Crisis de «inmigrantes»: todos turistas, todos migrantes, por François Bousquet


Pensad que en 2014 se contaron más de 1.138 millones de turistas internacionales (en el lote, van incluidos los migrantes que escapan a la demografía de los “demógrafos”). En 2020 serán 1.600 millones. Es la lógica de la mundialización la que manda.

La explotación del sufrimiento con fines propagandísticos no es reciente. La imagen del pequeño Aylan Kurdi, muerto sobre una playa turca, no deroga esta regla. Atroz. No hay que olvidar, sin embargo, que un niño muere de hambre cada seis segundos en el mundo, según la FAO. Ni una línea en los periódicos, ley del kilómetro sentimental, Cuando «el cinismo ya no se lleva», señalaba Bernanos, y «la honestidad se pone de moda» en las sociedades que «han perdido hasta la valentía de sus vicios», entonces aflora una especie de hombres: los «biempensantes» ‒apóstoles de la migración para todos.

Las cifras hablan por sí mismas: 232 millones de migrantes internacionales en 2013 según las Naciones Unidas. Hace medio siglo la cifra era tres veces menos numerosa (75 millones). Un “big-bang” migratorio. Su magnitud produce vértigo. En principio, porque parece que va a amplificarse en los próximos años. A continuación, porque es fantasiosa. Cuando se sabe que son las agencias nacionales las que proporcionan estos datos a la ONU, estamos en nuestro derecho para formular las mayores reservas. 

En Francia, por ejemplo, la demografía es la “aproximografía” y el blanqueamiento estadístico. «Se tiene la impresión, acusa Michèle Tribalat en Les yeux grands fermés. L’immigration en France (2010), de que estas agencias manejan las cifras como si fueran nitroglicerina». Sujeto explosivo –y que tiene vocación de explotar. Lo que pasa también con las cifras del turismo, otra forma de trashumancia, estrictamente de temporada. Pensad que en 2014 se contaron más de 1.138 millones de turistas internacionales (en el lote, van incluidos los migrantes que escapan a la demografía de los “demógrafos”). En 2020 serán 1.600 millones.

Es la lógica de la mundialización la que manda. La libre circulación de bienes y de personas. La “ecúmene” (la tierra habitada por la humanidad) tiene vocación de transformarse en zona franca en una suerte de apoteosis del librecambio. Los GPS, Internet, los satélites, el transporte aéreo, abren nuevas rutas por todas partes, comerciales, migratorias, turísticas. «De todos los equipajes, el hombre es el más difícil de transportar», se lamentaba Adam Smith a finales del siglo XVIII. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. De 1800 a nuestros días, la movilidad de las personas ha aumentado en más de mil veces. Sin hablar de la conexión, que ha cambiado la misma naturaleza de nuestra percepción del lugar. Conectarse es desterritorializarse del conjunto. Además, ahora está pixelado. O por decirlo con las palabras de Marx, el capitalismo adosado a la técnica produce una «aniquilación del espacio por el tiempo». Resultado: la aceleración ha comprimido las distancias. Pensadores tan originales como poderosos del estilo de Paul Virio, en La vitesse de libération (1995), o Hartmut Rosa, en su teoría sociológica del tiempo Accélération, Une critique sociale du temps (2010), lo han demostrado profusamente. La modernidad es una experiencia de la aceleración, singularmente una experiencia de la aceleración social, revolución sin fin.

Una de las figuras dominantes de este mundo, que es el clímax de la movilidad, es el “extranjero”, tanto el Meursault de Albert Camus como el ciudadano desarraigado del sociólogo Georg Simmel: el extranjero en la villa-mundo, héroe moderno ‒un poco baudelaireano‒ trasplantado en la aldea global de Marshall McLuhan. Un universo de expatriación radical, donde los más grandes poetas de la raza (Michelet y Barrès, Senghor y Césaire) han sido relegados al cajón de las antigüedades, donde los motivos identitarios, cuando no supremacistas (siendo la negritud uno de ellos), han desaparecido, más o menos, en beneficio de lo que los estudios postcoloniales designan bajo el término de “migritud”. Las figuras de la hibridación y de la zombificación ocupan ahora el circo mediático, las poéticas de la diversidad, del “Todo-mundo”, la identidad-rizoma alimentada por los camelos de la French Theory. La criollización universal ‒o el mestizaje para todos (lo que viene a ser lo mismo).

Las criaturas en tránsito en un mundo offshore
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La vanguardia de esta revolución antropológica es la pareja del turista y del inmigrante, dos criaturas en tránsito atravesando un planeta offshore, donde las naciones se asemejan ahora a lo que el triste payaso de Houellebecq decía de Francia: «un hotel, poco más». Podría ser una fábula de La Fontaine, la parábola de la mundialización, en el sentido de que el mundo es el único destino. La cara y el revés de la misma realidad. Nadie entre nosotros puede sustraerse. Tal es el devenir del humano. On the road. Aquí también, los americanos trazan el camino. Todo se deslocaliza, incluso la pertenencia. El pasaporte sustituye poco a poco al carné de identidad. A cada cual su destino. Occidente se ha convertido en el sueño del mundo –the rest of the world, como dicen los americanos–, esperando que el mundo se convierta para el occidental en un producto turístico que visitar. En el fondo, cada cual es el migrante del otro, sucumbiendo al llamamiento de los demás (poco importa que aquel sea o no adulterado), en busca de un “cambio de aires”, expresión sintomática: no hacer país.

El turista es el objeto del deseo del inmigrante, y recíprocamente. Ambos forman la pareja del primer y último hombre. El inmigrante quiere adoptar el modo de vida del turista. Es un deseo mimético que le sitúa en el exilio, una misma aspiración al confort, a la abundancia, a las vacaciones pagadas, a la longevidad. Deja atrás una tierra que cree maldita, condenada a la repetición de los ciclos de violencia, sea en África o en Oriente Medio, como los peregrinos del Mayflower dejaron atrás una Europa asimilada a la gran prostituida Babilonia. Atraviesan océanos, desiertos, para desembarcar en la Tierra prometida, como en la película de Elia Kazan, América, América ‒el nombre de Occidente. El turista sabe que ha perdido la Tierra prometida o, al menos, que el desarrollo no colma sus promesas; cultiva la nostalgia de tiempos anteriores a través de las excursiones, los deportes, los museos, ya sea en los desiertos como en los parques de atracciones o en las playas, donde él recrea los jardines del Edén climatizados, sintéticos, vagamente tropicales. Todo es falso, salvo su demanda de ser puesto en la historia y volver a su infancia. Gracias a lo cual, además, él cree librarse de otra maldición, la de caer en el asalariado.
 
Sus viajes crecen en un va-y-viene ininterrumpido. Unos quieren gastar su dinero en los confines del mundo, los otros vienen a ganárselo aquí. El turismo es un placer de gente acomodada, traveling panorámico con impecables vistas (pero todas vistas a través del mismo filtro occidentalista); la emigración, un deporte de jóvenes muy pobres (relativamente, porque sus pasajes cuestan muy caros), semejante al cruce de un túnel. Unos viajan sobre el puente, los otros bajo los arcos. Los primeros compran sol con su dinero; los segundos quieren tener un lugar bajo el sol. Nada sorprendente que el Mediterráneo sea el terreno de juego favorito: un tercio del turismo mundial y un tercio de la inmigración se dan cita en el Mare nostrum.

Un fenómeno de propagación sísmica
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El capitalismo está hecho de tal forma que está condenado a producir siempre más excedentes, pero no siempre aquellos que pensaban los marxistas. Los excedentes del capital van a los pobres para divertirse. El excedente de población va a los ricos para proporcionar una mano de obra clandestina, moldeable al gusto, a la que nada objeta el derecho laboral. Las multinacionales hacen así presión para la bajada de los salarios en todos los sectores de la economía que no son deslocalizables. Se va a importar la fuerza de trabajo a falta de poder deslocalizar las herramientas de trabajo.

En los Étrangers de passage. Poor to poor, peer to peer (2015), Alain Tarrius denomina a los nuevos migrantes que se desplazan según el grado de oportunidades económicas como “transmigrantes”. Son “trans” porque no se inscriben en un esquema binario, de fuera o de dentro, sino ternario: “fuera-dentro-a-través”. Representan la otra cara de la movilidad ultraliberal. Sólo para Francia, Turrius los estima en unas 200.000 personas al año. Y sólo se refiere a los inmigrantes, pero su concepto puede aplicarse al turismo rich to rich, peer to peer. Son las nuevas caravanas de la mundialización. Mercaderes y vendedores ambulantes que surcan las rutas comerciales, de oasis en oasis ‒las ciudades donde hay una inmigración más antigua, ésta se sedentariza. Circulan también, la mayor parte del tiempo, con visados turísticos y permisos provisionales. Es una inmigración flexible, hipermóvil ‒lo que la convierte en un turismo de la oferta (low cost). Las propias familias son transnacionales. Un primo en Bruselas, un tío en Marsella, un hermano en Turín. ¿El tráfico? Productos de contrabando, falsificaciones, servicios de todo tipo (incluidas las consultas médicas y las operaciones quirúrgicas), sobre un fondo de dinero sucio. Se estima en seis millardos de dólares el producto de las mercancías decomisadas, esencialmente asiáticas, que transitan por Dubái, tercer puerto mundial. El famoso Stade Dubai descrito por Mike Davis (Les Prairies ordinaires, 2007), la capital del emirato cuyo centro comercial, el Dubai Mall, es el lugar turístico más visitado del mundo (75 millones de visitas al año). Después, es suficiente introducir la mercancía en el interior del espacio Schengen, transformado en zona de duty free. Aquí también, la “uberización” hace milagros. Airbnb para los “bobos” (pijoprogres, diríamos en español, NdT), mercancías baratas y economía paralela para los “prolos” (proletarios, NdT). De una parte a la otra, se experimenta el transliberalismo del futuro, sin impuestos, sin tarifas, al límite de la legalidad. ¡El sueño de la OMC!

Hay viajeros de día (turistas) y visitantes de noche (inmigrantes), aves migratorias, atraídas por las luces de Occidente. Se pueden cerrar puertas y fronteras, que vienen por todas partes. Se lanzan sobre los caminos y las carreteras, movidos por un movimiento irracional, contagioso, más fuerte que cualquier otra cosa. ¿Qué lograría detenerlos? Tanto extender la mano para ofrecerla, un fenómeno de propagación sísmica, una onda de choque, se extiende por el planeta entero. Es la deriva de los continentes, la tectónica de las migraciones. La era del Gran Éxodo, como en los tiempos bíblicos o durante las “grandes invasiones”, en el seno de un mundo caótico asido a un “movimiento browniano”*, según la expresión de Marc Bloch, el fundador de la escuela de los anales. Poblaciones enteras se ponen en marcha, persiguiendo un milagro de riqueza retransmitido por la televisión, en un caso, o la promesa de un exotismo vendido por los turoperadores. Ni unos ni otros escapan a la fatalidad de otras especies animales, que han visto sus ecosistemas geográficos totalmente cambiados por la mundialización.

Bouvard immigrante, Pécuchet turista**
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La mundialización vende un modelo único de desarrollo en todas las latitudes, sin otra alternativa que la profusión de elecciones mercantiles que ofrece. Por todas partes deslocaliza, desfiscaliza, desterritorializa, nomadiza. Su mito es el de las “sociedades abiertas”, auténtico caballo de Troya que vampiriza las culturas indígenas en beneficio de un vasto mercado mundial “fuera-del-suelo”, sin restricción de nacionalidad, sin código del trabajo, sin asignación territorial. El turismo y la inmigración no son más que las dos caras del mismo fenómeno. Un mundo que no respeta fronteras ni identidades. Y como le hace falta una ideología, son los derechos humanos los que se la proporcionan. El objetivo es hacer un ciudadano universal intercambiable. Salvo que ya existe este hombre sin identidad: es el consumidor migrante. Y lo van a condecorar con el título de ciudadano del mundo (siendo la ciudadanía universalizable, tanto como el mercado, pues la nacionalidad no tiene esa elasticidad conceptual).

Nada mejor que la dialéctica del turista y del migrante para ilustrar este fenómeno. Es la tesis y la antítesis de un mismo dispositivo. Un fusil de dos disparos. La síntesis ya la conocemos, es el mundo actual. Es la pareja moderna por excelencia, que espera su Flaubert para estabilizarse. Ninguna necesidad de patrocinio republicano o de un diploma de turismo ético para oficializar su unión, ellos están perfectamente acoplados, ligados por un destino común, por muchas disimilitudes que ellos puedan aparentar tener. Modernos Bouvard y Pécuchet, ellos constituyen los dos polos de la gran familia humana recompuesta. Son los desertores de la Tierra. No dejan de visitarla para pasar una temporada, el tiempo de un contrato o de un visado. En estas condiciones, el sedentario les parece como algo indeseable que hay que desalojar: siendo, por tanto, “expulsable”, pues no tiene ningún derecho oponible que hacer valer.

¡Pobres locos! ¡Quién dirá que estas migraciones nos matan, igual que mata a los migrantes! Que ninguna sociedad ha sobrevivido sin daños irreversibles a tales desplazamientos de población, de ejércitos enteros, de un tamaño desconocido hasta ahora. El angelismo de izquierdas es criminal, el cinismo de las derechas no lo es menos. Un poco de realismo no nos iría mal, pero hace mucho tiempo que en nuestra huida hacia adelante hemos renunciado a una realidad que es percibida como demasiado explosiva como para dejarla de lado. Homo consumans ha optado por vivir en la irrealidad. Como vivir encima de un depósito de municiones. En tanto que nuestra sociedad no renuncie a su tasa de crecimiento, los flujos migratorios y los flujos turísticos se amplificarán. Son el corolario y la condición de su riqueza. La verdad es que no puede haber sociedad de consumo sin inmigración, sin turismo, primera industria mundial. Nos queda, entonces, elegir nuestro destino; sólo él nos hará separar, en última instancia, nuestro modo de vida de nuestra supervivencia. Habrá que fijar nuestras prioridades. Sólo ellas tienen las claves de nuestro futuro. ■ Fuente: Éléments pour la civilisation européenne

* Es el movimiento aleatorio que se observa en las partículas que se hallan en un medio fluido, líquido o gas como resultado de choques contra las moléculas de dicho fluido, fenómeno de transporte que recibe el nombre del biólogo y botánico escocés Robbert Brown, NdT.

** Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert. El azar de una calurosa jornada reúne a Bouvard y a Pécuchet: solitarios, ya no tan jóvenes, modestos empleados de oficina, son ‒no tardan en descubrirlo‒ dos almas gemelas perplejas en el caos de la vida moderna. Una herencia y un vago deseo de retiro filosófico y del cultivo de la sabiduría harán que se abismen en la agricultura, la química, la geología, la medicina, la pedagogía, la historia, la literatura, la alquimia… Pero su recompensa, lejos de lo que esperaban, les llenará de escepticismo, y el desánimo no tardará en aparecer. Esta auténtica farsa filosófica, publicada póstumamente en 1881, ha sido considerada por muchos como la culminación literaria de ese implacable observador de la naturaleza humana y las infinitas manifestaciones de la estupidez que fue Gustave Flaubert, NdT.