«US go home». Crítica de la modernidad liberal y americanofobia, por Stéphane François


La crítica a la modernidad, en tanto que expresión de la excepción occidental de civilización, en tanto que expresión del liberalismo (político y económico) y en tanto que manifestación del progreso, surge por todas partes.  

Los Verdes cuestionan el productivismo desde mitad de los años 70. 

Los partidarios de la "posmodernidad" quieren terminar con los “grandes relatos” de legitimación historicista. 

Los comunitaristas anglosajones afirman que el modelo liberal empuja a los individuos a alejarse unos de otros. 

Podríamos multiplicar los ejemplos. Sin embargo, sólo nos interesaremos por las críticas que emanan de las facciones más radicales (tanto de izquierda como de derecha) del espectro político, las cuales asocian el rechazo de la modernidad con el rechazo de América. Son los antimundialistas de ambos lados.

Antiprogresismo y antioccidentalismo

El rechazo de la ideología del progreso es concomitante con un rechazo de la modernidad liberal. El advenimiento de la modernidad no es, como querían los filósofos de la Ilustración, un ascenso lineal, feliz y fácil en todos los planos. En efecto, el desgarramiento de la vida tradicional produce, en un primer tiempo, casi tanto desorientación y sufrimiento como esperanza y enriquecimiento. Este proceso provoca fuertes rechazos, y la crítica de la modernidad, tanto política, económica, como filosófica, es uno de ellos. Históricamente, la modernización es el proceso de cambio de las sociedades tradicionales de Europa occidental (después, norteamericanas) iniciado a finales del Renacimiento y enseguida extendido a las otras esferas civilizacionales. Sin embargo, debemos precisar que la noción de progreso, frecuentemente asociada al concepto de modernidad política, es anterior.

La crítica de esta modernidad occidental se acopla, en los discursos que nos interesan, a las críticas de otros conceptos nacidos también en la Ilustración o muy próximos a ella: el progreso, el liberalismo, el materialismo y, sobre todo, el individualismo. Para algunos autores antimundialistas, el liberalismo es visto como una enfermedad degenerativa del mundo moderno. En efecto, estas personas, tanto de izquierda como de derecha, quieren desarrollar una crítica todavía más radical de la modernidad e invertir la clásica proposición: el pasado no es inferior al presente y al futuro, sino, al contrario, superior a ellos. Desde entonces, la modernidad se convierte, en estos argumentarios, en una especie de monstruo proteiforme de donde provienen todos los males, es decir, los “antivalores”, de los que los Estados Unidos serían su principal propagador. En efecto, los discursos americanófobos hacen elogio de un cierto conservadurismo, incluso del arraigo, trascendiendo todas las divisiones políticas. 

Desde la extrema derecha a la extrema izquierda, existe una contestación radical de la modernidad. Esta es concebida como el reino del individualismo, como el triunfo de la totalidad económica, como la hegemonía de la financiarización neoliberal, incluso como la uniformización, la masificación de las prácticas sociales y de los hábitos de consumo. Así, Peter Sloterdijk ha podido escribir que “el último hombre es el consumidor místico, el usuario integral del mundo”, mientras que el filósofo belga, católico y maurrasiano, Marcel de Corte habla, en cuanto a la sociedad liberal, de “disociedad”. Existe así una convergencia intelectual, en nombre de un combate contra los “antivalores” occidentales (concretamente, un combate antiamericano), entre una cierta derecha radical no-conformista, comunitarista, antitotalitaria y orgánica, y una izquierda, también radical, no-marxista, o postmarxista, alternativa, libertaria y comunitarista. Las dos convergen en el mismo rechazo de la ideología democrática-capitalista, en la cual el progreso promete bienes y bienestar terrestres. Rechazan el optimista dinamismo que la caracteriza y condenan las valores que esa ideología comporta en su seno: la emancipación individual, la secularización general de los valores, la diferenciación de lo verdadero, lo auténtico, lo bello, lo bueno…  

Numerosos sociólogos han caracterizado el surgimiento de la modernidad como un proceso de larga duración que va en el sentido de un creciente individualismo, como un Weber fustigando, siguiendo a Nietzsche, a los “últimos hombres” del capitalismo burgués y protestante, con “un caparazón duro como el acero” y sus veleidades de uniformización y nivelación de la cultura. Por este hecho, el mundo moderno es percibido, en estos discursos, como el reino de los “antivalores occidentales”, como el reino del egoísmo y del relativismo. 

Izquierda y derecha

Una parte de los círculos antimundialistas se clasifican en lo que Stéphane Rials llama la "derecha esencial", pudiendo identificarse esta última con la derecha legitimista de René Rémond. Defendiendo un aspecto espiritual y los valores contrarrevolucionarios, esta derecha desarrolla una radicalidad antimoderna y antihumanista, condenando los “antivalores” modernos. La otra parte deriva de la izquierda radical europea, incluso occidental. También desarrolla una radicalidad antimoderna, una condena de la pérdida de los “valores”, una forma de espiritualismo, así como un elogio de las comunidades arraigadas. Esta “izquierda reaccionaria”, si bien no cuelga por sus raíces de un pasado contrarrevolucionarios, no por ellos conceptualiza menos una visión antimoderna del mundo, que se reúne, paradójicamente, con los discursos contrarrevolucionarios. 

Si los círculos de extrema derecha y los de extrema derecha se alejan y se oponen, no dejan de existir entre ellos lugares de convergencia en sus respectivos márgenes, a veces contagiosos y creadores de porosidades doctrinales. La “americanofobia” es uno de ellos. Esta última es la expresión de una nostalgia de una sociedad cerrada sobre ella misma: los discursos americanófobos hacen elogio de un cierto conservadurismo, incluso del arraigo, trascendiendo las divisiones políticas. Sin embargo, debemos retener que en estos medios, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, si bien pueden comunicarse, continúan siendo conjuntos distintos con sus diferencias, incluso con importantes divergencias tanto textuales como genéricas. Las convergencias de personas de los dos lados, de hecho, son efímeras y fundadas sobre puntos concretos, como el antisionismo o el anticapitalismo neoliberal.

Los americanófobos, por tanto, son hostiles al materialismo, al capitalismo, a la uniformización del mundo y a la mundialización, todo ello encarnado en el modelo norteamericano. El objetivo sería universalizar la primacía absoluta de la sociedad mercantil y del igualitarismo individualista. Algunos, en los medios izquierdistas de la posguerra, aunque también será postulado por una franja de la derecha radical, llegarán a afirmar que la difusión del “american way of life” es una conquista cultural deliberada: imponiendo su cultura, los Estados Unidos imponen implícitamente su visión del mundo. El capitalismo mundializado pondría en peligro, según ellos, el terreno cultural sobre el cual las civilizaciones y las democracias se desarrollan: los valores de transmisión, de solidaridad, de vínculo social, etc. Los Estados Unidos son así presentados, a la vez, como una potencia imperialista, un vector de aculturación de las poblaciones, un antimodelo societal, una “anticivilización” que impone su cultural. Prestan también al liberalismo como una ideología que se basa exclusivamente en la libertad, sea esta económica o política, una libertad que pone en peligro los modelos holistas y orgánicos de las sociedades tradicionales. La modernidad es situada aquí bajo el signo del proceso alimenticio de la digestión, por retomar la expresión de Nietzsche: un mundo vacío de sentido, básicamente materialista y cuyo símbolo lo representan los Estados Unidos.

Por el contrario, los círculos antiliberales y antimundialistas promueven una especie de “conservadurismo de los valores” que se manifiesta en el regionalismo, en el arraigo, el elogio de las diferencias, contra la “macdonalización” del mundo, la “cocacolonización”. Esta visión del mundo se manifiesta, sobre todo, en le extrema izquierda de los decrecentistas, los antimundialistas y los localistas, y en la extrema derecha en el seno de la Nueva Derecha y en el movimiento identitario. Ambos se refieren doctrinalmente a un conjunto de ideas sostenidas por los movimientos antiproductivistas, anticonsumistas y ecologistas radicales. En ellos, el siglo XX, marcado por el modelo occidental de desarrollo, deviene en el siglo del derroche. Los círculos de la derecha radical y del altermundialismo desarrollan, así, tesis muy próximas, incluso similares, en lo que concierne a la crítica de los Estados Unidos. Estos medios han sido influidos en los años 80 por los teóricos del pensamiento comunitarista anglosajón, viendo en ellos una de las formas posibles de superación de una modernidad acabada, el modelo comunitario situado en una perspectiva holista. 

Elogio de las comunidades

Además, las tesis comunitaristas permitirían formular las respuestas a la disolución del vínculo social, característica de nuestra época individualista. Según sus defensores, ofrecen también a las personas que lo deseen no separarse de sus raíces, mantener vivas sus estructuras de vida colectiva, y no tener que pagar su respeto por una ley común mediante el abandono de la cultura que les es propia. De hecho, la doctrina comunitarista tiene una filiación ideológica con los anti-Ilustración o antiiluminstas. Puede servir así para conceptualizar un antiindividualismo antimoderno. Es el caso de Alain de Benoist, que define el individualismo, al que llama también atomismo, de la forma siguiente: “sujeto desvinculado, independiente en relación a sus semejantes, porque se siente obligado a encontrar en sí mismo sus esenciales razones de ser”, para desesperación y rechazo del autor. 

Por tanto, existe una convergencia intelectual entre una derecha radical no-conformista, comunitarista, antitotalitaria y orgánica, y una izquierda no-marxista, o postmarxista, alternativa, libertaria y comunitarista, también radical. Esta aproximación real fue particularmente sorprendente entre el círculo de Alain de Benoist y el equipo de la revista Telos, Heredera de Jürgen Habermas y la Escuela de Frankfurt, sobre todo con su director, Paul Piccone. También puede señalarse la confluencia de la Nueva Derecha con el Movimiento antiutilitarista (MAUSS) liderado por Alain Caillé, encontrando grandes similitudes en sus temáticas: antiuniversalismo, antieconomicismo, tercermundismo, ecologismo radical, decrecentismo, localismo. No obstante, este encuentro acabará en una polémica entre Alain de Benoist y Alain Caillé, a pesar de que la Nueva Derecha integrará en su doctrina estas temáticas y sus referencias intelectuales. 

Una lucha antiimperialista

Última gran convergencia intelectual entre los círculos izquierdistas y derechistas: el combate antiimperialista, tomando “imperialismo” en su dimensión norteamericana, que se presenta como el “país del bien” y de la “guerra justa”. Estos círculos condenan también la tendencia de los Estados Unidos a presentarse como una “nación elegida” que, a través de su “destino manifiesto” busca guiar al mundo por el camino del bien. Estos puntos de aproximación ideológica, a veces concretizados por la aproximación de los intelectuales, fueron facilitados por la última guerra contra Irak y el control norteamericano del petróleo de la zona. En efecto, los antimundialistas vieron en esa guerra, no una voluntad de liberar al país de su dictador, sino una voluntad deliberada del imperialismo político y económico de los Estados Unidos. Este combate se confunde también con la lucha contra el neocolonialismo occidental, un tema recurrente de la extrema izquierda desde hace más de sesenta años, y un nuevo caballo de batalla para la derecha radical antiamericana desde los años 70. Esta visión de la política americana fue favorecida por la agresiva política extranjera de la administración estadounidense. Esta idea se verá reforzada por el hecho de que los neoconservadores norteamericanos (Robert Kaplan, Charles Krauthammer, Max Boot, etc.) escribieran y reiteraran que los Estados Unidos disfrutaban de un poder sin paralelismos, debiendo usar y abusar sin complejos de su fuerza para reorganizar el mundo a su manera y antojo, solos o con aliados de circunstancias.

Este rechazo de la hegemonía norteamericana se manifiesta también en un rechazo de los derechos humanos. En efecto, estos círculos han elaborado una crítica original de los derechos humanos, paralela a su rechazo de América. Esta impugnación del valor de los derechos humanos los percibe como un instrumento de dominación del Occidente blanco, pero sobre todo de los Estados Unidos, sobre los diferentes pueblos… Esta crítica es antigua: Carl Schmitt, una de las grandes referencias de los estos círculos, tanto de derecha como de izquierda, pudo escribir que “los derechos fundamentales, en sentido estricto, no son más que derechos liberales del hombre como personal individual”. 

De hecho, los derechos humanos están vinculados, a la vez, a un reconocimiento del individuo en tanto que entidad autónoma y al universalismo uniformizador, que se impone de forma hegemónica, independientemente de la cultura, la historia y el contexto en el cual se impone. Es el lado abstracto del universalismo el que es violentamente criticado. Los derechos humanos van también en contra de un mundo multipolar, de un mundo que defiende el relativismo cultural tan querido por Claude Lévi-Strauss o Robert Jaulin. En efecto, los antimundialistas, defendiendo la diversidad de las culturas, la diferencia, contra la uniformización occidental, el universalismo, se unen a los dos antropólogos. Según ellos, la ideología de los derechos humanos, universalista, no sería más que un factor de aculturación y de dominación, erigiéndose Occidente en juez moral del género humanos. En los años 70, los derechos humanos serán utilizados como arma contra el bloque soviético. Después de la caída del Muro de Berlín en 1989, los derechos humanos serán utilizados contra los Estados que se oponen a la voluntad mesiánica y hegemónica de los Estados Unidos. Los antimundialistas, profundizando en este análisis, concluyen que la utilización de los derechos humanos por Occidente no es más que un medio de afirmar su superioridad sobre el resto del mundo y, por tanto, sobre las sociedades no occidentales. La civilización occidental, la civilización madre de la cultura americana, se habría convertido así en el mal absoluto. 

Se observa, así, una convergencia intelectual entre una derecha radical no-conformista y una izquierda no-marxista, o postmarxista, alternativa y también radical. Los antimodernos de derecha y algunos miembros de la contracultura derivada de Mayo del 68, han desarrollado una crítica similar de la modernidad occidental. Esta similitud está ligada a un efecto de generación. También ha sido facilitada por un juego de referencias intelectuales comunes. Pero, sobre todo, los discursos antimundialistas revelan una visión pesimista y nostálgica del mundo en la que la “americanofobia” juega un importante rol estructurante. Fuente: Temps Présents