Los católicos y la izquierda: ¡la verdad nos hará libres!, por Antonio Ríos Rojas


El sacerdote, si es un cristiano “de verdad”, debería compartir esa mirada moralmente superior de la izquierda ante seres desviados de Cristo que pretenden restringir o incluso abolir la atención sanitaria al desamparado inmigrante ilegal, o incluso elevar muros que separen a los seres humanos.

Planteamos un asunto tan fundamental como incómodo para un católico; un asunto que, de ser usted católico, probablemente haya pasado por su mente y lo haya dejado pasar como un viento fugaz; un asunto que quizás se haya presentado ante sus propias manos, habiéndolo dejado escurrir entre los dedos. Un problema muy incómodo que usted escamotea porque una respuesta al mismo implicaría una decisión vital fundamental y no una mera comprensión. De plantearse usted en serio este problema podría flaquear y peligrar su propia fe. El asunto es este: el mensaje de los evangelios que usted lee u oye proclamados en la misa por el sacerdote, ¿se acerca más a las llamadas izquierdas o a las llamadas derechas? Formulado de un modo aún más simple e inmediato: si Abascal e Iglesias coincidieran en una misa católica, a la hora de ser proclamado el Evangelio, ¿quién miraría a quién con ánimo de vencedor?

Si las misas, en lugar de ser visitadas masivamente por votantes del Partido Popular o de Vox, lo fueran por votantes de Podemos, se llevarían estos la sorpresa de que la inmensa mayoría de las lecturas del Nuevo Testamento coinciden con su ideario, y dirigirían despreciativas sus entrenadas miradas de soberbia contra los moralmente inferiores, los votantes de Vox o PP sentados en los bancos de al lado. Pensarán que el sacramento de la confesión sólo ha sido inventado para estos pobres diablos, quienes a través de él multiplican sus fechorías de seres inmoralmente inferiores. El sacerdote, de creer lo que está leyendo, de ser ‒como se espera‒ un cristiano “de verdad”, también debería compartir esa mirada moralmente superior ante seres desviados de Cristo que pretenden restringir o incluso abolir la atención sanitaria al desamparado inmigrante ilegal, o incluso elevar muros que separen a los seres humanos. De hecho, hace tan sólo unos días, la conferencia episcopal, con motivo de la conmemoración de los treinta años de la caída del muro de Berlín, lo ha dejado claro: “no es cristiano elevar muros que separen a los seres humanos”. Podríamos quitar, por lo tanto, el muro de Ceuta o de Melilla. A ver qué pasa. Y a ver qué les pasa, eso sí, muy a la larga, a los mismos obispos.

Un cristiano fundamentalista es aquel que cree que los evangelios reflejan la verdad de lo supuestamente dicho y hecho por Jesús de Nazaret; y ese mensaje de Jesús es inequívocamente igualitario y universalista. Bajo estos dos pilares, el cristiano fundamentalista vendría a concordar plenamente con el armazón ideológico de la izquierda (hoy la izquierda posmoderna introduce un elemento añadido a los dos ya mencionados, el “multiculturalismo”, de acoplo fácil para las mentes demoledoramente posmodernas). Así, universalista e igualitarista se presentó, y aún se presenta, el comunismo, que toma del cristianismo fundamentalista el mismo esqueleto. Los asuntos que separan a la Iglesia católica del ideario de la izquierda posmoderna (aborto, eutanasia, etc…) son asuntos menores en comparación con el mantenimiento básico del esqueleto.

Ante esta perspectiva es hora de tomar en serio, o de plantearse al menos, la denuncia que, autores como Pierre Krebs, hacen del cristianismo como enemigo principal de Europa. Sin embargo, y a modo de paréntesis, creo de justicia disentir y matizar en parte  con este escritor prohibido, quien basándose en Nietzsche, habla de “judeocristianismo” y no de “cristianismo” como el mal de Europa. El universalismo y el igualitarismo que caracteriza al cristianismo y a la izquierda no tiene su raíz en la religión judía, sino en la cristiana. Al autor francés le falta la gallardía de desvincular al cristianismo del judaísmo, como realmente se desvinculó con san Pablo (pese al martilleo en sentido contrario de Nietzsche). Repito, el universalismo igualitario no forma parte del fundamentalismo judío, sino del fundamentalismo cristiano. Las profecías escatológicas de Isaías (capítulos 24-27) que tanto obsesionan a san Pablo, emplaza a sólo un puñado de gentiles a la conversión, no habiendo ninguna pista seria en Isaías para una comprensión ‒y menos aún para una conversión‒ universal del mundo. La religión hebrea intenta mantener siempre su idiosincrasia e identidad y por ello mismo un criminal nazi como Adolf Eichmann aprendió hebreo y conoció la Torá como un judío más, admirando esa religión que era para él modelo de supervivencia racial e identitaria. No es necesario recordar para qué fines diabólicos lo aprendió. 

Es el cristianismo fundamentalista y originario, es decir, aquel que cree a pies juntillas en las supuestas palabras de Jesús, el que es en sí mismo un imán de suicidio colectivo, de suicidio universal. Ese cristianismo originario (que en buena medida inventa san Pablo a su gusto) se alimentó con la certeza escatológica de la inminente segunda venida de Cristo, que traería por fin un Reino de Dios en el que sólo sobrevivirán  los justos. El cristiano de aquella época, necesariamente fundamentalista, creía que el retorno de Cristo y la irrupción de su Reino era cuestión de días; ¡qué importan las posesiones, qué importan las sociedades, qué importan las seguridades o el realismo, cuando el fin es tan inminente! “En verdad os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19, 23). El Reino de los cielos no excluye por género, raza o número de crímenes, excluye por las riquezas. Es un ideario comunista de libro pese a los encajes de bolillos que perpetran hermeneutas, exegetas y predicadores de tres al cuarto. “Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno” (Hechos, 2, 44-46). Otro ideario comunista de libro, pese a los encajes de bolillos de los citados “expertos”. El comunismo se alimenta del mismo sentido urgente y apocalíptico que el cristianismo originario. La dictadura del proletariado no es sino el Reino de Dios sin Dios. Qué importan las propiedades si la salvación –cristianismo‒ y la felicidad –comunismo‒ están garantizadas cuando nos despojamos de ellas. Cuando Rousseau sostiene que “el mal del mundo comenzó cuando alguien dijo por vez primera, esto es mío”, o cuando Pablo Iglesias proclama (claro está, antes de ser propietario del “casoplón”) que “la propiedad privada es inmoral”, no hacen sino seguir el espíritu apocalíptico de los primeros cristianos.

El cristianismo primitivo, originario, que es el que queda establecido por san Pablo, lleva en sí una incalculable carga explosiva contra la realidad. La idealidad desmesurada con la que se “roza el reino de los cielos” toca a la vez la palanca de disolución del orden social y de la naturaleza humana. Fue y es, como digo, un imán de suicidio colectivo de sociedades establecidas. Y usted se preguntará ¿si esto es así, por qué ha sobrevivido el cristianismo dos mil años? Evidentemente porque al pactar con el poder más fuerte del momento, el Imperio Romano, la Iglesia traiciona sus principios fundamentalistas y suicidas para abrazar el realismo y la supervivencia. Es entonces cuando el cristianismo deja de ser tal y se convierte en cristiandad, instaurándose el tiempo del cristiano realista contra el tiempo del cristiano fundamentalista. Encuentra en el Imperio –y el imperio encuentra en él‒ el molde perfecto para ambos, el molde imperial, esto es, universal. Sin embargo, la cristiandad (política), al igual que la mayoría de los hombres individuales, no puede vivir sólo de razón y realismo; para que la vida de la cristiandad, como la vida del hombre, sea más completa, menos estrecha y empobrecida, tiene que insertar elementos mágicos que le garanticen una larga existencia. Esos elementos mágicos los toma la cristiandad básicamente del cristianismo fundamentalista –aunque no sólo de él‒ dogmatizando así con ello la magia a través de concilios, filosofías, teologías, etc… Se abre el tiempo del teólogo contra el tiempo del místico; del cuerdo-loco contra el loco de remate.

Es desde este espíritu de una cristiandad que necesita leyes y armas para defenderse de los enemigos interiores y exteriores, desde el que toman el verdadero sentido de su existencia partidos políticos como Vox. Es el realismo y la necesidad de conservar,  sostener y mejorar las sociedades existentes, lo que mueve a estos partidos defensores de la cristiandad pero no del cristianismo fundamentalista. Así las cosas, Vox no es tanto el partido contra la eutanasia individual cuanto el partido contra la eutanasia social o colectiva que preña todo el mensaje idealista del cristiano “puro” y de la izquierda moderna y posmoderna. Esto debe reconocerse con todos los riesgos.

Pero no se olvide una cuestión: cuando el Imperio y los imperios caigan y cuando después lo hagan la soberanía de las naciones como consecuencia de haber retornado al espíritu suicida del fundamentalismo cristiano, lo que queda en el aire es el olor de la explosión, el olor a dinamita, a pólvora, pues ha triunfado el universalismo idealista y demente del fundamentalismo cristiano, el universalismo en el que el lobo habita con el cordero. Es desde ese olor a pólvora ‒que se confunde con el olor a incienso‒ desde el que sonríen triunfantes los cristianos votantes de Podemos o del Partido Socialista, dirigiendo sus miradas de desprecio y de venganza contra los descarriados del fundamento, contra los malvados e ignorantes votantes de Vox o PP, realistas, patriotas o imperialistas.

Usted puede observar o imaginar ese cruce de miradas, pero es hora de que también usted analice y someta a juicio sus propias creencias. No se preocupe en exceso, pues cuenta con una ayuda inestimable: un sistema teológico entrenado en acoplar razón y magia, cordura y locura, a fin de corregir las tendencias de destrucción y pacífico suicidio colectivo que residen en el seno mismo del cristianismo. Cuenta usted además con una eficaz herramienta multiusos como es el “Espíritu Santo” que, soplando donde quiere y cuando quiere, repara igual un roto que un descosido. Use las herramientas que quiera, pero someta su fe a juicio, pues sólo la verdad nos hará libres.