De la geopolítica a la etnopolítica: el nuevo concepto de Eurorrusia, por Guillaume Faye (y II)


Una Eurorrusia confederal e imperial

Se trata de una “utopía positiva” y de la construcción de un “mito actuante”. En el siglo XVIII, la idea de la unión de Europa occidental tomó cuerpo y fue finalmente realizada (con indudables imperfecciones), en el siglo XX; los fundadores del sionismo lograron conducir la idea hasta la creación el Estado de Israel. Los Padres fundadores de los Estados Unidos de América, en el siglo XVII, también tuvieron éxito. De igual modo, hoy, la idea de una Unión imperial y federal de Europa occidental, Europa central, Europa oriental y Rusia, debe ser considerada como un compromiso objetivo y un proyecto movilizador.

Este proyecto prolonga y supera, a la vez, a la Unión europea, que se encuentra en un momento dialéctico importante en la historia al haber alcanzado sus límites y, también, su fracaso. ¿Por qué ha fracasado? Porque la Unión europea no ha sido capaz de afirmar la soberanía de Europa como gran potencia frente a los EE.UU., porque ha sido incapaz de evitar la invasión de Europa por las poblaciones del Tercer mundo y del islam. Peor aún, la Unión europea se pliega hoy a negar y destruir la propia idea de Europa por su proyecto de integrar a Turquía, incluso por otros políticos irresponsables, a los países del Magreb. En cualquier caso, la Unión europea ha supuesto un momento dialéctico importante (en el sentido hegeliano), pero ella debe ser superada, prolongada y extendida, tanto negativa como positivamente, por la Unión eurorrusa. 

La idea según la cual los pueblos europeos son extremadamente diferentes los unos de los otros, y que los rusos son todavía más diferentes, debe ser sometida a una suerte de relativismo crítico. La idea de la divergencia entre los pueblos de origen europeo será cada vez menos real en el curso del siglo XXI. Este siglo verá surgir una oposición cada vez mayor entre los pueblos de origen europeo y todos los demás. Y nosotros deberemos tomar progresivamente conciencia, desde las costas del Atlántico a Siberia, de que el conjunto eurorruso forma una unidad homogénea relativa de civilización, de cultura, de historia, de mentalidad y de potencial genético. Un bretón o un catalán, un bávaro y un ruso, están mucho más próximos entre ellos, sobre el plano genético, mental y comportamental, que de un chino. Las raíces culturales, artísticas, históricas, de Francia o de Italia están mucho más próximas de Rusia de lo que puedan estar del África francófona.

Si razonamos en términos de etnopolítica, así como de geopolítica, el conjunto eurorruso se presenta como una necesidad vital en este mundo del siglo XXI, que verá, al mismo tiempo, el choque de civilizaciones y la necesidad de reagrupación en grandes bloques. 

Es imposible imaginar aquí, en detalle, la forma política y constitucional interna de una unión eurorrusa, pero no obstante podemos establecer los principios fundamentales. Son muy diferentes de los de la Unión Europea actual, que no es más que un agregado tecnocrático impotente y nebuloso, que combina todos los inconvenientes del centralismo burocrático y de la anarquía.

Hace falta un Estado central, fuerte pero descargado, centro de decisión, como un cerebro, que posea el monopolio de la política extranjera y de la diplomacia, de la política económica general, de la política monetaria, de las fuerzas armadas y del control de las fronteras exteriores comunes; además de ser el garante del cumplimiento de los grandes principios.

Los diferentes pueblos y naciones deben tener la mayor autonomía interna. Los Estados que formen la Unión eurorrusa pueden ser los Estados actuales o pueden provenir del desmembramiento de algunos de ellos en nacionalidades o regiones, que serían así nuevos Estados. Cada Estado debe poder salir cuando quiera de la Unión y recuperar su soberanía. Los Estados serán libres de poseer las instituciones que deseen, libres en su sistema constitucional, judicial y educativo, en su política fiscal y económica interior. Pero deben, so pena de expulsión de la Unión, respetar los grandes principios fundamentales y no perjudicar al resto de los Estados miembros.

La solidaridad entre los Estados debe ser asegurada por compensaciones financieras organizadas por el Estado central.

Pero hay que precisar inmediatamente aquí que, en un primer tiempo, esta Unión eurorrusa no tomará necesariamente la forma de un Estado confederal, sino de una especie de concertación, de entente entre los Estados europeos y Rusia, una “unión de naciones”. Las cosas deben construirse de forma progresiva y pragmática. ¿Y por qué esta palabra “imperial”? Porque la idea de Imperio, bien entendida, es la libre asociación de pueblos emparentados por la cultura, la civilización, la proximidad racial y la continuidad geográfica. Los conjuntos heterogéneos terminan siempre por estallar. Hay que construir una “casa común”, pero progresivamente, sin urgencias.

La alianza confederal eurorrusa se enfrenta a tres amenazas principales: una es la del Tercer mundo bajo la bandera del islam, por su voluntad de conquista por la vía de la inmigración masiva; otra es el gobierno de Washington, que ve como una pesadilla toda posible alianza eurorrusa, intentando, por todos medios, debilitarnos, dividirnos, encerrarnos; y la tercera es China, que alimenta una voluntad mundial hegemónica y que actualmente trabaja en repoblar subrepticiamente la Siberia rusa.

Debemos acabar con la OTAN, que no es más que una estructura de sujeción de los europeos por parte de los EE.UU., y construir, como primer paso, una alianza militar integrada por todos los países europeos y Rusia.

En el plano de la disuasión nuclear, será necesario unir las fuerzas francesas y las rusas. Gran Bretaña sólo podrá participar si se libera de su servidumbre hacia los EE.UU., lo que no es el caso actualmente. 

La política exterior de Eurorrusia debe ser la del "erizo gigante", con este doble imperativo: ningún imperialismo frente al exterior, ninguna injerencia de potencias extranjeras en nuestro espacio vital. Este neutralismo está justificado por la autosuficiencia económica. Nosotros tenemos todos los recursos, todas las materias primas, y no necesitamos a los demás. No tenemos tampoco necesidad de guerrear con los demás ni de imitar el irresponsable imperialismo norteamericano, pero no podemos tolerar que los otros quieran imponer su ley en nuestro espacio vital. A la inversa de lo que practican los EE.UU., no es cuestión de amenazar a los otros, sino de garantizar una rigurosa defensa de nuestra integridad, de nuestra seguridad y de nuestros intereses.

Frente a los EE.UU., no se trata de manifestar hostilidad, sino desconfianza. El objetivo es convencer a los americanos de que su política exterior actual es errática y estúpida. Nuestra convicción debe ser que los americanos sólo serán nuestros amigos si admiten que no son los amos del mundo. La arrogancia americana es inmadura, infantil, porque ella no desemboca más que en continuos fracasos. Pero, a partir del momento en el que exista un conjunto confederal eurorruso, estaríamos de acuerdo en cooperar con los americanos, siempre que estos últimos renuncien a su tradición imperialista.

También es necesario poner fin a esta inconsistente "religión de los derechos humanos" que ha tomado la Unión europea actual en materia de política extranjera. De igual modo, la “ayuda al Tercer mundo”, inútil e improductiva, debe ser cuestionada. La presencia del islam sobre el territorio de la Unión eurorrusa deberá ser, en un primer momento, controlada, y en un segundo tiempo, restringida drásticamente.

En cuanto a la organización económica, no hay que inspirarse en el socialismo estatalista, en su organización interna ‒ineficaz‒, ni en el capitalismo especulativo mundialista actual. Un nuevo modelo económico podría construirse, fundado sobre los principios desarrollados, durante mucho tiempo, por el premio Nobel francés de economía Maurice Allais y del fallecido François Perroux, bajo el tema de los “espacios autocentrados”:

‒ Rechazo del principio del librecambismo mundial (que es catastrófico para toda la humanidad), con la instauración de barreras aduaneras y de cuotas contingentes económicas para la protección del espacio eurorruso, autosuficiente en todos los campos y dominios, primer espacio económico del planeta.

‒ En revancha, necesitamos un mercado único, una moneda común, un librecambio interior en el espacio eurorruso, un rechazo de la economía asistida, socializada, rígida, tal y como se practica en los países de Europa occidental. Un libre capitalismo interior, que formará una potencia dinámica, considerando la gigantesca talla del conjunto eurorruso.

‒ El Estado central no podrá intervenir en la economía sino de forma política, legislativa, planificadora, y nunca financiera. La función soberana no debe sustituir a las empresas, sino definir los grandes ejes de la política económica. Hay que inspirarse en el modelo bastante eficaz de EE.UU., donde el aparato estatal apoya a sus firmas comerciales sin entrar en su capital.

‒ Ninguna participación mayoritaria en el capital de las grandes empresas de la Unión será posible por parte de inversores extranjeros a la Unión. En revancha, las transferencias financieras y las participaciones en el interior del espacio eurorruso serán libres.

‒ Estricto respeto del medio ambiente, desarrollo de la energía nuclear, política activa de investigación y alta tecnología, especialmente de las energías renovables, política espacial integrada, construcción de grandes polos aeronáuticos y militares estrictamente eurorrusos, preferencia sistemática por las firmas del espacio eurorruso en todos los grandes mercados industriales, pero también en materia de comercio de productos agrícolas, prohibición para los Estados de endeudarse en gastos corrientes, sólo para inversiones: tales son algunos de los principios económicos que deberán ser imperativamente respetados por el Estado central y por los Estados miembros.

Por otra parte, los principios generales de la política interior deben ser contractualmente definidos por todos los Estados miembros de la Unión. Eurorrusia, hoy severamente amenazada en su demografía, debe fundarse sobre el principio etnocéntrico de la homogeneidad étnica. No hay nada inmoral en ello, puesto que este principio es aplicado por la mayoría de los países del mundo no-europeo: China, India, Japón, África, etc. Lo que supone imponer los siguientes principios constitucionales a todos los Estados miembros: rechazo de toda inmigración de trabajadores exteriores al espacio eurorruso (salvo, por cuotas, cuadros superiores y personal cualificado); prohibición del reagrupamiento familiar y del derecho de asilo; expulsión efectiva y administrativa de todos los clandestinos; imposibilidad para los extranjeros de percibir vivienda social o sanidad; exclusión de extranjeros en las elecciones; expulsión inmediata y definitiva de todo extranjero culpable de cometer delito; abandono del derecho de suelo en beneficio del derecho de sangre (fin de las naturalizaciones); retorno progresivo a sus países de los inmigrantes del tercer mundo; posibilidad de inmigración libre y naturalización exclusivamente en el interior del espacio eurorruso, para sus ciudadanos, en función de la legislación de cada Estado. El criterio étnico debe estar en el centro del proyecto constitucional de organización interna de la Unión. La homogeneidad étnica europea es el fundamento del proyecto eurorruso, igual que la homogeneidad étnica africana es el fundamento del proyecto de los panafricanos que quieren, justamente, unificar su continente. La homogeneidad étnica es la base de la paz social y de las libertades públicas, verdad de sentido común que ya había contemplado perfectamente Aristóteles.

Y, sobre todo, hay que reconocer que lo que nos divide, en las mentalidades, los hábitos culturales, la memoria histórica, a rusos y europeos occidentales, es mucho menos importante de lo que nos une. Y esto será cada vez más cierto en el curso del siglo XXI. Cuestión crucial: el nacionalismo ruso, ¿puede sentirse herido y desposeído por tal proyecto imperial de unión eurorrusa? No, en la medida en que esta Unión no sería impositiva ni vinculante, sino voluntaria y asociativa, en la que los beneficios para Rusia serán considerables.

Se dice que el “alma rusa” se siente dividida, incluso indecisa, entre Europa y Asia, y que Rusia no es verdaderamente europea. Esto se ilustraría en el símbolo del “águila bicéfala” que mira, al mismo tiempo, a Oriente y a Occidente. Pero yo pienso que esto es un sofismo geográfico. Los rusos no son un pueblo “semiasiático”: es un pueblo europeo que ha conquistado una parte geográfica de Asia. La oposición entre los rusos y los eslavos del este, por un lado, y los otros europeos del oeste, por otro, es mucho menos marcada de lo que se cree. Pertenecemos a la misma fuente genética, étnica y civilizacional, a una gran familia, cuyas diferencias son menos importantes que las semejanzas. 

No obstante, debemos ser conscientes de que tal proyecto de la Unión eurorrusa es bastante complejo. Todo esto supone una reinversión de las mentalidades, la Umwertung de la que hablaba Nietzsche. Pero esta reinversión, esta tormenta mental y espiritual llegará con las catástrofes que se avecinan. Estas catástrofes son dialécticamente positivas. La “razón” no es una trascendencia, sino la unión posible de una gran tendencia histórica implacable y de una voluntad política excepcional que utiliza el caos creado para metamorfosearlo en un nuevo orden. Los fatalistas, los materialistas (ya sean marxistas o liberales, que son los mismos filosóficamente), los traidores, los estrechos nacionalistas, las falsos sabios, los deprimidos y los excluidos de la historia, los progresistas acomodados en las falsas profecías, los optimistas alucinados, los conservadores nostálgicos, los políticos decadentes, los intelectuales en su torre de marfil, nunca han entendido que el destino de los hombres y de los pueblos jamás fue escrito por adelantado, que nada está, de antemano, necesariamente perdido o ganado.