Una vaca libre, ¿qué quiere decir? Entrevista a Alain Finkielkraut, por M. Fonton y A.L. Debaecker


Opuesto a las locuras del antiespecismo, pero partidario de frenar las derivas de la ganadería industrial, el filósofo Alain Finkielkraut apuesta por un nuevo vínculo entre el ser humano y el animal. Texto donde el filósofo cuestiona todavía y siempre la identidad.

Alain Finkielkraut, usted ha vivido en una gran ciudad. ¿Cómo le ha venido el amor que demuestra por los animales? 

Soy un urbanita, en efecto, he vivido en París toda mi vida y no he sido por lo tanto vecino de las vacas que tanto me gustan. Mis primeras emociones son literarias. Cuando era niño, descubrí en los cuentos las primeras granjas. Después me di cuenta de que tenía predilección por los grandes mamíferos, en particular los herbívoros. Me gusta su inocencia, dulzura, tranquilidad. Me gusta mirarlos. Tengo la sensación de conversar con las vacas en largos diálogos silenciosos. 

¿Qué le inspiran las agresiones, cuyas víctimas son las carnicerías, por parte de militantes antiespecistas?

¡No solo las carnicerías! También han sufrido ataques las pescaderías y las tiendas de quesos; han llegado a incendiar también un matadero. El movimiento antiespecista está destilando su propio terrorismo; es muy triste, pero no es una sorpresa. Hannah Arendt demostró en su ensayo sobre la revolución que la compasión tomada como un resorte de la virtud se ha revelado tener un potencial de crueldad superior al de la crueldad en sí misma. No hemos llegado ahí, por supuesto, pero, si la compasión se convierte en el sentimiento político, no solo dominante, sino exclusivo, ¿qué sucede? Aquel que sufre con los débiles, en este caso con los animales, tiene frente a él personas indiferentes a este sufrimiento, e incluso personas que lo provocan puesto que engordan vacas separándolas de sus terneros y enviándolas después al matadero, donde terminan hechas pedazos. Para esa persona, el mundo se divide entonces en dos grupos: los humanos, grupo al que pertenece, y los inhumanos, que oprimen y matan con toda impunidad. Contra esos monstruos, evidentemente, todo está permitido. La Revolución francesa fue, en la etapa de Robespierre, el escenario de lo que Michelet llamó una “furia de la compasión”; a pequeña escala, se puede decir que los veganos más extremistas están presos de la misma furia.

Los vídeos que muestran a gamberros maltratando a animales dan lugar a comentarios que llaman explícitamente a matar, no solamente a los culpables, sino también a toda la especie humana. ¿Cómo hemos podido llegar a este punto?

Es preocupante y triste de ver la causa animal confiscada por unos fanáticos, ya que es legítimo hoy preocuparse por el destino que les reservamos a los animales. En La insoportable levedad del ser, Kundera escribe: “El verdadero test moral de la humanidad, el más radical, que se sitúa en un nivel tan profundo que escapa a nuestra mirada, son las relaciones con los que están a su merced: los animales”. Y añade: “Es ahí donde se ha producido la quiebra fundamental del ser humano, tan fundamental que todas las demás se derivan de ella”. Ver hoy una parte de la opinión despertarse y afirmar que hay que tratar mejor a los animales domésticos es bueno. Diría incluso que se trata de un progreso. Pero los locos del veganismo pueden estropearlo todo…

¿Diría usted que se trata de una forma de autoodio?

No es un autoodio, es progresismo. Es la idea de que la humanidad no está todavía realizada; que tiene que cumplirse. Esos militantes piensan que la humanización de la humanidad llegará el día en que dejará definitivamente de ser carnívora e incluso de comer cualquier producto de origen animal. A sus ojos, la humanidad carnívora no es humana; es bárbara hasta detestarla. Y todavía sienten más furia contra esa barbarie que lástima respecto al futuro de los animales ya que prefieren verlos desaparecer antes que comerlos… No es, por tanto, un autoodio, es un sentimiento de superioridad: nosotros somos los humanos verdaderamente humanos, todos los demás son unos cavernícolas. Sin embargo, aclaro que, cuando algunos colectivos ponen sus cámaras en los mataderos y difunden escenas espantosas de lo que allí sucede, puede llegar a ser una buena acción. Las condiciones del sacrificio deben cambiar y someterse a unas reglas muy estrictas. Se puede sacar algo bueno de esos movimientos de defensa de la causa animal, e incluso algunos veganos son muy hostiles a las acciones violentas.

En su libro sobre los animales, algunos de sus interlocutores subrayan el hecho de que los militantes de la causa animal no conocen los animales que se supone están defendiendo.

Está claro que el movimiento vegano es algo casi exclusivamente urbano. Esas gentes que dicen militar por la liberación animal no conocen los animales, no viven con ellos y piensan que cualquier domesticación es una explotación intolerable. Han calcado la palabra “antiespecismo” de la de “antirracismo”, mientras que la diferencia salta a la vista: los negros víctimas del racismo eran privados de los derechos elementales. Cuando la segregación fue abolida, pudieron vivir con libertad. Al contrario, si eliminamos cualquier forma de ganadería, los animales en cuestión no tendrán ya ninguna posibilidad de vivir. Una vaca libre, ¿qué quiere decir? Un buey, un toro, un cerdo libres… ¿qué pueden hacer? ¿Pasearse por las calles de nuestras ciudades? ¿Subir a la montaña y ser vecinos de los osos, esos encantadores animales que reintroducimos en nuestras cumbres? Claro que no. Por lo tanto, dejarán de nacer. Los militantes veganos son unos curiosos liberadores ya que militan por la extinción de las especies domésticas. La crueldad les repele, quieren parar la masacre, pero van más lejos que cualquier masacrador. Si esta paradoja no les salta a la vista es porque es su integridad moral la que les importa, y no la relación que podamos tener con los animales. 

La ganadería intensiva ¿no es la condición triste pero necesaria para disponer de alimentos? ¡En Occidente, nos hemos librado no hace mucho del espectro del racionamiento o incluso de la hambruna!

No creo que la cuestión se plantee hoy en esos términos. No se trata, salvo en el espíritu de algunos veganos iluminados, de acabar con la ganadería sino simplemente favorecer las granjas de pueblo en lugar del nivel industrial, que transforma la relación de trabajo con los animales en producción animal. Se debería poder comer menos carne sin llegar a pasar hambre. La mayor parte de los ecologistas afirma que si la ganadería industrial se extiende es para satisfacer un capitalismo depredador. Las cosas no son tan sencillas: la economía domina porque tiene el objetivo de satisfacer las necesidades materiales y el bienestar, del que Tocqueville nos dice que es la pasión democrática por excelencia. Hay un combate que se libra en el interior de cada uno de nosotros en respuesta a la pregunta: ¿qué queremos? ¿Queremos consumir más barato o queremos guardar una relación más cercana con los animales? Pienso que vivir con los animales significa que se debe asumir la complejidad de nuestras relaciones con ellos, y sobre todo las que tienen que ver con su vida y su muerte… Hay que escuchar a los ganaderos que no tratan a los animales como objetos exteriores y manipulables sino que intercambian servicios, informaciones y afectos. Se les debería escuchar más; hoy en día ya no se oye más que a los veganos…

Más que liberar a los animales, ¿habría que hacer el esfuerzo de pensar en el vínculo que nos une a ellos, y evitar dejarse cegar por la compasión?

Existe una comunidad entre los animales y nosotros, pero también existe la alteridad de los animales: está lo que nosotros no somos y que suscita la sorpresa, la admiración, la ternura, toda una gama de sentimientos que no hay que olvidar en lugar de la compasión. Pero ¿qué camino vamos a tomar? No lo sé. Hay hoy en día una toma de conciencia incontestable pero, y es la gran paradoja, la sumisión de la ganadería a las exigencias de la rentabilidad hace que no han sufrido tanto los animales como desde que existen leyes para protegerlos. Esas leyes están porque una parte de la opinión se rebela contra el destino de los animales, pero los procesos económicos siguen impermeables a las protestas. ¿Se podrán parar algún día o cambiarlos? Esa es la gran pregunta. 

¿Piensa usted como Olivier Rey que es la ciencia moderna la que, desvitalizando poco a poco la naturaleza, ha cortado el vínculo que nos unía a ella y, por lo tanto, a los animales? 

El ser humano moderno se ha concebido como dueño y poseedor de la naturaleza; se ha postulado como candidato a la sucesión del Dios que se ausentaba y, con la ciencia, ha creído poder tener la naturaleza entera en su mano. Creo, pues, que Olivier Rey tiene razón, pero la modernidad es también, y de forma indisoluble, el progreso del sentimiento democrático y, por lo tanto, la universalización de la idea del semejante. El semejante es el miembro de su casta en las sociedades aristocráticas pero es cualquiera en las sociedades democráticas. De ahí la compasión. La compasión no tiene en cuenta ese tipo de distancia, nos pone en el lugar de aquel que sufre. Hoy, la compasión ha superado la barrera de las especies y se extiende ya al reino animal. De ahí la herencia de la modernidad: una ambición inmensa y una compasión sin límites. ¿Sabremos hacer un uso inteligente de la compasión que nos asalta? 

¿Piensa usted que esta compasión, que parece más viva cuando se trata de animales grandes, pueda aplicarse a los insectos que quizás tengamos que comer algún día?

Tenemos el deber de continuar viviendo con los animales, de tratarlos lo mejor posible incluso los que estén destinados al consumo humano. Si se me garantizara que dejando de comer carne no iban a desaparecer las vacas, me convertiría quizás en vegetariano. Pero el hecho está en que las vacas están con nosotros en una relación de utilidad; si no fueran útiles, no existirían, y no me imagino un país sin sus vacas. Yo hablo de la realidad de la vaca, y no de un animal aparcado en un zoo para turistas.  Fuente: Valeurs Actuelles.