El liberalismo es hostil a toda forma de soberanía. Entrevista a Alain de Benoist, por Yann Vallerie


¿Qué representa el liberalismo según la vieja división izquierda-derecha?

Una sociedad liberal es una sociedad en la que domina la primacía del individuo aislado, la ideología del progreso, la ideología de los derechos humanos, la obsesión por el crecimiento, el lugar desproporcionado concedido a los valores mercantiles, la sujeción del imaginario simbólico a la axiomática del interés. El liberalismo ha logrado, además, un alcance mundial desde que la mundialización ha instituido al capital como sujeto histórico real de la modernidad. El liberalismo está en el origen de esta mundialización, que no es más que la transformación del planeta en un inmenso mercado. Inspira, también, lo que hoy se conoce como “pensamiento único”, liberal-libertario. Y, por supuesto, como toda ideología dominante, es también la ideología de la clase dominante.

El liberalismo es una doctrina filosófica, económica y política, y es como tal que debe ser estudiada y juzgada. La vieja división derecha-izquierda es, al respecto, de poca utilidad, puesto que la izquierda moral, olvidando el socialismo, se ha adherido a la sociedad de mercado, mientras que cierta derecha conservadora nunca ha logrado comprender que el capitalismo liberal destruye sistemáticamente todo lo que ella quiere conservar. Hay que analizar la ideología liberal yendo a lo sustancial, a partir de un análisis crítico de sus fundamentos, es decir, de una antropología esencialmente fundada sobre el individualismo y el economicismo ‒la del Homo oeconomicus.

Usted ha publicado recientemente un libro en francés titulado «Contre le Libéralisme. La société n’est pas un marché» (Contra el liberalismo. La sociedad no es un mercado). ¿Por qué es tan importante precisar, desde la introducción, que es una crítica de la ideología liberal la que usted libra, pero no una defensa de la burocracia, la cual atenta contra la libertad de empresa, de circulación, de actuación, de pensamiento y de libre arbitrio?

Aquellos que me conocen harían mal en imaginarme como adversario del libre arbitrio o como defensor de la burocracia. Si yo digo que, en primer lugar, hay que atacar los fundamentos teóricos de la ideología liberal es porque ésta no puede ser atribuida a un único autor. El “marxismo” salió entero del pensamiento de Marx, pero el liberalismo tiene múltiples “padres fundadores”, lo que hace que se presente, desde hace dos siglos, bajo aspectos a veces bastante diferentes. La distinción tradicional entre liberalismo político, liberalismo económico y liberalismo filosófico, todavía oscurece más las cosas en lugar de aclararlas.

Pienso, como John Milbank, que el liberalismo es, en primer lugar, un “error antropológico”, que su concepción del hombre es errónea. Sin embargo, es esta antropología la que encontramos en la base de todas las formas de liberalismo: la idea de un hombre que no es, por naturaleza, ni social ni político, sino que busca permanentemente la maximización de sus intereses privados, siendo el dominio económico el mejor escenario para poder disfrutar de su libertad. El hombre liberal es el Homo œconomicus, un ser autosuficiente, propietario de sí mismo, indiferente, por naturaleza, a cualquier noción del bien común. Esto es lo que me ha llevado a identificar los dos componentes fundamentales de la antropología liberal: el individualismo y el economicismo.  

Usted dice que el liberalismo es la ideología de la clase dominante. Defender la ideología liberal, ¿es entonces asimilable al conservadurismo burgués?

La ideología dominante es siempre la de la clase dominante. Hoy, la clase dominante no se reduce a la burguesía conservadora. Es una clase transnacional, perfectamente acomodada con el capitalismo desterritorializado, que se postula, a la vez, como “eficiente” y “progresista”. Opera mediante la transformación del planeta en un inmenso mercado, pero se adhiere, al mismo tiempo, a la ideología de los derechos humanos y a la ideología del progreso. Esta clase se ha separado progresivamente del pueblo, con todas las consecuencias que conocemos. La burguesía que se ve, a la vez, como conservadora y liberal, se acoge a una posición insostenible. De hecho, no puede afirmarse liberal más que en detrimento de su conservadurismo y no puede afirmarse conservadora sino a expensas de su liberalismo.

Doy algunos ejemplos de esta inconsecuencia. ¿Cómo pretender regular la inmigración adhiriéndose al principio liberal de libre circulación de personas, de capitales y de mercancías? ¿Cómo prohibir el uso de estupefacientes sin contravenir la idea liberal de que cada cual es completamente libre de hacer lo que quiera? ¿Cómo defender las identidades de los pueblos y de las culturas si no se ve en éstos, como hacen los liberales, más que simples agregados de átomos individuales? ¿Cómo conservar los “valores tradicionales” que precisamente quiere suprimir la ilimitación del sistema capitalista?

¿En qué es incompatible el liberalismo con la democracia participativa, mientras se marida perfectamente con la democracia representativa?

Desde un punto de vista liberal, la ventaja que presenta la democracia representativa es que opera la sustitución de la soberanía popular por la soberanía parlamentaria: como bien había visto Rousseau, en este sistema el pueblo sólo es soberano el día de la votación; desde el día siguiente, son los representantes que el pueblo ha elegido los que tienen el poder de decidir. El problema, hoy, es que la democracia representativa no representa a nadie. De ahí la desconfianza generalizada hacia un sistema oligárquico completamente ajeno a las aspiraciones populares.

Pero no debemos caer en la trampa: el liberalismo, en la medida en que aboga por la sumisión de la política a las fuerzas impersonales del mercado, es, de hecho, hostil a toda forma de soberanía. Más exactamente, la única soberanía que reconoce es la del individuo. Las naciones y los pueblos no tienen existencia como tales. Como escribe el muy liberal Bertrand Lemennicier, la nación no es más que “un concepto sin contrapartida en la realidad”. Toda identidad colectiva revela, entonces, una fantasía. El individualismo metodológico, hostil a cualquier forma de holismo, es el único medio de analizar una sociedad de la que Margaret Thatcher dijo que “no existe”.

En la medida en que la democracia participativa permite devolver el poder al pueblo, enlazando con la libertad de los Antiguos que se oponía a la de los Modernos, que consiste en dar a los ciudadanos la posibilidad de participar activamente en la vida pública (y no desinteresarse de ella para refugiarse en la privada), este tipo de democracia no puede más que encontrar la oposición de los liberales.

¿Diría usted, por recurrir a la actualidad, que Emmanuel Macron es la figura perfecta de la ideología liberal?

Digamos que es una de las figuras más emblemáticas. Sabemos que han sido los medios financieros los que han permitido a Macron llegar al poder y que, una vez elegido, se esforzó en formar un gobierno cuya principal característica es la de asociar a los liberales de derecha con los liberales de izquierda. Esto, al menos, ha permitido constatar que, como ha dicho y reiterado Jean-Claude Michéa, liberalismo económico “de derecha” y liberalismo societal “de izquierda” no son, finalmente, sino dos formas derivadas de la misma ideología –y comprender que la división derecha-izquierda está en trance de desaparición para ser sustituida por otra, ciertamente más fundamental: liberales y antiliberales. Durante todo el siglo XIX, hasta la aparición del socialismo, los conservadores eran los principales adversarios de los liberales. Y volverán a serlo.  

¿Qué antídotos, qué alternativas existen o faltan por inventar para que nuestras sociedades triunfen sobre este liberalismo?

No hay, evidente y desgraciadamente, recetas milagrosas. Hay, en cambio, una situación general que evoluciona cada vez más rápidamente y que hace visibles los límites del actual sistema, ya se trate del sistema político de la democracia liberal o se trate del sistema económico de una Forma-Capital enfrentada a la inmensa amenaza de una desvalorización general del valor. El futuro está en lo local, en los circuitos cortos, en el renacimiento de las comunidades, en la democracia directa, en el abandono de los valores mercantiles. El antídoto será encontrado cuando los ciudadanos descubran que no son sólo consumidores y que la vida puede ser más bella si repudiamos un mundo donde nada tiene valor, pero todo tiene un precio. ■ Fuente: Brezh-info