¡El trabajo no te hará libre!, por Charles Champetier (y II)


Racionalizado, el trabajo es necesariamente funcionalizado. Se llama funcional a «una actividad que está racionalmente adaptada a un objetivo, independientemente de cualquier intención del agente de perseguir ese objetivo, que en la práctica, ni siquiera tiene conocimiento del mismo. La funcionalidad es una racionalidad que trae del exterior una conducta predeterminada y prescrita al actor por la organización que le engloba». Esta funcionalidad determina el dominio de la heteronomía, como «conjunto de actividades especializadas que los individuos deben cumplir como funciones coordinadas desde el exterior por una organización preestablecida».

El trabajo heterónomo conoce dos tipos de regulaciones externas: la del mercado (“totalización de acciones serializadas y pensadas para el campo material en el que se inscriben”) y la de la administración (“programación organizada”). Los instrumentos reguladores del mercado son el dinero, la seguridad, el prestigio, el poder que confiere la función. Son los reguladores de tipo inactivo. La administración utiliza buena parte de sanciones, de penalizaciones, de procedimientos constrictivos: son los reguladores de tipo prescriptivo. Señalemos que estas dos heterorregulaciones son, en muchos aspectos, tipos ideales y que la realidad del desarrollo económico llega a hacerlas bastante confusas. Las firmas privadas, igual que los Estados, desarrollan sus administraciones cuyo objetivo es la funcionalización y la racionalización interna de la producción. El mercado, en sí mismo, no tiene nada de espontáneo, sino que corresponde a una institución, atravesada de normas, de principios, de reglas y de leyes más o menos tácitas y más o menos bien integradas por sus actores. Así, el mercado de trabajo, por ejemplo, no se desarrolla naturalmente, sino que es impuesto por un cierto número de decisiones políticas (ley Chapelier de 1791 en Francia, abolición del Acta de Speenhamland en 1834 en Inglaterra, etc.).

Las consecuencias de este trabajo, heterorregulación del trabajo –reducida a las acciones serializadas y parcelarizadas–, se deducen fácilmente. La pérdida de sentido es la más evidente: la acción no se corresponde con ningún fin determinado –es sólo el medio de un extremo superior que el individuo no ha fijado y que soporta con un margen de libertad más o menos ilusorio. (En el mejor de los casos, se le “responsabiliza” en la cadena de la que no es sino un eslabón, para sentirse “integrado” en su trabajo, que él contempla entonces como un fin en sí mismo, olvidando que no es sino un medio intercambiable). Las consecuencias nefastas no conciernen sólo al trabajador, sino al mismo trabajo, la repetición entraña laxitud, el desinterés y, finalmente, la caída de la calidad. Como bien había visto Ivan Illych, llevada a su extremo, la productividad deviene siempre en “contraproductividad”...

La tercera metamorfosis concierne a la monetarización del trabajo. Ella es inducida, de alguna manera, de sus precedentes. El trabajo autónomo, el trabajo por sí mismo, satisface ya sean las necesidades, ya sean los deseos del individuo o de su comunidad. Es un fin en sí mismo. La racionalización y la funcionalización del trabajo hace de él un simple medio: el de ganarse la vida. El trabajo se divorcia de la vida, porque los tiempos de trabajo desmesurado implican un divorcio con los tiempos para vivir. Ahora, el objetivo primordial del trabajo es ganar el mayor dinero posible (valor de cambio), lo que supone la mayor eficacia/productividad posible (valor de uso para la empresa). Los objetivos secundarios son el placer o el interés que el individuo puede encontrar con ello. El trabajo no hace libre, sino más rico. La “alegría de vivir por el trabajo” se mide en miles de euros anuales.

Históricamente, esta instrumentalización del trabajo para el intercambio mercantil era una cuestión de supervivencia para la economía de mercado. La sobremovilización para el trabajo, de la que el siglo XIX conservó sus más crueles golpes, no era viable más que si el individuo encontraba en los ingresos derivados de su labor los medios de satisfacer una necesidades inéditas hasta el momento. La ideología del trabajo va entonces a desarrollarse conjuntamente con la ideología de la necesidad. La producción no puede desarrollarse sin el consumo. Situado frente a la alternativa entre ganar más o trabajar menos, el individuo elige la primera proposición si está previamente condicionado por la ideología de la necesidad. Fue la inteligencia del fordismo la que resolvió las famosas contradicciones internas del capitalismo: del productor alienado hizo un productor-consumidor. Las alienaciones que el individuo sufre en la vida profesional son “compensadas y recompensadas” por los medios que ha extraído y que le permiten, en la vida privada, un comportamiento hedonista, sensual y confortable. El consumo actúa como una compensación.

La ideología de la necesidad

Aquí hay que leer, paralelamente a André Gorz, los notables trabajos de Jean Baudrillard para determinar mejor esta génesis ideológica de las necesidades, desde el mito de las necesidades primarias (que juega sobre el carácter de absoluta necesidad del bien de consumo) hasta las formas sutiles de la publicidad-propaganda y de la moda, jugando, por el contrario, sobre la inutilidad del objeto que, en su mismo lujo, deviene sobrecompensatorio. Lo inútil viene así a “eufemizar” un utilitarismo difuso. En cualquier caso, el consumo mercantil se convierte en el signo de una elección, de un poder, de un estatuto, signo que, en la posesión y en la exhibición de los objetos, no hace sino reflejar la jerarquía del individuo en el mundo del trabajo. La última fase, que describe André Gorz con perspicacia y donde se reúne con Baudrillard, es la «que no deseamos ya más bienes y servicios mercantiles en tanto que compensación por el trabajo funcional, sino que deseamos obtener un trabajo funcional para poder pagar nuestro consumo mercantilizado». 

Al lado del consumo es en el tiempo libre donde la monetarización encuentra su principal salida. El actual sistema socioeconómico, donde la misma productividad permite la liberación de un creciente tiempo de ocio, no sabe qué hacer con ese tiempo liberado. Entonces “busca por todos los medios canjearlo en dinero, es decir, monetarizarlo”. El sistema es coherente. Integración funcional del trabajo y monetarización del tiempo libre se corresponden entre sí. El tiempo libre deviene en un valor de intercambio… que la industria del ocio se emplea, evidentemente, en hacer fructífero. Otro ejemplo de este “intercambio de los tiempos” se encuentra en el fenómeno de la “dinerización de la economía”. Se trata del desenvolvimiento, en plena expansión, de un creciente número de servicios mercantiles personales (jardines de infancia, catering, mujeres de la limpieza, cursos a domicilio, etc.). Los hogares con alto poder adquisitivo (es decir, en general, aquellos en los que trabajan los dos miembros de la pareja) pagan así los servicios por efectuar sus tareas domésticas y, si ellos son más ricos, para liberar más tiempo para el ocio. El último vestigio del trabajo autónomo entra así también en la esfera de los valores mercantiles. Trabajamos para ganar dinero y gamos dinero para ocupar nuestro tiempo libre: el dinero es, en última instancia, el fin único, el único patrón, la única medida sobre la que se organiza toda la vida del individuo, tanto en la esfera pública del trabajo como en la esfera privada del ocio y del tiempo libre. La racionalidad cognitivo-instrumental (Habermas) se extiende ahora fuera del privilegiado campo de las tecnoestructuras económicas y administrativas: coloniza el “mundo vivido” y prohíbe así su reproducción simbólica.

Las falsas alternativas

André Gorz nos pone justamente en guardia contra ciertas ilusiones en las que se mecen los decepcionados del Mercado-providencia. Así, especialmente, con los partidarios del Estado-providencia. En muchos sentidos, la historia del capitalismo puede analizarse como la de sus propias crisis, y por tanto, de las sucesivas limitaciones que el Estado puede imponer a la pura racionalidad económica. Las políticas de justicia redistributiva, que tienden, después de 150 años, a corregir el sistema de economía de mercado, nunca han logrado imponerse. Sobrevienen después de las crisis sociales para borrar los síntomas más evidentes sin jamás atacar sus causas.

La idea de un ingreso mínimo de inserción (o renta básica), por ejemplo, demuestra bien la perversidad del mecanismo. Si su principio va en contra de la racionalidad económica, no se desarrolla, sin embargo, sino con una racionalidad alternativa. No podría integrar a los individuos en una sociedad previamente desintegrada por el mercado. Antes al contrario, el ingreso mínimo funciona como coadyuvante de las alienaciones que pretende combatir. Es la muletilla de un sistema de exclusión y excluidos que genera a fin de hacer callar toda contestación: «El mínimo social se presenta como un enclave en el seno de la racionalidad económica, intentando hacer socialmente soportable la dominación sobre la sociedad». En última instancia, este enclave depende también, en principio, de la buena salud general de la economía.

El defecto principal de las políticas de justicia redistributiva se encuentra en el fondo de su incapacidad funcional para recrear lo que el mercado realmente ha destruido: la socialidad. Las tecnoestructuras no sólo son impotentes para producir la solidaridad vivida, sino que, al contrario, impiden su reconstitución. La solidaridad mecánica (punción constrictiva y apremiante sobre la masa fiscal para su redistribución sobre los excluidos) prohíbe la solidaridad orgánica (generosidad mutual libremente deseada y aceptada).

André Gorz fustiga igualmente la nueva ideología de los recursos humanos. Mejor que poner el acento sobre los valores brutos de eficacia y productividad (taylorismo), se trataría, para la empresa, de poner el énfasis en datos aparentemente no cuantificables ni calculables: el buen ambiente en el lugar de trabajo, el clima agradable, las relaciones interpersonales, la integración profesional, la comunicación, la ergonomía, la dotación de recursos, etc. En realidad, esta ideología de los recursos humanos no debe llevarnos a equívoco: se necesita al hombre como un recurso explotable entre otros –el más preciado, sin duda. Se trata, por una parte, de instrumentalizar, con fines económicos, los valores o los sentimientos no económicos (psicológicos, morales, instintivos, etc.) hasta ahora ignorados o desconocidos, y por otra parte, de presentar a la empresa como una auténtico modo de vida, una identidad de sustitución.

Volver a desarrollar las actividades autónomas

Karl Marx señaló: «El reino de la libertad... sólo comenzará cuando cese el trabajo condicionado por la miseria o los objetivos externos; se encuentra entonces en la naturaleza de las cosas más allá de la esfera de producción material propiamente dicha». 

El autor de El Capital se encuentra entonces de acuerdo con Aristóteles en su defensa de la actividad autónoma, por la cual entiende la actividad que es propia a su fin. Este trabajo “por sí”, donde el individuo (o la comunidad) es, al mismo tiempo, artesano y beneficiario del valor de uso que él produce voluntariamente, se encuentra reducido a casi nada con la aparición de la esfera económica pública. Es este trabajo “por sí” el que estructura el mundo vivido y asegura la integración social, que redefine y desarrolla. Sería inútil enumerar de forma programática, al modo de los socialistas utópicos, las alternativas más o menos revolucionarias y realistas del trabajo abstracto de la economía de mercado. Lo más que puede hacerse es definir los ejes de reflexión sobre las formas de recontextualización del trabajo en la vida.

El objetivo de André Gorz se enuncia claramente: «Pasar de una sociedad productivista, o sociedad de trabajo, a una sociedad de tiempo liberado donde lo cultural y lo societal se impongan sobre lo económico». Porque «el orden mercantil es cuestionado en sus fundamentos cuando la gente descubre que los valores no son siempre cuantificables, que el dinero no puede comprarlo todo y que no todo que puede comprarse es esencial». Todo espacio de intercambio y de producción obtenida por la actividad autónoma es entonces un espacio perdido para la racionalidad económica, ya sea esta última propia del mercado o del Estado.

André Gorz señala con razón que el intercambio de actividades autónomas se relaciona más con el modelo del don/contra-don (como el imaginado por Marcel Mauss) que con el del intercambio mercantil. Existen también numerosas actividades –lúdicas, terapéuticas, caritativas, pedagógicas, médicas, sindicales, científicas, filosóficas, militantes, etc.– que podemos calificar de no mercantiles porque ellas exigen un “don de sí mismo” en el que la motivación no es la ganancia, sino el servicio que se presta a los demás.

Estas actividades autónomas se aproximan a lo que usualmente conocemos como tercer-sector o de economía social, es decir, el sector comprendido entre la economía administrada y la economía de mercado. Los tres pilares actuales de la economía social son las asociaciones, las mutualidades y las cooperativas. El principio fundador de este tercer-sector: la economía al servicio del hombre, se declina en torno a los valores de libre adhesión, de democracia, de propiedad común, de no-lucro, de responsabilidad compartida.

La disminución del tiempo de trabajo no se hará mediante medidas conducentes a reducciones más o menos tendenciales o reales, sino por una política sistemática de reducción global. La diferencia es que las medidas puntuales no dependen, en última instancia, sino de una apreciación patronal o estatal (tendente a juzgar intolerable una pérdida de beneficio o de poder), mientras que una política se decide independientemente de los criterios de la razón calculadora, en función de las elecciones de la sociedad. Esta política pasa necesariamente por una concertación democrática, puesto que su elaboración implica una llamada a la imaginación, a la creatividad, a la cooperación y a la participación de todos los actores sociales afectados. 

La evolución del trabajo es, en sí misma, portadora de soluciones: una creciente cantidad de riqueza es hoy en día producida con una cantidad decreciente de trabajo. Al excedente estructural de mano de obra corresponde la penuria no menos estructural de empleos estables o de trabajo a tiempo completo. Los sectores punteros traicionan también, en su modo de organización, esta necesidad de trabajar menos pero mejor: viajes de estudios, estancias en filiales extranjeras, años sabáticos, seminarios, flexibilidad horaria, son otras tantas prácticas corrientes que amenazan el tiempo-pleno, de las que nadie osa todavía reconocer su carácter superficial.

Algunas críticas

La obra de André Gorz, que hemos resumido sumariamente, presenta algunas contradicciones. En primer lugar, como ya hemos señalado, la época moderna se caracteriza por la colusión del poder político (y militar) y de la riqueza económica. Nosotros no podemos hacer una condena del productivismo sin dejar entrever un cuestionamiento de fondo sobre las consecuencias de esta condena, es decir, sobre los conceptos de voluntad de poder, de soberanía y de conflicto. Cuando André Gorz evoca el carácter político de las opciones alternativas de sociedad, no puede ignorar el contexto exterior de estas opciones. Excepto para defender, como parece ser el caso, una visión irenista del mundo, visión bastante sumaria. La conflictividad es el núcleo de lo real, de la política, de la historia (e incluso del intercambio, como Mauss o Lévi-Strauss habían comprendido en la identificación de las dimensiones agonísticas del don), y las buenas intenciones no son jamás suficientes para evacuarla o canalizarla. Optar por el principio de otra sociedad es, desde luego, algo honorable. Todavía falta elegir, en este caso, entre el principio de esperanza y la vía realista. Entonces Gorz, heredero del movimiento obrero y de las contradicciones internas del capitalismo, defiende el primero con los argumentos del segundo.

André Gorz rechaza vincular la invasión del cuerpo social por la racionalidad económica a la misma modernidad. Asistimos según él a una “perversión de la racionalización” que, llevada a su extremo y en los dominios que no le conciernen, deviene a su vez en irracional. Encontramos la misma ambigüedad en la exigencia de autonomía, que no se concibe simplemente como una liberación en relación con esa heterorregulación dominante que es el dinero, sino en relación a cualquier limitación ejercida por un grupo constituido sobre uno de sus miembros.

La tesis según la cual las potencialidades liberadoras de la modernidad habrían sido arruinadas por su desarrollo histórico parece un poco limitada. Es, sobre todo, un acto de fe: los que critican la transformación del racionalismo humanista en racionalidad tecnoeconómica, del espíritu crítico en nihilismo, del universal democrático en universalismo de los objetos, están desorientados para determinar dónde y cuándo opera la perversión.

Para nosotros, la era moderna se caracteriza, en primer lugar, por una disociación inédita de las esferas de la actividad humana (donde el divorcio del trabajo y de la vida no es más que un epifenómeno). Lo religioso, lo político, lo económico, lo social, devienen en categorías autónomas que disponen de leyes propias, dirigiéndose a sujetos individuales igualmente autónomos. A la inversa, el Estado de derecho, el mercado y la tecnociencia avanzan como estructuras neutras para marcar el desarrollo humano. Que lo económico se sitúe poco a poco en el primer lugar, no resulta sorprendente puesto que el proceso de individualización que acompaña a la modernidad se basa en la idea de que la libertad esencial del sujeto humano es la de conquistar su felicidad adaptando de forma racional (y, subsidiariamente, justa) todos los medios de los que dispone al servicio de cualquier fin que imponga su razón. Así, la economía ofrece la evidencia de un medio universal (el intercambio monetario) que cada cual puede atribuirse (por la propiedad o el trabajo).


En el mismo orden de ideas, André Gorz no explica cómo la adquisición de más tiempo libre podría dar sui generis un sentido a la vida de los individuos. Esta liberación no es suficiente por ella misma, y no imaginamos cómo una sociedad mercantil que hubiera reducido las limitaciones horarias de su producción pudiera convertirse, en consecuencia, en buena, justa y moral. Esta idea coincide curiosamente con el fundamento ético de las teorías liberales: la satisfacción de las necesidades es la condición necesaria y suficiente de la felicidad humana –entendiendo que la excelencia es una virtud secundaria que debemos cultivar en privado y no en el seno de la Ciudad, entendiendo incluso que el individuo es capaz de determinar racionalmente lo que le es más útil. La historia demuestra claramente la falsedad de esta ilusión: los individuos trabajan netamente menos en el siglo XX o XXI que en el siglo XIX, y no tenemos la impresión de que su mundo vivido sea hoy más rico o más intenso. André Gorz vio perfectamente que el mercado o el Estado eran incapaces de producir una verdadera socialidad: todavía tiene que preguntarse sobre las condiciones históricas y culturales de tal producción. Es decir, repensar lo que la modernidad sistemáticamente ha negado, minorizado o exterminado: las identidades colectivas. Éléments pour la civilisation européenne