Las madres no tienen el monopolio de las familias monoparentales, por Bruno Décoret


Los políticos, generalmente, siempre tienen palabras para las familias monoparentales, que ellos asocian automáticamente a las “mujeres que crían solas a sus hijos”, anunciando, en ocasiones, que el Estado se hará cargo de las pensiones alimenticias no pagadas por los padres a las madres. 

Si bien el 80% de los hogares monoparentales están a cargo de mujeres, no debemos olvidar que también hay hombres que crían solos a sus hijos… Todo un descubrimiento que requiere algunas observaciones

Monoparentalidades

Asimilar las “familias monoparentales” a las “mujeres que crían solas a sus hijos” es bastante sorprendente en una sociedad que hace del respeto a la igualdad entre hombres y mujeres una de sus prioridades. Los políticos ignoran por completo la situación de los padres “en situación de monoparentalidad”, que existen realmente, aunque en menor número que las mujeres.

Vayamos más lejos y preguntémonos sobre la "monoparentalidad". Este concepto atrapa-todo designa situaciones extremadamente diversas. Las familias estrictamente monoparentales, es decir, aquellas en las que los hijos viven con uno de sus padres (generalmente la madre), sin que el otro (generalmente el padre) haya reconocido a los hijos, son cada vez más raras gracias al desarrollo de los métodos anticonceptivos y de la posibilidad legal del aborto.

Si la “gestación asistida” para mujeres solteras se generaliza y se legaliza, este tipo de hogares se convertirá en algo más habitual, pero este es otro debate. Así, queda el caso más general de una familia, con padre, madre e hijo o hijos, pero cuyos padres ya no viven en situación de conyugalidad y no residen en la misma vivienda. La expresión de “familia monoparental” es, entonces, impropia, puesto que hay dos padres. Debe ser sustituida por la de “hogares monoparentales”, recordando el plural que los hijos tienen siempre dos padres, pero que también pueden tener dos hogares. El término de “monoparental” está aquí también sujeto a caución, puesto que estos dos hogares pueden eventualmente acoger a otro adulto (pareja actual del padre o de la madre), creando así un “hogar biparental” que, no obstante, no será todavía una nueva familia, pues la recomposición familiar es un proceso largo y complejo. 

La pensión no lo arregla todo

Para los hogares parentales, mono o no, dos problemas esenciales se plantean: ¿cómo se comparte la educación de los hijos? ¿Cómo se reparte la financiación de esta educación? Es este segundo aspecto el que aquí nos interesa, pues el primero, salvo casos extremos, no requiere una intervención estatal. Cada vez es más frecuente, aunque todavía de forma minoritaria, que los hijos pasen tanto tiempo en el hogar de la madre como en el del padre, pues ambos tienen ingresos comparables, a lo que llamamos “residencia compartida” (los casos, por ejemplo, de custodia compartida). Esta fórmula no plantea problemas financieros, pues cada uno asume su parte en los gastos. Lo que resulta más complicado es el caso en que los hijos tienen la residencia principal en casa de uno de sus padres (frecuentemente, en la de la madre) y una especie de residencia secundaria en casa del otro, digamos que del padre. Aunque el coste educativo se reparta desigualmente entre los dos hogares, ningún padre paga el 100% y el otro el 0%.

En estos casos se abona una pensión alimenticia destinada a compensar la diferencia de cargas económicas; esta pensión es eventualmente sustituida o completada por una contribución en especie. La imaginería popular representa, por ejemplo, a un hombre rico que abandona a su mujer con una modesta asignación para sus hijos, negándose a pagar una pensión a su exmujer. Es, sin duda, la representación que también se hacen los políticos, pero hay más.

De hecho, la realidad es mucho más complicada. Hace algunos años, en una investigación universitaria, se observaba que el hogar secundario (frecuentemente, el del padre) era, a veces, el más empobrecido por la separación o el divorcio. Tomemos el clásico ejemplo de un hombre y una mujer de clase media que se separan. Los hijos continúan con la madre y el padre ‒que tiene unos pocos ingresos más que la madre‒ debe pagar una pensión alimenticia. También tiene derecho de visita para ver a sus hijos y pasar fines de semana alternos y la mitad de las vacaciones escolares con ellos, siendo responsable de recoger y devolver a los hijos a casa de la madre. Si el padre ejerce estos derechos supone alrededor de 100 días al año. Durante estos días, hay que mantener a los hijos, cuidarlos o pagar a alguien que lo haga cuando el padre está trabajando, pagar sus vacaciones; hay que costear una vivienda lo suficientemente espaciosa para albergarlos, una automóvil para los desplazamientos, y todo ellos sin ayudas familiares, sin deducciones en los impuestos, además de pagar la pensión por los 365 días al año. Hechos los cálculos, veréis fácilmente que es el hogar paterno el más penalizado.

Hogares secundarios penalizados

Por contra, si el padre no ejerce sus derechos de visita, el hogar materno sufrirá la mayor parte de la carga financiera. Sin embargo, es frecuente, a partir de esta configuración de cálculo, que el hogar principal siempre es el más penalizado. Pero esto no siempre es cierto: hay injusticias en un sentido o en el otro.

Cuando el Estado debe intervenir cubriendo la pensión es por dos motivos conocidos: el primero es que los deudores no tienen recursos, siendo la insolvencia la primera causa; el segundo es la falta de demanda de la pensión alimenticia. Por una simple razón: perseguir al padre o a la madre para hacerle pagar supone correr el riesgo de crear un conflicto o de agravar uno ya existente, lo que podría conducir al abandono total de los hijos por parte del padre requerido o perseguido.

La segunda causa de impago es la sensación de que la pensión es injusta o es utilizada ‒con razón o sin ella‒ por el progenitor acreedor en su propio beneficio o interés. A menudo será preferible aceptar una falta de financiación que crear, para sí mismo o para sus hijos, un nuevo problema. Con frecuencia encontramos a madres y padres que afirman “que ellos (o ellas) no pagan, pero así me deja en paz, lo cual no tiene precio”.

Un estudio del ministerio de justicia revelaba que, en 2014, el 12% de los padres/madres encuestados declaraba no recibir la pensión alimenticia y que el 6% la recibía de forma esporádica. Así que no habría más que un 18% de padres mal pagadores. En el mismo estudio, se leía que cuando los hijos vivían con su madre, percibían la pensión en el 84% de los casos, mientras que cuando vivían con su padre el porcentaje bajaba al 32%.

La ecuación simplista

La simplista ecuación “familias monoparentales” = “madres solas con hijos” = “pensión no pagada por los padres” = “empobrecimiento de las madres solas con hijos” está, por lo tanto, muy alejada de la realidad. Insistir en esta ecuación no sólo es inútil, sino que puede resultar perjudicial al reforzar los conflictos entre los padres.

Sin embargo, es legítimo abordar la situación, a veces dolorosa, de los padres separados y sus hijos. En lugar de un arsenal represivo más, existen al menos dos métodos preventivos probados. El primero, practicado por consejeros conyugales y psicólogos, consiste en ayudar a las parejas con hijos a intentar la reconciliación y reorganizar su vida para superar la crisis y encontrar cierta armonía. El segundo, en el campo de las mediaciones familiares, consiste en ayudarles a organizar su separación, cuando ella es inevitable, para que los hijos sufran lo menos posible. ■ Fuente: Causeur