El capital gana porque nos pide ser la peor de nosotros, por Diego Fusaro


Diego Fusaro es el pensador italiano de moda, cuya filosofía inspira tanto a la Liga de Matteo Salvini como al Movimiento 5 Estrellas. Sus maestros son Hegel, Marx, Gramsci y Gentile, tiene sus orígenes en el pensamiento marxista revisionista, pero colabora con la revista de CasaPound. Crítico con la denominada teoría de género, considera que ésta constituye la ideología con la que el capitalismo y las élites europeas y americanas intentan destruir las diferencias sociales entre hombres y mujeres, y desintegrar a la familia, proclamando el reino universal del individuo. En referencia a los fenómenos migratorios, considera que se está produciendo una maniobra supranacional dirigida a obtener dos objetivos: la reducción del salario de los ciudadanos y la derogación de los derechos de los trabajadores por medio de un "ejército industrial de reserva", lo cual identifica con la voluntad del Capital para convertir al hombre en un ser sin identidad y sin raíces. Atención a este pensador. Aquí lo presentamos con uno de sus artículos. 

La realidad a menudo supera a la fantasía. A partir de 1989, la clase dominada y superexplotada se puso a luchar en defensa de un mundo socioeconómico al que, tras un cuidadoso análisis del diagrama de relaciones de poder, debería decididamente darle la espalda con vistas a lograr su liberación. Por otra parte, está ante los ojos de todos: el sofisma de la "mano invisible", el mito de la coincidencia entre los intereses privados y el bienestar público se ha manifestado en su auténtica naturaleza ilusoria. Una vez desaparecido su engañoso velo, el capital se manifestó en su verdadera crueldad: dejó claro, en palabras de la "Introducción a la Metafísica" de Heidegger, "la huida de los dioses, la destrucción de la tierra, la masificación del hombre, la prevalencia de la mediocridad", es decir, sus auténticos fundamentos. Y, sin embargo, incluso al margen de las tragedias sociales que produce constantemente, el capital sigue siendo objeto de una fe inquebrantable y omnipresente, arraigada también en el polo de aquellos que, al luchar contra él, sólo perderían sus cadenas.
Como dije en "Minima Mercatalia. Filosofía y capitalismo" (2012), cada vientre vacío sigue representando un argumento no tan secundario contra este orden de producción "sensiblemente suprasensible" (Marx), que ha hecho de la vida misma una lucha caníbal por la supervivencia. Y en cambio, los vientres vacíos, que cada día son más numerosos, siguen dando fe al credo quia absurdum de la religión del libre mercado y de las homilías de los taumaturgos del neoliberalismo. Si se levantan -lo que en realidad ocurre muy esporádicamente- tienden a hacerlo en contra de lo que podría poner en peligro el control sistémico del orden desordenado del fanatismo económico.
Este aspecto debe estar relacionado, por supuesto, con la antropología persuasiva que generaliza el capital, una antropología centrada en el perfil del individuo sin gravedad y sin limitaciones, de modo que todo deseo coincide con un derecho que debe ser satisfecho por el consumismo y sin aplazamientos: la vida es ahora, como siempre repite la saludable afirmación de la sociedad del espectáculo permanente. E incluso sin la discriminación de clase en la que se basa el orden globocrático -en su lucha perpetua contra todas las formas de discriminación que no coinciden con el orden económico cada vez más opresor- las derrotas de la globalización siguen adhiriéndose con entusiasmo al proyecto del capital.
Lo hacen porque, al final, sólo nos pide que seamos indiferentes y mostremos sin inhibiciones la peor parte de nosotros. El cinismo, la codicia, la avaricia, el libertinaje, el egoísmo y todas las demás prerrogativas que las religiones y la moral del pasado habían demonizado al unísono como vicios perniciosos son, con un movimiento opuesto, elevadas por la antropología capitalista a cantidades a favor del individuo desarraigado, cuyo alivio de la responsabilidad por todo lo que le rodea es alabado como la base misma de su éxito empresarial y de la afirmación de su propio yo.
La civilización, en su conjunto, puede entenderse también como un arduo intento de elevar al animal humano por encima de su condición meramente ferina, educándole e induciéndolo a desarrollar aquellas determinaciones que, propiamente, lo distinguen de otros animales. Por su parte, la antropología inherente al capital es regresiva: sacrifica lo humano en el altar de la alimaña y transforma en imperativo categórico la simple observancia del principio de animalidad, los impulsos inmediatos y la satisfacción anormal del propio goce individual sin aplazamientos ni reglas. En esto yace su fuerza magnética atractiva de religión de inmanencia y egoísmo. ■ Traducción: Carlos X. Blanco Martín