Multipolaridad y sociedad abierta, por Pierre-Antoine Plaquevent


Multipolaridad y sociedad abierta: el realismo geopolítico contra la utopía cosmopolita. Pluriversum vs. Universum.

«El mundo no es una unidad política, es un pluriverso político”. Carl Schmitt (El concepto de lo político)

El mesianismo pospolítico de la sociedad abierta y la guerra civil mundial

George Soros y los globalistas designan su proyecto político mediante los términos de “sociedad abierta”. Para ellos, esta sociedad abierta constituye mucho más que un ideal político. Se trata, en efecto, de una revolución antropológica total que se dirige a transformar la humanidad en su conjunto y a abolir los históricos Estados-nación que todavía forman el marco normativo de las relaciones internacionales. Para conseguir este objetivo, los globalistas utilizan una forma de ingeniería social que actúa sobre las sociedades humanas de forma progresiva pero continua. Esta metodología ‒que apunta a una transformación furtiva e ininterrumpida de la sociedad sin el conocimiento de los ciudadanos‒ fue teorizada, en su momento, por los padres fundadores de la cibernética y del marxismo cultural. Hoy, es utilizada por las redes de Soros con una inédita eficacia en la historia contemporánea. Se trata de una concepción suprapolítica o metapolítica dirigida a disolver progresivamente la política y las prerrogativas de los Estados-nación en el seno de un “super-Estado” mundial que vendría a enmarcar y conducir la vida de la humanidad entera. Una humanidad concebida, desde entonces, como una sola ecúmene planetaria unificada e integrada. 

Esta noción de "sociedad abierta" es el resultado radical del proceso histórico de secularización que comenzó en Occidente desde el Renacimiento. Un proceso que se ha desarrollado en varias fases: Reforma. Ilustración, saint-simonismo, socialismo utópico, marxismo teórico, comunismo original y bolchevismo (que mutarán en el estalinismo y, después, en el sovietismo); marxismo cultural y freudomarxismo universitario post-1945 y, finalmente, liberalismo-libertario post-1968. Cada oleada de este movimiento de secularización más radical y profunda que la precedente. La “sociedad abierta” como proyecto metapolítico sintetiza todas las fases precedentes de este proceso de secularización. Opera también como vínculo entre el freudomarxismo antiestaliniano y la crítica liberal de los autoritarismos y del historicismo efectuada en su época por Karl Popper. Los historicismos platónico, hegeliano, marxista y fascista son sustituidos, por la sociedad abierta, por el imperativo categórico y teleológico de la convergencia de todas las sociedades humanas hacia un “demos” planetario único. La concepción geopolítica e histórica de un hombre diferenciado es sustituida por la concepción universalista y cosmopolita de una humanidad única y sin fronteras. El rechazo del historicismo propio de esta noción de “sociedad abierta”, desarrollada por Popper y radicalizada por Soros, conduce paradójicamente a un “historicismo del fin de la historia”. Un fin de la historia que quiere hacer converger todas las narrativas humanas y fusionarlas en una unidad mundial del género humano por fin realizada. Aquí no hay dialéctica entre lo “Uno” y lo particular, sino más bien la fusión y confusión de los particularismos en una unidad ubicua y planetaria.

Esta noción de “sociedad abierta” abarca muy exactamente ese universum que evocaba Carl Schmitt en su obra El concepto de lo político; un universum que, pretendiendo ser universal, tiende a negar la existencia misma de lo político que, por naturaleza es “pluriversal”. La “sociedad abierta”, en tanto que ideal del fin de las alteridades nacionales en vista de una paz mundial definitiva y utópica (en sentido literal) constituye una negación de la esencia de lo político según la definición de Carl Schmitt y el conjunto de pensadores conservadores. La “sociedad abierta” es, en efecto, una cosmopolítica que tiene como horizonte el fin de la geopolítica y el fin de la política.

De ahí su recurso a la ingeniería social y a la cibernética a fin de controlar, por medios pospolíticos, a las masas humanas desnacionalizadas que espera gestionar. Pero, a medida que la “sociedad abierta” disuelve el orden normal de las relaciones internacionales, parasitándolas desde el interior por la vía de las instancias supraestatales y transnacionales, se instala entonces una forma de guerra civil universal cuyas llamas no dejan de iluminar la actualidad. Lo testimonian los conflictos contemporáneos, que son cada vez menos guerras interestatales declaradas y más conflictos asimétricos e híbridos donde se enfrentan los “partisanos” y los piratas de una sociedad líquida universal en el seno de teatros de operaciones siempre más difusos, brutales y no convencionales. En el espíritu mundialista, estas guerras son los prolegómenos y los procesos necesarios hacia el cercano final de los antagonismos internacionales.

A medida que progresa el cosmopolitismo y su milenarismo antiestatal, también progresa la guerra civil mundial. Para frenar esta tendencia inevitable y de manera similar al comunismo de los orígenes, el ideal de un fin del Estado y una parusía pospolítica conducirá, de hecho, al retorno de una arbitrariedad más violenta que la que ningún Estado ha infligido jamás a sus ciudadanos en la historia. Si los Estados-nación son derrotados, entonces surgirá un Leviatán mundial de una brutalidad inédita y desenfrenada. Es este Leviatán liberal al que desafiaron los “chalecos amarillos” franceses. El Leviatán liberal protege a los migrantes de los que tiene necesidad como esclavos y para disolver las naciones, pero continúa ciego respecto a los franceses que se oponen a las consecuencias del mundialismo. El Leviatán macron-merkeliano necesita más migrantes para impedir las revueltas populares y convertirlos en sus auxiliares de policía contra los patriotas. Mañana, frente al riesgo de un contagio internacional de un retorno del nacionalismo, es el conjunto del Occidente liberal el que puede transformarse en Leviatán y, principalmente, la Unión europea, que nunca aceptará modificar su forma federal jacobino-globalista en una confederación de Estados-nación soberanos pero cooperadores. La esencia del mundialismo es el “populicidio”, cualquiera que sea su forma: sangrante bajo el jacobinismo y el bolchevismo, sonriente bajo su forma actual. La “sociedad abierta” es el populicidio bajo una sonrisa. Pero una sonrisa cada vez más nerviosa y contraída, como el rostro de un Macron frente a los “chalecos amarillos”.

La sociedad abierta y las fracturas geopolíticas contemporáneas

Frente a este proyecto globalista de una “sociedad abierta” transnacional, observamos una lucha siempre más afirmada en el seno del mundo occidental entre globalistas sorosianos (tipo Macron, Merkel o Trudeau) y una tendencia que yo calificaría de neooccidentalista (tipo Trump, Orbán o Salvini). Esta línea de fractura entre globalistas y neooccidentalistas atraviesa todo Occidente y se revela determinante respecto al futuro del sistema de relaciones internacionales. ¿Vamos hacia más integración globalista o la anglosfera y sus aliados quieren formar un bloque para contrarrestar una alianza estratégica eurasiática y la emergencia de un mundo postoccidental?

Para tener las manos libres en la guerra geoeconómica que se libra entre el imperio americano y sus rivales estratégicos eurasiáticos, es urgente, para los neooccidentalistas, contener la influencia interna que tienen en Occidente las redes de Soros, pero permitiéndoles actuar en el extranjero. Es decir, que pueden ser útiles para molestar a los gigantes terrestres que son China y Rusia en sus respectivos mercados. Como en Hong-Kong, en Ucrania, en Georgia, en Armenia y otros lugares, sobre estos pivotes-cerrojos del “Rimland” que rodea el “Heartland” eurasiático. Los neooccidentalistas (que no son exactamente los neoconservadores de la época de Bush) convergen, a veces, con los sionistas de derecha a fin de contrarrestar los vínculos que mantienen las redes de Soros y la izquierda israelita, aunque también pueden diverger, como lo ilustra la reciente evicción de John Bolton. En estas alturas del poder político occidental el viento sopla muy fuerte y cambia de dirección muy rápidamente...

Vemos aquí un eje Trump-Netanyahu enfrentándose a una izquierda internacional Clinton-Epstein-Barak-Soros. Y ese es sólo el punto más saliente de esta confrontación, porque en las cuestiones sociales más divisorias como el aborto, el comunitarismo LGBTI o la identidad nacional, estas dos orientaciones del mundo occidental se enfrentan y divergen regularmente.

En mi estudio sobre Soros, yo hablaba de una “unión y escisión en el seno del judaísmo político”, y esta línea de tensión no ha parado de crecer desde entonces. El muy influyente neoconservador Danil Pipes llega a hablar de una “frontal oposición entre el Estado de Israel y el establishment judío europeo”. Daniel Pipes acusa, así, a la izquierda judía de la diáspora, de rechazar la alianza que deberían establecer los judíos con los conservadores y los populistas occidentales; alianza que permitiría hacer frente a los enemigos de Israel y de Occidente que son la izquierda y el islam. Es la línea de denuncia del “islamo-izquierdismo”. Se trata de una estrategia dirigida a empujar a las naciones europeas hacia una alianza judeo-occidental americanocéntrica frente al cosmopolitismo sorosiano. Es una tendencia geopolítica que siempre ha existido en los Estados Unidos desde los años 50.

Robert Strausz-Hupé (de ascendencia judía y hugonote), padre, en cierta manera, del neoconservadurismo, teorizó la idea de una Europa decadente que debía ser salvada de las garras del Asia rusa, china y árabe. Para ello, Europa debía ser gestionada como una provincia del imperio americano, comparable al papel que tenía el imperio romano en las ciudades griegas respecto al imperio persa. Teorizaba también la idea de un imperio universal americano, avanzada armada de la democracia mundial. Una idea que será retomada por los neoconservadores del Proyecto por el nuevo siglo americano, a finales de los años 90.

Los neooccidentales como Trump (o su antiguo asesor Steve Bannon) son más realistas, menos idealistas y, por lo tanto, menos intervencionistas que los neoconservadores. Están menos interesados en la idea de un imperio americano universal que en evitar la descomposición de los Estados Unidos bajo el peso de sus contradicciones internas, si bien manteniendo una influencia americana lo suficientemente fuerte como para contrarrestar el ascenso de China y continuar a la cabeza del sistema de relaciones internacionales en el siglo XXI. Pero Trump no sostiene toda la estructura del poder americano, pues las tendencias globalistas y sionistas duras (enfrentadas entre sí) empujan a los Estados Unidos hacia sus agendas respectivas e impiden que Trump pueda cumplir plenamente sus promesas electorales relativas a un retorno al aislacionismo moderado.

Como podemos ver, el sistema geopolítico internacional está dividido en diferentes y grandes tendencias, cada una de las cuales busca imponer sus propias orientaciones geopolíticas, ideológicas y sociales.

Estas tendencias podrían desglosarse de la siguiente manera:

1/ Un panconservadurismo neooccidentalista promovido por la administración Trump y sus aliados en Europa, en Gran Bretaña y en Israel. Este panconservadurismo quiere tratar con consideración a Rusia frente a China, pero impedir una convergencia estratégica entre Europa y Rusia. Es, en cierta manera, el pensamiento de Samuel Huntington, ahora reactualizado. Los superficiales comentaristas rieron mucho la ocurrencia de Trump de comprar Groenlandia, pero además de ser la cabeza de puente estratégica sobre el océano Ártico frente a Rusia y Eurasia, hay que recordar que el mapa del mundo que proponía Huntington, en su libro El choque de civilizaciones, incluía precisamente a Groenlandia y los países escandinavos como parte de la civilización cristiana occidental en su clasificación de civilizaciones mundiales. Este panconservadurismo, que cada vez marca más puntos sobre el tablero occidental, ha experimentado varios parones recientes, desde las últimas elecciones europeas, con el escándalo Strache en Austria, el fin de la coalición entre la Lega y el M5S en Italia o incluso el Brexit en Gran Bretaña. Lo que demuestra el poder siempre intacto del europeísmo “sorosiano”. 

2/ Un puro europeísmo globalista "sorosiano", cuyo centro de gravedad político está actualmente encarnado por la pareja Macron-Merkel. De ahí el Tratado de Aquisgrán (tratado sobre la cooperación y la integración franco-alemana) firmado por Macron y Merkel. Este tratado contempla acelerar la constitución de un polo continental globalista integrado y un plan B para la Unión europea frente a los riesgos de desmoronamiento o incluso de un simple cambio de orientación de la UE que pueda favorecer el ascenso de los soberanismos en Europa. Un ascenso, de momento, frenado por las maniobras políticas en Italia, Gran Bretaña y Austria.

3/ Una integración geoeconómica eurasiática, cuyo principal motor es China y su voluntad de llevar a cabo el gran proyecto continental de las "nuevas rutas de la seda". Recordemos que este proyecto, denominado oficialmente “One Belt, One Road” (OBOR) tiene por ambición extenderse del Pacífico hasta el Báltico y que, además de China, se dirige a “64 países de Asia, Oriente Medio, África y Europa central y oriental”. Con un presupuesto de 800 a 1.000 millardos de dólares (seis veces el presupuesto del Plan Marshall), este proyecto podría permitir a China realizar lo que constituye el gran temor de los geopolíticos anglosajones desde siempre: la integración económica del continente eurasiático en torno a 2049, año del aniversario de la fundación de la República Popular China. Una integración económica que desplazaría el centro de los negocios mundiales de Occidente hacia Eurasia, pero con una Europa pilotada por China y no por la propia Europa o Rusia.

Por una cuarta orientación geoestratégica europea

Hay que ser realistas, en cada una de las tres opciones que acabo de enunciar, los que yo llamo pueblos “nativo-europeos” tienen un destino más de objetos que de sujetos políticos. La situación actual es muy peligrosa para nuestros pueblos a todos los niveles: demográfico, económico, cultural, civilizacional, religioso, de seguridad, etc.

En el plano de los valores y de una cierta voluntad de frenar la cultura de muerte mundialista, el panconservadurismo y sus aliados soberanistas aparecen como la mejor de las tres orientaciones, pero en el nivel de la política extranjera, con el parasitismo permanente de la línea dura del sionismo religioso, esta orientación se revela problemática para nuestros intereses geoestratégicos en Oriente Medio y en Eurasia. 

En cuanto al europeísmo de los Macron, Attali, Soros, Merkel, no se dirige a la constitución de una confederación de Estados-nación europeos con el objetivo de acceder a un nivel de potencia geopolítica superior, sino más bien a la creación de un espacio político y de un “demos” paneuropeos que sustituiría, finalmente, a las naciones históricas europeas en el marco de una gobernanza global. Este presunto soberanismo europeo se enfrenta a una aporía: ¿cómo conciliar cualquier soberanismo continental con el categórico imperativo kantiano de una Europa-región-mundo de una gobernanza mundial integrada? Este europeísmo es, ante todo, un cosmopolitismo maquillado por promesas de soberanía europea que jamás se cumplirán.

Peor aún, este euroglobalismo, que pretende ser universal, no lo es salvo para las potencias exteriores a Occidente. Potencias que tienen el derecho de rechazar el categórico imperativo sorosiano de una gobernanza mundial y de considerarlo como un nuevo avatar del colonialismo occidental. Sobre todo, este euroglobalismo desarma a Europa en la carrera mundial por la preservación, el mantenimiento e incluso la extensión de nuestros intereses en la lucha permanente que opone a las potencias geopolíticas entre ellas. Este euroglobalismo no es universal y no constituye una orientación geoestratégica entre otras, sino una orientación que podría resultar fatal finalmente para Europa y su conjunto. 

Como francés y como europeo, la visión, la brújula geopolítica que debería continuar guiándonos actualmente, creo que es esta idea siempre actualizable de un eje París-Berlín-Moscú y de una entente estratégica continental entre soberanismos no-alineados. Esta es la única opción geopolítica y civilizacional capaz de contrarrestar el euroglobalismo y la mortífera Unión europea de los Soros-Macron-Merkel, pero también de contener la anglosfera neooccidentalista y el ascenso de China. Entre la bestia del mar y la bestia de la tierra, entre Leviathan y Behemoth, sería bueno no tener que elegir a nuestro próximo amo…

Sólo una voluntad de poder y de cooperación eurorrusa (eurasiana) podría impedir nuestra inminente servidumbre o la difusión universal de la guerra civil mundial. Sólo la voluntad de poder y de cooperación eurorrusa podría impedir la división y la separación de los pueblos romano-germánicos y turco-eslavos en la guerra geoeconómica mundial entre neooccidentalismo, neoasiatismo y globalismo posnacional. En esta vía, Moldavia constituye la piedra angular de esta ambiciosa arquitectura geopolítica pero vital para el futuro de nuestros pueblos y de nuestra descendencia. Fuente: Geopolitica.ru