El retorno del proteccionismo. El gran temor de los biempensantes, por Guillaume Travers


El librecambio está en cuestión. En Europa, dos terceras partes de los encuestados se oponen a un tratado transatlántico de libre comercio con los Estados Unidos, igual que al tratado de librecambio con Canadá. Y una gran potencia, la América de Donald Trump, encarna el retorno al proteccionismo. Las élites mundiales empiezan a tener miedo. La economía, dicen, va a colapsarse, ¡es la guerra!

La opinión pública se ha mostrado, durante mucho tiempo, muy reticente al respecto, aunque ello no tenga influencia en el curso de las cosas. 

Ha llegado la hora de las objeciones. Por un lado, Donald Trump anuncia la instauración de tasas aduaneras sobre las importaciones de acero y aluminio a los Estados Unidos. Responde así a una demanda de su electorado popular. Por otro, los representantes de la Unión europea han firmado con Japón el acuerdo de librecambio “más importante jamás negociado” (según palabras de la Comisión europea). Su puesta en marcha no debería conocer ningún obstáculo porque, contrariamente a los tratados precedentes, éste no tiene necesidad de ser ratificado por los Parlamentos de cada uno de los 27 Estados miembros. Donald Tusk incluso veía en este tratado un acto de resistencia: “Nosotros hacemos frente común contra el proteccionismo”, declaraba entonces. ¿Resistencia de las élites librecambistas contra los pueblos vinculados a sus fronteras? Para entender las claves, debemos comprender que el debate que opone librecambismo y proteccionismo no es de naturaleza puramente económica. Al contrario, son dos visiones antagónicas del mundo las que se enfrentan.

Los costes ocultos del librecambio

Empecemos, sin embargo, por aclarar el debate económico. Para sus defensores, el argumento a favor del librecambio es simple. Cuando un panadero vende una baguette por un euro, puede deducirse que, desde su punto de vista, un euro tiene más valor que una baguette, y para el cliente, la baguette más valor que el euro. Las dos partes, por lo tanto, salen ganando con el intercambio, siempre que no encuentren ningún obstáculo o limitación para hacerlo. La lógica liberal extiende este razonamiento a toda persona y a todo bien. Tan pronto como hay un intercambio, para el liberalismo, se produce un beneficio mutuo. Restringiendo las posibilidades de intercambio, se restringe el bienestar de los individuos. De ahí la condena del proteccionismo. Fundamentalmente, el razonamiento es de naturaleza abstracta; no es cierto para todo el mundo, cualquiera que sea su lugar o su identidad, ni para todo bien o mercancía. En la lógica liberal, todos los individuos, concebidos como partes en el intercambio, son ontológicamente los mismos, y todos los bienes son mercancías cuyo valor es revelado por el cambio.

Sin embargo, este argumento ha sido objeto de grandes críticas. En efecto, la defensa liberal del librecambio olvida la existencia de “costes ocultos” (lo que los economistas denominan “externalidades”). Cuando dos individuos intercambian entre ellos, su decisión tiene efectos potenciales sobre terceros. Un ejemplo típico es el de la contaminación. Al comprar algo de ropa producida en Asia, en lugar de hacerlo en la localidad próxima, el individuo comprador contribuye a la contaminación de los mares (porque es necesario el transporte por barco). Sin embargo, este coste no es soportado por ese individuo, sino por la sociedad, o más específicamente, por un cierto número de comunidades locales cuyo medioambiente se degrada. Las dos partes en el intercambio no tienen razones para tener en cuenta estos costes ocultos cuando deciden el intercambio, porque no lo van a soportar directamente. Además, cuanta más distancia suponga el intercambio, más difícil, si no imposible, será la cuantificación de estos costes. 

Estos costes ocultos son de naturaleza muy diversa: costes medioambientales, costes sociales (pérdida de vínculos sociales cuando desaparece el comercio de proximidad), costes estratégicos (cuando un país pierde sus industrias de armamento), etc. Una vez que se reconoce la existencia de estos costes ocultos, el proteccionismo ya no es una aberración, sino una necesidad. Frente a la abstracción de la lógica liberal, el proteccionismo es lo que permite reintroducir lo concreto, lo particular, lo comunitario, lo político, en el intercambio. Es el reconocimiento de que los intercambios económicos están necesariamente "incrustados" en una estructura social que los engloba (Karl Polanyi). Todo lo que disloca esta estructura social es precisamente lo que da lugar a costes ocultos. Por lo tanto, el proteccionismo es también la aceptación de que las cosas tienen un valor en sí mismas (dentro de una comunidad), y no sólo un valor subjetivo para el individuo. En otras palabras, las cosas no son sólo mercancías.

El librecambio frente a los hechos

Desde la perspectiva liberal, los costes ocultos del librecambio son siempre considerados como insignificantes en relación a sus beneficios. Esto quizás fuera cierto en la época en que el comercio se efectuaba mayoritariamente a escala local; pero ya no es el caso en la época en que la mayoría de los sectores económicos están mundializados. Las aberraciones son innumerables: cebollas importadas de Australia, pescado de Escandinavia, carne del Magreb, etc., son reexportados después sobre el mercado europeo. Las consecuencias son conocidas: contaminación de los mares y de la atmósfera, desaparición acelerada de especies animales y vegetales, pero también disolución de los vínculos comunitarios, soledad, etc. En este sentido, los beneficios tradicionalmente atribuidos al librecambio por los economistas están demasiado sobrevalorados. No se tiene en cuenta más que lo que se cuantifica (las ganancias para las dos partes) y se olvida lo que no se cuantifica (los costes para terceros). 

Otra forma de rechazar las abstracciones de la teoría librecambista es la de recurrir a la historia concreta. Uno de los principales y grandes historiadores de la economía en el siglo XX, Paul Bairoch, demostró que, históricamente, “el proteccionismo es la regla, el librecambio la excepción” (Mitos y paradojas de la historia económica, 1994). Sobre los continentes europeo y americano, las barreras aduaneras casi siempre han existido de forma muy significativa. A la inversa, los países menos protegidos comercialmente han sido los países del Tercer mundo, que como sabemos continúan siendo los más pobres. Bairoch, además, rompió algunos de los mitos más arraigados sobre el proteccionismo. Así, la crisis de 1929 no fue causada por un resurgimiento del proteccionismo. En efecto, las medidas proteccionistas adoptadas por los Estados Unidos son posteriores al desencadenamiento de la crisis: el proteccionismo fue, pues, una consecuencia, no la causa de la Gran Depresión. De manera quizás incluso más interesante, en un período más amplio, Bairoch demostró la existencia de una correlación positiva entre proteccionismo y desarrollo económico. Aunque no hay aquí necesariamente una relación de causalidad, este hecho (confirmado después por numerosos economistas) es lo suficientemente importante como para desestabilizar profundamente la doxa del libre comercio.

El proteccionismo, ¡es la guerra!

Frente al auge de las reivindicaciones proteccionistas siempre hay un argumento contundente: las barreras aduaneras serían, dicen, el preludio de la guerra. ¿No nos amenazan ya, hoy en día, contra la “guerra aduanera” anunciada por Trump? Aunque la idea del “dulce comercio” como factor de paz es bastante antigua (Montesquieu, Condorcet), ya hace mucho tiempo que ha sido refutada. La “primera mundialización” de los años 1870-1914, caracterizada por una gran apertura comercial, desembocó en la Primera guerra mundial. Más recientemente, la creciente apertura comercial iniciada en los años 1990 no ha sido acompañada de una disminución de los conflictos armados. Como mínimo, no existe una correlación sistemática entre el los intercambios comerciales y los enfrentamientos militares.

¿Por qué el intercambio económico no es un factor de paz? Allí se derrumba otro dogma del liberalismo: la idea según la cual el intercambio es “libre” y “no obligatorio”. Esta idea deriva, frecuentemente, de una ilusión, ligada a una incapacidad para pensar las relaciones de poder. Al respecto, un hecho es históricamente interesante: bajo las apariencias de paz, el librecambio sólo aparece, a menudo, para sellar la dominación (casi siempre militar) de un imperio. Se puede, así, trazar la historia de los dos últimos siglos. En primer lugar, como lo demuestra Bairoch, la única potencia expresamente librecambista en el siglo XIX fue Gran Bretaña, en el momento en que su dominio marítimo era casi planetario. Durante este período, los Estados Unidos nunca estuvieron a favor del librecambio. Sólo se convirtieron al libre comercio a partir de 1945, fecha en la que se instala su dominio militar sobre una buena parte del globo. Hoy, las críticas más violentas de la política aduanera de Trump proceden de un imperio en auge, China. Más simplemente todavía, resulta sencillo reconocer que todos los tratados de librecambio son negociados entre gobiernos que buscan obtener concesiones mutuas. No es, pues, sorprendente que las grandes potencias políticas puedan convertirse en grandes potencias comerciales. Otra señal: la mayor parte de los contratos comerciales raramente son firmados en mercados libres, sino durante las visitas oficiales de los jefes de Estado.

Una vez que aceptemos la idea de que el librecambio oculta una forma de imperialismo, podremos revertir el mantra liberal y, con un punto de provocación, afirmar que “el librecambio es la guerra”. Esta guerra no es frontal, sino larvada, porque precisamente opone a adversarios en distinto plano, uno de los cuales no puede permitirse una confrontación directa. La guerra es cultural, porque a los pueblos se les imponen bienes y servicios que no habían solicitado. Vemos ahí un claro límite del pensamiento liberal. La lógica del intercambio libre y no obligatorio prohíbe pensar en la dimensión política de la actividad humana. Pero ésta no desaparece. Reaparece claramente, no ya arraigada en la vida local de una comunidad que se protege, sino como una dinámica imperial. En este sentido, el librecambio quizás pueda ser una nueva fuente de conflictos directos: cuando un pueblo se ve desposeído de su identidad, crece el resentimiento frente a los demás pueblos.

El librecambio como visión del mundo

Si el proteccionismo está en el centro de todos los programas "populistas" coherentes, es porque el librecambio al que se opone es, ante todo, una visión del mundo. En este sentido, la distinción entre liberalismo político y liberalismo económico, es simplemente ilusoria. Incluso si el librecambio fuera el régimen más eficaz económicamente (lo que es muy dudoso), no sería, automáticamente, aceptable políticamente. Como ya hemos señalado, el librecambio es, fundamentalmente, la visión del mundo según la cual todo está mercantilizado, es decir, todo es una mercancía y, por tanto, todo es intercambiable, un espacio donde no existe más valor que en el intercambio. Lo que tradicionalmente estaba o está en el fundamento de una comunidad política y es valorada como tal por las culturas y las identidades particulares debe ser barrido para que sólo subsista el mercado. Según la famosa fórmula del editorialista norteamericano Thomas Friedman, el mundo del librecambio es “plano” (the world es flat): no hay dimensiones, ni diferencias, ni singularidades. Todo vale porque todo es intercambiable. 

Esta tendencia del librecambio a aplastar lo que permanece diferenciado es muy clara en todos los tratados internacionales recientemente suscritos. En efecto, contrariamente a lo que se cree con frecuencia, su único objetivo es el de reducir los derechos aduaneros; estos últimos ya han desaparecido ampliamente. Un componente menos conocido de estos tratados concierne a lo que púdicamente se llaman las “barreras no tarifarias”, es decir, toda disposición no fiscal que pueda obstaculizar los intercambios. Esto incluye, por ejemplo, las cuotas pero, de una manera mucho más peligrosa, las normas o las denominaciones locales de origen. En cuanto a las normas, abundantemente debatidas en el proyecto de tratado transatlántico, un exportador americano podría estimar que las normas medioambientales europeas le penalizan injustamente. El librecambio consistiría, entonces, en abandonar estas normas medioambientales o sanitarias. Así se explican, por ejemplo, los temores sobre la llegada al mercado europeo de productos OGM (organismos modificados genéticamente), carne vacuna con hormonas, pollos tratados con cloro, etc. En fin, respecto a las denominaciones locales (denominaciones de origen controladas o protegidas), en muchos casos deberían suprimirse. A título de ejemplo, las famosos “nueces de Grenoble” son hoy producidas en los Estados Unidos y en China.

El retorno del proteccionismo

Cualesquiera que sean las decisiones adoptadas por Donald Trump en materia comercial, al menos tienen el mérito de relanzar un urgente debate. En Hungría, donde Viktor Orbán ha puesto en marcha, desde 2010, medidas tendentes a favorecer a las empresas nacionales en detrimento de las extranjeras, más fuertemente gravadas, ningún colapso se ha producido. Más bien al contrario, el desempleo ha alcanzado las cotas más bajas históricamente: el 3,7% frente al 11% antes de alcanzar el poder; el déficit público ha sido reabsorbido y la deuda del país con el FMI ha sido íntegramente reembolsada. La defensa de la economía nacional es vista como parte integrante de una política identitaria.

Por lo tanto, ha llegado el momento de hablar seriamente del proteccionismo. A la espera de un cambio de nuestras políticas comerciales, es necesario comprender que el proteccionismo no puede ser reducido a un mero asunto de derechos aduaneros. También puede encarnarse más localmente, más concretamente: para los productores de un territorio, creando una denominación de origen; para una colectividad, favoreciendo los proyectos locales en sus ofertas, etc. En este sentido, frente al librecambio, que es mundial por naturaleza, el proteccionismo puede experimentarse localmente. Es, más allá de la economía, la protección de una identidad particular. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne