Por qué el lenguaje inclusivo es exclusivamente ideológico, por Claude Simard


El lenguaje inclusivo no tiene ninguna justificación lingüística válida: confunde el entendimiento y destruye el equilibrio de la lengua. Pero en estos tiempos de depuración heroica, algunas feministas radicales han decretado que las lenguas son sexistas.

Estas ardientes combatientes del igualitarismo a ultranza se han dedicado a “desexizar” las lenguas para devolver a las mujeres el lugar que les corresponde entre las formas lingüísticas. El método para hacerlo lleva el edificante nombre de “lenguaje inclusivo”, habiéndose erigido la inclusión en ideal supremo de la Humanidad en este comienzo del siglo XXI.

Seamos buenos jugadores y admitamos que algunos procedimientos de feminización convienen para asegurar una representación más equilibrada de las mujeres y los hombres, sobre todo cuando las preconizaciones sugeridas afectan a las dos formas del lenguaje: el oral y el escrito. Para la designación de las funciones, designar explícitamente, sea por el determinante o sea por la forma misma del nombre, el sexo de la persona en cuestión parece muy juicioso: “Le cedo la palabra, señora ministra”. Ningún problema en este tipo de formulaciones.

¡Españolas, Españoles!; ¡Belgas, Belgas!
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Las cosas cambian cuando los usos propuestos no tienen más que una existencia gráfica y cuando, en su pronunciación, se crea un molesto efecto de redundancia por la repetición de la misma forma: “Los belgas y las belgas viven en Bélgica”. Para estos casos indiferenciados, así tendría que utilizarse este lenguaje.

El lenguaje inclusivo: la nueva fábrica de cretinos/as
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El panorama se ensombrece más cuando, para contrarrestar la regla de la economía lingüística que atribuye al masculino un valor genérico, las formas femeninas invaden la página a golpe de paréntesis, barras oblicuas, guiones bajos, mayúsculas o arrobas: “Lo(a)s ciudadano(a)s de aquí son trabajadores/as, inventivxs y acogedor@s”. Lejos de integrarse mejor en la lengua, el género femenino se convierte en un galimatías de letras superfluas y perturbadoras.

¡Y punto final!
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Para los textos corrientes, estos procedimientos de sobrecarga gráfico-gramatical llevan a la catástrofe en el plano de la legibilidad. En el caso de los textos literarios, terminan en una verdadera masacre cultural. Véase la traducción de género que se ha editado en 2018 del libro “El principito” de Saint-Exupéry, transformado en “La principesa” con su protagonista femenina correspondiente, donde la obra ha sido reescrita según los parámetros actuales con la idea de dotar a las obras maestras de la literatura de un nuevo significado inclusivo.

La cuestión se convierte en la Torre de Babel cuando nos ponemos a inventar estructuras lingüísticas o a prohibir palabras. Para recordar algo que ya se ha dicho, la gramática inclusiva ofrece la posibilidad de utilizar a la vez el pronombre masculino y el femenino: “Los/las turistas quieren visitar China. Ellos y ellas tendrán que sacar un visado”. Hay quien ha inventado también nuevos pronombres para utilizar en ese caso.

Pero la alucinación llega a su paroxismo cuando unas almas cándidas, en su esfuerzo por “desexizar” la lengua, exigen que se proscriba oficialmente las palabras consideradas sexistas como “patrimonio”. Estas palabras deberían ser eliminadas porque recuerdan de forma ominosamente masculina al latín “patrimonium” que significa “herencia del padre”. Ignoran que la gran mayoría de los hablantes utilizan la lengua en función de su estructura actual sin referirse a su historia. Muy pocos hablantes van espontáneamente a ligar la palabra “patrimonio” o “patria” a la etimología del latín “pater”. Incluso decimos “la madre patria”... ¡Y habría que plegarse a semejante delirio bajo pena de ostracismo!

El caso de la familia monoparental y la “monomarental”
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Desde hace unos años se está utilizando adjetivo “monomarental” para definir a las familias formadas por una mujer sola y sus hijos. Se usaba ya en trabajos de Sociología y Antropología, con afán de precisión y como reivindicación feminista; pero, después, la palabra ha ido apareciendo en más ámbitos como en la política y la administración.

Pero la creación del neologismo “monomarental” demuestra la ignorancia lingüística de quienes lo defienden. No saben que, etimológicamente, monoparental significa ‘un solo pariente’, palabra que puede significar tanto “padre” como “madre”. Tampoco parecen ver que si monoparental viniera de los masculinos pater o padre, debería aparecer la “t” o la “d”, como ocurre en sus derivados: patrón, patronal, patria, patriarca, padrino, etc.

Incluso desde un punto de vista feminista es ridículo censurar el término monoparental referido a la familia formada por una madre sola y sus hijos. Pariente viene del verbo latino parĕre (parir), y significaba ‘la que pare’, por lo que sólo puede ser la madre, aunque, ya en latín, se aplicó a ambos progenitores y, también, a los antepasados.

Un león, una leona; figura, vástago, tiburón, pantera
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El género tiene una relación con el sexo solamente en el caso de los seres animados, pero esta relación no siempre existe. En general, un sustantivo masculino lleva a un ser macho mientras que un sustantivo femenino lleva a una hembra: un tío, una tía; un león, una leona. Esta correspondencia tiene, no obstante, algunas excepciones, ya que puede suceder que un sustantivo masculino se aplique a una hembra e inversamente, que un sustantivo femenino nos lleve a un macho: “Charles Chaplin es una gran figura del cine”; “los tres vástagos eran mujeres”. Esta discordancia se observa a menudo en el vocabulario de los animales, donde el género puede designar con indiferencia al macho o a la hembra: una pantera, un lince, una rana... Son los sustantivos epicenos. ¿Cómo van a hacer nuestras Erinias de la ortodoxia lingüística para cuadrar el hecho de que el sustantivo femenino “persona” y el masculino “individuo” se utilicen ambos tanto en el caso de un hombre como en el de una mujer?

Es importante recordar que el género afecta mayoritariamente a los sustantivos inanimados y lo reparte entre el masculino y el femenino sin motivación precisa: se dice “un” sobre o “un” arma, pero también “una” fuente o “una” mano, según una convención puramente formal que, muy a menudo, no tiene ninguna relación con la realidad. El carácter arbitrario de la morfología del género en la lengua debería servir para meditar ante cualquier exacerbación del debate e invitar más bien a la circunspección y al discernimiento.

La diferencia tiene un sentido
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En el interior del sistema de la lengua, el género asume diferentes funciones además de la simple identificación del sexo. Por ejemplo, el género puede distinguir los homónimos: “el” mango y “la” manga, “el” capital y “la” capital. Contribuye a reforzar la cohesión de los sintagmas ligando formalmente el determinante y el adjetivo al nombre: un poeta africano, una profesora estudiosa. En algunos casos, la oposición de género puede servir para evitar una ambigüedad posible: leyendo o escuchando la frase “Oigo la melodía de un pájaro que me parece muy bonita” sabemos que, gracias a la concordancia de género, el adjetivo “bonita” se refiere a la palabra “melodía” y no al “pájaro”.

La feminización, como trabajo en lingüística, debe tener en cuenta el funcionamiento propio de cada lengua distinguiendo bien el género como categoría morfológica del sexo como categoría sociobiológica. El lenguaje inclusivo corrompe el debate por sus excesos que no tienen nada de lingüísticos, sino que se ofuscan más bien en la ideología y la sinrazón. Fuente: Causeur

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