Inmigración, ¿una fatalidad o una necesidad? Una gran mentira, por Julien Dir


A lo largo del debate sobre la inmigración escuchamos, a los partidarios de un laxismo generalizado en nuestras fronteras (nacionales o europeas), decir que sería imposible controlar la inmigración, que “de cualquier forma, nunca podremos impedir a la gente venir a Europa, accediendo a la misma por todos los medios”. 

Estas frases son enunciadas como profecías casi divinas, a las que es imposible responder. Sin embargo, son mentiras, porque lo que esta gente explica es que la inmigración, según como se aborde, puede ser tanto una necesidad como una fatalidad, pero lo que no dicen es que existen soluciones concretas para detener totalmente la inmigración y para disuadir a los inmigrantes del mundo entero de venir a Europa (e incluso para incitar a los que ya están en Europa a partir de regreso).

Rechazar sistemáticamente las embarcaciones de migrantes
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Los ejércitos europeos aliados en el Frontex tienen los efectivos suficientes para patrullar ‒esto requiere una voluntad global en Europa‒ en el Mediterráneo especialmente, para eliminar físicamente a los traficantes y contrabandistas de migrantes (¿a alguien le preocupa que sean eliminados los yihadistas en Mali o en Siria?; entonces ¿por qué hay “piratas” en el Mediterráneo), rechazar las embarcaciones de migrantes que se aproximan a nuestras costas, y liquidar a los esclavistas norteafricanos. Todo es cuestión de voluntad política. De hecho, Hungría ha conseguido, por tierra y con recursos limitados, detener la inmigración. ¿Y Europa será incapaz? Bien, veamos…

Presionar económicamente a los países de origen
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¿Recuerdan los embargos contra Irak e Irán? ¿Recuerdan el número de países que han sido condenados al ostracismo en todo el mundo? ¿Por qué Europa, en nombre de la protección y la seguridad de sus fronteras y de su civilización, no puede hacer los mismo? Reclamar a los Estados africanos que actúen, al mismo tiempo, sobre la demografía de sus naciones (para frenarla) y adoptando las medidas necesarias para evitar la emigración (cuáles sean éstas no es asunto nuestro). Después, si no hacen nada por impedir que sus nacionales emigren, detener las ayudas al desarrollo, ese residuo postcolonialista que consiste en repartir dinero por todo el planeta sin exigir nada a cambio. Que siguen sin hacer nada, pues congelar las cuentas bancarias que los dirigentes de esos países tienen en Europa. Y prohibir que vengan a nuestros hospitales para recibir tratamientos, mientras sus poblaciones mueren de hambre y enfermedades. Por supuesto, anular los pasaportes diplomáticos y cerrar embajadas. En fin, prohibir que las empresas europeas entren en los mercados de los países cuyas poblaciones migran hacia Europa, por tiempo indefinido.

Que no nos digan que esto es imposible, otros lo han hecho antes que Europa y otros lo harán en el futuro. La voluntad política es la que decide.

Expulsar automáticamente a los inmigrantes clandestinos y romper con los tratados que nos impiden actuar
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Un tratado internacional, una convención, se firma. Y se rompe igualmente. La voluntad política, una vez más. Los abogados y las asociaciones consiguen que los “menas” (menores solos) permanezcan en nuestros territorios bajo una apariencia de humanitarismo ilegal. ¿Qué pasa cuando, en su mayoría, cometen actos delictivos? Pues toca romper con los tratados que los protegen. Que las compañías aéreas no quieren poner sus aviones a nuestra disposición para ejecutar las expulsiones… pues se rompen los contratos públicos, se suprimen las ayudas y se imponen sanciones económicas. ¿A quién expulsar? En una primera fase, a los clandestinos y a todos aquellos de origen inmigrante que cometan actos delictivos.

Sin embargo, no hay que eliminar la asistencia médica a los inmigrantes, ni tampoco las ayudas y subsidios familiares a los mismos, ambos argumentos utilizados por los políticos hipócritas que se exceden en sus declaraciones contra la inmigración, pues aquí priman razones de salud pública. En contrapartida, si se detiene la inmigración masiva y desaparece la inmigración clandestina, no habrá necesidad de aumentar este tipo de asistencia sanitaria ni las prestaciones económicas, sino que irán reduciéndose progresivamente. Las ayudas sociales deben reservarse para aquellos que no puedan trabajar por alguna causa justificada. Fin del problema.

La inmigración no es una necesidad
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Nuestro continente envejece. Este fenómeno es cíclico, sencillamente. Una vez más, ello no es una fatalidad. Y las políticas familiares que incitan a tener más niños, si es necesario, también existen. Prestaciones económicas para las parejas con hijos, ayudas a la vivienda, apertura de guarderías, escuelas en las zonas rurales. Fomento y potenciación de la familia (que la familia tradicional deje de ser algo pasado de moda, incluso insultante). La famosa estafa de que los "inmigrantes que hacen los trabajos que los europeos no quieren hacer”, debe ser eliminada. Nadie quiere hacer ciertos trabajos, como limpiar los servicios públicos por 1.000 euros al mes, tampoco los inmigrantes. ¿Qué hacer? Pues aumentar dignamente los salarios de estos trabajos y robotizar los mismos en la medida de los posible. Nadie está obligado a realizar tareas ingratas.

Nos encontramos entonces con la paradoja de que las personas que se proclaman de izquierdas, humanistas, y todas esas canciones, encuentran fantástico que los inmigrantes limpien los baños de los servicios públicos, o que hagan las tareas domésticas a tiempo parcial, o envasen pollo halal de dudoso origen bajo las órdenes de un empresario sospechoso. Y todo a cambio de un salario de miseria, pero que le permite ir reagrupando a su familia en una vivienda miserable en las grandes aglomeraciones urbanas.

El verdadero humanismo consiste en respetar a cada individuo, a cada pueblo, a cada etnia, a cada civilización. Permitir que cada cual tenga un futuro en su tierra. Nuestros países no son hoteles. No somos intercambiables. No podemos querer salvar el planeta del calentamiento climático, proteger a las especies animales en peligro de extinción y, al mismo tiempo, querer una gran mezcolanza de pueblos y poblaciones que, además, hacen la guerra unos contra otros cuando se ven obligados a vivir juntos.

Dictadura, en el bueno sentido, de la voluntad política… y basta de inmigración
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Se trata de medidas, de aplicación muy sencilla, que no afectarán en modo alguno a la vida cotidiana de nuestros pueblos. Que no desembocarán en una “dictadura”, como pretenden algunos líderes y responsables comunitaristas y asociacionistas, apoyados por los medios.

La inmigración tampoco es una fatalidad inevitable. Los africanos y los asiáticos no son “niños grandes” a los que debamos tender la mano para ayudarles a caminar, sino que estos pueblos deben aprender a regular su demografía, a desarrollar sus capacidades económicas, a vivir según sus costumbres civilizatorias. Los inmigracionistas se comportan, con frecuencia, como neocolonialistas, pero es cierto que, en materia de colonialismo, la izquierda tiene una gran experiencia.

La inmigración, ¿es una fatalidad o una necesidad? No. Nosotros no necesitamos inmigrantes. Nada de cuotas. Podemos impedir que entren aquellos que no han sido invitados a nuestra casa. Medidas económicas, medidas sociales, medidas policiales…

Todo esto no tiene ninguna complejidad, por el contrario, es demasiado simple… y básico. Todo es cuestión de voluntad y de valentía política. ■ Fuente: Polémia