De la diferencia a la diversidad, por Alain de Benoist


Asistimos a un nuevo modelo de totalitarismo: no ya un mundo donde los hombres estarían exclusivamente dominados y explotados, sino un mundo donde los hombres se habrían convertido en seres intercambiables. Los mundialistas y los adeptos del libre mercado tratan de acabar, de una vez por todas, con un mundo heterogéneo de países homogéneos para sustituirlo por un mundo homogéneo de países heterogéneos.

La palabra “perro” no muerde, como bien sabemos. Pero si las palabras no son cosas, también es cierto que estas últimas permanecen, generalmente, inmutables, mientras que los términos que las designan pueden cambiar de significado o de sentido. ¿Quién recuerda todavía, en una época en la que la “dignidad humana” se ha convertido en un artículo de fe, que la dignitas en Roma sólo era reconocida a aquellos que… se mostraban dignos? ¿Quién sabe todavía que la “virtud” (virtus) designaba, en su origen, la capacidad viril? ¡Y la moralidad! Hoy nos encontramos con mucha gente que piensa que ya no hay “moral” y a otra que piensa que el moralismo omnipresente de lo políticamente correcto se ha hecho insoportable. Ambos tienen razón, solo que lo que ahora se entiende por “moral” ya no tiene el mismo significado que en el pasado. La moral nos enseñaba a comportarnos bien para alcanzar la excelencia. Hoy, consiste en aprobar y aprovechar eso que la ideología dominante define como una “sociedad más justa”.

Sucede lo mismo con la “diferencia”. Hasta hace relativamente poco era una noción que no planteaba problemas. Había diferencias entre los personas, diferencias entre los sexos (¡viva la diferencia!), diferencias entre los pueblos, y se consideraba con toda naturalidad que la suma de todas estas diferencias constituía la riqueza de la humanidad.

Las cosas empezaron a cambiar cuando la diferencia se convirtió en un motivo de reivindicación. Era el “derecho a la diferencia” que se oponía, a veces con razón, no tanto a la uniformización como a la norma impuesta. En la época de la descolonización, este eslogan expresaba frecuentemente un deseo de reconocimiento de los pueblos autóctonos, que estaban cansados de ver negada su identidad y su personalidad específicas. El derecho a la diferencia era una forma de reapropiación de su autonomía.

Y entonces la máquina se volvió loca. De un extremo a otro, la “diferencia” ha llegado a recubrir reivindicaciones cada vez más marginales. Al derecho a la diferencia, algunos quisieron oponerle, generalmente por el universalismo republicano, un “derecho a la indiferencia” que no podía satisfacer a nadie. El masivo aumento del individualismo hizo que la aproximación subjetiva de la diferencia prevaleciera sobre su definición objetiva. Todos querían ser considerados públicamente como se consideraban a sí mismos. Al mismo tiempo, las diferencias dentro de un cuerpo social que, hasta entonces, habían permanecido más o menos armoniosas, se convierten en factores de comunitarismo y fragmentación.

El movimiento feminista es un buen ejemplo de estas ambigüedades. Este movimiento siempre ha comportado, en su seno, dos corrientes distintas: el feminismo igualitarista y el feminismo diferencialista. El segundo buscaba promover los valores específicamente femeninos y devolver a las mujeres un lugar que el sistema patriarcal frecuentemente les había negado. El primero intentaba demostrar que las mujeres eran, ante todo, “hombres como los demás”. Estas dos tendencias contenían su propia patología. En un caso, había un alto riesgo de virar hacia una guerra de sexos. En el otro, puesto que la igualdad era planteada como sinónimo de “mismidad”, ya no estaba claro en qué lo masculino y lo femenino podían ser todavía diferentes.

Los delirios de la teoría de género empeoraron las cosas. Afirmando que el sexo biológico no tiene más que una relación lejana con el "género", haciendo de éste una pura "construcción social", intentando hacer creer a la gente que el ser humano está construido sexualmente de la nada, dando una importancia excesiva a todo lo que es un "trans", de lo "no binario", incluso de lo "no sexuado", el movimiento LGBT, también impulsado por la corrección política, ha generalizado, bajo el pretexto de la "tolerancia" y la "apertura", una pérdida general de puntos de referencia, de los que sólo hay demasiados ejemplos en el mundo actual. La idea de que hay lo masculino y lo femenino sólo sería un "estereotipo" adquirido en una sociedad "heterocéntrica"; de hecho, habría todo tipo de normas, todas igualmente válidas.

La inmigración también ha desempeñado un papel, con la aparición de surgimientos indigenistas o identitarios que reivindican, de forma convulsiva, su estatuto de “racializados”. Conocemos los excesos a los que lleva todo esto: rehabilitación indirecta de la noción de “raza” (en un momento en que se asegura que “las razas no existen”), celebración de conferencias y coloquios reservados a los “no-blancos” ‒igual que de reuniones de las que son excluidos los hombres‒, es decir, el establecimiento de una situación que es fácil de considerar como una forma de apartheid voluntariamente asumido. Con todas las grotescas cuestiones que se derivan: ¿un hombre negro debe ser, en primer lugar, considerado como un hombre, por oposición a las mujeres, o como un “racializado”? Desde un punto de vista “interseccional”, ¿cuál es la principal fuente de opresión que sufren las mujeres negras: el "racismo" o el "sexismo"?

De un extremo a otro, hemos llegado, no sólo a un extravagante estado de confusión, sino también a una contradicción fundamental. Por un lado, se tiende a la defensa de las “diferencias” más microscópicas ‒es la pesadilla “diversitaria” de la que habla Mathieu Bock-Côté‒ y, por otro, no se oculta el sueño de aspirar a un mundo unificado, que sólo podría ser un mundo uniforme. Pierre-André Taguieff también ha mostrado claramente la paradoja que hay en defender la “diversidad”, abogando, al mismo tiempo, por el “mestizaje” de las culturas y la hibridación de las formas más inesperadas. Hay que salvar la biodiversidad, dicen aquellos que quieren “defender el planeta”, pero, al mismo tiempo, no hay que tener en cuenta las aspiraciones de los pueblos a la simple continuidad histórica, es decir, a la preservación de las condiciones de su reproducción social, de su propia sociabilidad y de sus valores compartidos.

La tentación de reducir al Otro a lo Mismo no es nueva. La dialéctica de lo uno y lo múltiple recorre la historia del pensamiento. Lo que es nuevo hoy es que en nombre de la diversidad se busca reducir la diversidad, que en nombre de la diferencia se borran sistemáticamente todas las diferencias.

Esta idea de que lo que distingue a los individuos y a los pueblos es sólo secundario, accidental, contingente y, en última instancia, insignificante o perjudicial, siempre ha servido de fundamento al universalismo. Traspasada a la esfera profana en los tiempos modernos, va a tomar la forma de una afirmación de la pertenencia inmediata (y no mediata) del hombre a la humanidad: somos personas antes de pertenecer a tal pueblo o tal cultura ‒cuando lo cierto es exactamente lo contrario: somos personas en la medida en que pertenecemos a tal pueblo o tal cultura; es por nuestra singularidad que podemos acceder a lo universal.

No hay diferencia ni identidad sin una frontera que permita hacer la distinción. La frontera es un límite. El problema es que estamos asistiendo ahora a una ofensiva sin precedentes para hacer desaparecer los límites y las fronteras, ya sean éstas fronteras entre los pueblos y las culturas o sean fronteras entre los sexos. Los mundialistas se sienten "ciudadanos del mundo", sin siquiera darse cuenta de que sólo se puede ser ciudadano de una entidad política y que el mundo no es una de ellas: quisieran ser de todas partes y de ninguna parte, cuando son necesariamente de una parte. Los adeptos de la pura lógica del mercado sueñan con un planeta donde nada pueda servir de obstáculo a los intercambios y a la “libre circulación de personas, capitales y mercancías”. En todo caso, se trata de acabar, de una vez por todas, con un mundo heterogéneo de países homogéneos para sustituirlo por un mundo homogéneo de países heterogéneos. Y el método empleado es siempre el mismo: intentar erradicar las singularidades colectivas en beneficio de un “modelo universal” que dada día se revela más empobrecedor.

El sinfronterismo es la ideología común de los financieros, los traficantes de personas clandestinas y de las mafias. “Sin fronteras” y “sin papeles”, es decir, sin pertenencia ni identidad. Las fronteras no son, sin embargo, barreras, sino esclusas. En la era de la mundialización, las fronteras están destinadas, en primer lugar, a regular los intercambios y a proteger frente a las amenazas.

La indistinción se generaliza en la era posmoderna, cuando el individualismo narcisista y la metafísica de la subjetividad se convierten en los rasgos principales de la ideología dominante. Todo deviene fluctuante, efímero, transitorio y “líquido”. La pérdida de referencias engendra la anomia social, la indeterminación generalizada de los conceptos, la voluntad de erigir no importa qué deseo singular en ley general en “igualdad” con no importa quién. Hecha de individuos fundamentalmente fuera de lugar, no situados, de átomos individuales que reclaman, en nombre de sus “derechos”, la institucionalización de sus deseos, la sociedad se convierte en una estructura subcaótica que ha perdido todo el sentido de lo común. Cuanto más se separan los hombres, más se extiende el conformismo de las masas. Los individuos se convierten en esclavos sin dueños, desarraigados y deculturados, intercambiables y vulnerables, presas designadas de la doble empresa del Estado y del Mercado en el seno de una sociedad tanto más tolerante en lo general en cuanto más intolerante en lo particular.  

Apología del nomadismo en todos los frentes, desterritorialización de las problemáticas, sueño de una “gobernanza mundial”, supresión sistemática de las raíces, impulso de todas las hibridaciones, la fantasía del “Uno absoluto” conduce finalmente al “mestizismo” y al “mezcolanzismo” obligatorio y generalizado.

Aquí se dibuja un nuevo modelo de totalitarismo: no ya un mundo donde los hombres estarían exclusivamente dominados y explotados, sino un mundo donde los hombres se habrían convertido en seres intercambiables. El mundo de lo ilimitado y de la indistinción. El infierno, en cualquier caso. Fuente: Valeurs Actuelles