Occidente ante el concepto de islamofobia, por Mathieu Bock-Coté


Existe un inmenso malentendido alrededor de la cuestión de la islamofobia, y no parece que se vaya a disipar pronto. 

Que haya que reconocer la existencia de algo parecido a un odio hacia los musulmanes en nuestra sociedad, pudiendo llegar al horror absoluto como sucedió en enero de 2017 en el ataque a una mezquita en Quebec, es un hecho y debe ser vigorosamente combatido, incluso si hay que precisar que se trata de un fenómeno marginal que no compromete de ninguna manera a la población en su conjunto. Pero que haya que conceptualizar este odio hablando de “islamofobia”, es ya más incierto. Esta cuestión, evidentemente, no trata solo de vocabulario: enmascara un conflicto político e ideológico que no conseguimos todavía descodificar ni comprender bien. La cuestión de la islamofobia es muy confusa en el mundo occidental y el último ensayo de Pascal Bruckner Un racisme imaginaire: islamophobie et culpabilité (2017) tiene el inmenso mérito de aportar aclaraciones.

Bruckner mismo es el primero en constatarlo: “el vocablo islamofobia ha entrado en el léxico mundial”. Pero no queda convencido, ya que este término confunde la realidad más que la aclara. “Puede suceder que las lenguas enfermen”, nos dice también Bruckner. ¿Qué debe designar este vocablo? ¿El odio hacia los musulmanes? ¿La desconfianza ante una civilización que ha conocido numerosos conflictos con el mundo occidental a lo largo de los siglos? ¿La constatación de la difícil integración de las poblaciones musulmanas en Europa? ¿La crítica del islam en sí mismo? ¿O incluso la crítica al islamismo? El concepto de islamofobia mezcla estos fenómenos para fundirlos en una sola y misma realidad. Entre un gamberro que ataca salvajemente en la calle a una mujer con velo, un político que critica el velo islámico y un filósofo que critique el núcleo teológico del islam, habría una diferencia de gradación, y no de naturaleza. La cuestión es la siguiente: ¿se tiene todavía derecho a criticar el islam?

Para Bruckner, “la acusación de islamofobia no es otra cosa que un arma de destrucción masiva del debate intelectual”. La modernidad occidental se ha construido a través del cuestionamiento de todas las certitudes, cualesquiera que sean, y se presenten o no como verdades reveladas. Como lo escribe Bruckner, “tenemos derecho, en un régimen civilizado, a rechazar las grandes religiones en su conjunto, de juzgarlas pueriles, retrógradas, alienantes”. Y ninguna religión tiene derecho de inscribir su definición de blasfemia en el derecho, sobre todo cuando son normalmente los integristas de cada religión, particularmente sensibles a la menor broma, que quisieran definir públicamente los límites de lo que se podría decir sobre ese tema. Sería así que se permitiría a las minorías ideológicas tiránicas e intolerantes limitar el espacio público a partir de sus propios dogmas haciendo pasar por espíritus mezquinos a aquellos que no se someten a esos dogmas. Un poco más y se restaura el pecado de descreimiento.

Se nos podrá decir que la islamofobia señalaría una crítica exagerada e injusta del islam. Pero, ¿quién distinguiría entre una crítica legítima y una crítica ilegítima? ¿Entre una crítica justa y una crítica injusta? ¿Acaso el gobierno debería encargar a un colegió de teólogos que vigilara públicamente sobre la crítica pública del islam y, más ampliamente, la de las religiones? ¿Y qué hacer con los ateos militantes que luchan contra la idea misma de Dios? Vayamos un poco más lejos en esta lógica: ¿acaso cada religión tiene derecho de transformar en fóbicos impresentables sus oponentes virulentos o sabios? ¿Se debería entonces hablar de catofobia? ¿De protestantofobia? ¿De ortodoxofobia? ¿De budistofobia? Se ve hasta dónde puede conducir esta lógica. Y, en este espíritu, en la medida en la que el Estado no está en posición de distinguir entre las verdaderas religiones y las falsas, ¿las doctrinas políticas mismas podrían reclamar el mismo derecho? Al final, serán los humoristas a los que se hará callar, puesto que cualquier broma pesada puede herir la sensibilidad de un creyente. De hecho, algunos ya han tomado las medidas extremas para hacerlos callar. 

Bruckner hace esta reflexión a la luz de una investigación que ha realizado durante décadas, desde Le sanglot de l’homme blanc en 1983 pasando por La tyrannie de la pénitence en 2006 hasta la presente obra. Occidente es cada vez menos capaz de defenderse contra aquellos que lo rechazan globalmente y lo juzgan. En la batalla por imponer el concepto de islamofobia y criminalizar de una manera o de otra lo que cubre, Bruckner ve una radicalización de la tentación victimista que domina la sociología contemporánea: ¡soy una víctima, luego existo! A Occidente le gusta odiarse y tiene tendencia a pensar bien de aquellos que lo vituperan. Se ve a sí mismo noble por encontrarse tan abyecto, así como se encuentra bello de verse tan feo: aquellos que adoptan semejante postura, ¿no tienen ahí la prueba de su superioridad moral? De ahí la sacralización de las minorías que se presentan como las grandes excluidas de una civilización que debería realizar penitencia desde ahora. Pero quizás habría que hablar menos de Occidente que de intelligentsia progresista occidental, que domina los medios de comunicación y la universidad, y que impone los códigos de la respetabilidad en la vida pública. 

El genio estratégico del islamismo, bajo varios puntos de vista, viene de su capacidad de desviar el imaginario occidental en beneficio propio. Como lo señala Bruckner, llega a hacerlo primero en el plano histórico, dejando creer que la islamofobia sería la continuación del antisemitismo en lo que se cree pudiera ser la larga historia de la alergia occidental a la diferencia. Siempre, Occidente tendría necesidad de perseguir al “otro” y tendría incluso la tentación de erradicarlo. Desde este punto de vista, y por efecto espejo, aquellos que critiquen el islamismo hoy serían, incluso sin saberlo o quererlo, los sucesores de los nazis de ayer. Después, en el plano jurídico lo consigue también presentando sus reivindicaciones comunitaristas en el lenguaje de los derechos humanos. Nuestras sociedades están mentalmente desarmadas ante esta maniobra: se les presenta el velo, el niqab o el burkini como simples reivindicaciones vestimentarias individuales y se sienten obligadas de parecer que se lo creen. En Canadá, se podría añadir, una mujer puede prestar juramento de ciudadanía vestida con niqab, sin quitárselo en ningún momento, en nombre de los derechos humanos. Se ve incluso mujeres políticas llevar el hijab como una forma de gesto de apertura por respeto a los musulmanes, sin ni siquiera darse cuenta de que se endosa esta extraña visión política que refleja que una “buena musulmana” es una musulmana con velo. 

De hecho, en relación a los signos religiosos visibles es cuando Bruckner escribe sus páginas más agudas y perspicaces. El discurso mediático dominante presenta estos signos como si fueran marcas de pudor y de virtud (el velo representaría la otra cara de la minifalda). Al impudor sexual del Occidente liberal respondería el pudor vestimentario del islam conservador. Bruckner muestra más bien cómo los símbolos como el velo islámico son sobre todo marcadores identitarios para ocupar el espacio público y apropiárselo permitiendo al islam radical definir sus propias condiciones de participación en la vida común, sin tener que plegarse de ninguna manera a las costumbres occidentales. El velo sirve para señalar a las mujeres, para encerrarlas en un comunitarismo a su pesar, muchas veces, poniéndolas al servicio de una ideología militante. Es la muestra del islamismo sobre el islam, lo que no quiere decir que aquellas que lo llevan sean necesariamente islamistas, por supuesto. Se puede decir que representa a la vez la sumisión de la mujer al hombre y de Occidente a un cierto tipo de islam. Habría que ver más bien en esos símbolos un tipo de exhibicionismo identitario. Esto implicaría de todas maneras el volver a aprender a pensar en las culturas y las costumbres a nivel político. 

El islamismo, en otras palabras, se apoya en el multiculturalismo para avanzar. Pero no es lo único que Bruckner reprocha a este último. Bruckner acusa al multiculturalismo de encerrar a cada uno en su cultura de origen, como si le estuviera prohibido salir para inventarse de otra forma. El multiculturalismo, dicho de otra manera, transforma a cada uno en una muestra representativa de su grupo de origen: agrupa las pertenencias encadenando simbólicamente a las comunidades. La promesa de la modernidad occidental es otra, recuerdan los filósofos: el individuo debería poder escaparse de todos los determinismos y ser soberano, dueño de sí mismo y de su destino. Suele gustar decir que el islam podría representar una oportunidad para el mundo occidental. Bruckner le da la vuelta a la propuesta: Occidente sería una oportunidad para los musulmanes que quisieran modernizar su religión y su práctica, en la medida en que aquí podrían privatizar su religión y transformarla en simple espiritualidad (en nuestro mundo, no se trata tanto de saber en qué se cree sino cómo se cree, en cierta forma). Nuestra civilización es la de la emancipación del individuo. Se define por “la impaciencia de la libertad, la exigencia del derecho, un estilo de vida que reúne el amor por la existencia, la consecución del bienestar y la autorrealización individual”. 

Encontramos así el individualismo liberal que atraviesa la obra de Bruckner y que hace a la vez su grandeza y su debilidad. Ya que este último, como lo reconoce él mismo en voz baja, no es suficiente para definir un país o una civilización. Brucker se muestra así severo hacia la herencia sesentayochista: “Habría que reescribir un día la historia del hedonismo del 68 a la luz de los acontecimientos actuales: su culto ingenuo al instante; su querer todo enseguida, bien adaptado a la sociedad de consumo; su rechazo a la procreación y su indiferencia hacia el futuro han precipitado Europa en el déficit demográfico y la duda. La cultura del disfrute ha ido pareja a la promoción del arrepentimiento y el debilitamiento de las defensas inmunitarias”. En el mismo espíritu, se dice que la democracia se defiende mal si no cuenta más que con sí misma. Tiene necesidad de una forma de trascendencia y de recursos existenciales que no se encuentran en su imaginario. La herencia del antitotalitarismo en el siglo XX nos recuerda la parte sagrada de las naciones y las civilizaciones. De Gaulle, Churchill y Solzhenitsyn no eran sólo unos modernos. Nuestro mundo no debe condenar el arraigo en nombre del cosmopolitismo, y no debe hacer tampoco a la inversa. Debe permitir cohabitar a estas dos aspiraciones del alma humana.

Un racismo imaginario es un libro indispensable, brillante, donde se encuentra el increíble sentido de la fórmula del autor, que sabe definir en pocas palabras el espíritu de nuestro tiempo. Bruckner, en otras palabras, recupera con habilidad el momento histórico que es el nuestro y da una idea de lo que podría ser un patriotismo occidental que defienda la parte no negociable de nuestra civilización. Pero nos equivocaríamos si no decimos hasta qué punto este libro es valiente –es el de un hombre de otra tierra, que ha tenido que sufrir un juicio en su país por haber reprochado a una parte de la izquierda antirracista su complicidad con el islamismo. Afortunadamente ha ganado. Pero no se critica al islamismo sin arriesgarse mucho hoy en día. Lo sucedido con Salman Rushdie no debería alejarse nunca de nuestros espíritus. Lo mismo con lo que pasó con los dibujantes de Charlie Hebdo. La política ha vuelto a ser una cuestión existencial: la melancolía democrática del día siguiente a la Guerra Fría ya ha pasado. Hemos entrado en un tiempo trágico. Bruckner, con una reflexión tan penetrante como vigorosa, nos permite comprender mejor la cuestión del islamismo, que se desarrolla bajo el registro del terrorismo o de la conquista ideológica. Se verá con razón una llamada a defenderse contra un enemigo decidido a someternos. Fuente: Journal de Montréal