¿Guerra civil de clases o de comunidades?: populistas y soberanistas contra liberal-mundialistas, por Christian Vanneste


Patrick Buisson y Laurent Alexandre tienen, sin duda, pocas ideas en común, pero ambos evocan el riesgo actual de una guerra civil. ¿Hablan de la misma guerra?

Para el primero, se desprende de los resultados de las últimas elecciones europeas, que han mostrado la existencia de dos Francias opuestas, una que aporta sus votos al macronismo, la otra al lepenismo. El mapa electoral de las europeas no es tanto político como sociológico: señala la existencia de dos países que se dan la espalda, el que corresponde a las metrópolis dinámicas que no se rebelan contra la mundialización porque ellas no sufren masivamente sus consecuencias socioeconómicas, fortificadas por sus numerosos cuadros directivos y administrativos, y el que comprende los departamentos periféricos, industriales o rurales, expuestos a la competencia internacional, alejados de los centros neurálgicos de decisión, con servicios públicos abandonados y cuyos habitantes son obligados a largos desplazamientos difíciles y costosos. Es la Francia analizada por Christophe Guilluy, con su fractura esencial entre los metropolitanos y los periféricos.

El diálogo democrático y la alternancia política subsisten todavía en algunas regiones prósperas, gracias, especialmente, al turismo, y están marcadas por una tradición histórica y religiosa. La Bretaña, y las regiones occidentales francesas, en general, corresponden a esta resistencia a la evolución general. La lucha de clases y la de comunidades todavía no hace vislumbrar la sombra de una guerra civil. Pero es probable que, con el paso del tiempo, comience a materializarse. Una nueva crisis económica podría desequilibrar a estas regiones que, poco a poco, comienzan a tomar la medida de la realidad de “La Gran Sustitución”.

Para Patrick Buisson, la guerra civil que se perfila es, por tanto, la de clases. Descarta una unión de las “derechas” que englobe a nacionalistas, identitarios y liberales, porque estos últimos no tienen las mismas preocupaciones ni las mismas prioridades. La nueva división política se hará en función de la mundialización, que los primeros rechazan rotundamente y los liberales aceptan con mayor o menor entusiasmo. Buisson contempla, sin embargo, una unión de populistas y soberanistas contra los mundialistas. El multimillonario norteamericano Warren Buffet declaró, en su día, con gran cinismo, que, por supuesto, había una guerra, conducida por los ricos a nivel mundial y que éstos estaban a punto de ganarla. Buisson piensa, por el contrario, que el despertar de los pueblos será explosivo, especialmente en Europa. Un cierto número de electores de La Francia Insumisa, de Jean-Luc Mélenchon, se declaran dispuestos, ahora, a votar en segunda vuelta por la Reagrupación Nacional, de Marine Le Pen, igual que los electores italianos del Movimiento 5 Estrellas están inclinándose a votar en favor de la Liga de Matteo Salvini.

Así se comprende mejor la relación entre este riesgo, o mejor, esta ocasión, de guerra civil con el peligro de otra guerra civil evocada por Laurent Alexandre, según él, la guerra de comunidades, el violento rechazo de las “minorías”, especialmente la musulmana, cuya presencia se hace cada vez más pesada y provocadora, como en el tema del velo y del burkini. Para los mundialistas, el temor a una guerra de comunidades es de tal realidad que hay que guardar silencio sobre ello, o mejor, una condena y una censura de todos los hechos y opiniones que puedan conducir a la misma. Es así como se evidencia el hecho de que los pretendidos (y pretenciosos) liberales que dominan nuestros países, los “metropolitanos” que hacen suyo el reino del pensamiento único y de lo políticamente correcto, son “totalitarios suaves”. El doctor Laurent propone romper el termómetro para no medir la enfermedad…

La división ha devenido estructural. Los dos temores objetivos de desclasamiento y de inmersión migratoria se superponen y cada vez será más difícil manipular intencionadamente el segundo para crear una mala conciencia al primero. Los campeones del pensamiento único pueden seguir acudiendo a los platós de televisión para insultar a sus oponentes y tratarlos de ignorantes, porque la realidad terminará por imponerse, quizás al mismo tiempo que la revolución. ■ Fuente: Boulevard Voltaire