Debate sobre paganismo y cristianismo, por Christophe Geffroy, Jean-Marie Paupert, Alain de Benoist


Christophe Geffroy: Usted resulta difícil de acotar porque su pensamiento ha evolucionado mucho en los últimos años. Hay, sin embargo, una constante en vuestro pensamiento que es el anticristianismo. ¿Por qué?

Alain de Benoist: La crítica es una cosa, la hostilidad es otra. Cuando hago una consideración crítica sobre el cristianismo, yo no siento, es necesario decirlo, ni odio ni menosprecio por los que se reclaman cristianos. En mi prefacio al libro “¿Cómo se puede ser pagano?”, escribo, por otra parte, que yo siempre tendré más respeto y simpatía por los que tienen una fe que por los que no creen en nada. Yo no soy ateo, y añadiría que siento más afinidades con los cristianos que no transigen sobre los fundamentos de su fe y se esfuerzan por vivirla todos los días que por aquellos que se hacen una religión “a la carta”. Mi crítica es, de hecho, de orden esencialmente filosófico.  

Christophe Geffroy: Usted se afirma “pagano” haciendo referencia las antiguas mitologías que precedieron al cristianismo. ¿Qué significa para usted y qué implicaciones extraéis concretamente para vuestra visión de la sociedad? Preciso este segundo punto porque es evidente que la religión implica una cierta visión del hombre y de sus relaciones con la sociedad.

Alain de Benoist: La dimensión religiosa es, en efecto, constitutiva de cualquier reflexión antropológica. Se encuentra en todas las culturas tradicionales, y la antigua Europa no escapa a la regla: el cristianismo, en origen, se implanta en las culturas que, desde hacía milenios, tenían sus cultos, sus rituales, sus teologías, etc. La religión no es así más que una “superestructura”. Otorgando un sentido a la vida de los hombres en todos los dominios de su existencia, ella es indisociable de su visión del cosmos, de la ciudad, de la relación con lo sagrado, de la organización social. En los albores de nuestra era, el enfrentamiento del cristianismo y del paganismo (que, bajo diversas modalidades, continuará durante siglos), pone entonces en presencia dos concepciones del mundo diferentes. El resultado de este enfrentamiento será una mezcla y Europa, devenida cristiana, al menos nominalmente, adoptará una identidad sensiblemente modificada. El estudio comparado de las dos visiones del mundo no resulta imposible.

El cristianismo es, primeramente, una religión de salvación y de salvación individual lo que, en esencia, no es el caso de las religiones antiguas. Este referente individualista va de la mano con la afirmación de una vocación universal, que implica, en última instancia, la conversión y, por tanto, la aculturación de todos los pueblos. Es, por otra parte, una religión con basamento histórico: del Sinaí a la Encarnación, el Dios de la Biblia se revela históricamente, el Juicio final coincide con el fin de la historia. En fin, es una religión que desacraliza el cosmos sustituyéndolo por un “trasmundo”: un Dios creador, único titular de la perfección, que puede y debe ser pensado bajo el horizonte de una causa, iniciando de este modo el proceso de “desencantamiento del mundo”. En todos estos puntos, las religiones de la antigüedad, esencialmente cósmicas, cívicas y comunitarias, extrañas por otra parte a la idea de conversión, se distinguen netamente del cristianismo. Resulta también que, por mi parte, me siento espiritualmente más próximo de la visión de la vida que prevalecía en la Antigüedad.                            

Christophe Geffroy: Usted habla de una visión de la vida y del hombre, propia de cada religión y, por tanto, especialmente, del paganismo. Para usted, ¿qué es el hombre y por qué está sobre la Tierra? ¿Cuál es el sentido o la finalidad de la vida humana? ¿Existe una naturaleza humana?

Alain de Benoist: El hombre, por supuesto, tiene una naturaleza propia, y el “objetivo” de su presencia en el mundo es la de permitir realizar la excelencia de esta naturaleza. Mi respuesta, ya la veis, no difiere en nada de la de Aristóteles, que había llegado a esta conclusión antes del cristianismo. Añadiría que esta naturaleza del hombre difiere fundamentalmente de la de los animales en que ella es indisociable de su cultura. No se reduce, por tanto, a las determinaciones biológicas o a los instintos programados.

Christophe Geffroy: Usted opone el comunitarismo pagano al individualismo cristiano. Sin embargo, si en el cristianismo la salvación es ciertamente personal, ello sólo se completa por una persona que vive en sociedad en proporción a sus “buenas obras”. Hay, por tanto, un aspecto comunitario innegable… 

Alain de Benoist: Ciertamente, la Iglesia ha tenido la sabiduría de reconocer que el hombre es un animal social, y el cristiano se ve por tanto recomendado para ser un buen ciudadano (a condición de que la ley civil no contradiga la ley natural). Pero el hombre continúa censado a hacer su salvación individualmente, porque en última instancia es su alma individual la que será salvada o condenada para la eternidad. Se puede, por tanto, vivir bien en la soledad integral o hacerse anacoreta en el desierto y, sin embargo, vivir como un buen cristiano. El elemento comunitario es, pues, secundario. En las religiones antiguas, el culto es, por el contrario, indisociable de la ciudad: realizar sacrificios a los dioses es, al mismo tiempo, ser buen ciudadano.

Esto nos lleva, por otra parte, a otra problemática. Es precisamente porque el cristianismo no está sino secundariamente ligado a una ciudad o a una cultura determinada que puede afirmar su vocación “universal”. Pero ello plantea entonces el problema del rol de la religión en el seno de las sociedades. ¿No es la religión una superestructura que puede deshacerse en provecho de otra sin abandonar su propia cultura, o una “infraestructura” implicada en todas las esferas de la existencia colectiva? Esta cuestión resume todos los equívocos de la conversión. Cuando Juan Pablo II decía con fuerza que las “raíces de Europa” son cristianas (eliminando de golpe toda significación existencial de las raíces precristianas), cuando afirmaba que Europa no tiene otra identidad que la cristiana, la cuestión que se plantea es la de saber si, entonces, el cristianismo puede ser otra cosa que europeo. Pero entonces, ¿qué pasa con su vocación universal?

El cristianismo introdujo el individualismo en el espacio mental y espiritual europeo. Esta introducción fue relativamente inofensiva en la medida en que, en un primer tiempo, estuvo circunscrita al dominio teológico y propiamente religioso. Desgraciadamente, con los dos puntos de inflexión esenciales que representan el nominalismo y el renacimiento, el futuro se sustituyó por el más allá y la felicidad por el relato de la salvación, cuestiones que, finalmente, dieron nacimiento al individualismo profano del que el liberalismo moderno es su resultado.

Christophe Geffroy: Usted dice que el individualismo tiene su origen en el cristianismo. Pero este individualismo que rechazáis no nace del cristianismo. Proviene de desviaciones, de herejías, me atrevería a decir, del cristianismo, a saber, del nominalismo y del renacimiento. ¿No es entonces más fácil reprochar al cristianismo ser la fuente de un fenómeno que él mismo combatió y rechazó?

Jean-Marie Paupert: Permítame agregar algo sobre el individualismo para acotar mejor la cuestión. Hay una cosa bastante curiosa. Sabéis que, para todos los católicos de la corriente dominante, usted sería algo parecido a la peste. Ahora bien, esa corriente católica predominante es partidaria de vuestra visión de la salvación colectiva. El progresismo es colectivista. Sería, por tanto, me atrevería a decir, ¡neopagano! Pero el verdadero catolicismo, tradicional, no es ni colectivista ni individualista, es personalista. No soy un feroz partidario de Emmanuel Mounier, pues el personalismo existía antes de él y no se puede hacer teología católica sin hacer teología de la persona. Y en el cristianismo, la persona se encuentra situada en Dios: no hay catolicismo posible sin personalismo cristiano que escapa, al mismo tiempo, de los excesos del individualismo y de los excesos del colectivismo. Esto es por lo que nosotros pensamos que vuestro análisis es un poco simplista. No pensamos que el auténtico cristianismo sea individualista.

Alain de Benoist: No puedo sino sonreír cuando usted califica el progresismo cristiano de neopagano. ¿En qué podría serlo? Su “colectivismo” no es más que un mundialismo que ignora toda la esencia de lo político, y sin relación particular con el arraigo específico de las culturas y de los pueblos. Pero tenéis razón, en revancha, de incitarme a precisar lo que vengo diciendo a propósito del individualismo. Bien entendido, el cristianismo tradicional condena el individualismo profano. También, que este individualismo profano es, en buena medida, “herético” o que él deriva de lo que Chesterton llamada las “ideas cristianas devenidas locas”.  Pero una herejía es siempre hija de la raíz sobre la que ha devenido en herejía. El investigador que observa las filiaciones ilegítimas no las considera menos filiaciones. Por tanto, la verdadera cuestión es, sobre todo, la de preguntarse cómo la herejía se produjo y si, en otras palabras, los mismos árboles no están destinados siempre a producir los mismos frutos.

Christophe Geffroy: Me gustaría volver sobre el segundo punto que habéis abordado a propósito del carácter universal del cristianismo y de la noción de conversión que resulta de ello. ¿Existe para usted una verdad que se impone a todos los hombres?

Alain de Benoist: Ciertamente. Existe una verdad que se impone a todo el mundo. La entiendo en el sentido del griego “aléthèia”: no en cuanto adecuación del intelecto a lo real, sino como desenvolvimiento del Ser en la estructura misma de lo real considerando todas sus dimensiones sagradas y profanas.

Christophe Geffroy: Planteo la cuestión de otra manera: para usted, ¿una verdad universal deber ser enseñada a los que no la poseen?

Alain de Benoist: ¡He aquí de nuevo la conversión! Pero, ¿qué es los que nos autoriza a pensar que hay individuos o pueblos que no poseen cierta verdad o que no tienen los medios para acceder a ellas según las modalidades específicas de su presencia en el mundo? ¿Qué es lo que nos autoriza, sino vuestra propia adhesión a los dogmas de la fe, a considerar, en principio, que es vuestra convicción la única que plantea correctamente la cuestión de la verdad?

Christophe Geffroy: ¡Vuestro relativismo muestra que para usted no hay una religión verdadera y otras falsas!

Alain de Benoist: No profeso para nada el relativismo, según el cual todas las proposiciones serían equivalentes. Pienso únicamente que hay un nivel que cae en la unidad y otro en la diversidad. La cuestión de la verdad no se confunde, en mi opinión, con la de la veracidad, de la autenticidad o de la pertinencia de una religión particular, pero planteada en el nivel de lo que cada una pueda dar testimonio.

Christophe Geffroy: Finalmente, todas las religiones os parecen admisibles, salvo una que rechazáis, el cristianismo; entonces, ¿estáis aparentemente más abierto a otras religiones como el islam o el budismo? Estas otras religiones, ¿son más compatibles con el paganismo del que os reclamáis?

Alain de Benoist: El problema no se plantea en términos de “compatibilidad”. No perteneciendo a mi esfera cultural, el islam y el budismo no me “interpelan” evidentemente de la misma forma que el cristianismo. Es, por tanto, normal que mi consideración sobre el cristianismo sea más crítica, en tanto que, de todas las religiones del mundo, es ciertamente en la que la vocación universal o universalista (dos términos que no deberían confundirse) ha sido más afirmada en el curso de la historia. Esto no me ha impedido nunca admirar lo que encuentro de admirable en el cristianismo. Pienso en las catedrales o en la mística cristiana, que ustedes comprenderán me afecten más profunda e infinitamente que el racionalismo escolástico.

Christophe Geffroy: Otro punto, creo, de vuestra crítica del cristianismo se refiere al dualismo cristiano.

Alain de Benoist: Por dualismo no entiendo aquí, evidentemente, el dualismo iraní o el de los cátaros, sino más bien la distinción teológica del ser creado y del ser increado, propia del monoteísmo hebreo y que, en consecuencia, el cristianismo ha heredado. Este dualismo, reforzado por ciertas categorías del pensamiento griego, me parece que es el origen de toda una serie de dicotomías (cuerpo-alma, hombre-naturaleza, sujeto-objeto) destructoras o desagregadoras. Conduce a sustraer al hombre en relación a las copertenencias que le ligaban tradicionalmente al cosmos. El hombre, dice la Biblia, está hecho para “someter” a la Tierra, es decir, para “dominarla y arrasarla”, para reducirla a la razón. Descartes pondrá al hombre como “maestro dominador y poseedor de la naturaleza”. En esta perspectiva, el hombre se convierte en el sujeto donde el mundo es el objeto. Nos encontramos así con el “desencantamiento” de un universo sometido ahora al cuestionamiento racionalista y al arrasamiento técnico. Heidegger describe justamente la técnica moderna, bien diferente de la “technè” de los griegos antiguos, como una “metafísica cumplida”.

Curiosamente, el Papa Juan Pablo II no razonaba de forma diferente cuando declaraba: “el secularismo, que Europa ha difundido por el mundo (…) se alimenta de la concepción bíblica de la creación y de la relación del hombre con el cosmos. La empresa tecnocientífica de someter el mundo, ¿no está en la línea bíblica de la tarea que Dios confió al hombre?”

Christophe Geffroy: ¿Hay en el cristianismo algún análisis con el que estéis de acuerdo?

Alain de Benoist: Cuando Juan Pablo II denunciaba lo que él llamaba el “materialismo práctico”, es decir, el hedonismo, el narcisismo, la ideología del provecho, la ley del dinero, etc., es evidente que no puedo estar sino de acuerdo con él. Del mismo modo, cuando leo en la “Encíclica Centesimus annus” que “no podemos aceptar la afirmación según la cual la derrota del socialismo real, como lo conocemos, deja paso a un único modelo capitalista de organización económica”. De forma más general, encuentro cosas excelentes en la doctrina social de la Iglesia, pese a su evidente timidez. La noción de bien común es esencial. En efecto, en los juicios, positivos o negativos, que nosotros tenemos sobre el bien común, en la época actual, supongo que frecuentemente estaremos de acuerdo. Nuestro desacuerdo deriva esencialmente del “análisis genealógico” de los fenómenos que deploramos y sobre la consideración del papel jugado por el cristianismo en la historia de las ideas.

Jean-Marie Paupert: Juan Pablo II combatió el “materialismo práctico”, hedonista, narcisista, porque la moral cristiana es sacralizada por el efecto de los dogmas de la Creación y de la Redención: es una moral sacrificial. Esto es por lo que, desde mi punto de vista, vuestras concepciones hostiles al Dios creador, elevador y redentor de la naturaleza y del mundo, conducen faltamente a una desacralización del mundo y de la moral. Así también, leí en la revista Éléments apreciaciones extremadamente virulentas contra la actitud de los cristianos tradicionales en materia de bioética: las condenas del aborto, de las manipulaciones genéticas, etc. Estas actitudes derivan de una fuente religiosa sacrificial de la moral por la que nosotros atribuimos un valor sagrado a la vida y a la transmisión de la vida. 

Alain de Benoist: Mi enfoque difiere ciertamente del vuestro en materia de moral sexual. Sobre el erotismo, que es una de las dimensiones específicas de la existencia humana (una de las que, en cualquier caso, nos distingue de los animales), no veo en las enseñanzas de la Iglesia más que juicios negativos. En lo que concierne a la bioética, no creo que el necesario respeto de la vida, humana o no, justifique que no busquemos prevenir la existencia de una vida degradada…

Jean-Marie Paupert: Un feto no es una vida degradada, es un ser vivo en acción...

Alain de Benoist: No estaba hablando de eso. Un feto es un ser vivo potencialmente, en vías de formación. El aborto es siempre un fracaso, pero no creo que una mujer que aborta tenga el mismo sentimiento de culpabilidad que si ella asesinara a un ser acabado. Este problema no se plantea para mí bajo un ángulo metafísico. No es mediante la prohibición del aborto que vamos a elevar la tasa de natalidad (la “transición demográfica” es bastante anterior a la legalización del aborto y de la contracepción), sino adoptando las medidas positivas susceptibles de incrementarla. El resto es del dominio de la fe personal. En lo que concierne a las biotecnologías, pienso que no constituyen más que un aspecto, particularmente preocupante, de la cuestión más general planteada por una técnica moderna que escapa al poder del hombre y que es cada vez más concebida en el registro de lo inevitable: nadie la quiere, pero todo el mundo la acepta o la utiliza. Queriendo dominar un mundo que percibe como algo radicalmente separado de él mismo, el hombre ha puesto en marcha los medios que se instituyen como fines y que, a su vez, lo dominan a él. 

Christophe Geffroy: Usted se ha definido con frecuencia como un hombre de tradición y de arraigo deseoso de defender todas las identidades. ¿No hay aquí una contradicción con vuestro deseo de volver al paganismo de la Antigüedad y de eliminar así el cristianismo que, durante dos mil años de historia, ha sido uno de los elementos esenciales de nuestra tradición cultural europea?

Alain de Benoist: Cuando uno se reclama de una concepción de la historia, donde el pasado, el presente y el futuro, lejos de ser momentos separados se alinean sobre una misma línea monovectorial, la idea de un “retorno a” no significa gran cosa. Nietzsche decía con razón que “no debemos volver a los griegos”, lo que no le impedía enseñar la idea del “eterno retorno”. Más que de “retorno” prefiero entonces hablar de recurso: recurso a una concepción del cosmos y de la vida que, por definición, es de todas las épocas. Por otra parte, no suprimo para nada al cristianismo de la historia. No entro en el problema de si está íntimamente asociado o no a nuestra cultura desde hace quince siglos. Asumo, simplemente, su herencia. Pero no olvido que una herencia histórica es siempre plural y que no podemos hacer nunca una consideración crítica según nuestras afinidades y nuestras convicciones. El comunismo podía haber durado quince siglos en Rusia y no por ello se habría convertido en verdadero. Igualmente, podemos reclamarnos de la tradición francesa sin adherirnos a las ideas de la Ilustración, tan dominantes desde hace dos siglos. No debemos confundir el éxito con el tiempo transcurrido o con la verdad. Fuente: La Nef

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