El etnorregionalismo de la Nueva Derecha identitaria, por Stéphane François


Un Imperio europeo formado por comunidades étnicas

La idea del Imperio de la Nueva Derecha identitaria es, al mismo tiempo, el resultado de la influencia de ciertos colaboracionistas con el nacionalsocialismo, como Marc Augier (alias Saint-Loup), de regionalistas, como Yann Fouéré, y de la escuela tradicionalista, representada por Guénon y Evola. De hecho, el modelo estatal de los neoderechistas neopaganos se confunde con la reivindicación étnica: el imperio europeo, o mejor eurasiático, se identificaría con el área de implantación indoeuropea, convirtiéndose, según la expresión de Jean Parvulesco, en “el gran imperio eurasiático”. Este imperio indoeuropeo comprendería Europa desde Islandia hasta Rusia y Siberia, alcanzando también a la India. De hecho, esta idea es un calco de la Europa imaginada por Jean Thiriart. Su ambición era crear un Estado federal europeo desde Reykjavik hasta Vladivostok. Otro modelo proviene de la Europa étnica del ex-SS francés Saint-Loup. "En los círculos de la extrema derecha de la posguerra, escribe Pierre-André Taguieff, y más particularmente entre aquellos que se afirmaban próximos al nacionalsocialismo, el tema de la Europa de las etnias dotaba de contenido a la utopía de un nuevo imperio europeo, definido, a la vez, por las fronteras de la sangre (la raza blanca) y la identidad civilizacional (el origen indoeuropeo, el paganismo), muy preocupado de preservar una diversidad étnica interna”. Así, el regionalismo, especialmente el bretón, el flamenco, el alsaciano, el normando y el corso, seducidos por este discurso sobre la nueva Europa, colorearon sus tesis con un aspecto étnico muy afirmado bajo el tema de la Europa de las cien patrias (o de las cien banderas). 

Uno de estos doctrinarios de la "Europa de las etnias” fue Saint-Loup, autor fetiche de la Nueva Derecha, especialmente de Pierre Vial y Jean Mabire, miembros fundadores de Terre et Peuple. En 1976, Saint-Loup escribía en una tribuna libre de Défense de l´Occident su testamento político, en el cual afirmaba: “Europa debe (…) ser repensada a partir de la noción biológicamente fundada de la sangre, por tanto de la raza, y de los imperativos telúricos, por tanto de la tierra. He aquí el contenido de las “patrias carnales (…)”. Saint-Loup concebía así a Europa como una entidad supranacional y diferencialista, que respetaría las prácticas culturales de las regiones o provincias con fuerte identidad, es decir, a los pueblos, según él “federados, ligados por la sangre, las específicas tradiciones y un fondo civilizacional común”. El modelo imperial neopagano es, pues, postnacional y etnorracial. Sin embargo, este modelo ya había sido elogiado por el arianismo-nordicismo presente en algunos medios de la derecha radical de los años 30, inspirados, por ejemplo, en Pierre Drieu La Rochelle o en Evola, ambos celebrados por el regionalista identitario Jean Mabire.

Sin embargo, el modelo imperial generalmente propuesto por los grupos neopaganos es el del Imperio romano como lo reconoce Christopher Gérard: “Cuando era joven, entendí que no hay más que un Imperio: el Imperio romano, del que yo me sentí, desde entonces, fiel ciudadano”. Sin embargo, el Imperio se volvió hacia Oriente y el sur del Mediterráneo y no hacia el norte juzgado como bárbaro. De hecho, el eje norte-sur auspiciado por los nordicistas no data sino de la restauración del Imperio por Carlomagno. En efecto, es sólo a partir de esa época que se establece el eje Germania-Romania tan querido por las doctrinas racialistas nórdico-arias de Evola.

Por lo tanto, es sorprendente ver que las personas que rechazan la aportación del cristianismo, visto como una secta oriental, se refieren a un imperio conceptualizado por estos mismos cristianos. De hecho, según Jacques Le Goff, son los cristianos los que están en el origen de la renovación imperial, querida como una resurrección del Imperio romano. El Imperio ottoniano es, a este respecto, significativo: "El nombre más importante de este imperio fue el de Sacro Imperio Romano Germánico. Este título indicaba, en primer lugar, el carácter sagrado del imperio, y a continuación que era heredero del Imperio romano y que Roma era su capital; y, en fin, señalaba el eminente rol que tenían los germanos en la institución”.

Este es el fundamento de la idea evoliana del Imperio: sacralidad y germanidad. Julius Evola pasó, entre 1928 y 1933, de la idea de una tradición mediterránea, que había tomado prestada de Arturo Reghini y de su paganismo itálico, a la idea de una tradición arionórdica, inspirada, conjuntamente en las teorías esotéricas del origen polar de la Tradición primordial y de las doctrinas racialistas de Rosenberg, Günther y Wirth. Evola pasaría entonces del ideal de la “romanitas”, que era tradicionalmente uno de los fundamentos míticos de todo nacionalismo italiano, a un ideal supranacional que se fundaba en la pureza racial y espiritual supuestamente inherente a las poblaciones germano-escandinavas, despreciando los aportes de pueblos itálicos, como los etruscos, al Imperio romano. Evola concebía así la unidad europea, de la que era partidario, como una unidad imperial, envolviendo a la idea de imperio de un principio de autoridad a escala supranacional: según este pensador tradicionalista, el “nuevo orden europeo” deseado debía ser pensado y realizado en la perspectiva de la idea imperial, porque la reactivación imperial para Europa “era cuestión de vida o muerte”.

Sin embargo, algunos paganos neoderechistas que gravitaban sobre la nebulosa de la Nueva Derecha, contestaron esta orientación germánica del Imperio. La revista Louve, animada por el poeta André Murcie, deseaba el retorno del Imperio romano. Este imperio englobaría también la parte oriental, árabe, del Imperio romano, pero desembarazada del islam, neopaganismo obliga, porque el “mediterráneo es parte integrante y fundadora del imperium”.

El Imperio teorizado por la Nueva Derecha no es incompatible con el regionalismo y puede confundirse con el Estado universal jüngeriano, que de ninguna manera confunde la patria (Heimat) con el Estado. En efecto, el modelo imperial neoderechista unifica, respetando las diversidades culturales particulares, con el diferencialismo, la defensa de las etnias minoritarias y los diferentes pueblos europeos. Este modelo neoderechista busca, sobre todo, asociar estos pueblos “en una comunidad de destino, sin por ello reducirlos o lo idéntico. Es un todo donde las partes son tanto más autónomas en cuanto lo que los reúne es más sólido, y estas partes que lo constituyen continúan formando conjuntos orgánicos diferenciados”. Este punto de vista también ha sido sostenido por los identitarios völkisch de la Nueva Derecha, los cuales añaden, sin embargo, a la definición de Alain de Benoist, un aspecto étnico pronunciado (“una federación de naciones étnicamente emparentadas”), inspirado en las tesis de Saint-Loup. De hecho, el GRECE se inspiraba también en la definición que Maurice Duverger, hacía del imperio: “Por naturaleza, los imperios son plurinacionales. Reúnen a diversas etnias, diversas comunidades, diversas culturas, a veces separadas, siempre distintas (…) El mantenimiento de un imperio exige que su unidad aporte ventajas a los pueblos englobados, y que cada uno conserve su identidad. Una centralización administrativa y militar es necesaria para impedir las revueltas de las clases dominadas y la transformación de los gobiernos locales en feudos independientes. Una autonomía es indispensable para que todas las etnias puedan mantener su cultura, su lengua, sus costumbres. Hace falta, en fin, que cada comunidad y cada individuo sean conscientes de lo que ganan permaneciendo en el conjunto imperial y de lo que perderían si vivieran de forma separada”.

Este modelo imperial debería permitir a los europeos combatir los micronacionalismos, es decir, el repliegue sobre las “patrias carnales”, incluso la reaparición de un tribalismo comunitario alternativo, como las comunidades paganas autárquicas que temen la mundialización uniformadora y destructora. De hecho, el GRECE mantenía la idea de una Europa federal porque “el Estado-nación, surgido de la monarquía absoluta y del jacobinismo revolucionario, es ahora demasiado grande para tratar los pequeños problemas y demasiado pequeño para afrontar los grandes (…) Europa es llamada a construirse sobre una base federal, reconociendo la autonomía de todos sus componentes y organizando la cooperación de las regiones y de las naciones que la componen. La civilización se hará por la adición, y no por la negación, de sus culturas históricas, tanto regionales como nacionales, permitiendo así a todos sus habitantes tomar plena conciencia de sus orígenes comunes”.

A pesar de una fachada de unanimidad, los neopaganos neoderechistas divergen profundamente sobre el modelo de funcionamiento de este Imperio: república, monarquía, máxima autonomía, ausencia de autoridad en beneficio de una unión etnocultural, federación, confederación, etc. Así, el belga Christopher Gérard desea un sistema monárquico, porque según él la realeza es, por excelencia, el modelo político de los indoeuropeos, la única capaz de “encarnar la soberanía y el derecho, por tanto, el rol sagrado, preservando el orden del mundo; función simbólica, es decir, esencial, que un político partidario, divisor del cuerpo social, jamás será capaz de ocupar”. Según él, la monarquía posee méritos que son desconocidos en el sistema republicano: “El monarquista razonable recuerda que la realeza sagrada, apoyada sobre clanes aristocráticos, continúa siendo, pese a todo, la mejor garantía contra las aventuras tiránicas o totalitarias. Un Rey, incuso demasiado poderoso, es, para su pueblo, un recurso y un ejemplo al mismo tiempo, porque él encarna y asegura la continuidad. Además, la realeza tradicional garantizaba el derecho inalienable a la rebelión, el privilegio de la indocilidad. Lo Sagrado y la Insurrección como mitos políticos”. Y termina declarando: “Fiel al principio monárquico, por esencia anagógico, porque eleva al hombre, yo me sitúo entre los Imperiales”. 

Sin embargo, Alain de Benoist recuerda en El Imperio interior, que “(…) El Imperio, como la Ciudad o la Nación, es una forma de unidad política y no, como la Monarquía o la República, una forma de gobierno”, lo que significa que el Imperio es a priori compatible con formas de gobierno diferentes. El autor remarca además que “Carlomagno, por ejemplo, es, por un lado, emperador, y por otro, rey de lombardos y francos”. De hecho, Alain de Benoist defiende la idea de una república y, especialmente, de la Vª República francesa. Sin embargo, rechaza la idea de nación, porque, según él, el imperio, contrariamente a la nación (…) no es solamente un territorio, sino también, y esencialmente, un principio o una idea. El orden político y jurídico es efectivamente determinado, no por los solos factores materiales o por la posesión de una vasta extensión geográfica, sino por una idea de naturaleza espiritual”. La influencia de Julius Evola se hace aquí presente: este autor defendía, en su obra, la idea de que el imperium posee una dimensión casi mística a través del concepto de “auctoritas”.

Esta dimensión mística del Imperio es defendida por los tradicionalistas que permanecen siendo paganos, que ven en el Imperio una manifestación de lo sagrado. Según ellos, sólo el recurso doctrinal a la Tradición primordial guenoniana sería capaz de dotar de un contenido metafísico a la imperialidad. Así, el recurso al pensamiento “perennalista” permitiría al Imperio reconstituir y preservar la diversidad de las jerarquías tradicionales, por todas las partes donde ellas subsisten, incluso si ya no se encuentran en ninguna parte, pues ello permitiría una reinvención de esas tradiciones más antiguas en las poblaciones actuales.

El imperio tradicional, según el tradicionalista neoderechista Luc-Olivier d'Algange, “(…) es el garante del respeto mutuo que los pueblos se deben”. Porque “el Imperio no tolera la diversidad en la forma en que lo hacen nuestras administraciones modernas (el término “tolerancia” sugiere una reprobación implícita de lo que se nos pide tolerar). El Imperio exige la diversidad. La imperialidad es interpretación infinita de la diversidad. Lejos de administrar o planificar lo real, como hace el Estado-nación moderno, que es más bien, como decía Nietzsche, el más frío de los fríos monstruos, el Imperio es la interpretación del genio de los pueblos”. Este modelo es tributario de las doctrinas contrarrevolucionarias sobre la esencia de la monarquía, doctrinas estructuradas sobre el rechazo de la República revolucionaria jacobina, vista como destructora de las provincias y de las identidades regionales. El Imperio resuelve los consiguientes problemas relativos a la presencia de las poblaciones inmigrantes y a las reivindicaciones regionalistas: el Imperio concretiza el discurso diferencialista y comunitarista de la Nueva Derecha. 

Además, este imperio neoderechista es un contramodelo al del Estado-nación moderno. Aspira a liberarse de la historia. De hecho, esta concepción tradicionalista es fundamentalmente ahistórica en cuanto sagrada. Este carácter sacro estaba, para Guénon, íntimamente ligado a un elemento no-humano y suprahistórico, la Tradición. “La división espacial en áreas de civilizaciones y la división temporal en ciclos históricos resulta del desarrollo de las sociedades a partir de centros espirituales vivificados por una tradición, de origen suprahumano, de forma religiosa o no”.

Esta voluntad de reactivar un imperio es también geopolítica, como lo demuestra Maurice Duverger, ya que la idea de un imperio europeo abriría nuevas perspectivas geopolíticas:

“Extendida desde Irlanda hasta la desembocadura del Danubio y del Cabo norte a Malta, la gran Europa abarcará a principios del siglo XXI más de treinta naciones y más de 500 millones de hombres y mujeres. Formará el espacio imperial más grande del mundo, y no carecerá de instituciones que le permitan decidir de manera eficiente y rápida de manera colectiva. Pero no puede y no debe organizarse según el modelo de los Estados Unidos, cuyos 50 estados constituyentes no tienen el estatus legal, la importancia política y la tradición histórica de una nación real, que no existe sólo en términos de la federación. Ningún país del Viejo Mundo está listo para fundirse en un super-Estado que debilitaría la diversidad de instituciones públicas y de las estructuras económicas, de los partidos políticos y de las organizaciones sociales, de los conocimientos y de las creencias, de las culturas y comportamientos que hacen la riqueza de la civilización europea. Todo está en su lugar para un imperio republicano de un modelo inédito”. Así, el GRECE reconocía que “en un planeta mundializado, el futuro pertenece a los grandes conjuntos civilizacionales capaces de organizarse en espacios autocentrados y de dotarse de la suficiente potencia para resistir la influencia de los demás”. Así pues, esta voluntad de reactivar el Imperio no está únicamente fundada en el deseo de unir a los pueblos europeos, lo está también en la necesidad de contrarrestar la hegemonía del modelo liberal angloamericano.

El modelo imperial no es defendido exclusivamente por los neoderechistas o por los nostálgicos del Sacro Imperio Romano Germánico. Muchos politólogos, geopolitógos, economistas, juristas y profesores universitarios, muy respetables todos ellos, sostienen la idea de que “el imperio debe fundarse sobre una civilización, lo que implica la existencia de una civilización europea”.

Sin embargo, la concepción del Imperio de algunos neoderechistas como Alain de Benoist, difiere completamente del nacionalismo europeísta y fuertemente etnista, racialista-nordicista, heredero de las ideas de Saint-Loup, bastante presente, no obstante, en otras tendencias neopaganas o en los disidentes identitarios y nacional-revolucionarios que gravitan en la nebulosa de la Nueva Derecha. En la corriente identitaria, el Imperio identitario se confunde con la idea de “bloque étnico homogéneo”, es decir, con la raza blanca europea. En este caso, el Bajo Imperio romano, a partir del edicto de Caracalla que concedió la ciudadanía a todos los sujetos al imperio, sería un contramodelo identitario, porque este gesto provocó el mestizaje y la decadencia del Imperio romano. 

Este nacionalismo europeo etnicista se fundamenta en un par antitético: las patrias carnales prerrevolucionarias y el nacionalismo, ambos derivados de la Revolución, situando Hans Kohn en la Revolución francesa el origen de la contradicción, inherente al nacionalismo, entre su cara cívica ordenada a la autodeterminación personal y a las libertades del individuo, y su cara exclusivista, autoritaria y etnizante. Según Pierre-André Taguieff, “la primera presunción del nacionalismo ideológico es la existencia real de grupos humanos dotados de una autorrepresentación, es decir, de una identidad colectiva. No hay nacionalismo doctrinal sin la creencia en que los conjuntos culturales se distinguen realmente los unos de los otros, que ya se los defina o no como grupos étnicos”. Esta definición se aplica lógicamente a la visión europeísta de los movimientos paganos identitarios como el de Terre et Peuple. Pero debemos señalar y subrayar, finalmente, que los neopaganos de la tendencia “grecista” (neoderechista, línea Benoist) no entran en el marco general de esta tesis, puesto que su objetivo principal es “que su comunidad cultural indoeuropea sea capaz de suscitar un patriotismo continental, exento de chauvinismo”.

El regionalismo étnico y pagano

Un buen número de neoderechistas son ardientes defensores del arraigo étnico y regional. Así, el antiguo militante Jean Mabire, el cual comenzó a militar en el movimiento normando a finales de los años 40, afirmaba que “fiel al origen mismo de la identificación pagano/paisano (“paisano” en la acepción de “campesino”, del francés, païen/paysan, NdT), yo siempre he creído que el paganismo sólo era concebible en el arraigo. Es en el sentido de mi “patria carnal”, Normandía, en su unidad y en su diversidad, en el que siempre he sentido el paganismo, especialmente frecuentando algunos mágicos paisajes. Los más importantes para mí no son los políticos, los culturales, los históricos, sino, en primer lugar, los naturales”.

En efecto, ya en los años 70, una parte de la Nueva Derecha, especialmente Pierre Vial, Jean Mabire y Tristan Mordrel, defendía una forma de regionalismo étnico, el arraigo. Puede ser definido como una adhesión o apego identitario, es decir, al mismo tiempo étnico y sentimental, a una cierta forma de regionalismo. Este arraigo comporta, además, un aspecto völkisch bastante marcado desde el momento en que pone, por delante, la pertenencia étnica. En esa época, Alain de Benoist escribía este elogio: “En la base del regionalismo hay una actitud fundamentalmente sana: el deseo de arraigo. En una civilización cada vez más cosmopolita, siempre más igualitarista, y por tanto, siempre más anónima, es inevitable, e incluso deseable, que nazcan islotes de resistencia local y que se extienda progresivamente la idea de una Europa de las regiones”. Posteriormente, Benoist ha evolucionado hacia la defensa de una especie particular de localismo.

Este regionalismo étnico estaba presente desde principios de los años 60 en los textos de Jean Mabire, antes de su participación en Europe-Action. Mabire, no lo olvidemos, es de mayor edad que la mayoría de los primeros “grecistas” (militantes del GRECE), y por esta razón sirve de enlace entre esta generación y su precedente, la de los autonomistas-regionalistas. Así, el regionalismo de Mabire y Vial está marcado por el etnopluralismo europeísta de Marc Augier, conocido como Saint-Loup. En efecto, Jean Mabire reconoció, en 1966, que él se sentía “normando y europeo, todo en conjunto, más que francés”. Desde entonces, Mabire y sus amigos y camaradas defenderán un regionalismo étnico integrado en un europeísmo de tipo imperial.

En efecto, las primeras generaciones de regionalistas, frecuentemente de derecha, incluso en la extrema derecha, después de la Segunda guerra mundial, se oponían a la idea jacobina del Estado-nación, destructor de los particularismos regionales, concebidos como etnias. Este Estado es, para ellos, el persecutor de las minorías lingüísticas. Estas persecuciones se manifiestan en las prácticas de los maestros, los “húsares negros de la República”, prohibiendo el uso de las lenguas regionales y humillando a los niños que las utilizaban. Es, por otra parte, sintomático, que Mabire emplease, a propósito del Estado-nación, la expresión de “nación totalitaria”. Por consiguiente, el regionalismo se confunde, con frecuencia, después de finales del siglo XIX, con una forma de micronacionalismo deseoso de socavar la autoridad del Estado-nación, sobre el cual rápidamente surge el discurso étnico, en particular el argumentario de ciertas organizaciones paramilitares nacionalsocialistas, mutándose, posteriormente, por una defensa de los derechos de los pueblos.

Este deseo de enraizamiento étnico se opone, actualmente, y todavía más radicalmente, al mundialismo y al nomadismo practicado por las élites mundializadas, el “cosmopolitismo”. Así, Pierre Vial sostiene la idea de una VIª República francesa, confederada, que ofrezca la autonomía a las patrias carnales, copiada del modelo de los Länder alemanes, reunidos ulteriormente en un “imperio eurosiberiano”. Este modelo era preconizado por Jean Mabire en 1975. Resulta interesante saber que, según el soberanista Paul-Marie Coûteaux, el historiador Edouard Husson y, especialmente, el más soberanista Pierre Hillard, Alemania alienta, desde su creación, los movimientos regionalistas europeos para fundar una Europa etnocultural, destruyendo, en consecuencia, los Estados nacionales (todos, excepto el alemán, evidentemente). Esta política se habría proseguido actualmente a través de la Carta de las lenguas minoritarias, la Carta de autonomía local y regional, etc. De hecho, esta política va en el sentido de algunos regionalistas franceses del tipo Yann Fouéré y ciertos neoderechistas etnorregionalistas como Jean Mabire, Tristan Mordrel y Pierre Vial. 

Durante mucho tiempo alineado a la derecha, como los referentes regionalistas de la Nueva Derecha (Jean-Marie Gantois, Oliver Mordrel, Yann Fouéré, etc.), el regionalismo es defendido desde los años 60 por personas de izquierda, incluso de extrema izquierda, pasando, algunos de ellos, de la izquierda a la extrema derecha, como, por ejemplo, los nacionalistas corsos, lo que no clarifica, ciertamente, su posición ideológica. Existe, en efecto, dos olas de militantismo regionalista pagano: la primera, a principios del siglo XX hasta los años 60, amplia y claramente marcada por la derecha, y la segunda, a partir de los años 60, influida por las contraculturas (Mayo del 68 y el movimiento hippie, son dos claros ejemplos) y el marxismo, por tanto, marcados por la izquierda. Sin embargo, ambas defendían la idea de pueblo, en el sentido étnico del término: existe un pueblo bretón igual que un pueblo corso o vasco, identidades negadas por el Estado jacobino francés, pero también por los Estados español, inglés, belga…

El caso bretón es interesante, porque el regionalismo se confunde con la reactivación, a finales del siglo XIX, de un paganismo de contenido identitario. Esta polarización política de los movimientos regionalistas provocó divergencias y oposiciones en ocasiones violentas, especialmente a principios de los años 80, pero también algunas convergencias. Así, la idea de una federalización de Francia, tan querida por Pierre Vial y Jean Mabire, es también compartida por los regionalistas de izquierda, Bruno Etienne (islamólogo), Henri Giordan (lingüista) y Robert Laffont (occitanista), que defienden una concepción europeísta-regionalista. Estos regionalistas de izquierda fueron atacados por Jean Mabire y Hervé Glot desde 1975. Tristan Mordrel reiterará el ataque en 1984 en un artículo titulado “El arraigo en lo cotidiano”. Sin embargo, en 1975, Mabire había reconocido a estos grupos izquierdistas el derecho a la existencia. Veinte años más tarde, en 1999, Pierre Vial sostenía una posición ligeramente diferente. En efecto, él afirmaba que José Bové, “el militante izquierdista disfrazado de campesino del Larzac” servía a la causa identitaria al defender el derecho a la identidad.

Esta derecha identitaria o “folclorista”, simbolizada actualmente por Pierre Vial, y antes por Jean Mabire, defiende un etnodiferencialismo identitario radical: “¿Por qué “Tierra” y por qué “Pueblo”? Porque hay dos referencias que están directamente vinculadas a la noción de arraigo y de identidad que son separables: un pueblo necesita una tierra como lugar de implantación, de enraizamiento, pero combatir por una tierra no significa olvidar que lo esencial es la sangre que fluye por esta tierra, es decir, el pueblo, pues lo contrario sería un error mortal. Lo más importante, siempre, la principal riqueza, son los hombres apegados a la tierra, por tanto, la sangre, en consecuencia, el pueblo. Una Tierra, un Pueblo, es la mejor respuesta aportada a una cuestión como la inmigración: en nombre del derecho de los pueblos, del derecho a la identidad y a la diferencia, que cada pueblo viva sobre su tierra y todo irá bien, ya que entonces podrán instaurarse relaciones de paridad y de normalidad. En el mutuo reconocimiento de derechos entre unos y otros, y con la posibilidad de establecer fructíferos intercambios, en el respeto a los otros”. La influencia de Saint-Loup es flagrante. Pierre Vial se inscribe así en la continuidad de un Hans F.K. Günther, el “raciólogo”, cuando afirma que “desde un punto de vista antropológico, la población francesa está compuesta de mediterráneos, alpinos y subnórdicos, pero debe su parte más bella a los orígenes germánicos”. De ahí, los neoderechistas como Guillaume Faye y Bernard Marillier, extraerán el origen común indoeuropeo y el sentido espiritual pagano del amor a la tierra y a los ancestros. Era el mito de “una tierra, una lengua, un pueblo”.

Sin embargo, Jean Mabire se aleja, en la primera mitad de los años 70, de ese regionalismo que tiende hacia el micronacionalismo, afirmando que él era “autonomista, sin ninguna duda. Independentista significaría que quedaríamos aislados. En cuanto a la condición de regionalista, yo os daré la definición que elaboró mi amigo Olier Mordrel: un regionalista es un hombre que describe a un gato como un felino doméstico de tamaño pequeño, y que tiene miedo de comprometerse”. Pero Mabire seguirá fiel a los ideales de Saint-Loup defendidos por la asociación Terre et Peuple y la revista epónima. 

Los neopaganos franceses, contrariamente a otros Estados europeos, han ligado su paganismo con el combate regionalista. Así, los neopaganos de la Nueva Derecha se refieren frecuentemente a los regionalistas, bretones en particular, y citan especialmente a Yann Fouéré, a Guy Héraud y sus compromisos, al mismo tiempo, regionalistas y europeístas, así como a Morvan Marchal y, sobre todo, a Olier Mordrel, siendo estos dos últimos más o menos de tendencia pagana. Por tanto, existe un conflicto entre los neopaganos partidarios del Imperio romano y los druidistas que rechazan las referencias romanas en beneficio del celtismo. En efecto, los druidistas o celtistas son fervientes defensores del regionalismo. Se consideran como los herederos de los militantes de la causa bretona que, como Raffig Tullou, creyeron que la ocupación alemana permitiría el acceso de la Bretaña a la autonomía, incluso a la independencia. Sin embargo, y paradójicamente, estos druidistas también están influidos por el discurso republicado de finales del siglo XIX, que ellos rechazan, no obstante, cuando hablan de la Galia y de los galos (en el sentido de “nuestros ancestros, los galos”) de la IIIª República, que se identificaba mejor como heredera de los galos más que de los invasores francos, tiranos aristocráticos de origen germánico. Sin embargo, el término “galos” es una invención que Julio César utilizó en su texto La guerra de las Galias, cuando los especialistas hablaban de celtas y no de galos. Los romanos, antes que Julio César, empleaban el término “Galia” para designar a lo que los griegos denominaban “la céltica”, es decir, la zona de población que iba desde el Atlántico hasta Budapest. César usó esta palabra para designar una Galia cuya frontera oriental estaba delimitada por el Rin.

El druidismo de derecha, porque también hay una tendencia izquierdista encarnada, por ejemplo, por el cantante Gilles Servat, es fundamentalmente etnocéntrica. Considera el celticismo como un elemento constitutivo de la identidad nacional. Rechaza el Estado francés, culpable de haber anexionado el ducado de Bretaña en 1532, pero sobre todo de haber negado la identidad bretona después de la Revolución francesa. Esta negación de la identidad y este odio de Francia incitaron a los activistas bretones de los años 30, como Fransez Debeauvais y Olier Mordrel, a aproximarse a la Alemania nacionalsocialista, en vano por otra parte, mientras el gobierno de Vichy rechazaba la autonomía de Bretaña. Así, Yann Fouéré pudo decir que Mordrel fue deportado por orden de Vichy. Se hecho, no fue deportado, sino que se le asignó residencia en Alemania durante seis meses. Pero es cierto que este último, rechazando la Revolución francesa por considerarla en el origen de la negación de los particularismos regionales, provocará su exilio del gobierno de Vichy, el cual, por otra parte, llegaría a aceptar, de mal grado y sólo parcialmente, pero por reivindicación de su nacionalismo, la idea de las “patrias carnales”.

Este resentimiento todavía hoy está ampliamente presente y continúa siendo de naturaleza contrarrevolucionaria. En efecto, los regionalistas radicales bretones, identitarios, no entienden la ausencia de interés por su causa por parte de los responsables políticos franceses, en la consideración de una larga memoria que reenvía, según ellos, a una historia étnica que ejemplifica la de todos los franceses descendientes en línea directa de los galos, los celtas. Ven en esta actitud la acción de “la ideología de la Revolución francesa, que constituye siempre la armadura ideológica de la clase política dominante, que prohíbe cualquier resurgimiento de los particularismos en nombre de un universalismo por esencia nivelador. Es en nombre de ese universalismo que la clase político-mediática busca separarnos de nuestras raíces, hacernos amnésicos y robarnos el alma”.

Discurso de fuerte coherencia en el seno de la Nueva Derecha, que, por otra parte, nunca ha abandonado a pesar de la moda del “soberanismo nacional”, y que ha influido notablemente en las corrientes nacional-revolucionarias e identitarias de la derecha radical.

Según Jean-Yves Camus, en el discurso nacional-revolucionario (NR), el término “pueblo” es, ciertamente, utilizado con frecuencia como sinónimo de “etnia”. El contenido del término se define en oposición total con la definición comúnmente retenida por las derechas nacionalistas: pero, ¿qué nación? No los Estados-nación que conocemos actualmente y cuya realidad, en términos de mito movilizador, es cada vez más débil. Esta nación se define como un espacio supracontinental (una especie de “gran patria”) en el interior del cual el individuo se define por relación a una identidad étnica, una “pequeña patria”: «En la cabeza, es la Gran Europa, el Imperio Eurasiático de Galway a Vladivostok, la nación imperativa, la nación a construir. En el corazón, son nuestras patrias carnales, nuestras regiones, nuestro Flandes, nuestra Bretaña, nuestra Córcega, etc.» Según Guillaume Faye, «a cada cual su patria, nacional o regional (que debe elegir en función de afinidades íntimas y motivantes), pero a todos, la Gran patria, la de los pueblos hermanos reunidos (…) La Gran patria engloba orgánica y federalmente a las patrias carnales».

Partidaria del “rechazo de toda lógica asimilacionista o genocida” (etnopluralista o etonocida), la corriente NR adopta una actitud favorable a los regionalismos, autonomistas o independentistas, que quieren hacer explotar el Estado-nación. El espacio de desarrollo de las identidades absolutizadas ya no es el Estado-nación, sino una Europa federal en la cual cada etnia posea su autonomía estatal y cultural:

Los NR proponen una reconstrucción de Europa desde la base, conforme a la tradición comunalista de la que ellos son herederos. Una reconstrucción política a partir de comunas autónomas federadas en regiones autónomas, ellas mismas asociadas en confederaciones étnicas o y geopolíticas incluidas en una federación europea.  En el seno de este espacio, los pueblos tendrían relaciones definidas por una jerarquía de las solidaridades: en primer lugar, la de los individuos, en el marco de la «autonomía de diversos componentes territoriales y étnicas de estos bloques» y de «la solidaridad en el seno de cada pueblo entre sus miembros». A continuación, la de «los pueblos en el seno de un mismo bloque continental»; en fin, «la solidaridad de todos los pueblos en su lucha contra el imperialismo».

Por su parte, los Identitaires rechazan el Estado-nación en beneficio de una confederación de regiones con fuertes identidades, inscribiéndose en un “nacionalismo imperial gran-europeo”. Su regionalismo es heredero directo de los combates de los regionalistas de la derecha radical en las décadas precedentes, que rechazaban el Estado-nación jacobino francés.

Mathilde Forestier ha señalado, por ejemplo, las diferencias sobre la identidad entre los identitarios y los frontistas-lepenistas. Mientras que los Identitarios defienden una visión federal del Estado, que podría tener mejor en cuenta las especificidades locales, el Frente Nacional defiende una visión jacobina del Estado y de la sociedad francesa. Mientras que los identitarios piensan la identidad en tres niveles con un fuerte basamento en la identidad regional, la identidad nacional es el principal caballo de batalla de los frontistas. Esta diferencia determina el prisma a través del cual los dos partidos contemplan a la sociedad francesa y europea. Mientras que los frontistas-lepenistas defienden una representación soberanista de Francia y se opone a la idea de construcción europea, los identitarios defienden la identidad europea como uno de los tres niveles de identidad constitutivos de su discurso identitario. Así, los identitarios defienden una “Europa de los pueblos” y la construcción europea en sentido federal e imperial está en el núcleo de su pensamiento político.

Según Philippe Vardon, «la identidad defendida por los identitarios es plural y se articula en varios niveles: la identidad carnal (regional), la identidad histórica (francesa) y la identidad civilizacional (europea). Estas identidades son complementarias. Se puede entonces, por ejemplo, sentirse a la vez bretón, francés y europeo, o dálmata, croata y europeo, incluso bávaro, alemán y europeo. Cada una de estas identidades refuerza la otra y constituye un conjunto orgánico coherente». Reconociendo la identidad a tres niveles (local/regional, nacional y civilizacional), los identitarios entienden que debe darse a las regiones los medios para disponer de una mayor autonomía de decisión y para preservar sus tradiciones; desde esa óptica, proponen la federalización de las grandes naciones europeas y la construcción de una Europa federal respetuosa de las libertades e identidades locales.

La Nueva Derecha identitaria, con la excepción de algunas formaciones nacional-soberanistas, parece unánime en esta cuestión: un Imperio europeo federador tanto de las grandes naciones históricas, cualquiera que sea su forma estatal, como de las pequeñas patrias carnales.