Los islamistas, pasajeros clandestinos del progresismo, por Driss Ghali


El plan estratégico de los islamistas consiste en evolucionar a la sombra de los progresistas. Objetivo: tomar el control de los musulmanes del país. Los países europeos occidentales cuentan con varios millones de musulmanes. Tomar el control de esta población es esencial para los islamistas y éstos tienen un plan para lograrlo. Dudar de ello sería subestimar su inteligencia y su capacidad para poner en marcha una estrategia a medio y largo plazo.

El plan estratégico de los islamistas consiste en evolucionar a la sombra de los progresistas. Estos últimos abren el camino que avanza sobre una civilización devastada. El carro blindado que ataca a los resistentes a golpe de cañón y borra todos los insoportables vestigios de un mundo que debe desaparecer. Después de cada detonación, las fantasmales siluetas marchan al ritmo del blindado, son los islamistas, una tropa abigarrada donde se mezclan las insignias y los uniformes: salafistas, yihadistas, hermanos musulmanes… Este desorden no impide la formación de un frente único que pocos de nosotros percibimos, porque tenemos la mirada fijada sobre el carro y los oídos tapados por el ruido de las explosiones.

Una tierra a conquistar

Pasajeros clandestinos del progresismo, los islamistas se dejan llevar por la ola. Los islamistas conducen una guerra asimétrica, se adaptan al “ambiente” general de la sociedad que quieren modificar y no a las fuerzas del orden. Saben que serían reducidos por las fuerzas policiales si se atrevieran a tomar las armas. Su estrategia es tan brillante como pérfida: consiste en desmovilizar a la juventud europea privándola del espíritu guerrero, de su estima y de su identidad. Un país privado de su juventud es un país arrodillado, una tierra a conquistar. Los jóvenes tienen el monopolio de la violencia espontánea, cruel pero fácil de poner en marcha. Todos los ejércitos del mundo lo saben.

Culto al pacifismo

La juventud europea, si está bien comandada, es capaz de dar una paliza a los yihadistas más aguerridos. Por eso el islamismo prefiere una juventud que sonríe ante las desgracias de su país. Esta juventud ama el rap porque invita al incesto, a la degradación de la mujer y al insulto a la bandera de su país. Tolera a los “camellos” que emponzoñan las almas y los músculos de los que están en edad de cambiar el mundo por la fuerza.

El islamismo no teme a la burguesía, la desprecia porque observa sus cadenas de televisión y percibe el desarme moral promovido por sus benefactores y telespectadores: odio de sí mismo, erotización permanente de la realidad, banalización del castigo, culto beato del pacifismo, etc. Se sirve de la televisión como si fuera una máquina de “desradicalización” de la sociedad, un mecanismo implacable que condena la violencia defensiva y tolera la que viene de los “otros”. Es por ello que los europeos ponemos flores y cantamos en los lugares de las masacres cometidas por los atentados islamistas. Cada ataque da lugar a una ceremonia de “desradicalización” colectiva multiplicada por los medios y los líderes de opinión. Lo esencial es inyectar una dosis de arrepentimiento, de culpabilidad heredada, de buena fe (“no debemos estigmatizar”) y autoodio (“el enemigo es la derecha radical”).

Ultrajes reiterados al Estado

El terrorismo se inscribe en la misma lógica: atenuar, incluso anular, las defensas naturales de la sociedad. Después del atentado contra Charlie Hebdo, son los periodistas, y más generalmente los editores y los intelectuales, los que han sido condenados al silencio. Nadie se atreve a hablar del islam si no es para contar sus bondades. Ni la policía ni el ejército son inmunes a esta campaña frente al islamismo. La autoridad del Estado, que constituye un atributo esencial de su poder, ha sido ultrajada.

Las masacres de París, Niza, Barcelona… han creado problemas intercomunitarios, pero según los oficiales del sistema parece que nunca tuvieron lugar. Sin embargo, la atractividad del islamismo parece haber aumentado tras dichos acontecimientos. La violencia es un lenguaje poderoso y misterioso. El horror para la mayoría, puede representar un llamamiento a actuar para una pequeña minoría. La sangre causa desagrado en unos y desata energías insospechadas en otros. El mal llamado Estado Islámico lo comprendió perfectamente: algunos vídeos de decapitaciones le permitieron atraer a millares de europeos en un tiempo récord, dejaron tras ellos el confort del Estado-providencia para meterse en la guarida del lobo. La violencia, con frecuencia, tiene la última palabra.

Reenviar al pueblo histórico a provincias

El último capítulo del plan estratégico del islamismo es el control total de los musulmanes en los países europeos. Esta operación a largo plazo es una coproducción firmada por los progresistas y los islamistas. Unos creen hacer lo correcto, otros aplican un plan bien urdido y se colocan en orden de batalla para la conquista cuando llegue el momento.

Para islamizar los suburbios es urgente expulsar a los “pequeños blancos”. En efecto, por ejemplo, los franceses de origen que bien en los “barrios periféricos” en contacto con inmigrantes, son las poblaciones menos xenófobas del mundo. Su forma de vida en un punzante desmentido de las tesis victimistas de los islamistas, porque ofrece una oportunidad real para la integración de los recién llegados. Tanto, que los inmigrantes que aceptasen jugar al fútbol con Marcel o Alain podrían tener una salida. El sueño del islamista es ver a esos “pequeños blancos” desaparecer en las profundidades de las provincias periféricas.

Territorios perdidos

El delincuente está investido de la misión de “limpiar” los lugares de vida de sus indeseables habitantes. Los islamistas, que desprecian su estilo de vida decadente, le dejan hacer porque el delincuente es de gran utilidad para ellos. Y los progresistas le cubren de todas las atenciones porque es un “condenado de la tierra” que merece todas las circunstancias atenuantes.

Y si los "blancos pequeños" deciden quedarse en sus zonas residenciales, entonces deberán ser desacreditados y condenados al silencio porque son los descendientes de los fascistas, los colonialistas y los esclavistas. Deben ser lo suficientemente “domesticados” para aceptar las oraciones en la calle y la ley de los grandes hermanos musulmanes. Deben aceptar, sin rechistar, la desaparición del cartero, del médico y del policía.

Los islamistas juegan fuerte en los “suburbios” porque aspiran, no sólo a tomar el control de los magrebíes, sino también de los subsaharianos. Si los europeos de origen son desacreditados, o incluso expulsados, de los barrios, los jóvenes de origen subsahariano serán presa fácil para los islamistas. La “puesta al día” del islam subsahariano, discreto y pacifista, sería una auténtica catástrofe para los países europeos.

¿Partidos políticos musulmanes?

Ya hay alguno, pero pronto aparecerán más partidos musulmanes. Se apoderarán del botín electoral que hasta ahora estaba en manos de la izquierda. Llegará entonces el momento de un combate cruel en el seno mismo del sistema político, y no fuera como hasta ahora. Habrá conciliadores frente a los escépticos y los resistentes. Y al ritmo que van las cosas, los conciliadores serán más numerosos y tendrán la última palabra: “o esto o la guerra civil”.

La misión de la derecha, si un día se lleva a cabo su refundación, es la de salvar a los progresistas de sí mismos. Para ello, habrá que disputarles el monopolio del cambio, convertirse en una auténtica fuerza revolucionaria, la que conducirá a la civilización europea hacia nuevos horizontes. La derecha como fuerza del cambio y no como reacción del conservadurismo.

Europa está cambiando, ahora es multiétnica y parcialmente musulmana. Es la hora de actuar. El reto es retomar los mandos de un bólido infernal que circula directamente hacia un muro. Todos los europeos estamos a bordo, pese a nosotros mismos, cualquiera que sea nuestra opinión política. La misión de la derecha es, pues, la de efectuar un aterrizaje suave que sea digno de los valores europeos. Tal es la responsabilidad histórica de la actual generación. ■ Fuente: Causeur