El auténtico «desarrollo humano»: los valores tradicionales frente a las etiquetas ecológicas, por Sergio Fernández Riquelme


«Les daremos una felicidad tranquila, resignada, la felicidad de unos seres débiles, tal y como han sido creados… les obligaremos a trabajar, pero en las horas libres les organizaremos la vida como un juego de niños, con canciones infantiles y danzas inocentes. Les permitiremos también el pecado… ¡son tan débiles e impotentes! y ellos nos amarán como niños a causa de nuestra tolerancia (…) y ya nunca tendrán secretos para nosotros (…) y nos obedecerán con alegría».

Fyodor Dostoyevski

Un precio demasiado alto

Todo tiene un precio, incluso la llamada “transición ecológica”, el instrumento oficial del llamado “Desarrollo humano sostenible” tan presente en los discursos políticos y tan en boga en las tendencias mediáticas. Transición que nos habla de cambiar ciertas prácticas y usar determinadas etiquetas para proteger el medio ambiente y alcanzar la sostenibilidad del actual sistema de producción y consumo, ante inminentes escenarios cuasi apocalípticos.

Pero un transitar que conlleva, inevitablemente, pagar una factura, cuantitativa (en puestos de trabajo) y cualitativamente (en términos de libertades), que parece que el propio sistema no asumirá, y que como la experiencia histórica y sociológica nos muestra, solo asumirán, como siempre, las clases trabajadoras, los sectores populares, las regiones periféricas, el medio rural. Los vimos con el cierre de las cuencas mineras o la reconversión industrial en determinadas regiones ahora sin futuro económico o demográfico; los contemplamos en zonas periféricas donde se acumula la basura tecnológica del progreso occidental; lo vemos en los caros productos ecológicos de los estantes de los supermercados; y lo atisbaremos en movimientos de protesta de ciudadanos que tienen que sufragar las medidas necesarias para dicha transición (visible en el origen de los franceses Chalecos amarillos o Gilets Jaunes).

En el año 2000 189 países firmaron el documento que aprobaban Los Objetivos del Milenio. Un documento global con ocho fines a alcanzar: erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad de género, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir diferentes enfermedades (como el paludismo), garantizar el sustento del medio ambiente, y fomentar una asociación mundial para el Desarrollo. Objetivos fundamentales que la cooperación mundial ha alcanzado en diferentes niveles, pero que no ha abordado cuestiones centrales que son las que, empíricamente, permiten un Desarrollo humano sostenible a medio y largo plazo: la recuperación de las comunidades, la protección de la Familia, la soberanía de las naciones. Y no lo hace porque el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), como es lógico, se sigue midiendo generalmente en términos “tener” (cuanto más mejor) y de “lograr” (el éxito como fin social). Por ello, en esta era globalizada se evalúa el crecimiento de comunidades y naciones sin atender a valores morales indispensables y sin considerar impactos nefastos; es decir, sin recurrir a las “primeras verdades” (de la tradición al sentido común) que nos enseñan a consumir menos, compartir más y convivir mejor. El Índice de Desarrollo humano (IDH), el Índice de pobreza humana (IPH), el Índice de pobreza multidimensional (IMP), el Índice de Bienestar económico sostenible (IBES), el Índice de progreso moral (IPM) o el Índice de potenciación de género (IPG), aportan importantes estudios, resultados necesarios y soluciones potenciales. Pero los mismos no van más allá; siguen sin cuestionar el individualismo ético y estético que destruye viejas comunidades de largo recorrido y crea nuevos grupos virtuales y mediáticos de vida muy corta, y el consumismo asociado que se convierte en la principal forma de progresar y mejorar, de relacionarse y socializarse, de vivir e identificarse.

La perfecta etiqueta

Los datos son evidentes: la biodiversidad se reduce rápidamente (como atestigua la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos, IPBES), la degradación de ecosistemas es imparable (el 75% de los terrestres y el 66% de los marinos), las temperaturas suben constantemente (el Observatorio de la sostenibilidad recoge la subida de más de 2 grados en el último lustro en las ciudades), los desechos a nivel mundial crecen sin freno (como recoge el Banco Mundial en su informe What a Waste 2.0: A Global Snapshot of Solid Waste Management to 2050), el mundo rural se abandona y despuebla frente a crecientes áreas metropolitanas y megaciudades (el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las ONU señala que el 68 % de la población vivirá en zonas urbanas en 2050). Y todo ello mientras, supuestamente, aumenta la conciencia ecológica, los productos ecológicos, las prácticas ecológicas, las legislaciones ecológicas. O no son suficientes (nos dicen) o realmente no funcionan (no nos dicen).
Y quizás, en verdad, no funcionan. Lo ecológico no es en absoluto, sinónimo de lo natural; posiblemente todo lo contrario. Puede suponer una etiqueta creada por el sistema, en primer lugar, para limitar o esconder los efectos (o “externalidades”) de sus mecanismos globalizados de producción y consumo, y hacer que las empresas puedan seguir vendiendo sin complejo de culpa y los consumidores seguir comprando con cierta sensación de paz interior. Y para justificar, en segundo lugar, la sustitución o destrucción de los valores tradicionales naturales (el referente familiar, la producción local artesana, la comunidad real de referencia o el ascendiente espiritual) que ha conllevado la aparición o aceleración de los problemas medioambientales sobre los que alertan los medios de comunicación de masas (y los sociales/laborales sobre los que pasan de puntillas).

Cambiar dichos valores (siempre imperfectos) y sus límites morales y grupales, por nuevos derechos de consumo y ocio siempre ilimitados (y supuestamente perfectos), provoca lo evidente: se destruye parte de la naturaleza de los ecosistemas y del propio ser humano. Como señaló Molière “las cosas sólo tienen el valor que les damos”, y parece que le hemos dado el más bajo aquello que unía generaciones en un siempre complejo equilibrio civilizatorio. La realidad es, pues, demasiado terca: menos familias naturales, menos comunidades soberanas y menos referentes morales dan como resultado menos capacidad de equilibrar el progreso, de limitar el consumo, de compartir con los demás. Y esta certeza es perfectamente comprobable con un simple trabajo de campo, bien con observación (participante o no) bien con entrevistas (abiertas o cerradas), o con el análisis de estudios cuantitativos muy accesibles (de las tasas de natalidad al consumo medio de los hogares); y además no hay que ir muy lejos: en el silencio del mundo rural despoblado, entre los miles de turistas que inundan y contaminan los destinos turísticos low cost, en las masivas urbanizaciones extraurbanas, en los centros urbanos gentrificados, entre la basura tras el macroconcierto no tan juvenil, bajo las persianas de negocios de proximidad cerrados, en los interminables paquetes del masivo comercio electrónico, o en la precariedad laboral asociada a la llamada economía colaborativa. “A algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro”, mostró Chesterton.

Un progreso ilimitado

Podemos tener de todo, rápida y cómodamente; aspiramos al éxito instantáneo, sin prestar atención al fracaso o a depresiones posibles; nos educan en usar y tirar sistemáticamente, aunque tenemos la opción de reciclar o reutilizar una parte; e incluso hemos creado esa perfecta “etiqueta ecológica” para no cuestionar ninguno de los preceptos del sistema. Podemos ser lo que queramos, elegir entre mil ofertas, cambiar nuestra naturaleza y la naturaleza de las palabras a diestro y siniestro; eso sí, siempre que estén a la moda de lo políticamente correcto, que otros más pobres hagan el trabajo sucio, y que no entremos a debatir los fundamentos oligárquicos. Pero sabemos que todo tiene ese precio, solo subvencionado para los lobbies afectos, y el progreso o se paga o nos lo hacen pagar finalmente.

Encontramos problemas medioambientales casi irreversibles que el llamado cambio climático demuestra cada día (de la subida de temperaturas a la pérdida acelerada de la biodiversidad), fracturas sociales persistentes entre ricos y pobres del mundo (traducidas en enormes e imparables flujos migratorios hacia el denominado “primer mundo”), desigualdades injustas y crecientes en las comunidades supuestamente más avanzadas, una grave crisis demográfica en Occidente ante la destrucción de la institución familiar (como referente vital y como realidad social), situaciones conflictivas y excluyentes (nuevas adicciones, soledad de los mayores, violencia intrafamiliar), o la pérdida progresiva de derechos laborales ante un ciudadano convertido en productor flexible y consumidor compulsivo.

Un catálogo de efectos negativos que demuestra los resultados o los límites del moderno Desarrollo, con indudables avances materiales (y especialmente tecnológicos) pero con muy pocos ascendentes morales en determinadas ocasiones. Ganamos unas cosas y perdemos otras; es cuestión de valorar qué lado de la balanza merece la pena, nos dicen. Y las élites político-económicas del sistema dominante en Occidente, parecen apostar por el primer plato de dicha balanza, dejando atrás las “primeras verdades” que nos hacían comprender el error, sacrificarnos por los demás y vivir con menos (incluso “decrecer”, como apuntó Serge Latouche) de lo que el marketing nos dice que necesitamos cada día (en todas las dimensiones de la pirámide o “jerarquía de necesidades humanas” de Abraham Maslow).

Tenemos más que nunca y vivimos más que nunca. Crece el comercio electrónico y aumenta la esperanza de vida; se reduce en ciertos países la pobreza y los avances biotecnológicos sorprenden cada día; poseemos teléfonos inteligentes superavanzados y miles de placeres a precios módicos; viajamos barato por medio mundo y nos interconectamos con personas de países antes casi desconocidos. Estos son hechos incontestables, estos son algunos de los grandes hitos de la Globalización. Pero a veces vendemos nuestra alma al Diablo. Las desigualdades persisten (cuando no crecen), muchas personas sienten solas y deprimidas (cuando más interconectados estamos), los conflictos emergen o se enquistan (en política y geopolítica), la exclusión social adquiere nuevas formas (de los prejuicios al discurso de odio), los derechos se cuestionan (de la libertad de expresión a la protección laboral), el clima empeora y la biodiversidad se reduce (pese a la expansión de la conciencia medioambiental) y nuestra herencia se olvida irremediablemente. Pero como señaló Chesterton en Ortodoxia:

«Y aquí viene el colapso y tremendo desatino de nuestra época. Hemos confundido dos cosas diferentes; dos cosas opuestas. Progresar debería significar que siempre estamos cambiando al mundo para adaptarlo a un concepto. Y hoy progresar significa que estamos cambiando el concepto. Debería significar que lenta pero firmemente traemos a los hombres: justicia y misericordia, pero significa que cada vez estamos más inclinados a dudar que la justicia y la misericordia sean deseables (…) Progresar debería significar que cada vez estamos más cerca de la Nueva Jerusalén. Y significa hoy, que la Nueva Jerusalén cada vez se aleja más de nosotros. No estamos alterando lo real para adaptarlo a lo ideal. Estamos alterando el ideal: es más fácil».

El moderno American way of life impone un individualismo consumista, liberal y occidental (u occidentalizado) que parece marcar el devenir de una generación; perfectamente planificado por la obsolescencia programada, financiado de manera instantánea por el crédito al consumo, y compartido masivamente por las plataformas digitales de contenidos al nuevo estilo posmoderno hollywoodiense. Nuestra identidad sería personal, individual, o no sería; el compromiso aparecía limitado a pasiones publicitadas de usar y tirar. Nuestra vinculación sería emocional, sentimental, sometida a los vaivenes del marketing consumista; la voluntad del tener dejaba de lado la racionalidad del ser. Por ello, las viejas comunidades que unían en la persona, a modo de síntesis siempre imperfecta, lo terrenal y lo espiritual, daban paso a nuevas redes sociales de vida efímera; desde el ordenador se podría ser miembro de miles de organizaciones virtuales y en pocos segundos, sin dar explicaciones, dejar de serlo; desde la comodidad del sofá, se podría salvar el mundo firmando campañas diversas moviendo solo un dedo.

Pero un proceso social “progresista” (bajo una especie de pacto tácito neokeynesiano entre liberales e izquierdistas) que por sorpresa también cuestionaba muchos de los principios del propio movimiento político “progresista” (que dejaba atrás la hoz y el martillo por logotipos más comerciales). La era del individualismo llegaba a su apogeo en plena Globalización poniendo en cuestión, en las decisiones de elección de los ciudadanos y en las prioridades de las instituciones, algunos de los mismos pilares del Welfare State: preeminencia de los servicios públicos, protección de los derechos laborales, redistribución de la riqueza. Contaban, para el aplauso del público, la defensa de los intereses de ciertos colectivos mediáticos, el amparo las causas más solidarias publicitadas en las redes, la custodia de ciertas libertades muy populares de tener y ser, y el socorro de un medio ambiente casi anónimo del que casi nadie sabía el nombre de sus pueblos, sus parajes o sus árboles.

La alarma climática

La opinión pública se estremece ante islas gigantes del plástico surcando océanos, montañas de basura que arden sin control, riadas salvajes que se llevan todo por delante, cambios en el clima que no se recuerdan, la urbanización sin control de antiguas costas y huertas, grandes ciudades que se expanden hasta el horizonte, crisis ecológicas que presentan cada vez más impacto. Los medios de comunicación del propio sistema alertan, casi apocalípticamente, sobre estas fracturas presentes, intentando plantear soluciones parciales para que, quizás, el mismo sistema siga vendiendo y consumiendo como siempre (ahora bajo nuevas fórmulas y soportes), evitando todo debate alternativo y toda disidencia ideológica sobre los valores fundamentales que deben orientar el progreso. Un cambio estético parece, más que ético.

Alarma climática que deja, en segundo plano, en redes sociales y en campañas mediáticas, los problemas sociales generados por el sistema individualista-consumista actual: migraciones masivas que cruzan continentes, formas de violencia contra la mujer o contra los padres cada vez más intensas, precarización imparable de los derechos laborales, conflictos identitarios entre países y colectivos que creíamos superados, nuevas adicciones y ludopatías sin freno, regiones enteras que sufren la más severa despoblación, crisis socioeconómicas que se repiten y afectan a los de siempre. “Lo natural” se pierde poco a poco, en nuestro medio ambiente y en nuestro medio social, y triunfa “lo ecológico” en los mensajes de los famosos y en los anuncios comerciales.

Todo acto tiene una consecuencia y lo aprendemos por las buenas o por las malas. Y tiene un coste directo o indirecto, especialmente los logros que hemos alcanzado. El nivel de vida crece, pero paralelamente la basura aumenta; la esperanza de vida se dispara, pero el envejecimiento de las sociedades pone en peligro jubilaciones; el consumo nos hace más felices, pero explota a más gente y a más lugares; la movilidad para viajar y residir se amplía, pero a costa de los ecosistemas. Actos y efectos de los que somos directamente responsables, perdiendo por el camino ese sentido común tan natural (del respeto a la solidaridad), paisajes únicos (salvajes o rurales), términos existenciales (padres, que no serán, y hermanos, que no se tendrán, por obra de la crisis demográfica), palabras hermosas (ligadas a profesiones antiguas), costumbres históricas (de nuestro folclore), prácticas armoniosas (del juego en la calle a las reuniones de barrio).

El Bienestar tiene un precio, lo sabemos; pero esa “transición ecológica” que se pretende implantar aumenta el costo social y económico de manera significativa para el sistema. Mejorar el medio ambiente o salvar ciertos ecosistemas supone restringir o prescindir, directamente, de muchos de los logros materiales obtenidos desde hace décadas; pero ¿podremos vivir con menos? Asumir que ciertas libertades de elección, producción y consumo deben ser limitadas para evitar el gasto energético, la contaminación asociada y la desigualdad paralela, parece fácil en los anuncios de televisión; pero ¿podremos disfrutar con menos? Comprender que dicha transición conlleva, inevitablemente, acabar con determinadas industrias y provocar miles de despidos o la desindustrialización de regiones enteras, como ya ha pasado en zonas mineras o siderometalúrgicas (muchas veces sin alternativas empresariales o laborales) parece importar muy poco para los ciudadanos de zonas urbanas con centros comerciales y posibilidades de movilidad enormes; pero ¿podremos consumir menos? Y finalmente, fomentar que los países más pobres o en desarrollo no puedan alcanzar el nivel de bienestar del primer mundo, al tener que asumir las medidas de sostenibilidad diseñadas por los países ricos que utilizaron en el pasado para su propio progreso, es una máxima internacional; pero ¿podremos quedarnos con menos?

Desarrollar es “progresar o crecer”. Así lo recoge la RAE en referencia a temas sociales y económicos; pero añade una acepción más: “aumentar o reforzar algo de orden físico, intelectual o moral”. Es decir, pese a lo que nos han dicho durante años, desde la publicidad y desde la academia, puede y debe haber un tipo de Desarrollo que sea no solo acumular y consumir, comprar y vender, usar y tirar. Antropológica e históricamente, el Desarrollo ha sido una constante de las comunidades desde la “revolución neolítica” (Gordon Childe dixit). Entre avances y catástrofes, el ser humano ha logrado cotas de progreso cada vez mayores, en las letras y en los números, de las grandes Catedrales al Museo del Louvre, de la escritura cuneiforme al lenguaje digital, de la máquina de vapor a la Inteligencia artificial. Pero en los últimos siglos el mundo entero por descubrir y utilizar se convertía no en la Creación a la que respetar, en mayor o menor medida, sino el Recurso sobre el que desarrollarse incesantemente.

Una ecología humana

Nos lo hemos creído. Todo fácil, todo posible, todo accesible, todo solucionable. Es lo que tiene la magia de la ingeniería político-social y del marketing publicitario: antes tener de todo, ahora seguir consumiendo responsablemente. Pero la ineficacia o ineficiencia de la Ecología material ante los problemas medioambientales y sociales generados por el sistema, ha mostrado a muchos ciudadanos límites impensables, fracasos inesperados, errores recurrentes o amenazas muy reales que no aparecían en la letra pequeña del contrato social actual.

Y en los recurrentes contextos de crisis (en su impacto o en su riesgo) muchos de esos ciudadanos suelen recurrir (porque recuerdan su valor o porque no tienen más remedio) a las “primeras verdades” propias de nuestra naturaleza biológica y antropológica; aquellas que dan la seguridad, sencilla y humilde, ante lo imprevisto o lo desconocido, que nos recuerdan que somos frágiles y que el fracaso y el sufrimiento existen, que muchas cosas están inventadas o que dos y dos son siempre cuatro. No son leyes inmutables grabadas en piedra sino certezas que demuestra la vida diaria; no son vestigios de mentalidades arcaicas sino esencias humanas siempre recurrentes; no son una vuelta al pasado idealizado sino los principios que permiten aprender de los errores y continuar con los éxitos. Y sobre ellas se puede fundar un Desarrollo humano sostenible e integral complementario o alternativo al paradigma oficial y actual marcado por el consenso sobre la Agenda 2030 y popularizado por construcción mediática de Greta Thunberg.

La familia natural, la comunidad intermedia, la producción a escala, la soberanía colectiva, las normas morales básicas, las costumbres propias, la identidad cohesionadora. Verdades que nos habla de solidaridad, de humildad, de sacrificio, de respeto, de tradición. Términos a veces olvidados pero muy necesarios para recordar cómo mantener los logros obtenidos (en ciencia y cultura, en tecnología y bienestar) y cómo actualizar la herencia más auténtica (material y espiritual). El sentido común siempre regresa para aleccionarnos, cuando menos lo esperamos, para dotar de dirección cierta a los remedios técnicos posibles: avanzar conociendo nuestros límites, crecer siempre con más igualdad, valorar lo más sencillo y auténtico, parar para descansar y relajarse, aceptar el fracaso y el error, recuperar el mérito y el esfuerzo, y progresar, en suma, equilibrando tradición y modernidad.

Soluciones técnicas surgen cada día ante los restos medioambientales globales de impacto local: reducción de emisiones, descarbonización en la producción de energía y uso de herramientas de eficiencia y fuentes renovables, reciclaje urbano sistemático, reutilización de bienes y servicios, huertos en ciudades y balcones, porcentajes variables de material reciclado en la producción, iniciativas de economía social y colaborativa, limitación del plástico en el consumo, recogida selectiva de residuos, normas de restricción de tráfico rodado, electrificación de la movilidad, reforestación sectorial… Pero todas estas soluciones (que solo pueden permitirse ciertos países con altas rentas, y en ellos ciertos grupos socioeconómicos urbanos medio-altos) parecen resultar meros remedios temporales o eslóganes publicitarios que en casi nada cambian la temperatura del planeta, la desaparición de la biodiversidad, los cambios climáticos, la degradación del entorno o las toneladas de basura que generamos sin parar. Eficacia, a nuestro juicio, muy escasa al dar la espalda a las “primeras verdades” que nos enseñaban los olvidados abuelos, que daban un sentido a nuestra existencia siempre frágil, que sabían dónde estaba ese límite que no debía pasarse (por educación, por respeto), y que aún recuerda el sentido común de las personas demasiado normales tras un día duro de trabajo (y por tanto poco apetecibles para ser trending topic): la Familia que educa y comparte, la Comunidad que coopera y colabora, la Tradición que nos guía por el camino. Sin ellas, que resurgen irónicamente cuando el sistema entra periódicamente en crisis, no hay un Desarrollo humano sostenible e integral, solo un progreso material e ideológico que cambia la naturaleza de las palabras y las cosas para esconder sus defectos.

Debemos rescatar, por ello, lo ecológico de las manos de la ideología y del marketing, resaltando un adjetivo sin el cual dicho sustantivo queda, a nuestro juicio, en simple etiqueta: la Ecología humana (como proponen Tugdual Derville, Gilles Hériard Dubreuil o Pierre-Yves Gomez). Comprender al hombre (en cuerpo y alma) y a todos los hombres (en sus perfecciones e imperfecciones), en el sentido de lo que hacen (no siempre racionalmente) y el significado de lo que dicen (muchas veces contradictoriamente), diciendo la verdad, pese a quien pese. “Lo correcto es lo correcto, aunque no lo haga nadie. Lo que está mal está mal, aunque todo el mundo se equivoque al respecto” reivindicaba Chesterton.

Esfuerzo, sacrificio, cooperación. Palabras a veces olvidadas que nos hablan de ese siempre frágil equilibrio que parece romperse, con sus consecuencias también sociales (de las grandes migraciones a la precarización sistemática del trabajo), ante el ideal de progreso ilimitado que ha superado muchas de las líneas rojas que, mejor o peor, conciliaban desarrollo y naturaleza. Y que fundamentan un modelo de Desarrollo basado en valores tradicionales que, sin caer en ucronías o utopías, se liga al simple sentido común de ciudadanos que saben lo que cuesta llegar a fin de mes, que conocen que uno recibe lo que siembra, que sufren para hacer frente a la crisis cuando llega a su bolsillo o a su familia, o que saben apreciar lo humilde y lo sencillo; y que sobre todo, desde su experiencia se adaptan a lo que viene o vendrá, se quedan con lo poco o mucho que se tiene, valoran lo más sencillo y lo más cercano, y disfrutan de las cosas pequeñas y de los pequeños momentos.

Deber, tener, corresponder. Verbos que nos recuerdan también las obligaciones, compromisos, cometidos (tan normales como la vida misma) que este Desarrollo humano sostenible e integral conlleva y que el sentido común impone: con nosotros mismos y con los demás, con la dignidad humana y con la protección naturaleza, con los que lo pasan peor y con los que sufren injustamente. “No se accede a la verdad sino a través del amor” proclamaba San Agustín; el amor que se aprende solo en la Familia, el que debe compartirse con vecinos reales (y no digitales), el que emerge ante la vida naciente y la muerte acompañada, el que surge del trabajo bien hecho, el que se tiene por la patria que une y comparte, el que debe darse al que sufre y al que es excluido, y el que se irradia de tradiciones que nos ligan los unos con los otros en lo humano y en lo divino.

Ecología que nos habla de las tradiciones fundamentales de cada pueblo y de sus valores (a veces malinterpretados o manipulados) que permiten la continuidad generacional, la unidad convivencial y la misión conjunta; y que reflejan una riqueza sociocultural profunda e histórica más allá de modas temporales globales. Tradiciones que nacen de familias amplias estables que educan y cuidan (muchas veces con errores y dramas); de comunidades de pertenencia o referencia que nos hacen compartir, relacionarnos e identificarnos (en ocasiones disfuncionalmente); de trabajos autónomos, artesanos y locales que nos realizan y ayudan a realizarse a los demás (con mayor o menor esfuerzo); de principios morales y espirituales que respetan cómo somos y respetan a los demás.

Pero esos valores, hoy sepultados en muchos países por el triunfo de la dimensión hedonista del necesario progreso material (en su ocio, y también en su vicio) reaparecen, no tan paradójicamente, tras cada una de las grandes crisis del sistema (en principio financieras, pero siempre sociales): esas “primeras verdades” son las que atienden al desempleado y al despedido, más allá del Estado o del Mercado; las que ayudan al desahuciado y al excluido, cuando los Servicios sociales se paralizan; las que atienden al que tiene que vivir con menos o con muy poco, cuando todos los influencers huyen del barco que se hunde. A veces hay que perder, porque la vida es, en muchas ocasiones, muy dura. Pero lo ha sido siempre, desde tiempos remotos. Lo natural lo demuestra en la Historia, pero lo ecológico intenta mostrarnos que para cambiar o sobrevivir, no hay que sufrir y arremangarse, conformarse y resignarse; solo son necesarios ciertos cambios éticos y estéticos.

El auténtico desarrollo humano

Desear la acción es desear una limitación. En este sentido todo acto es un sacrificio. Al escoger una cosa rechazamos necesariamente algunas otras”, subrayaba Chesterton. Y este paradigma Desarrollo humano sostenible e integral fundado en las “primeras verdades” exige una decisión tanto personal como colectiva. Elegir el camino oficial hasta ahora principiado, o valorar esta alternativa político-social viable y posible, capaz de orientar el progreso necesario desde la enseñanza de los valores tradicionales. Una opción que nos prepara para lo que viene (porque antes ya ha venido), para apretarse el cinturón (porque en el pasado era más duro), para consumir menos de lo que desearíamos (abriéndonos los ojos sobre la publicidad engañosa), para valorar lo más humilde y cercano (siendo por ello menos cool), para colaborar y compartir en las buenas y en las malas (adaptándonos sin falsos traumas). Pero no como catálogo de soluciones técnicas existentes o posibles, de las que hay reputados expertos y científico (desde la ingeniería a la biotecnología); sino como una guía para dar sentido y significado a dichos instrumentos en sus límites y posibilidades, desde el realismo más crudo a la esperanza más compartida; porque de nuevo Chesterton nos lo advierte en su Breve Historia de Inglaterra (país pionero en la ya superacelerada Revolución industrial): “Tener derecho a hacer algo no es para nada igual a tener razón al hacerlo”.

Paradigma fundado en las “primera verdades” que pretende recuperar, legislativa e institucionalmente, el valor colectivo de la Familia natural como “célula social básica” de educación, protección y reproducción; fomentar, pública y privadamente, el valor cohesionador de las Comunidades naturales, rurales y artesanas, de barrio y de vecindad, de producción local y de consumo cercano; fomentar el valor añadido de una Economía social de tamaño intermedio (E.F. Schumacher, dixit); proteger el valor biológico, paisajístico y productivo del Entorno natural, viviendo con menos, urbanizado aún menos, y consumiendo todavía menos; reconocer el valor inmaterial de los Principios naturales espirituales y morales que nos enseñan a compartir y colaborar, a respetar y sufrir, a conocer nuestras fortalezas y a reconocer nuestras debilidades; y reivindicar el valor real y simbólico de la Soberanía natural de naciones unidas y plurales, que defiendan los intereses de sus ciudadanos y cubran las necesidades justas (siempre desde la igualdad de oportunidades).

Un Desarrollo sostenible e integral, complejo y duro (con sus alegrías y sus penas), limitado y sacrificado (con sus aciertos y fracasos), capaz de orientar la innovación y controlar la producción, convirtiendo el progreso en un medio de perfeccionamiento de todo el hombre y para todos los hombres. Como nos enseñó Miguel Delibes, gran literato y hombre de campo:

«el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia».