Neolengua, lengua de consenso y otras lenguas de censura, por François-B. Huyghe


Controlar la lengua es poder controlar y orientar a las multitudes. De las jergas profesionales al lenguaje inclusivo hay todo un arsenal desplegado para hacer, del necesario orden de las palabras y las frases, una puesta a disposición de ambas a las ideas. Censura oficial y autocensura individual pueden conjugarse al servicio de un totalitarismo verbal para favorecer un supuesto bien. La mayor parte de los lectores estarán de acuerdo en que la lengua es un sistema de signos que, a priori, está hecho para comunicarse. Pero también hace que se interiorice un poder: utilizar algunas palabras, en cierta forma, prohíbe pensar algunas ideas. 

Jergas, neolengua y lengua de consenso

Entre las lenguas de poder, distinguiremos tres familias (o tres lógicas principales): la familia “jerga”, la familia “neolengua” y la familia “lengua de consenso”. Hay que tener en cuenta que las tres ramas se entrelazan para producir variedades.

Las jergas son lenguas específicas a ciertas categorías sociales o profesionales. Permiten la comprensión en el interior de un círculo y de excluir a los no iniciados. En general, una jerga sirve para identificar a una comunidad y para hacer sentir a los demás que no pertenecen a ella. El resultado suele ser, gracias a términos esotéricos, técnicos o eruditos, un efecto de persuasión (“puesto que yo no lo entiendo, debe de ser verdad”). La incomprensión funda la autoridad. Y, el misterio, la sumisión.

La neolengua tiene un origen bien preciso: la genial novela de Orwell titulada 1984 describe cómo el poder del Gran Hermano desarrolla científicamente un neovocabulario y una neosintaxis. El objetivo es sustituir la antigua lengua natural por el new-speak. La función es impedir la formulación de cualquier crítica con el objetivo de producir sumisión ideológica. Para ello, unos burócratas suprimen una parte del vocabulario y reasignan un sentido nuevo a otras (por ejemplo, la guerra es la paz; la verdad es la mentira). La utilización revisada se convierte en obligatoria y, en las palabras empleadas por el partido, se expresa la adhesión a la doctrina. Toda representación de la historia y de la realidad se ve paralelamente modificada por los medios y los archivos son reescritos siguiendo la línea política. El sistema se basa en el doblete prohibición más automatismo. Las frases, purificadas de palabras inútiles, se encadenan para conseguir las conclusiones deseadas. A la vez, el “doblepensar” permite asumir las contradicciones evidentes. La neolengua, en esencia ideológica, tiene un enemigo, culpable del mal por excelencia: el “crimen de pensamiento”, es decir, el solo hecho de concebir (y nombrar) el mundo de otra forma a la del Gran Hermano.

Ciertamente, la neolengua no se ha hablado más que en la novela, pero se refiere a la “sovietlengua”, o lenguaje vacío soviético, herramienta histórica de una logocracia: la palabra oficial formalizada y cuya repetición obligatoria se le impone a todo el mundo. Sirve para ocultar la realidad (los fracasos del régimen o las contradicciones de la doctrina). Obliga a cada uno a hacer como que cree en un mundo imaginario donde dicha doctrina funciona perfectamente. Mencionemos también la LTI (“lingua terti imperi”, lengua del Tercer Reich) que se imponían los miembros del partido. Totalitarismo y control del lenguaje tienen una relación evidente. Esta es la búsqueda de la previsibilidad máxima: conformidad de toda palabra, incluso en los intercambios privados. Es decir, control máximo de las mentes, que ya no dominan los códigos para poder pensar de otra manera.

La tercera categoría de nuestra tipología no funciona por las convenciones de una minoría o por la obligación de las autoridades: es tan consensual, tan poco discriminatoria, tan imprecisa que no es posible decir lo contrario. Esta “lengua del consenso” empezó a florecer, sobre todo, al final de los años 1980 en el discurso mediático, político y tecnocrático. Es irrefutable porque no se puede enunciar la tesis opuesta; dice cosas tan vagas o moralmente evidentes que es imposible saber en qué condiciones su mensaje podría ser falso, dada la cantidad de interpretaciones que produce. La lengua de consenso se reconoce porque sus conceptos son intercambiables. Las mismas palabras pueden servir para hablar de cualquier otro tema.

En resumen, las jergas juegan con el resorte de la incomprensión (sentido esotérico); las neolenguas y sovietlenguas con la prohibición y la obligación; la lengua de consenso, con la exclusión de la crítica (vaciada de sentido).

Corrección política y lenguaje inclusivo

Dicho esto, ¿a cuál se parecen las lenguas ideológicas de hoy en día? Quien nos lee ya atisbará la respuesta: tienen algo de las tres. Pero hay otros factores más recientes que se añaden al asunto.

El primero es la corrección política. En la década de 1980, se comienza a utilizar la expresión “políticamente correcto” (abreviada como PC) en Estados Unidos. Son fórmulas y vocablos que pretenden tener una visión abierta y moderna del mundo. Con esta lengua se impone la reformulación de las formas antiguas de nombrar a ciertas categorías de personas o algunas nociones. No solo el PC multiplica las prohibiciones y las expresiones fijas (con perífrasis ridículas) sino que lo hace en nombre de un imperativo: no ofender a tal o cual categoría (minorías étnicas, mujeres, formas de sexualidad, discapacidades, formas de vida, convicciones). La idea es la no discriminación. Hay frases que son eliminadas no porque sean falsas (recordemos que denotar es discriminar, para distinguir bien lo que se menciona de todo el resto) sino porque provocan sufrimiento o humillación. Por lo visto, revelan una dominación. Se considera que la antigua forma de hablar está llena de estereotipos, globalmente impuestos por los hombres blancos heterosexuales prósperos y conservadores. Léxico y gramática (predominancia de lo masculino en la lengua) reflejan una relación de fuerzas que hay que deconstruir. Hay que sustituirlo por un lenguaje convenido (por cierto, ¿por quién?) y por unas nuevas relaciones de respeto y tolerancia.

Este razonamiento se basa en tres supuestos. Primero, que aquellos que han producido esta lengua hasta el presente (el pueblo y los escritores) ignoraban la naturaleza opresiva de la lengua y eran cómplices de los dominadores. Segunda idea: una minoría iluminada surge para deconstruir el complot secular y fijar las buenas denominaciones que son la fuente de los buenos pensamientos. Tercer postulado: imponer el pensamiento correcto con las palabras rectificadas lleva a suprimir el origen del mal, en la mente. Eso permite criminalizar toda crítica: por las palabras que nosotros mismos empleamos, o por el rechazo del PC, estamos del lado de los opresores y los dominadores. Por lo tanto, en realidad no pensamos: nuestra cabeza está llena de estereotipos de los que debemos curarnos.

En un grado más avanzado se desarrolla la escritura inclusiva la cual, con desprecio de la gramática, impone unas contorsiones destinadas a establecer la igualdad entre lo masculino y lo femenino. El objetivo es que nadie pueda sentirse mal representado o perjudicado por la ortografía. Doble beneficio: aquellos que la adoptan se forman en el dogma y aquellos que la dominen manifiestan su superioridad moral. Quien no hable como yo (por ejemplo, quien dude de la ideología de género), literalmente, no piensa, tiene malas ideas y odios. Y, como la lengua es performativa (es decir, tiene efectos en la vida real), esa persona es responsable de crímenes relacionados con el sexismo, el patriarcado o el colonialismo.

Paradoja divertida: si la neolengua del Gran Hermano se asume como lengua de autoridad, lo políticamente correcto tiene el visto bueno de la crítica. Si se impone es, como dicen sus partidarios, para liberarnos ya que estábamos alienados. Esto permite, en buena conciencia, transformar las opiniones contrarias en delitos. El día en el que hablemos como robots, seremos totalmente libres. 

Marcadores progresistas y conservadores

Por supuesto, la mayor parte de los editorialistas o los políticos no hablan como unos decolonialistas interseccionales queers. Su forma de hablar funciona de manera más básica con un conjunto de palabras usadas y tranquilizadoras: competitividad, apertura, sociedad civil, transición ecológica, paridad, descentralización, dimensión social, participación ciudadana, dimensión europea, diálogo. La tendencia a la estandarización se refuerza con tics verbales como “estar en capacidad de” o “en una lógica de diálogo”. Desde este punto de vista, el discurso político no es en esencia diferente de la retórica progresista liberal-libertaria típica de las clases dominantes europeas. Con una mezcla de lenguaje tecno-liberal y un inevitable recuerdo de los valores, optan por el sentido menos discriminatorio posible y las afirmaciones más tautológicas y morales. Todo bajo el paraguas del “progresismo”, del que creemos entender que consiste en dar más derechos y libertades a todos en un marco de prosperidad y seguridad. Es difícil estar ferozmente en contra.

El problema de esta neolengua de consenso es que suscita dos oposiciones fuertes, la de la realidad y la de las capas sociales reacias a hablar como los de arriba.

Una gran parte del discurso de las élites consiste, o bien en decir que todo va bien y que no hay alternativa, o a hacer olvidar las realidades que no gustan. De ahí un código de la negación. El ciudadano medio tiene una cierta idea de lo que esconden algunos eufemismos como "menores no acompañados", "daños colaterales", "individuo desequilibrado con un cuchillo", "islamista moderado", "barrios difíciles", "crecimiento negativo" o "reestructuración" de la empresa.

La otra amenaza para la lengua dominante es que los dominados no la hablen de ninguna manera. Cualquiera que estuviera en una reunión de chalecos amarillos pudo ver que no se empleaban las mismas perífrasis que en los platós de televisión de los mejores barrios. Pero hay más: cuando una dominación ideológica retrocede, se traduce también en una lucha de vocabulario. Y en sentido inverso: de arrepentimiento a progres, de mundialismo a inmigracionismo, de oligarquía a extraeuropeo, de islamoizquierdismo a dictadura de la corrección política, algunos términos se han convertido en marcadores del conservadurismo. Todos ellos términos que no se deben decir y temas que no se deben pensar, visto por los defensores de una hegemonía que dice representar el progreso y la apertura.

Sin hablar de las leyes contra las fake news, de la lucha contra los discursos de odio, las buenas mentes quieren desenmascarar y encauzar el discurso “reaccionario” que va vestido con un encanto sulfuroso anti-establishment y subversivo. Sobre todo porque denuncia la censura conformista y el totalitarismo latente de los progresistas en un singular cambio de situación. De repente, todos se preocupan por el incremento intelectual del “nacional-populismo”. Como si cierta herencia (la Ilustración, mayo del 68, el multiculturalismo) estuviera amenazada por una “revuelta contra la revuelta” de los reaccionarios. Y como si la reconquista intelectual se demostrara también en las palabras.

Algunos términos actúan como disparadores. Así, incluso en periodo de coronavirus y, mientras numerosos países cierran sus fronteras, el solo empleo de esa palabra suscita una risa despreciativa y una sospecha política (¿tics identitarios?). Pueblo, nación, dictadura mediática, élites, extranjero, oligarquía, islamista, cultura, identidad, son unos marcadores cuyo empleo en un plató de televisión no puede más que desatar un “¿qué quiere usted decir con eso?” irónico. La cuestión está, en realidad, en establecer bien la diferencia entre, por un lado, una lengua tótem democrática y abierta que se entiende natural y, por otro, unos términos tabúes que podrían disimular unos estereotipos arcaizantes, pensamientos sospechosos y el comienzo de un lenguaje totalizante.

Repetimos a menudo la frase de Confucio: “para restablecer el orden en el imperio hay que empezar por rectificar las denominaciones” o la de Camus: “mal denotar las cosas es añadir más a la infelicidad del mundo”. Y es cierto. Pero habría que recordar que el desorden y la confusión de las palabras sirven a los dueños de un poder: el de nombrar u ocultar. Fuente: Revue Constructif