Sin arraigo, un pueblo está condenado a desaparecer, por Patrice-Hans Perrier


En una época en la que nacionalismo y mundialismo se enfrentan en el marco de la guerra de las comunicaciones, es importante dejar a un lado las ideologías mortíferas que nos impiden retomar contacto con la realidad de toda ciudadanía que se respete. 


Es un ciudadano aquella persona que forma parte de una colectividad arraigada en un determinado territorio. Pensar en la nación, por encima de los debates ideológicos, es plantearse la cuestión inevitable del arraigo.


La cuestión del territorio. El espacio de la colectividad


La ciudadanía es a la colectividad lo que la independencia es al hijo que se convierte en adulto. La ciudadanía es federadora, es decir, que añade los habitantes de un territorio dado al hilo de un modus vivendi que toma la forma de una constitución o de lo que se le pueda parecer. Aquella persona privada de su ciudadanía se convierte en apátrida y debe, en consecuencia, retirarse puesto que no respecta el pacto social. La ciudadanía permite a la convivencia ser más que una vaga petición de principios a partir de la ordenación de un territorio, de la organización de las fuerzas vivas en ese momento. El filósofo Martin Heidegger reflexionó mucho sobre la problemática del arraigo y propone la cuestión identitaria en términos de organización de los espacios de vida que compartimos por la fuerza de las cosas con nuestros allegados y... no tan allegados.

Hay que tomarse la molestia de leer (o releer) Essais et conférences, una obra fundamental del gran filósofo alemán. El texto titulado Construir, habitar, pensar trata sobre el alojamiento como base del acto fundamental de ocupación del suelo. Habitar un espacio es proyectarse a través de una vivencia que ambiciona transformar nuestras fuerzas vivas para permitir nuestras potencialidades en gestación. He ahí por qué Heidegger habla de “organización”, en el sentido de trabajo, ya que un espacio de vida lo es todo salvo un espacio de concentración. Se trata de cerrar y de proteger las “fuerzas de la vida” para que puedan tomar apoyo sobre un espacio de realización tangible.

Hace más de medio milenio que el pueblo canadiense-francés –o francés de América– ocupa de forma dinámica un territorio tan grande como Europa central. La nación canadiense-francesa (Quebec) se arraigó en las dos orillas que bordean el río San Lorenzo y ha dado vida a innumerables ideas que han construido el proyecto de nuestros antepasados a través del territorio menos conocido, más allá de las vías de penetración del continente. Esta nación ocupa un territorio inmenso que se limpió de maleza, se trabajó y se sembró a lo largo del proceso de gestación del país. Estamos arraigados hasta el sustrato de un territorio que lleva en él las potencialidades del país real y nuestra resiliencia atestigua la fuerza de este arraigo gradual.

Construir el país real

Heidegger continúa su reflexión advirtiendo de que “solamente cuando podemos vivir, podemos construir”. Vivir significa, entonces, ocupar un espacio de vida, de la misma forma que una persona puede estar habitada por una idea, un deseo o un sentimiento. En la forma en la que lo comprendían los antiguos pensadores griegos; la residencia es el lugar donde la existencia humana está en medida de arraigarse, de desarrollarse. Es ese todo el sentido de residir.

Heidegger continúa insistiendo: “Habitar, vivir con seguridad, quiere decir: encerrarse en lo que nos es conocido, es decir, en lo que es libre y que organiza todas las cosas en su ser. La característica fundamental de la habitación es esta organización”. Hay que comprender, pues, que un abrigo nos sirve para protegernos de la intemperie y nos permite organizarnos, organizar allí nuestras fuerzas vivas. He ahí por qué la nación puede ser comparada a ese abrigo, ese hábitat fundamental que es necesario para que una colectividad pueda desarrollarse, en definitiva. El mundialismo trabaja como una centrifugadora que pulveriza el asentamiento de la nación, llevándose los sedimentos de la memoria colectiva, mientras que la ciudadanía es desposeída de sus prerrogativas. Es el proceso de la alienación de toda ciudadanía el que está en juego en este debate que nos ocupa.

El “país real” representa el conjunto de los trabajos de ocupación de la tierra. La persona que cultiva la tierra puede, justamente, ambicionar poseerla con el objetivo de erigir un espacio de vida. Canadá, en el momento de realizar nuestro análisis, no es un país, sino más bien el dominio de una potencia neocolonial siempre al mando. El hecho de que el gobernador general –mandatario de la Reina de Inglaterra– pueda disolver la Asamblea nacional en cualquier momento, constituye la prueba irrefutable de nuestra servidumbre de colonizados en un contexto donde el parlamentarismo británico no es sino una cortina de humo, en definitiva. Vasto conjunto de territorios conquistados, el dominio de Canadá aspira a incluir grupos incesantes de una inmigración destinada a servir de “ejército de reserva” para el gran capital apátrida que dirige la actividad económica al norte de Estados Unidos. Este dominio parece un gran campo de trabajo y la inmigración masiva sirve para impedir cualquier forma de arraigo: es lo que explica la extraordinaria fuerza de un multiculturalismo promovido al rango de verdadera doctrina de Estado.

La cultura de la tierra: depositaria de la identidad de un pueblo

Utilizando la figura del puente como una potente metáfora, Martin Heidegger contempla la ordenación del espacio vital teniendo en cuenta la necesidad de comunicación esencial en todo proyecto de construcción del “país real”. Así, “con las orillas, el puente lleva al río una y otra extensión de los terrenos situados detrás. Une el río, las orillas y el país en una mutua vecindad. El puente une alrededor del río la tierra como región. Conduce así al río por los campos”. El puente es la cultura que reúne las regiones y las épocas de un Québec que se construye cueste lo que cueste, con la ayuda de una lengua francesa que está todavía viva. La cultura del Quebec, sin cantonarse en un folclore esclerosante, consigue demostrar que es posible hacer confluir la herencia de los antiguos con la creación de nuevos universos siempre en contacto con el “país real”.

La cultura del Québec, como la de todas las demás naciones del mundo, se confunde con la de la tierra. La tierra es el receptáculo de la civilización, la medida de todas las cosas construida para durar. El nomadismo no ha producido nunca ninguna civilización que haya podido llegar hasta nosotros. El nomadismo genera una cultura del préstamo que no consigue formar arquetipos, nada susceptible de marcar la memoria colectiva de manera indeleble. El nomadismo expolia las culturas que encuentra en su camino con el fin de utilizar sus signos y sus convenciones como tantas otras monedas de cambio. Es una política de “tierra quemada” lo que resulta al final del camino. Así es como el neoliberalismo apátrida es una forma de nomadismo financiero cuya ambición es abatir las fronteras con el fin de expoliar mejor a las poblaciones locales.

Se debe poder ocupar una posición sobre la tierra si queremos estar en medida de definir un punto de huida, una visión del horizonte de todas las posibilidades. El Imperio angloamericano es una talasocracia en la que reina a partir del dominio de los mares, espacios que no pertenecen a nadie, en realidad. El totalitarismo de la globalización de los mercados –a través los nuevos tratados transfronterizos– genera una situación que hace que las élites adopten una huida hacia adelante, al no poder contar con un asentamiento nacional que permita dominar los puntos de huida: la visión de la geopolítica se disuelve en consecuencia.

El orden perenne de la tierra

El Quebec es un territorio bisagra ya que permite el encuentro del continente norteamericano con el hemisferio norte y con las vastas llanuras del espacio euroasiático. Extraordinario terreno, irrigado por el majestuoso río San Lorenzo, el país del Quebec posee y genera unas perspectivas increíbles en dirección de Nueva Inglaterra, de Europa y de todo el espacio geoestratégico de un hemisferio norte llamado a tener un rol importante de aquí a algunas décadas. La geografía del Quebec aísla y conecta a la vez ese inmenso territorio con conjuntos territoriales que desbordan las estrictas delimitaciones continentales. Sin embargo, nuestros horizontes están bloqueados a causa de nuestra “servidumbre voluntaria”, ese estado de impotencia que nos impide llamar al país real.

Félix Leclerc, el gran cantautor del Quebec, nos avisa del peligro de un desarraigo que puede llevar a la extinción al final del hilo. Más allá de la servidumbre del neocolonialismo, es la incapacidad de llamar al “país real” lo que lleva al enfado de Félix Leclerc, en un contexto en el que siempre podemos apoyarnos en la tierra y los fermentos de la lengua para desarrollarnos. Sin embargo, el estado de nuestra “servidumbre voluntaria” nos impide apropiarnos plenamente del “país real” mientras que sería suficiente retomar contacto con nuestra fibra patriótica para liberarnos del yugo de la esclavitud. Sin embargo, a fuerza de llenarnos de entretenimiento a la americana, en una época en la que la “realidad virtual” borra los contornos del “país real”, hemos terminado por interiorizar la doxa infumable de nuestros dueños. Ya no tenemos los medios para nuestras ambiciones, demasiado ocupados en conseguir nichos de mercado y de ocupar nuestro sitio en el pelotón de la mundialización galopantes.  Cohortes de traidores hacen de testaferros con el fin de permitir a potentes intereses apátridas el apropiarse de nuestras mejores tierras agrícolas. Hábiles ventrílocuos nos empujan a construir las ciudadelas de una “ciudad virtual” llamadas a arrancarnos de la tierra madre. Consumimos “productos del territorio” hechos en China y corremos a las rebajas de las grandes superficies de la distribución americana.

Verdadera huida hacia adelante, nuestra “servidumbre voluntaria” atestigua el inexorable desarraigo que está en marcha a pesar de los gritos de alarma de nuestros poetas. Martin Heidegger ya nos había avisado en el marco de una entrevista concedida al Spiegel, en 1966: “A partir de nuestra experiencia e historia humanas, sé que toda cuestión esencial y grande ha podido nacer solamente del hecho que el ser humano tenía una patria y estaba arraigado en una tradición”. ¿Qué esperamos para retomar nuestro país, esa casa común que permitirá a la nación de enfrentarse a las décadas que van a venir? No lo olvidemos: es la tradición la que forjó el oficio de constructor de catedrales, ese arraigo profundo y duradero que permitió a la civilización cristiana dar valor al sembrado de las antiguas sociedades paganas. Algunas veces nos preguntamos si nuestra “Revolución tranquila” no ha sido, en definitiva, más que una gran estafa destinada a cortarnos de nuestras raíces, a hacer de nosotros los perfectos ciudadanos del mundialismo que está en marcha. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Carnets d´un promeneur