar su desacuerdo con las tesis del autor, pero el historiador serio debe hacerlo después de una investigación y un análisis rigurosos. No debería limitarse a la banal y sempiterna retórica ad hominem y ad personam, más propia de las costumbres de la Unión Soviética, de la Alemania nacional-socialista o de las repúblicas bananeras que de los países democráticos. Pero el problema con Rafael Sánchez Saus, es que su demostración es siempre sólida y ponderada, y que sus fuentes son irrecusables.

Notas.



[1] En su Historia de regibus Gothorum, Vandalorum et Suavorum (619), San Isidoro de Sevilla se refiere expresamente a la Laus Spaniae y al rey de “Totius Spaniae”, Suintila (621-631).
[2] Rafael Sánchez Saus, “Un lugar para Al-Ándalus en la historia medieval de España”, eHumanista, 37 (2017), p. 185-205, p. 192.
[3] El hispanista Nicolas Klein escribe muy acertadamente sobre el asunto: “Los medios franceses, a la vez reflejos y puntos de influencia, proyectan sobre nuestro vecino pirenaico nuestras propias fantasías de decadencia, exagerando todos los rasgos más sombríos, exhibiendo los efectos de la crisis en lugar de explicarlos y de matizarlos. La ignorancia de la mayor parte de los franceses sobre España era ya abismal; hoy se ha convertido en insondable” (N. Klein, Rupture de ban. L’Espagne face à la crise, Perspectives Libres, 2017).
[4] Conocemos los ataques vehementes, por no decir histéricos, de un pequeño grupo de universitarios contra los historiadores Olivier Pétré-Grenouilleau y Sylvain Gouguenheim con ocasión de la publicación de sus obras: Les traites négrières, París, Gallimard, 2004, y Aristote au Mont-Saint-Michel, París, Seuil, 2008.
[5] Ver la entrevista en el periódico L’Humanité de Patrick Boucheron, director de la obra colectiva, muy mediatizada, Histoire mondiale de la France (París, Seuil, 2017): “Reinventar una manera de realizar la batalla de las ideas”, L’Humanité, 5 de enero de 2017. Voir aussi Emmanuel Macron: “De hecho, no hay una cultura francesa. Hay una cultura en Francia, es diversa, múltiple” (Discurso en Lyon, el 4 de febrero de 2017). Una declaración que puede compararse con la de, mucho más matizada y sutil, Lionel Jospin, antiguo trotskista, ministro con Mitterrand, y primer ministro con Chirac: “Estoy profundamente ligado a la identidad nacional y yo creo incluso sentir y saber en qué consiste [...] La identidad nacional es nuestro bien común ; es una lengua, una historia, una memoria, lo cual no es exactamente lo mismo, es una cultura, es decir, una literatura, las artes, las filosofías…y, además, es una organización política con sus principios y sus leyes [...] también es una forma de vivir [...] Lo que yo veo es que hay hoy en día una crisis de identidad, crisis de la identidad a través, sobre todo, de las instituciones que la expresaban, que la representaban. Puede ser porque hay una crisis de la tradición hay una crisis de la transmisión. Hace falta que recordemos los elementos esenciales de nuestra identidad nacional porque, si nosotros dudamos de nuestra identidad nacional, tendremos muchas más dificultades para integrar” (France-Culture, Emisión “Répliques”, 27 de octubre de 2007).
[6] Término utilizado, en 1923, por el hispanista Marcel Bataillon, que había escogido precisamente el título L’essence de l’Espagne para su traducción francesa de los cinco ensayos de Miguel de Unamuno, En torno al casticismo (1902).
[7] Ver sobre este tema el libro de Henri Kamen, Del imperio a la decadencia. Los mitos que forjaron la España moderna, Madrid, Temas de Hoy, 2006.
[8] F. Savater, EFE, 15 noviembre de 2005; R. Sánchez Ferlosio, EFE, 30 de septiembre de 2008; Javier Marías, EFE, 30 de mayo de 2012.
[9] Entre esas numerosas personalidades intelectuales se pueden citar más particularmente: Feijoo, Cadalso y Ponz (en el siglo XVIII), Balmes, Costa, Ganivet, Larra y Menéndez Pelayo (en el siglo XIX), Gumersindo de Azcárate, Giner de los Ríos, Vázquez de Mella, Unamuno, Ortega y Gasset, Maeztu, Baroja, Azorín, Menéndez Pidal, José María Salaverría, los hermanos Machado, Valle Inclán, Zuloaga, Pérez de Ayala, Araquistain, Marañón, D’Ors, Giménez Caballero, Américo Castro, Sánchez Albornoz, García Morente, Laín Entralgo, Calvo Serer, Xavier Zubiri, Maravall, Francisco Ayala, Elías de Tejada, Salvador de Madariaga, Luis Suárez Fernández, Rafael Gambra, Caro Baroja y Julián Marías (en el siglo XX). Entre los historiadores y filósofos que han contribuido más recientemente a este debate sobre la nación podemos citar: Juan Pablo Fusi, Serafín Fanjul, Rafael Sánchez Saus, Fernando García de Cortázar, Gustavo Bueno, Pío Moa, Javier Esparza o Fernando Sánchez Dragó.
[10] Uno de los más grandes hispanistas anglosajones, el historiador Stanley Payne, ha contribuido de manera decisiva a destruir la interpretación mítica e idílica de la Guerra Civil española, según la cual los “buenos” republicanos defendían la igualdad, la libertad, la democracia, la emancipación de los trabajadores y la modernización de la sociedad española, frente a los “malos”, nazi-fascistas, golpistas, violentos y explotadores (Ver: Stanley Payne, La Guerre d’Espagne. L’histoire face à la confusion mémorielle, prefacio de Arnaud Imatz, París, Le Cerf, 2010). Payne ha criticado también severamente la “Ley de Memoria Histórica”, que el Gobierno de Rodríguez Zapatero hizo votar por el Parlamento a propuesta de los comunistas de Izquierda Unida, en 2007. De esta ley, que busca demostrar la idea de que la democracia española es la heredera de la Segunda República, régimen casi perfecto en el cual el conjunto de los partidos de izquierda habría tenido una actitud irreprochable, Payne dijo sin ambigüedades: “Lo peor de la pretendida ‘memoria histórica’ no es la falsificación de la Historia sino la intención política que encierra, su pretensión de fomentar la agitación social”. (Declaración en la inauguración del Tercer Congreso Universitario Internacional sobre la “Memoria” organizado por la Universidad San Pablo CEU, el 6 de noviembre de 2008). Conviene recordar aquí la declaración de una de las grandes figuras del socialismo español, Felipe González (Presidente del Gobierno de 1982 a 1996 y Secretario General del PSOE de 1974 a 1997), que es particularmente representativo del espíritu de reconciliación que presidía en la Transición democrática: “La historia hay que asumirla con todas las consecuencias […] yo no he tenido nunca ni afán vindicativo ni rencores. Hay gente que se ha propuesto intentar hacer desaparecer los rastros de 40 años de historia de dictadura: a mí eso me parece inútil y estúpido. Algunos han cometido el error de derribar una estatua de Franco; yo siempre he pensado que si alguien hubiera creído que era un mérito tirar a Franco del caballo tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo”. Juan Luis Cebrián, “Entrevista a Felipe González”, El País, Madrid, 17 de noviembre de 1985.
[11] Sobre la leyenda negra antiespañola, ver las obras clásicas de Julián Juderías, Rómulo D. Carbia o Philip W. Powell y, más recientemente, los libros de Joseph Pérez, La légende noire de l’Espagne, París, Fayard, 2009 y de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados-Unidos y el Imperio español, Madrid, Siruela, 2017. Ver también: “Permanence et actualité de la légende noire antiespagnole”, prefacio de A. Imatz al libro de N. Klein, Rupture de ban. L’Espagne face à la crise, París, Perspectives Libres, 2017. Entre los periodistas y una minoría de historiadores, se ha convertido en algo de buen gusto el negar la existencia de esta leyenda negra. Nunca hubo una crítica negativa sistémica, intencional y unánime sobre España; ésta no sería más que la consecuencia de la percepción falsa que tendrían los españoles de su imagen en el extranjero. Pero esta negación de la realidad histórica, en nombre de una supuesta paranoia colectiva, causada por un supuesto aislamiento del país, no es más que un artificio en sí misma, un elemento más de la leyenda negra.
[12] Ignacio Olagüe, Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne, París, Flammarion, 1969. Este libro fue publicado después en España, en su versión completa, bajo el título: La revolución islámica en Occidente, Madrid, Fundación Juan March, 1974, y reeditado en 2017 por el Grupo de ediciones Almuzara de Manuel Pimentel, ex ministro de Trabajo con José Mª Aznar.  
[13] Sobre las relaciones históricas y las diferencias doctrinales entre las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo y la Falange Española, después la Falange Española de las JONS de José Antonio Primo de Rivera, ver A. Imatz, José Antonio, la Phalange Espagnole et le national-syndicalisme, París, Godefroy de Bouillon, 2000.
[14] Podemos relacionar los trabajos del nietzscheano Olagüe con los de la orientalista y teórica del Universalismo unitario, Sigrid Hunke que había trabajado en su juventud para las SS (Instituto de investigación Ahnenerbe). Partidaria del neopaganismo nacional-socialista, apologista del Islam, “religión viril contra la religión cristiana de esclavos afeminados”, consideraba que la herencia árabe-musulmana de Occidente era más directa e incluso más importante que la herencia grecorromana. Ver: Sigrid Hunke, Allahs Sonne über dem Abendland – Unser arabisches Erbe, Stuttgart, Deutsche Verlags-Anstalt, 1960; trad. fr., Le soleil d’Allah brille sur l’Occident: notre héritage arabe, París, Albin Michel, 1963.
[15] La conversión de Blas Infante al Islam es controvertida. Mientras que Muhammed Ali Cherif Kettani la afirmó en su libro Inbia’t al Islam fi Al-Andalus, Université d’Islamabad, 1992, la hija de Blas Infante la desmintió formalmente. 
[16] Alejandro García Sanjuán, La conquista islámica de la península ibérica y la tergiversación del pasado, Del catastrofismo al negacionismo, Madrid, Marcial Pons, 2013. García Sanjuán critica la idea de “migración” del neomarxista Gónzalez Ferrín pero considera, sin embargo, que la “conquista” fue “sobradamente pacífica”.
[17] Amante de polémicas, nostálgico de una Andalucía supuestamente “comunitarista”, García Sanjuán deja vía libre a sus obsesiones y sus fobias: el cristianismo, la Iglesia y la Nación. Acumulando clichés y juicios de valor, incoherencias conceptuales y banalidades presentadas con énfasis, se sitúa finalmente fuera del conocimiento histórico. Las naciones, dice con elegancia, “nacen, como los hombres, cubiertas de sangre y de mierda”; el “episodio” (¡sic!) de los mártires de Córdoba no tiene importancia porque no se menciona en las fuentes árabes (¡sic!); la dhimma debe ser resituada en su contexto para comprender “su verdadera naturaleza”, su carácter protector (¡sic!) que, evidentemente, era “muy distinto” del “apartheid auténtico” practicado por Estados Unidos en el siglo XIX y por el Estado de Israel todavía hoy. Haciendo como que se sorprende de que no se hable de “invasión católica de al-Ándalus”, García Sanjuán se hunde en una pueril y superficial defensa corporatista cuando pretende hacer ver que la mistificación de la “tolerancia andaluza” habría sido mínima en los arabizantes y que estos últimos habrían sido más dados a la autocrítica que los medievalistas. En resumen, un modelo de seudohistoria denigrante, infamante y vengativa, que consiste en inventar los argumentos del adversario para poder destruirlos mejor. (Ver: A. García Sanjuán, “La persistencia del discurso nacional-católico sobre el Medievo peninsular en la historiografía española actual”, Historiografías, 12, julio-diciembre 2016, p. 132-153). Véase también su recensión del libro de Serafín Fanjul, […] Significativamente, Alejandro García Sanjuán es uno de los dos únicos historiadores de la Comisión de expertos nombrada por el Ayuntamiento de Córdoba para pronunciarse sobre la titularidad de la propiedad de la Catedral-mezquita de Córdoba (Catedral de la Asunción de Nuestra Señora de Córdoba), polémica reactivada con periodicidad desde 2010 por la izquierda y la extrema izquierda. Esta Comisión de seis miembros, pertenecientes en su mayoría al PSOE, estaba presidida desde su formación por Carmen Calvo, futura vicepresidenta del Gobierno socialista de Pedro Sánchez. El informe emitido por dicha Comisión en septiembre de 2018, defendiendo la propiedad pública del monumento en perjuicio de los derechos de la Iglesia, le ha valido la respuesta tajante de más de cuarenta medievalistas, investigadores y miembros de la Real Academia de la Historia que han denunciado su absoluta falta de rigor (Ver: Documento-manifiesto, El Mundo, 22 de septiembre de 2018).  
[18] Para una sólida y rigurosa introducción a la Reconquista ver: Philippe Conrad, L’Histoire de la Reconquista, París, PUF, 1999. El hispanista americano, Stanley Payne, afirma por su parte: “En el mundo no existe otra historia más extraordinaria que la de España, ni más grande. El gran proceso de recuperación y creación conocido escuetamente como la Reconquista es, si se toma en cuenta todas sus dimensiones, un acontecimiento absolutamente único en la Historia, y habría dado a España un papel destacado y sin precedentes en la historia universal, incluso si su pie y huella no hubiera llegado nunca a América. Lo más distintivo de la Historia de España tiene que ver con su historia medieval casi más que con su historia imperial”. S. Payne “Discurso de investidura como Doctor Honoris causa por la Universidad Rey Juan Carlos”, en La Albolafia, Revista de Humanidades y Cultura, nº 11 extra, junio de 2017, p. 41.
[19] Juan Luis Cebrián, “Barbarie, religión y progreso”, El País, 17 de septiembre de 2006.
[20] Ver sobre todo, por no citar más que las obras recientes de algunos autores españoles y franceses: Martínez-Gros, Gabriel, Identité andalouse, Sindbad / Actes Sud, 1997; Ladero Quesada, Miguel Ángel, Católica y latina. La cristiandad occidental entre los siglos IV y XVII, Madrid, Arco Libros, 2000 y La formación medieval de España. Territorios. Regiones. Reinos, Madrid: Alianza Editorial, 2004; Pierre Guichard, Al-Andalus: 711-1492. Une histoire de l’Espagne musulmane, París, Hachette, 2001; Pascal Buresi, La frontière entre chrétienté et islam dans la péninsule Ibérique, París, Publibook, 2004; Manuela Marín (dir.), Al-Andalus/España. Historiografías en contraste (siglos XVII-XXI), Madrid, La Casa de Velázquez, 2009; Rodríguez de la Peña, Manuel Alejandro (dir.), Hacedores de frontera. Estudios sobre el contexto social de la frontera en la España medieval, Madrid, CEU Ediciones, 2009; Cyrille Aillet, Les mozárabes, Madrid, Casa Velázquez, 2010; Maíllo Salgado, Felipe, Acerca de la conquista árabe de Hispania. Imprecisiones, equívocos y patrañas, Salamanca, Universidad, 2011 y Joseph Pérez, Andalousie. Vérités et légendes, París, Tallandier, 2018.
[21] R. Sánchez Saus, “Un lugar para Al-Ándalus en la historia medieval de España”, supra cit., p. 188 y 190.
[22] Una ley de memoria democrática de Andalucía, más represiva que la ley nacional, fue adoptada en 2014 por la Comunidad Autónoma de Andalucía. Impone por encima de todo la formación sobre la “verdad histórica” en la enseñanza secundaria.
[23] Los trabajos académicos actuales sobre Al-Ándalus son muy variados, pero hay que reconocer que cuando chocan frontalmente con la corrección política sus autores, sobre todo cuando son arabizantes, no se atreven a divulgar el contenido fuera de cenáculos restringidos. Encontramos la tendencia a la idealización de Al-Ándalus o del mundo islámico en numerosos autores como María Rosa Menocal, Juan Vernet, José Antonio González Alcantud, Alejandro García Sanjuán, Emilio González Ferrín o, en Francia, Alain de Libera, Jean Pruvost et Abderrahim Bouzelmate.  
[24] Tony Blair, A Battle for Global Values, Foreign Affairs, Enero/Febrero de 2007.
[25] Barack Obama, Discurso en la Universidad de El Cairo, 4 de junio de 2009. 
[26] Emmanuel Macron, Discurso en la inauguración del Louvre de Abu Dhabi, el 9 de noviembre de 2017.
[27] El muy laicista presidente socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, invitado por su amigo el presidente turco Recep Tayyip Erdogan a un banquete en Estambul para celebrar el fin del Ramadán, dijo en esa ocasión: “Quiero celebrar esta fiesta no como un extranjero sino con la actitud de presidente de un país, como España, que se siente orgulloso de la influencia, entre otros, del Islam en nuestra Historia y de su rico legado en nuestra lengua y nuestro patrimonio artístico” (15 de septembre de 2008). Zapatero estaba entonces, junto con su amigo Erdogan, en el origen de la Alianza de civilizaciones islámicas y occidentales (2005), un foro de la ONU para favorecer “el diálogo entre las civilizaciones” y luchar “contra el terrorismo internacional”; la idea había sido formulada algunos años antes (1998) por el presidente de Irán, Mohammad Khatami. Zapatero era también uno de los más fervientes partidarios de la entrada de Turquía en la U.E.
[28] M. del Castillo, “Je suis un musulman”, Le Monde, 18 de enero de 2002.
[29] S. Fanjul, Al-Andalus, l’invention d’un mythe. La réalité historique de l’Espagne des trois cultures, prefacio de A. Imatz, París, Toucan / L’Artilleur, 2017.
[30] El libro de Darío Fernández Morera ha sido publicado en Francia, con un prefacio de Rémi Brague, bajo el título: Chrétiens, juifs et musulmans dans al-Andalus. Mythes et réalités de l’Espagne islamique, París, Jean-Cyrille Godefroy, 2018.
[31] Todos estos libros han sido éxitos editoriales en sus respectivos países. Es un honor para mí haber intervenido para encontrarles editores en Francia. Otra obra importante que merecería ser traducida y publicada en Francia, es la de Felipe Maíllo Salgado, Acerca de la conquista árabe de Hispania. Imprecisiones, equívocos y patrañas, (Gijón, Ediciones Trea, 2011, reed. Abada Editores). Profesor de estudios árabes e islámicos en la Universidad de Salamanca, Maíllo Salgado desmonta la creencia generalizada de que los árabomusulmanes han ocupado la totalidad de España. Por el contrario, él sitúa la “frontera” en el centro de la península, en la línea de cumbres del Sistema Central que actualmente separa la comunidad autónoma de Castilla y León de la de Castilla-La Mancha. Muestra cómo los árabes y bereberes nunca consiguieron consolidar perdurablemente su presencia y dominio al norte de esta cadena montañosa. En fin, refuta con vigor la visión romántica de un al-Ándalus plural, multicultural y pacífico, la falacia de una coexistencia pacífica y armoniosa entre musulmanes, judíos y cristianos.