Derechos Humanos, derechos del otro. Entrevista con Jean-Louis Harouel, por Anne-Laure Debaecker

 

Europa se encuentra mortalmente invalidada por algo que parece ser motivo de orgullo y constituye la única identidad que se quiere reivindicar hoy en día: los derechos humanos. En una obra incisiva, sin concesiones ni pelos en la lengua, Jean-Louis Harouel, profesor emérito de Historia del Derecho, demuestra la desnaturalización de los derechos convertidos en una religión. Hace así la crítica de esta nueva religión que favorecería el reemplazo de una civilización por otra. De protectores, los derechos se han convertido en destructores. Un análisis que suena como un aviso.

La doctrina de los derechos humanos, que usted une a la “religión de la humanidad”, ¿es la religión del siglo XXI? ¿Qué es lo que explica su llegada?

Comunismo y doctrina sobre derechos humanos son dos formas de la religión de la humanidad, creencia historicista en un caminar del género humano hacia un futuro radiante. Pero es al final del siglo XX, a la vez que la implosión del régimen soviético, que la ideología de los derechos del hombre, reemplazando al comunismo como gran proyecto milenarista (o mesiánico, si se prefiere) de emancipación de la humanidad, se ha convertido en una religión secularizada, en el sentido que Raymond Aron da a este término. Hay así una dimensión comunista en la religión de los derechos humanos, puesto que se empeña en ignorar las naciones y no quiere conocer más que individuos intercambiables acudiendo a aprovecharse de situaciones ventajosas allá donde se encuentren, en detrimento de la población que se ha dotado de esas ventajas. Destruyendo la propiedad particular de una nación sobre sí misma, la religión de los derechos humanos es de naturaleza colectivista. Además, desde los años 1980, muchos militantes revolucionarios se han reconvertido en militantes de los derechos humanos.

El principio mismo de derechos humanos surge, sin embargo, de un buen sentimiento… ¿Cómo unos grandes principios de derecho positivo han podido evolucionar en un verdadero culto?

Durante mucho tiempo, los derechos humanos se han confundido, en la práctica, con las libertades públicas de los ciudadanos en el seno de los Estados-nación democráticos. Hoy, las libertades públicas, centradas solo en los nacionales de un país, han sido olvidadas a favor de los derechos fundamentales, cuyo principal resorte es la obsesión por la no discriminación y cuyos grandes beneficiarios son los extranjeros, sistemáticamente admitidos a todos los derechos adquiridos y ventajas de los pueblos europeos. En nombre de los derechos humanos, todo individuo presente en el territorio de un país europeo puede multiplicar las reivindicaciones y los recursos jurídicos en principio contra el Estado de ese país pero, en realidad, contra el grupo humano que concierne a ese país.

La aplicación de derechos individuales concebidos en su momento para proteger a un pueblo contra los excesos de autoridad de sus gobernantes se convierte en peligrosa para ese pueblo cuando los miembros de otros pueblos llegan masivamente a su territorio. Utilizan el principio de no discriminación, que es la base de la religión de los derechos humanos, para hacer prevalecer sus costumbres y sus valores en detrimento de las del país de acogida, obrando así a deshacerlo, a transformarlo en otro país.

Más que unas “virtudes cristianas transformadas en locura”, según la fórmula de Chesterton, las ideas que están en el origen de esta doctrina vendrían de un cristianismo falsificado. ¿De qué manera?

Las raíces de la religión secularizada de los derechos humanos nos envían efectivamente a una doble traición del cristianismo. Una fue el milenarismo, una corriente revolucionaria religiosa basada en la promesa de un paraíso igualitario de felicidad absoluta instaurado sobre la tierra por un necesario recurso a la violencia. La otra fue la gnosis, religión esotérica que, con su desprecio de la materia, la procreación, el matrimonio y de todas las reglas de la vida social, sobre fondo de sacralización del individuo por el hecho de la naturaleza pretendidamente divina de su alma fue, ella también, portadora de una inmensa carga subversiva.

Con su dogma del “inmigracionismo”, esta religión obligaría a los europeos a desaparecer para hacer sitio a otros pueblos. ¿Sirve para pregonar el famoso y controvertido “gran reemplazo”?

Desde 1950, Herbert Marcuse había propuesto sustituir al proletariado occidental, que él acusaba de hacer perdido su fibra revolucionaria, por nuevas categorías más subversivas, sobre todo inmigrantes, que él calificaba de revolucionarios natos. Hoy en día, en las grandes metrópolis y sus suburbios, nuevas clases populares salidas de la inmigración extraeuropea han ocupado el lugar del pueblo de origen, relegado lejos de las zonas donde se encuentran las posibilidades de formación y el trabajo. Esta marginación del pueblo autóctono es obra de la religión de los derechos humanos que, afirmando que la llegada sin fin de la inmigración extraeuropea está en línea con el sentido de la Historia, y condena sin atreverse a decirlo a los europeos a desaparecer. Si la libre inmigración está plenamente reconocida como un derecho humano, se acabó Europa. La religión de los derechos humanos es mortal para los pueblos europeos, invitados a dejar sitio a otros pueblos, a otras civilizaciones.

Usted estima que la conquista silenciosa de Occidente por el islam se hace “bajo la protección de los derechos humanos”, lo que puede parecer paradójico. ¿Por qué esta conclusión?

Es en nombre de los derechos humanos y bajo su protección que el islam ha estado trabajando con constancia para introducir, en Francia y en el resto de países europeos, la civilización árabe-musulmana, sus mezquitas y sus minaretes, sus formas de vida, sus prohibiciones alimentarias, sus maneras de vestir, e incluso sus reglas jurídicas en violación del derecho francés: matrimonio religioso sin matrimonio civil, poligamia, etc.  A través de un conjunto de reivindicaciones identitarias orquestadas por ellos, los entornos islamistas y sobre todo la Unión de las organizaciones islámicas de Francia, cercana a los Hermanos Musulmanes, han utilizado los derechos humanos para obligar, en suelo francés, a las poblaciones originarias del norte de África al respeto del orden musulmán y para imponer este alarde de civilización conquistadora a pesar del rechazo de la opinión pública. Los derechos humanos permiten a un grupo identitario instalado en el seno de una nación, extranjero a ella por sus orígenes y sus sentimientos, combatirla desde el interior, buscando la dominación en su suelo y la sustitución.

“El concepto de guerra de civilización es una realidad, ciertamente desagradable, pero tristemente evidente”, describe usted. ¿Huntington tenía razón?

Huntington tenía razón al escribir que “no reconocer la existencia de diferencias fundamentales equivale a condenarse a la incomprensión”. En relación al islam, la gran incomprensión de los occidentales viene del hecho de que se niegan a ver la diferencia fundamental que le separa de la idea que nos hacemos habitualmente de la religión. El islam es por naturaleza extraño a la concepción de origen cristiana–que recuerda el Evangelio: “Mi reino no es de este mundo”; “Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”–de una división de lo político y lo religioso que funda la civilización occidental, la cual merece el calificativo de cristiano-laica.

En el islam, lo que los occidentales llaman lo temporal se encuentra incluido en el seno de lo que ellos llaman lo espiritual. El islam es solo de forma muy secundaria una religión en el sentido que le damos a esta palabra en Europa. Es un programa político. Los textos santos del islam contienen todo un código de reglas de Derecho y de prescripciones sociales que buscan regir la integralidad de la existencia individual y colectiva. Es un sistema total donde se mezclan lo político, lo jurídico, lo relativo a la civilización y lo religioso en sentido estricto; el islam necesita para prosperar, como lo dijo Renán, ser la religión oficial de un Estado que sea su objeto. Estando el Estado musulmán dentro de la lógica del islam, lo que pretende es hacer surgir varios Kosovo en Europa Occidental.   Muchos musulmanes no son de ninguna forma enemigos de los países europeos donde viven, pero el islam en suelo europeo es, en cuanto a sistema, enemigo de Europa.

¿Qué le inspiran los atentados reivindicados por el Estado islámico?

La organización comunitarista que permite a los musulmanes autoadministrarse con el objetivo de vivir como en tierra del islam no ha tenido, efectivamente, ningún efecto protector contra el terrorismo islámico. El horror y la repetición de las masacres cometidas en Europa por musulmanes vienen a recordarnos que la llamada al asesinato está muy presente en los textos santos del islam y que aquéllos que lo desean podrán siempre encontrar la legitimación a sus actos criminales. Pero, por trágicas que sean, estas masacres son menos peligrosas para los pueblos europeos que el apoderamiento cotidiano con el objetivo de sustituir la civilización europea por la civilización árabe-musulmana. El hecho de que cada vez más ciudades francesas, e incluso algunas calles de París, estén en la práctica prohibidas a las mujeres, por la actitud hostil de algunos musulmanes es un signo alarmante de los progresos de la conquista islámica.

¿Podemos esperar de aquí en adelante enfrentamientos entre defensores de los derechos humanos y populistas?

Puede ser que los pueblos europeos consigan resistir a esos defensores. Puede ser que consigan bloquear los flujos migratorios y poner fin al proceso de conquista silencioso de Europa mediante la civilización árabe-musulmana. Puede ser que se decidan a repudiar el delirio antidiscriminatorio de la religión de los derechos humanos. El modelo de una necesaria discriminación hacia el islam puede encontrarse en Suiza, donde la prohibición de minaretes impide la islamización del espacio público sin restringir la libertad de culto.

Pero si este arranque salvador no tiene lugar, es posible que la civilización europea desaparezca, como también desapareció en su tiempo la civilización grecorromana en el momento del hundimiento del imperio de Occidente. Historiadores chinos o indios disertarán quizás un día sobre las causas del fin de la civilización europea y pondrán en evidencia el carácter mortífero para Europa de la religión secularizada de los derechos humanos. ■ Fuente: Valeurs Actuelles