Precarios y managers con el iPhone en el bolsillo. ¡Adiós, conciencia de clase!, por Diego Fusaro


La sociedad del espectáculo promueve la crítica superficial y, al mismo tiempo, evita la crítica real. Celebra la crítica, siempre que se convierta en una mercancía y, al mismo tiempo, proclame inmutablemente el objeto criticado. 

Por su esencia, el capital no intenta ‒a menos que sea forzado por la resistencia real encontrada‒ derrotar al enemigo, sino que busca apropiarse de su poder, poniéndolo de su lado.

En un tiempo, cuando el conflicto de clases pudo arrebatar derechos y conquistas a la altera pars, que era la parte dominante, la conciencia de clase se manifestó no sólo en la supuesta oposición a la reificación, consustancial con la lógica del capital, sino también en el rechazo incondicional de sus símbolos. Después de todo, no había nada más sencillo que distinguir a un proletario de un burgués observando cuidadosamente sus símbolos y su vestimenta.

Esta diferencia no sólo dependía del diferente poder adquisitivo. Estaba relacionada con las formas de conciencia y conflicto: vestir ciertas ropas (el chaquetón) y exhibir ciertos símbolos (el Che) eran gestos francamente políticos, que marcaban ‒en formas estéticamente apreciables‒ su lugar subjetivo en el campo del conflicto de clases.

El eclipse de la conciencia de clase está, por tanto, inevitablemente conectado también con la redefinición, a partir de los años setenta, de toda la humanidad como un único polvillo amorfo de consumidores postidentitarios diferenciados por el diferente valor de intercambio que poseen.

De esta manera, el nuevo "hedonismo interclasista" subrayado por Pier Paolo Pasolini tomó forma: en virtud del cual el contraste entre burgués y proletario se anuló falsamente a través de la homologación consumista de toda la sociedad. Como demostró Pasolini, "los hombres son conformistas y todos iguales entre sí según un código interclasista" que oculta las diferencias de clase, al igual que está trabajando con éxito para hacerlas cada vez más acentuadas.

El mito actual de la startupper [puesta en marcha] y del "autoemprendedor" no es más que la evolución coherente de esta práctica que, cancelando los límites de la lucha de clases, no la cancela realmente, sino que más bien contribuye a redefinirla como una masacre unilateral gestionada por el polo dominante recayendo inmediatamente sobre el subordinado, como he tratado de mostrar en Historia y conciencia del precariado (2018).

El polo subordinado, en lugar de oponerse al grupo dominante sobre la base de una conciencia de clase compartida, intenta emularlo, con la convicción de que ya forma parte de él: la sociedad se redefine como el reino de la competitividad absoluta, en el que todos son igualmente consumidores y empresarios de sí mismos.

El objetivo, una vez más, deja de identificarse en la lucha por el derrocamiento del orden asimétrico de producción: en cambio, comienza a verse en la competencia por la autoafirmación en el ámbito de la competencia planetaria entre startups individualizadas, impulsados todos ellos por el mismo ideal y la misma cosmovisión. 

El hecho de que, en una sociedad plenamente administrada, el precario y autocomplaciente "autoempresario" de su propio currículum y el alto directivo multimillonario lleven en el bolsillo el mismo smartphone de última generación o escuchen la misma música cosmopolita ‒o incluso lleven las mismas marcas (auténticas, en el caso del alto directivo, y quizás falsificadas, en el caso del trabajador intermitente)‒ no es ciertamente un indicio del fin de la división de clases de la sociedad: simplemente indica que así como esta división prospera como nunca antes (para tomar nota, sólo hay que comparar el salario del trabajador intermitente con el del alto directivo), la conciencia del polo dominado pide integrarse en el sistema blindado de explotación planetaria, del cual se hace la ilusión de ser miembro de pleno derecho. La sociedad se convierte entonces en un rebaño amorfo y homologado, policromado y cada vez más alienado: todos con el iPhone en la mano, todos seguidores de la religión del turbocapital. Traducción: Carlos X. Blanco Martín. ■Fuente: Il Fatto Quotidiano