¿Qué es el mundialismo?, por Georges Feltin-Tracol


En 1984, la Gran diccionario enciclopédico Larousse definía así el mundialismo: “Doctrina que contempla la realización de la unidad política del mundo considerado como una comunidad humana única”. 

Una segunda definición precisaba que se trata también del “enfoque de los problemas políticos en una óptica mundial”. Estas dos explicaciones complementarias insisten sobre el alcance “político” del término. El mundialismo es una teoría política que debe disociarse de la mundialización, cuya acepción es más económica, geográfica y técnica, incluso si, realmente, “mundialización” y “mundialismo” se sostienen mutuamente.

Concepto político, el mundialismo opera sobre un plazo más o menos largo en favor de un Estado mundial, de un Estado planetario (frecuentemente evocado en los relatos de ciencia-ficción), incluso de un Estado universal por retomar una expresión tan querida por Ernst Jünger. En su honorable biografía Ernst Jünger. Un autre destin européen, Dominique Venner no menciona su breve ensayo de 1960, El Estado universal, que prolonga sus reflexiones de 1945 sobre La Paz. Jünger anuncia que «la perspectiva del Estado universal parece más probable, su advenimiento mejor garantizado por los signos de los tiempos y, en cuanto a la paz mundial, más deseable que una nueva distribución del poder». Visionario, añade más adelante que «la uniformización actual de los sexos es uno de los síntomas que anuncia el advenimiento del Estado universal». ¿Y si la llamada ciudadanía mundial derivase de la androginia, la LGBTIQ o el transhumanismo? Previendo un Estado global, Jünger pensaba también en su final. La intriga de su Eumeswil tiene lugar después de su desaparición.

El mundialismo es paradójico, porque si no subsiste sobre el globo más que un único Estado, ¿dónde se refugiarían sus eventuales opositores? Si se instalasen sobre la Luna o sobre Marte, otro Estado sería creado de facto. Parafraseando al filósofo Marcel Gauchet, el mundialismo es la política del fin de la política porque postula la desaparición (¿definitiva?) de la distinción schmittiana entre el amigo y el enemigo cuando ésta no evacua los otros dos criterios fundamentales vistos por Julien Freund en La esencia de lo político: el mando ‒la obediencia, por un lado‒, y la tensión lo público-lo privado, por otro.

Por razones de espacio, no puede trazar aquí la historia de esta idea ampliamente compartida por las oligarquías políticas, científicas, financieras y mediáticas. Fuera de todo contexto cronológico, voy a presentar una tipología de los mundialismos. Diferentes mundialismos coexisten, los cuales, según los lugares, las circunstancias y las claves, se combinan, se coaligan o se enfrentan.

Estudiarlos no significa caer en el conspiracionismo o en el complotismo. El supremo jefe de orquesta que mueve los hilos de tal o cual conjuración a través de diversas oficinas secretas no existe, como lo indica brillantemente Vladimir Volkoff en su novela Le Complot. En revancha, como veremos, dos grupos discretos pueden llegar a entenderse, pero también a enfrentarse. 

Antes de detallar los diferentes mundialismos políticos e ideológicos, comencemos este panorama por un mundialismo metapolítico, el “mundialismo científico”, en particular a propósito de los orígenes antropológicos y genéticos de los hombres. Según el discurso oficial, nosotros seríamos herederos de Lucy y nuestra cuna sería África. Esta teoría monogenista domina en la universidad occidental y descarta, sin discusión, los descubrimientos en favor de las tesis poligenistas o multirregionales que cuestionan la tesis africana. Puesto que nuestros supuestos ancestros vendrían de África, nosotros deberíamos aceptar a los inmigrantes clandestinos y la invasión migratoria en curso de nuestro continente. El mundialismo científico ofrece a los otros mundialismos una sumaria y eficiente argumentación que justifica la desaparición de las fronteras, las identidades y los conjuntos políticos soberanos. 

El primer mundialismo político examinado aquí nos concierne prioritariamente, puesto que se trata de un “mundialismo republicano” francés largamente elaborado por la francmasonería. Los valores de la República francesa son valores masónicos. Desde su célebre sofá rojo, el disidente perseguido Alain Soral se afirma “republicano y universalista”. ¿Qué es el universalismo? De acuerdo nuevamente con el Gran diccionario enciclopédico Larousse, este término designa la “opinión de aquellos que no reconocen otra autoridad que la del consenso universal”. Su segunda definición señala un “carácter universal de salvación destinado a todos sin excepción”. El registro semántico no es “político”, sino “religioso”. En cuanto al adjetivo “universal”, comparta seis definiciones, una de ellas muy ligada al mundialismo, a saber: “Se dice de lo que se extiende sobre toda la superficie de la tierra; mundial, planetario”.

La República hexagonal de esencia masónica que ocupa y gangrena actualmente a Francia, se quiere universalista porque los textos fundadores, pensamos en la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de 1789, se dirigen teóricamente al conjunto de la humanidad. Los revolucionarios acordaron con facilidad la nacionalidad francesa para los extranjeros como Anacharsis Cloots. El ius solis o “derecho de suelo” particularmente aplicado en el Hexágono reposa, por otra parte, sobre la concepción mundialista-universalista de una República una e indivisible cuyas fronteras deberían corresponder a los límites del globo terrestre.

En Le Nouvel Observateur, el entonces senador del Partido socialista de L´Essonne, un tal Jean-Luc Mélanchon, declaraba que «Francia es una construcción puramente política: no está soldada ni por la lengua, ni por una pertenencia étnica, ni por una religión, ni por un color de la piel. Es enteramente el fruto de un pacto civil. Este pacto se funda sobre los principios derivados de la Gran Revolución de 1789. Sólo posteriormente, nosotros supimos que estos principios no pueden desarrollarse completamente sin universalizarse (…) Un republicano consecuente no puede creer que pueda hacerse de Francia un solo país». Por su parte, Maurice Szafran decía, en Marianne, que «desde 1789, la nación francesa es una construcción política, en ningún caso una comunidad. En efecto, la identidad francesa se resume, esencialmente, en la idea republicana (…) La identidad nacional republicana es la laicidad (…), es la relegación de lo religioso a la esfera familiar y privada (…) La identidad nacional republicana es la afirmación del principio igualitario contra el principio hereditario». El director de la redacción del semanario La Vie, Jean-Pierre Denis, superaba la puja en la revista Limite: «Francia es un país singular, con una vocación universalista. El único quizás, junto a los Estados Unidos, que puede considerarse como un proyecto». ¡Un proyecto edificado sobre la falacia del vivir-juntos!

Estas tres citas hacen pensar en el bello dibujo del genial caricaturista Konk titulado Spirit sur Mars. En el fondo del dibujo, dos extraterrestres miran el espacio y discuten. El primero se pregunta: “Y nosotros, ¿también somos franceses?”. El otro le responde: “Pues sí, todo el mundo es francés”. Comprenderemos, después de estos ejemplos, que no es anodino que nuestros lamentables políticos desdeñen los principios tradicionales franceses y europeos por los llamados valores republicanos. La escoria politiquera, intelectual y mediática, busca hacer creer a los franceses de raíces europeas que su destino sería un Brasil hexagonal, es decir, un pandemónium multirracial mercantilizado. 

Encontramos este mesianismo político en otro mundialismo hoy en letargo después de décadas de activismo sobre todos los continentes: el “mundialismo revolucionario comunista”, sea soviético o sea izquierdista. Se olvida con frecuencia que la intención inicial del proyecto bolchevique era la conquista del mundo y no el internacionalismo, que, como probara Stalin, conserva el factor nacionalitario. La IIIª Internacional comunista (o Komintern) fundada en marzo de 1919 en Moscú, divergía de sus precedentes internacionales, porque ella no era una federación de partidos, sino una unión de secciones comunistas en un partido comunista mundial. Su objetivo era la fundación de una “Unión mundial de repúblicas socialistas de los soviets”. La URSS servía de soporte territorial y político y habría de integrar a los otros Estados. Esta intención permaneció subyacente justo hasta su desaparición en 1991. En enero de 1979, el Kremlin sondeaba a Sofía a fin de que Bulgaria se convirtiese en la decimosexta república federada soviética. Los dirigentes búlgaros rechazaron prudentemente la oferta. En estas condiciones, resultaba coherente que las secciones locales del comunismo, y después de los izquierdismos, amenazasen con violentas campañas antinacionales. El fracaso económico de los modelos socialistas científicos, y después su desaparición, detuvieron la marcha hacia un Estado socialista mundial.

Sin embargo, asistimos a finales de la década de 1990 a la sorprendente mutación del mundialismo revolucionario en “altermundialismo”. El 12 de agosto de 1999, el sindicalista agrícola de la Confederación campesina (y futuro bioconservador) José Bové desmantela un restaurante McDonald´s en construcción en Millau. Adquiere una gran notoriedad y visibiliza un vasto movimiento de contestación que tiene éxito a continuación en noviembre de 1999 al hacer fracasar las negociaciones de la OMC (Organización mundial del comercio) en Seattle, Estados Unidos. En Francia, la ATTAC (Asociación para la imposición de las transacciones financieras y por la acción ciudadana) se constituye a iniciativa de Le Monde diplomatique. Este repentino éxito mediático incita a los “antimundialistas” rápidamente a cambiar de denominación. En efecto, con demasiadas connotaciones, el “antimundialismo” designa sólo a los impresentables que somos nosotros, por ejemplo. Adoptando el término “altermundialismo”, ellos expresaban su hostilidad al mundialismo liberal, financiero y librecambista y su preferencia por “otro mundialismo” progresista y solidario.

Conociendo su momento de gloria en la primera mitad de la década de 2000, este “otro mundialismo” no está exento de contradicciones. Así, los altermundialistas defienden la soberanía alimentaria, el localismo y la soberanía energética, pero rechazan toda soberanía política. Peor aún, reivindican el fin del librecambio de bienes y capitales, pero se comprometen y facilitan los crecientes flujos migratorios. Embutidos en sus certezas (como los liberales conservadores), no comprenden que el cese simultáneo del mundialismo y de la mundialización presuponen el establecimiento de una “sociedad cerrada”, de un Estado orgánico y de una autarquía económica de grandes espacios civilizacionales. Una de las últimas manifestaciones de este altermundialismo fue el famoso movimiento “Nuit Debout”, un grupito de “bobos, gogos y zozos…”. Pueden asimilarse a este movimiento a los “ZADistas” de Notre-Dame-des-Landes, de Sivens, de Bure y de Roybon, que conducen combates justos con ideas completamente erróneas.

El cuarto mundialismo político a examinar ahora es poco conocido, aunque marca la historia de las ideas políticas europeas profundamente. Es el “mundialismo esotérico”. Como ya lo saben, sin duda, los que hayan leído el libro Le XIXe siècle à travers les âges de Philippe Muray, los socialistas fueron, durante mucho tiempo, los compañeros de viaje del ocultismo y del esoterismo. Eminentes responsables socialistas eran espiritistas y echaban las cartas por la noche.

El mundialismo esotérico se refiere, en particular, a la Escuela de la Tradición Primordial, cuyas figuras más representativas son René Guénon, Julius Evola y Frithjof Schuon. Descartemos enseguida a Julius Evola de este propósito, porque sus escritos celebran al europeo diferenciado y antimundialista. A riesgo de equivocarnos, y pese a su conversión al islam, Guénon no era mundialista. Su obra es, principalmente, “un apoliticismo permanente del espíritu”, a veces, con inclinaciones hacia un universalismo considerado como una emanación de la Tradición primordial.

El caso más flagrante de este “mundialismo esotérico” concierne a Frithjof Schuon. Discípulo de Guénon, Schuon se convirtió muy pronto al islam sufí y fundó una hermandad mística. Sin embargo, a lo largo de los años, Schuon emprende una amalgama sincrética que va desde la hiperdulía cristiana hasta las prácticas amerindias chamánicas. Al final de su vida, el propio René Guénon advirtió a sus corresponsales contra este desconcertante discípulo. Schuon justificaba su enfoque a través de su libro principal, De la unidad trascendente de las religiones. Estimando que todas las espiritualidades humanas proceden, directamente o no, de la Tradición primordial, sostenía un “ecumenismo esotérico” reservado a una élite de iniciados transnacionales…

Al principio restringido a unos pocos cenáculos minoritarios, este mundialismo logró seducir a una franja nada desdeñable de la población occidental, y se fue transformando, parcialmente, en el mundialismo New Age. Muy apegado a la lengua francesa y hostil al “franglés”, sin embargo, sigo empleando el término anglosajón, que puede traducirse como “Nueva Era” (Nouvel Âge, en francés). La New Age fue una constelación de nuevas religiosidades secundarias muy dinámicas hasta el tránsito del año 2000. Fue el momento en que los hogares acomodados se procuraban piedras de energía, se juntaban formando cadenas humanas bajo las líneas eléctricas de alta tensión o durante una tormenta, o bien colocando sus alimentos en sus muebles en forma piramidal. En resumen, permítaseme el oxímoron, ¡la New Age es el esoterismo para todos! Su carácter mundialista se remarca por el cambio de era. Pasamos del tiempo astrológico del Pez a la era de acuario, una época más armoniosa, más tranquila, con una toma de conciencia de todos por los desafíos planetarios y la constitución de una autoridad “global”, moral y política, universalista y mundialista, con las prerrogativas capaces de salvaguardar los grandes equilibrios mundiales (recursos naturales, demografía, crecimiento económico, etc.). Este mundialismo se alimenta de teorías “noachitas” (corriente religiosa judaica que afirma seguir las leyes de Noé), así como de especulaciones sobre una religión sincrética mundial donde la tiranía de los derechos humanos y de la ecología de mercado (o “desarrollo sostenible”) son sus pródromos.

El mundialismo de la New Age se declina también en otro mundialismo, el “mundialismo ecológico”. Antoine Waechter estima que “un ecologista no puede ser sino ¡regionalista, europeo y mundialista! No nos sorprendamos. Para algunos ecologistas, el nivel planetario es, en el fondo, el único pertinente, puesto que su hogar (oïkos) coincide con todo el planeta; es la hipótesis Gaïa. Popularizada por James Lovelock en 1970, esta expresión designa a la Tierra como un organismo viviente total que interactúa con todos sus componentes (lo viviente, lo vegetal, lo mineral, el aire, etc.) Holista y dinámica, esta percepción orgánica me agrada, lo admito voluntariamente. El problema es que algunos adeptos de esta teoría juzgan que la supervivencia de Gaïa implica una unidad política global. Esta visión se difunde ampliamente por la opinión pública a través de las grandes producciones cinematográficas hollywodienses tales como el film Avatar (2009) de James Cameron. Los Na´vis se comunican con su planeta Pandora, que moviliza todas sus fuerzas para la batalla final contra los Humanos terrestres explotadores. Como vemos, la hipótesis Gaïa comporta, por tanto, tantas potencialidades mundialistas peligrosas como posibilidades identitarias arraigadas prometedoras.

Pero los mundialismos anteriores retroceden ante los siguientes. El primero es el “mundialismo sionista”. La OSCE (Organización para la seguridad y la cooperación en Europa) acaba de aprobar una resolución que hace el antisionismo una forma de antisemitismo. Esta estúpida decisión viene a calificar de antisemitas a las corrientes tradicionalistas ortodoxas judías tales como los Netourei Karta o los Satmar, los cuales no se reconocen en el Estado de Israel y apoyan a la Autoridad palestina o a Irán.

El sionismo es un judaísmo político: tiene a reunir en torno a la colina de Sion en Jerusalén al conjunto de los judíos repartidos sobre todos los continentes. ¿Sabemos que existe un Congreso judío mundial, así como una Organización sionista mundial que favorece el Alyah (el retorno a Israel) de las comunidades judías y garantiza en el extranjero la buena imagen del Estado hebreo? Esta ideología se declina en varios pensamientos rivales: el sionismo socialista con la experiencia de los Kibutz y los fundadores de Israel, incluyendo a Ben Gourion, el sionismo revisionista nacionalista laico de Vladimir Jabotinsky, incluso el sionismo religioso. Ciertos grupos sionistas religiosos que creen representar al “pueblo elegido” se asignan la misión de dirigir, directamente o no, al mundo durante la escatológica espera del enviado de Yahvé. Lo religioso fagocita aquí a lo político, si bien más que hablar de “mundialismo sionista” sería preferible decir “universalismo sionista”.

Un problema similar (mundialismo o universalismo) nos espera sobre el islamismo. Si elijo la palabra “mundialismo” es porque el islam confunde lo espiritual y lo temporal. El Corán es, al mismo tiempo, un libro religioso, un tratado político y un código de derecho civil que encierra la vida cotidiana en una multitud de prescripciones religiosas. Desde su fundación hacia 609 por Mahoma, la religión que somete a los hombres a la voluntad de Alá está en continua expansión. Para un musulmán, Mahoma es el “sello de los profetas”: él cierra una línea comenzada por Abraham y prosigue con Moisés y Jesús. El mahometano considera, por consiguiente, que todos los seres humanos son, sin saberlo, sus correligionarios. En cuanto ellos lo sepan deberán convertirse de buen grado o por la fuerza. De ello resulta que el islam tiene por vocación geopolítica extender el Dar-el-Islam (tierras o reino de la Umma, la comunidad de los musulmanes) a expensas del Dar-el-Harb (los territorios no musulmanes a conquistar) y hasta los confines del planeta.

El islam intentó dos veces invadir Europa antes de ser rechazado en 732 en Poitiers, y después en 1683 ante las puertas de Viena. Asistimos hoy a la tercera oleada de invasión migratoria conquistadora gracias a la complicidad de nuestros politicastros, derechohumanistas y laicistas. La violencia no es el único medio empleado por el islam. Además, el islam usa otros métodos. Indonesia se convirtió por el comercio de los mercaderes llegados de Arabia; las cofradías de los morabitos hacen proselitismo en el África negra.  

El mundialismo islamista no es monolítico. No entraré en las violentas disputas entre sunitas y chiitas. Sin embargo, hay que señalar que, en ocasiones, estas dos corrientes han adoptado tomas de posición abiertamente mundialistas. Cuando los responsables iraníes fundan en 1982 una formación político-militar libanesa, Hezbolá, a fin de contrarrestar el principal movimiento chiita de entonces, Amal, cuyo jefe espiritual había desaparecido en 1978 durante una estancia en Libia, el “partido de Alá” no ocultaba su ambición planetaria. Su símbolo es claro: se lee “partido de Alá” en caligrafía árabe con una letra más alta que las otras que porta un kalashnikov y en segundo plano se representa el globo terrestre. Fue sólo a finales de la década de 1990 que Hezbolá cesa en sus reivindicaciones planetarias y adopta un pragmatismo político que desemboca en el nacionalismo árabe. En los primeros tiempos de la Revolución islámica, los iraníes querían unir a chiitas y suníes en una vasta empresa de extensión, si no mundial, al menos regional, de la revolución, La desconfianza y la hostilidad de los suníes contra Teherán obligaron a retomar y proseguir la política extranjera del Sha de Persia, en particular el programa nuclear…

Entre los sunitas, los Hermanos Musulmanes, presentes tanto en Egipto como en Qatar y en Siria, desarrollan implícitamente una visión mundial. En 1935, su fundador, el egipcio Hassan-al-Bannâ votó, en el curso de un congreso, una carta fundamental en vigor cuyo quinto punto estipula que «la bandera del islam debe dominar la humanidad y el deber de todo musulmán consiste en educar al mundo según las reglas del islam». La política es relegada a segundo plano en beneficio de un enfoque más gramscista, insistiendo en una educación de orden universalista y no en la confrontación. Se separan de Al-Qaeda y del Estado islámico, que conducen a estrategias diferentes. Al-Qaeda conduce una guerra asimétrica desterritorializada contra el Occidente globalista, mientras que el Estado islámico se implanta en diversos lugares (Irak, Siria, Libia, norte de Nigeria…). La restauración de Mosul al califato en 2014 (hoy liberada) se inscribía en una lógica que intenta, en primer lugar, unir a todos los musulmanes sunitas contra los “infieles”, los heréticos chiitas y otros “cruzados”, para a continuación proclamar su universalidad, ya que, si Damasco y Bagdad caen, enseguida caería también Riad, y el norte de África y Europa serían reivindicadas como tierras del islam.

Por el momento, no obstante, no estamos en esa situación porque el mundialismo islamista se enfrenta al más poderoso de los mundialismos, el mundialismo liberal financiero anglosajón.

El historiador Pierre Hillard y el ensayista Michel Drac, han estudiado bien, en el dominio francófono, esta forma de mundialismo que nosotros conocemos perfectamente. No tengo la intención de parafrasear sus trabajos, pero invito a su lectura. Sobre todo, trataré algunos puntos determinantes en la óptica mundialista anglosajona. 
El “mundialismo anglosajón” no es uno ni único. También se encuentra violentamente atravesado por feroces competencias internas. Los intereses de ciertos grupos no siempre coinciden con los defendidos por otros grupos. Los litigios pueden, ciertamente, reglamentarse durante el curso de discretas e informales reuniones. Sin embargo, no siempre estos amistosos acuerdos conducen al éxito, porque las querellas no son solamente económicas, comerciales o financieras; pueden ser también políticas, mediáticas, privadas, incluso sexuales…

El mundialismo anglosajón hunde su origen en la psicología histórica de los ingleses, un “pueblo del mar”. Es en el siglo XVI cuando ellos descubren que la insularidad que les penaliza se revela, de hecho, como un formidable muro protector y un importante factor geopolítico. El pensador contrarrevolucionario francés Louis de Bonald observaba que “la guerra, siempre marítima, siempre lejos de Inglaterra, se mantenía en la ociosidad de los cafés y en las especulaciones de la Bolsa”. Anteriormente, Bonald advertía que «la única monarquía universal posible es la del mar; despotismo marítimo, molesto para todos los poderes, que con su epidémico furor por el comercio, se separa de todas las tierras para situarse sobre las aguas». Los ingleses transmiten esta mentalidad “líquida” a sus descendientes estadounidenses. A finales del siglo XIX, Cecil Rhodes se felicita por el potencial poder de la “anglosfera”. Su razonamiento es retomado, hacia 1998, por un hombre de negocios británico, Conrad Black, quien reclama, al mismo tiempo, el Brexit y una Confederación atlántica entre Gran Bretaña y los Estados Unidos. Otros anglófonos van más lejos y contemplan una estrecha unión política entre Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Durante la Segunda guerra mundial, Clarence Streit defendía una Unión transatlántica en la que la OTAN y la TAFTA serían sólo dos aspectos especializados. Esta Federación entre la Europa del oeste y la América del norte, léase Occidente, que Samuel P. Huntington designaba como la “civilización occidental”, provocó las fantasías de los franceses hexagonales Philippe Nemo, Edouard Balladur, Roger-Pol Droit e Ivan Rioufol. Régis Debray trató con ironía en 2002 este tema poco conocido en su notable opúsculo “El edicto de Caracalla o la defensa de los Estados Unidos de Occidente”. El filósofo Jacques Maritain incluso preconizó una “sociedad política mundial” adosada a este Occidente transatlántico. Lejos de ser incongruentes, estas proposiciones retoman los estudios de los círculos deseados por Cecil Rhodes y que trabajan para el acercamiento angloamericano. La “anglosfera” existe de diversas maneras. Damos dos ejemplos. Primero, en 1988, un periodista escocés revelaba la existencia de la red de espionaje Echelon. Los servicios secretos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda y Canadá compartían numerosas informaciones y constituía un primer círculo. Israel representa el segundo. Franceses, alemanes, holandeses y turcos, forman el tercero. Segundo, el criminal de guerra británico Winston Churchill era estadounidense por parte de madre, de ahí su gusto por la Grand Large, lo cual fue bien comprendido por ese desconocido continentalista que fue Charles de Gaulle, todo lo cual explica las derivas anglosajonas del europeísmo bruselense (o “euromundialismo”). Hay también, a este respecto, un “mundialismo no-conformista” que hace referencia a los no-conformistas de los años 30. Después de 1945, una de las figuras de L´Ordre Nouveau, Alexandre Marc, apoyaba en sus obras, no solamente una federación europea, sino también una “federación mundial”. El historiador Antoine Cohen aborda ampliamente este tropismo en su libro De Vichy a la Comunidad europea.

La “anglosfera”, el Occidente y el atlantismo contribuyen al mundialismo. Conocido por La era de los organizadores, el antiguo trotskista y neoconservador de primera generación, James Burnham explicita, en otro ensayo titulado significativamente Por el dominio mundial, que «por Imperio Mundial se entiende un Estado no necesariamente mundial por su extensión física, sino por un poder político que domina el mundo, poder impuesto, en parte, por coerción (probablemente por la guerra, pero sobre todo por la amenaza de la guerra) y en el cual un grupo de pueblos, cuyo núcleo será una de las naciones existentes, detentará su parte de poder».

El mundialismo anglosajón se manifiesta a través de un gran número de organismos más o menos institucionales. Excluyo aquí a la ONU, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y las subversivas redes de George Soros, que también representan el mundialismo, pero desde otra óptica. Henry Coston, Pierre Villemarest, Yann Moncomble y Emmanuel Ratier han descrito bien todas estas instituciones. Un recordatorio no exhaustivo:

‒ En 1884 se funda en Inglaterra la Fabian Society, un laboratorio de ideas socialdemócratas y eugenésicas. Aldous Huxley desarrolló su “mejor de los mundos” (Un mundo feliz) en una sociedad Fabiana… ¿Fue fortuito que George Orwell titulara su famosa distopía “1984”, un siglo antes de la fundación de esta sociedad?

‒ A partir de 1909, bajo el nombre de Rhodes-Milner Round Table Groups, existe una Tabla redonda. Sus fundadores, inquietos por el futuro del Imperio británico, sueñan con fusionar capitalismo y socialismo en un mundialismo anglófono promoviendo el sionismo (Lord Balfour formaba parte) y desafiando a la entonces Rusia imperial. La Tabla redonda se beneficiaba del asesoramiento del coronel House, el consejero del presidente Wilson y los bancos Lazard y JP Morgan, muchos antes que Goldman Sachs…

‒ En 1921, se crea, al otro lado del Atlántico, el Council on Foreign Relations (CFR), un laboratorio de ideas sobre las relaciones internacionales bastante intervencionista.

‒ En 1954, en Leiden, Países Bajos, en el hotel epónimo, tiene lugar la primera reunión atlantista del Grupo Bilderberg con los norteamericanos y los europeos occidentales, incluyendo algunos miembros de las dinastías europeas. En The Guardian, Denis Healey, miembro de su comité directivo durante treinta años, declaraba: «Decir que buscamos el establecimiento de un gobierno mundial única es bastante exagerado, pero no totalmente absurdo. En Bilderberg pensamos que no se puede continuar haciendo la guerra eternamente y matar a millones de personas para nada. Decimos simplemente que una comunidad única podría ser una buena solución».

‒ En 1973, los responsables del Grupo Bilderberg y el CFR lanzan la Comisión Trilateral, porque se basa sobre tres pilares geográficos: América del norte, Europa y Asia-Pacífico (Japón, Australia y Nueva Zelanda), extendida enseguida a otros Estados del sudeste asiático. Su cabeza pensante más conocida es el geopolitólogo Zbigniew Brzezinski. No hay que olvidar que él ya reflexionaba en 1971 sobre los efectos futuros de Arpanet, el ancestro de Internet, en La revolución tecnotrónica.

El mundialismo anglosajón es actualmente el más peligroso, porque sabe instrumentalizar con provecho a los otros mundialismos a fin de hacer avanzar sus propios proyectos. Si hace falta, aquel usará, sin dudarlo, el terrorismo como hizo en Italia durante los “años de plomo” o en Bélgica con los “asesinos de Brabante” en 1984-85. Los estudios de la Trilateral prevén el final de los trabajos estables y el 80% de la población recudida al desempleo. A fin de evitar todo descontento popular, la Trilateral promueve múltiples entretenimientos generalizados, el incesante recurso a las emociones y el deseado colapso del sistema escolar. Estas medidas deberían contener y distraer a las masas inactivas. La Trilateral prepara la llegada de generaciones de hilotas (siervos de Esparta).

A riesgo de decepcionar, o de inquietar, incluso la Rusia de Putin está sujeta al mundialismo. Los dirigentes rusos están prestos para hacer algunas concesiones a fin de reunirse con los influyentes círculos, con la doble condición de que las instancias mundialistas reconozcan a Moscú la libertad para administrar su área de influencia extranjera y que acepten su carácter no-occidental, preparando así la futura integración de las oligarquías chinas e indias.

¿Cómo concluir sin caer en el pesimismo? Mediante acciones prácticas. Indicaré dos acciones prioritarias.

La primera es oponerse a la soterrada reforma de las retenciones fiscales en la fuente. Esta medida refuerza la influencia de las tecnoestructuras burocráticas sobre nuestras vidas y aumenta la carga de las pequeñas y medianas empresas con la secreta esperanza de que desaparezcan y faciliten el lugar a los grandes grupos transnacionales corruptores. El gobierno del Partido socialista privatizó una función regaliana, estableciendo los llamados “seguros generales”. La segunda es menos inmediata. Diversos gobiernos occidentales, incluido el francés, quieren restringir el empleo del papel-moneda en beneficio del pago mediante tarjeta electrónica u otra forma sin contacto. La Unión europea ha creó, en septiembre de 2009, una moneda electrónica cuyo “objetivo oculto es, evidentemente, el de reforzar el control, no sólo fiscal, de los individuos, sino el de limitar drásticamente la circulación de papel-moneda, con el pretexto de suprimir el “dinero negro”. Es curioso que la sociedad líquida desee abolir el dinero líquido (dinero en efectivo). Los pretextos no faltan. Profesor en finanzas y seguros en la Escuela de Administración de Lyon, Olivier Le Courtois cree que la resolución de la crisis económica pasaría por la eliminación del «dinero líquido, es decir, de todas las monedas y billetes. Esto permitiría desembarazar al país de su economía sumergida, la cual representa entre el 3 y el 3,3% del PIB (…) A la larga, se destruiría una gran parte del fraude, se economizarían puestos de funcionarios y se crearían empleos en el sector privado». Oficiando en el semanario mundialista liberal Le Point, Pierre-Antoine Delhommais se alza contra «la prohibición del dinero líquido o efectivo, [que] no sólo constituiría un ataque sin precedentes a las libertades individuales, sino que también pondría en riesgo la confianza en la moneda». Algunos comentaristas creen, sin embargo, que en una década el dinero ya no existirá, como prácticamente es el caso de Suecia, esa sociedad profundamente podrida. Se aplicarían entonces las viejas recomendaciones del “tecnótrónico” Brzezinski, que reflexionaba sobre el control cibernético de los individuos. ¡Y cuidado con los refractarios, Big Brother is wathching you! Conjurémonos, pues, contra esta programada desaparición, fundemos el colectivo “SOS dinero líquido” y preparemos el momento propicio para una amplia e intensa campaña de prensa que sea susceptible de indignar a nuestros contemporáneos contra este crimen.

Los mundialismos son megamáquinas que destrozan a todos los pueblos. Sin embargo, también son frágiles mecanismos que pueden ser rápidamente bloqueados por nosotros, que somos como los granos de arena. ¡Tengamos el sano instinto de bloquear sus engranajes!