Facebook, Whatsapp, Instagram… la sociedad del control. Facebook ha convertido a Europa en una colonia digital americana, por Stéphane Germain


Libertario en el pasado, el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, reclama ahora un mejor control de internet por parte de los Estados. Mientras que el presidente de la red social con dos mil millones de usuarios quiere figurar como defensor de la democracia contra los “contenidos de odio”, su cruzada esconde el dominio creciente de las redes sociales en nuestras vidas.

Mark Zuckerberg, otrora defensor del libertarismo de internet, ha sorprendido a todo el mundo reclamando recientemente una intervención más fuerte de los Estados en la regulación de la web. En mayo de 2019 acudió al Elíseo a reforzar a Emmanuel Macron que desea que Francia invente para Europa un nuevo modelo de regulación de internet. En su propuesta, Zuckerberg aprobaba “el manifiesto de Christchurch” contra los contenidos terroristas o extremistas, lanzado en París el 15 de mayo por iniciativa concertada entre varios dirigentes y copilotada por la Primera Ministra neozelandesa y Macron en persona.

El adulescente más poderoso del planeta llama, pues, ahora a los gobiernos en ese sentido para proteger mejor los datos y la vida privada de los millones de usuarios de la red. Más globalmente, quiere ser el defensor de la democracia invitando a las autoridades a ayudar a proteger a los ciudadanos de los “contenidos de odio” y a preservar las elecciones de las manipulaciones ocultas en las que los algoritmos de Facebook han tenido el papel de tontos útiles.

Para muchos, el primer reflejo ha sido, sin duda, alegrarse de este cambio en la situación. En efecto, este aggiornamento puede parecer histórico de parte de alguien que declaraba obsoleto el concepto de vida privada en 2010, o que encontraba muchas virtudes al Reglamento Europeo de Protección de Datos mientras que rechazaba extender ese concepto a los usuarios americanos. De todas formas, no hay que hacerse muchas ilusiones en cuanto a la sinceridad del austero personaje portador de camisetas.

Después del escándalo de Cambridge Analytica y el atentado de Christchurch, difundido en directo a través de Facebook-Live, Zuckerberg debía mostrar que había comprendido algunas desviaciones en su red social. Este giro es, no obstante, un plan de comunicación destinado a calmar a sus dos mil millones de usuarios, pero también a los gobernantes, que empiezan a darse cuenta de la amplitud de los poderes delirantes concedidos a las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft).

La buena voluntad reflejada en el patrón del medio más poderoso del planeta no llega hasta la reventa de las “subredes sociales” que compró (Whatsapp e Instagram). Es decir, habrá que esperar todavía tiempo para un compromiso de cualquiera de los dueños de las GAFAM para dejar de comprar cualquier start-up prometedora que les haga competencia. En lo que concierne a la censura de los contenidos de odio, nadie se opondrá a la imposibilidad de difundir en directo una carnicería como la de Christchurch (las reacciones ante la masacre identitaria neozelandesa mostraron que podríamos haber reaccionado antes a quince años de islamismo en Youtube). Nos gustaría también que las obras de Delacroix o de Courbet no fueran tampoco bloqueadas por Facebook a causa del puritanismo americano. Multicultural e introvertido, Zuckerberg propone integrar nuevos criterios de censura (como los previstos por la ley anti-noticias falsas de Macron), sin cuestionar el “sentido común californiano” basado en inmigración feliz, comunitarismo festivo y a la caza del más mínimo pezón. Por parte de los blandengues del partido de Macron, seguro que estarán encantados.

En cuanto a los Estados, se equivocarían si tomaran por ciertas las declaraciones de un crío convertido en más poderoso que la mayor parte de ellos, dejando aparte los que disponen del arma nuclear. Después de haber pedido una mayor regulación de la red por parte de los gobiernos legítimos, Zuckerberg ha confirmado su intención de crear una criptomoneda siguiendo el modelo del Bitcoin. Ofrecer a dos mil millones de Homo economicus la posibilidad de comerciar con la ayuda de una divisa que escapa al control de cualquier Estado se parece a una declaración de guerra contra uno de los pocos privilegios que les quedan. Si consideramos que él y sus homólogos de las GAFAM se ríen de la fiscalidad desde hace años, jugando a un juego cuya última etapa es siempre un paraíso fiscal, aconsejaremos a nuestros dirigentes la mayor de las desconfianzas. El cambio de paso de Zuckerberg debería llevarles más bien a tomar conciencia de la aporía creada por estas hidras transnacionales. Convertidas en una Stasi 2.0 privada, pero modernillas, no se les puede parar, pero tampoco dejar que se desarrollen.

Lo más sorprendente es que la ciudadanía las deje funcionar e incluso las empuje hacia adelante. ¿Qué escándalo habría ocurrido en los años 90 si la compañía pública de telefonía hubiera anunciado que el operador grababa todas nuestras conversaciones telefónicas? ¿Habríamos aceptado que Correos, entonces, leyera y fotocopiara todas nuestras cartas? Pues eso es lo que hacen las GAFAM desde hace veinte años ante la indiferencia generalizada. Esas empresas ejercen hoy, a escala planetaria, una misión de servicio público que se les ha concedido con inconsciencia dramática.

Estados Unidos ha sabido desmontar en el pasado unas sociedades cuyo monopolio les parecía amenazador. ATT reinó hasta 1982 en el teléfono de trescientos millones de americanos, antes de tener que ser dividida en varias entidades. El gigante del teléfono era, sin embargo, un muñeco inofensivo se si se compara su poder con el que ejercen Google o Facebook. Las GAFAM que graban todos los hechos y gestos de millones de individuos tendrían que haber caído bajo la guillotina de la Sherman Antitrust Act. Si los americanos dudan antes de recurrir a dicha arma es a causa de sus competidores chinos, los BATX, que han resultado muy útiles para el gobierno en su carrera en favor de la inteligencia artificial, por un lado, y en la puesta en marcha de un Estado policial.

Europa no tiene ya mucho tiempo para escapar del destino que parece haber aceptado con resignación: convertirse en una colonia digital americana, regida por los dogmas californianos en lo referido a costumbres morales y sociales. Ahí hay un argumento del que pro y antieuropeos habrían podido apropiarse con ocasión de las elecciones del 26 de mayo pasado. Cierto, solo el tamaño del continente puede hacer peso para crear un Amazon o un Facebook a este lado del Atlántico. Pero, ¿cómo no sorprenderse de que nuestra independencia digital, esencial, haya podido ser tan olvidada por una UE decididamente pusilánime desde el momento en que se trata de defender sus intereses vitales? A la espera de ello, una cuestión debería estar clara: no hay que confiar en Zuckerberg ni en sus congéneres. Fuente: Causeur