El enigma de la identidad de los indoeuropeos revelado, por Denis Sergent


Un equipo de genetistas, especialista en ADN antiguo, ha identificado precisamente a los ancestros de los indoeuropeos, esa megapoblación que reagrupa tanto a los celtas, los baltos, los germanos, los eslavos, los griegos y los latinos, como a algunos pueblos hoy instalados en Asia, como los armenios, los iranios y una parte de los indios.

Estos ancestros, según el equipo investigador, vinieron de Europa del Este. En un determinado momento de la historia migraron en varias direcciones: hacia el oeste hasta Francia; hacia el sur, hasta el Mediterráneo y Anatolia; en fin, hacia el este, hasta Irán, India y Siberia oriental. Este trabajo ha sido dirigido por Éric Crubézy, de la universidad de Toulouse, y Christine Keyser de la universidad de Estrasburgo, en el marco de las Misiones arqueológicas en Siberia oriental.

¿Cómo han procedido los investigadores?

Los científicos han analizado algunos fragmentos del genoma, debidamente seleccionados, de forma que aporten cada cual una información diferente. Por supuesto, los tejidos orgánicos de los cuerpos estaban degradados por el tiempo, habiendo sido extraído el ADN de los huesos y los esqueletos que habían sido inhumados en los “kurganes”, los túmulos arqueológicos de las estepas rusas. Los restos de estos seres humanos, que pertenecían mayoritariamente a la élite, fueron inhumados en suelo helado, el permafrost, lo que ha permitido una relativamente buena conservación del ADN. Así, un total de 32 sepulturas abiertas, 26 individuos, hombres y mujeres, escondían un ADN de buena calidad.

¿Cambia este descubrimiento nuestra perspectiva sobre la historia?

La cuestión de los pueblos indoeuropeos es una vieja historia que ha hecho correr ríos de tinta entre los antropólogos, que estudian huesos humanos, y los lingüistas, que estudian los textos. A finales del siglo XVIII, un jurista inglés, sir Jones, estudiando a los indios, se sorprendió por la similitud entre el sánscrito, el griego antiguo y el latín. Y emitió la hipótesis de que estas lenguas, y otras habladas en Europa, “habían surgido de alguna fuente común que, quizás, ya no existía”. Su hipótesis fue confirmada por numerosos otros lingüistas y esa lengua original fue denominada “indoeuropeo”.

En las últimas décadas, dos hipótesis tenían el favor de los científicos. La primera, propuesta por el británico Colin Renfrew, vinculaba la extensión indoeuropea con la expansión demográfica que acompañó a la difusión de la agricultura a principios del neolítico, hacia el IX milenio antes de nuestra era, a partir de Turquía.

La segunda, defendida por la lituano-americana Marija Gimbutas, vinculaba esta similitud con los movimientos de pueblos que partieron del Este de Europa a finales del neolítico y principios de la Edad del bronce, entre el III y el II milenio antes de nuestra era.

Finalmente, el análisis del ADN demuestra que la segunda hipótesis era la buena: en la Edad de bronce, hacia el 1700 a.C., la Siberia oriental estaba poblada por gente de tipo europeo de cabellos y ojos claros, azules o verdes, cuyos linajes eran originarios de Europa del Este, de Ucrania especialmente. “Todos los linajes paternos descienden de los indoeuropeos. No es sino a partir del 700 a.C. que los descendientes de estos migrantes europeos se unen a las poblaciones autóctonas, como por ejemplo los chinos del desierto de Taklamakan, lo que testimonia la aparición progresiva de genes de origen asiático aportados por las mujeres”, concluye Éric Crubézy. ■ Fuente: La Croix